lunes 16 de enero de 2012

Malos Aires. Parte final del Capítulo 4. Pág. 80 a pág. 84




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Ese día, La Chuuuta, antes de marcharse primero que nadie, nos llamó a mí y al compañero Gonzalo Gonzáles hacia un costado de la habitación para decirnos que esa noche sería conveniente que no durmiéramos en nuestras respectivas casas. Que algo importante sucedería. Y que sobre todo yo, por ningún motivo, ya que vivía ahí donde vivía. En ese mimuto no supe interpretar su hermético consejo, pero estaba dispuesto a seguirlo. Tampoco quise hacerle preguntas demás. La Chuuuta no era el tipo de mujer que contestaba preguntas. Su silencio intimidaba. Cuando yo me imaginaba la revolución, el día del triunfo, veía a La Chuuuta aparecer en un traje verde olivo y con un fusíl en la mano. Otras veces la imaginaba torturando a un contrarrevolucionario.
Le hice caso a la compañera. Y me fui a dormir a otra parte. Ese día, o esa tarde, era el 7 de septiembre de 1986. Era el día del atentado al General Augusto Pinochet durante su regreso a Santiago desde su casa de fin de semana en El Melocotón. Esa casa que quedaba en algún lugar al final de esa ruta que comenzaba en la Avenida La Florida, la calle donde yo vivía.  


Ese día domingo -les dije a los jóvenes argentinos-, tras la sugerencia, me fui a dormir a la casa de mi abuela Guacolda, quien por esa fecha vivía en Lo Errázuriz, una población nueva de casas enanas, vecina a la comuna de Maipú. Casas que repartía el dictador y donde lo único que cabía era el miedo de sus propietarios. Casas que eran cajitas de fósforos, pero los fósforos tenían la cabeza rota, porque ahí nunca pasaba nada. Atardecía y jugábamos carioca con mi abuela, que adoraba este juego de naipes y que le había costado su matrimonio, cuando oímos la noticia. Escuchábamos Radio Chilena y armábamos tríos y escalas sobre la mesa del diminuto living, con una frivolidad apabullante, como quien exponé  cadáveres de animalillos para una disección en la cuabierta de un laboratorio, cuando nos enteramos de lo acontecido. Me emocioné. Miraba las figuras en las cartas e intentaba imaginar al rey muerto. Luego aclararon que Pinochet no había muerto. Tuve miedo. Esto no va a quedar así no más. Pensé en irme de allí. Luego preferí quedarme. Yo en realidad no tenía nada que ver con el atentado, sin embargo, el sólo hecho de vivir en Avenida La Florida y de haberme ido a dormir a otra parte me hizo sentir cómplice. Mi abuela se levantó y fue a la cocina a lavar los escasos platos que habíamos utilizado. La seguí. De pronto me detuve a mirarla, me fijé en las manchas de lavaza, en los dibujos que hacía la espuma sobre el fondo del lavaplatos, como si el lavaplatos fuera un plano, la prefiguración de un mapa secreto. Pensé en los mapas secretos de las dictaduras. Le pedí a mi abuela que me hospedara unos días y que no me hiciera preguntas. La pobre vieja se puso seria y me aceptó. Luego imaginé a mi abuela Guacolda sobre la parrilla de metal de alguno de los sótanos de calle República, me imaginé a mi abuela tirada, desnuda, con sus chalchas decrépitas colgando mientras un oficial le aplicaba electricidad en sus viejos pezones. Vi a mi abuela gritando y recordando a sus hijos, mis tíos, los hermanos de mi madre y no sé por qué recordé aquella anécdota. Esa historia que ella contaba de vez en cuando y que era el relato de cómo, cuando niña, recién nacida, se la habían robado los gitanos para devolverla tiempo después, sin que nunca mi bisabuela recuperara la certeza de que su hija era su hija. Yo miraba a mi abuela y me preguntaba si era mi abuela. Mi abuela al final estaba contenta de que yo me quedara allí. Yo creo que estaba convencida de que yo tenía algo que ver en todo eso. Yo recordaba las palabras de advertencia de La Chuuuta horas atrás y en cierto modo, sí tenía que ver en todo eso. 
Pienso que estuve ausente como una semana de mi domicilio, asunto que encendió las sospechas de todos los habitantes del departamento de Avenida La Florida.  
Al cabo de unos días, cuando el dictador ya había cobrado su venganza y en esa cacería habían asesinado al periodista José Carrasco y a otros chilenos, y ante las insinuaciones de Natalia, opté por explicar que tan sólo había visitado a mi abuela, no obstante, nunca llegué a convencerla del todo (quizá tampoco a mis compañeros de vivienda) de que yo no había tenido nada que ver con el atentado.  
Casi de inmediato, el primero en reaccionar fue un militante trotskista de Filosofía de apellido Barraza.

Vi a Rodrigo Barraza parado en la boca del pasillo, intuí su tradicional mal olor: una mezcla de ropa vieja mal lavada y hedor a humo de cigarrillos baratos. Cerré la puerta, él se corrigió la chasquilla; una chasquilla ridícula que me recordaba a Che Copete; pero su rasgo más notorio no era la chasquilla, era una enorme mandíbula. Yo lo miraba a veces, no muchas, de soslayo y me lo imaginaba disfrazado de pelícano. Su mandíbula prefiguraba la jeta de los hocicones o la futura papada de un pesquisidor. Del pesquisidor que acumula argumentos, reproches, preguntas, condenas; del pesquisidor que él ya era por esos días.
Barraza había llegado a vivir hacía poco con nosotros, y lo cierto es que su presencia en el departamento no duró más de un par de meses. Barraza era un tipo asertivo y nos llevábamos pésimo. Fue él quien –preocupado- inquirió detalles. La tarde que aparecí en el depto tuve la deferencia de ignorarlo y no cagarlo a improperios ante tal patudez. Recuerdo haber encendido un cigarro y haberme servido un vaso de vino. Necesitaba calmarme.
Aquilatemos. Un trotskista equivalía a la perorata de sus argumentos. Éso eran los feligreses de don León: verborrea y citas; sobre todo citas. Barraza fondeaba los ríos ocultos de cada libro, como un silurio oculto en el barro dispuesto a destrozar a su presa. Leía como un Quijano, y quizá estaba loco como un Quijano. Los observaba de reojo o mejor dicho, los escuchaba de reoreja, si es que se puede decir así. A veces encandilaban y todos nos creíamos ciegos y abanzábamos con nuestros bastones tanteando las baldozas y los pastelones rotos de los pasillos del Peda, tropezando con sus anatemas. Sopesaba sus anatemas. Oía como se autoproclamaban la avanzada vanguardia del proletariado. Como si una vanguardia pudiera ubicarse en otro sitio que no fuera adelante.No importaba que ellos no fueran proletarios, ni hijos de proletarios, si no más bien simples dependientes de supermercados o de leguleyos de financieras o casas de empeño.  
Le escuché decir una tarde a un trotskista panzón y bastante torpe de Historia y Geografía que los revolucionarios –los verdaderos-, decía, optaban entre ser cabeza de ratón o cola de león. Por suerte, otro compañero de nombre Feliciano, le repuso aquella vez, que aquello sonaba bien, demasiado bien, pero que ellos no alcanzaban a ser ni los pelos del roedor en cuestión.
Juro que los trotskistas eran esencialmente, digamos que, unos simples huevones. Eso creo y sostengo, y huevones que metían la cuchara en todo e indagaban asuntos e información. Datos o chismes que constituían el peligro.  Peligro para medio mundo.
Tuve ganas de increpar a Barraza, pero decidí o preferí hacer como que no lo oía. Una práctica –por lo demás- común entre ellos y nosotros: los entonces dueños oficiales del leninismo.
Caminé en silencio hasta mi habitación para depositar mi bolso en mi camastro. Barraza me observaba y su mirada me hizo temer. Y si fuera sapo, pensé. Como era de esperar, mi ninguneo lo provocó aun más, la animadversión entre ambos creció como si en la cocina hubiera explotado una olla a presión. Pero esta vez el trotskista de Filosofía de mandíbula enorme parecía haber cambiado el tono. Hablaba con una entonación de respeto que no le conocía y que más bien me preocupaba.
-Este huevón pensará que yo tengo algo que ver en eso, (imaginaba yo ese día), eso me lo repetía una y otra vez en mi cabeza, -les dije a uno de los argentinos; creo que  fue al que le decían Samuray.
Lo único que faltaba era que empezara a contárselo en otro lado a medio mundo.
Sí, no estoy ya seguro de nada, pero creo que eso se lo dije al Samuray. 

Los trotskistas del Pedagógico, no sólo tenían mala fama, (qué mala), pésima fama.  Fama de estar infiltrados, de eso tenían fama estos incautos de la revolución. Algo que, por lo demás, nunca llegamos a corroborar y que –visto hoy, con lo simpatías que ha despertado el fundador del Ejercito Rojo- pudo ser particularmente injusto con ellos.

Todos nos manteníamos alejados de ellos. Tenían la peste, semejaban una banda de leprosos. Acercarse a ellos era sinónimo de problemas. Y en esos tiempos nadie confiaba. O en realidad, algunos sí confiaban. Yo por ejemplo. Yo una vez confié en ellos. Pero no era sólo el miedo lo que nos hacía evitarlos. Además, evadíamos a los sacristanes de León porque eran particularmente habladores, eran un río de improperios y mierda, una comunidad de charlatanes y correveidiles de la política estudiantil. Solían estar en todas las asambleas, no faltaban a una, tampoco en las mayores asambleas junto al casino, esa explanada en el medio del Peda donde un grifo solitario vigilaba al estudiantado como si fuera un extraño dispositivo, un enano de metal que fiscalizaba. Allí intervenían y sus intervenciones solían siempre causarnos desconfianza. No pasaban de ser tres o cuatro, a veces una media docena. Rodeados de otros estudiantes que los miraban con curiosidad, como si fueran unos animalitos escapados de un zoológico. Levantaban el índice, pedían la palabra y dejaban en claro que no estaban de acuerdo con nada. Aducían maximalismos revolucionarios y consignas de todo tipo y al final llegaban a posturas que dividían a los estudiantes. Solían terminar cargándose a Stalin, acusándonos de la invasión a Afganistán, y hasta del pioletazo con que el compañero catalán Ramón Mercader había asesinado a León Trotsky en Coyoacán el 21 de agosto de 1940. Con sus entreveros, los únicos favorecidos, a fin de cuentas, eran las autoridades. Entiéndase: el enemigo.  


Por aquellos tiempos los jóvenes comunistas no sospechábamos que nuestras opiniones no eran nada más y nada menos que una gotita más de los turbios y oscuros fluídos con los que el ala estalinista al interior del partido (digamos que el ala más fuerte). Un ala de ave rapaz cuyos aletazos podían aplastar las alas de los pajarillos indefensos que volaban o intentaban volar en la intrincada jerarquía clandestina; pajarillos anónimos, gorriones de provincia, cuyas cabezitas, esos incautos cerebros dogmatizados por el chantaje partidario, el mismo partido lavaba y restregaba en la vatea ideológica, imponiendo las prioridades, es decir, la urgencia de derrocar a Pinochet. Esa es la pura verdad. Por eso no se discutía, sólo se conversaba. En voz bajita se conversaba, se murmuraba. Siempre de acuerdo en todo, pero a veces se sugería.

Como decía, yo si confié una vez en los acólitos chilenos de Bronstein. Por eso, en lo que a mi respecta, la tirria de los trotskistas hacia mi persona provenía de una anécdota curiosa anterior. Y se las conté a los argentinos. Por suerte no había ningún trotskista entre ellos.

-Al ingresar en marzo de 1984 a la Academia Superior de Ciencias Pedagógicas, (así se llamaba el Pedagógico en esa época), fui rápidamente permanente objeto de un intento de reclutamiento que los diferentes colectivos políticos solían hacer hacia los que se suman de manera solitaria e independiente a las protestas; como si yo fuera la nueva loca del barrio tras los enfrentamientos callejeros con los pacos se acercaban los pretendientes, -les precisaba a los argentinos-.
Pero esa especie de licitación o subasta, no era por cerebros, qué va, la puja era por manos. Ser de oposición, tener la razón o estar de lado de la razón, eso era también una cuestión de número, de cantidades, de masas.  
-Se trataba de ser más que los otros, -intervino El Samuray.
-Sí, al principio se trataba de ser hartos. Lo que no es lo mismo que estar hartos. Y nos reímos…


 Así se reclutaba. Aun lo recuerdo. Acosando. Sin mediar demasiados protocolos. Ni hablar de medidas de seguridad. Los comunistas, los miristas, los trotskistas, los socialistas de Almeyda, los socialistas comandantes, los socialistas de Núñez, los socialistas de aquí y de allá, los MAPU, los MAPU OC, los de izquierda cristiana, protestante, o judía, los Lautaros, y tantos otros, pujaban y apostaban en la arena reclutadora, o en el reñidero, o en el palenque en que cada mes, cada semana, cada día, a cada rato, se transformaban las universidades chilenas. Así, como si se tratara de un remate público, todos buscaban alimentar sus filas, engrosarlas, alistando al máximo número de estudiantes.
Los primeros en acosarme fueron los trotskistas.



sábado 14 de enero de 2012

Malos Aires. Extracto del Capítulo 4. Pág 72 a pág. 75



4


Cuando ese verano de 1987 mirábamos hacia atrás en el tiempo, cuando escudriñábamos los meses, las semanas, los días pasados, hablando y concluyendo nuevos planes, yo sentía de pronto, en medio de esa población miserable en compañía de esos jóvenes trasandinos, que su presencia allí constituía un misterio, algo como una señal; un aviso de que algo había empezado a cambiar inexorablemente.
Primero el fin del toque de queda, luego, la presencia de esos jóvenes, la autorización para que entraran a Chile. Nada calzaba en mi lectura de la realidad. Todo había resultado mal. Todo lo que nosotros habíamos pontificado.
Incluso en Rusia, la madre patria de los comunistas, las cosas andaban mal.

Hoy pienso que todo lo que el Partido Comunista de la Unión Soviética había diseñado y mantenido por la fuerza durante largos decenios, no era más que el fruto de un voluntarismo endémico, basado en la represión y el crimen sistemático y cuyas causas no podían ser otra cosa que la apropiación por delincuentes de una doctrina delineada en mentiras dogmáticas y mesiánicas, acomodadas según los intereses de esa nomenclatura partidaria policial corrupta y malvada, cuyos seguidores en Chile eran un puñado de vejetes clandestinos que creían a ciegas en esas mentiras, utilizando los encantadores postulados que los jóvenes marxistas que soñábamos con hacer la revolución en Chile creíamos a pie juntillas y que aceptábamos como verdades absolutas. Esas verdades que en Europa del Este eran el pretexto para mantenerse en el poder y tiranizar a otros pueblos.

Por esos días asumíamos con entereza nuestra derrotista condición local; la versión tercermundista de algo que se descomponía en otra parte del mundo y que los comunistas perdularios chilenos ignorábamos. Convicciones que dos años más tarde, a fines de 1989, mantendrían su vigencia con la misma precaria disposición que adopta el acólito al que besa por primera vez una muchacha hermosa, ese beato que descubre escabrosamente una inevitable erección. El posible desenmascaramiento de su dios.
Por esos días, para nosotros, ese nuevo y rejuvenecido dios se llamaba Michajl Gorbachov y la nueva teología era la Perestroika y la Glásnost. Sin embargo, algunos ya no teníamos enmienda y nos cuestionábamos. Dudábamos gracias al mismo Gorbachov, él mismo nos había enseñado a dudar, a criticar. Pero sobre todo, un tema era central: La invasión de Afganistán; ese tema salía a colación casi en cada discusión con otros jóvenes, sobre todo con aquellos jóvenes a quienes no les impresionaba en lo más mínimo los supuestos progresos y logros de Revolución Rusa.
Sin embargo, los jóvenes marxistas argentinos que soñaban con hacer la revolución en el continente, más los jóvenes marxistas chilenos que soñábamos con hacer la revolución en Chile, sabíamos que lo que pasara en la Unión Soviética -con Gorby o sin Gorby, poco tenía que ver con lo que pasaría pronto en Chile, y que ese país, Afganistán, estaba lejos y que nuestro dictador local estaba igual allí: intacto, furioso, casi invicto y malhumorado. Pero sobre todo, cerca.
Con toda su cara de morsa apaleada Pinochet gritaba a viva voz: “Vean, vean, los comunistas han intentado asesinarme, los comunistas han ingresado al país todas esas armas cubanas. Vean, vean, los subversivos…”
Y veíamos. Cómo vociferaba la morsa apaleada ante un incontestable mar de pruebas. Evidencias que delataban nuestro arrojo, digo nuestro, porque me sentía parte y en cierta medida era parte. Aunque el arrojo, lo que se dice arrojo, fuera de otros. Los hechos como pruebas corroboraban ese arrojo pero por desgracia también nuestra ineficacia, nuestra negligencia: los errores.
Y ahí estábamos: pétreos, con una cara de palo total, como si nada, como si no hubiera pasado nada, y lo cierto es que habíamos hecho mucho durante todos esos años, desde 1983, pero lo más importante no. Lo que era verdaderamente importante no nos había resultado.
Los dos fracasos del Frente Patriótico, Carrizal y el atentado, dejaron ver que el partido aun no era capaz de derrocar al tirano. Mucho menos militarmente. Nada había resultado. Ni la proclamada Sublevación Nacional preconizada por el partido, ni el tiranicidio orquestado por el Frente Patriótico.
Nada.
Absolutamente nada. Ese era nuestro ánimo, ese verano.
Y para colmo, de Natalia, por esos día, yo casi ya no tenía noticias. Se la había tragado la tierra. Aunque -más bien-, quien se la había tragado, o fagocitado, en algún lugar de Santiago, era un tal Mario Moyano.
Moyano era un muchacho de la Juventud Demócrata Cristiana (la JDC) de la Escuela de Filosofía, con quien Natalia había entablado una frugal relación intelectual -en un principio filosófica. Muy pronto la relación se redujo al prefijo de esta palabra: al simple “filo”. O sea, sexo, puro y duro.
Ese nuevo vínculo de Natalia –desde hace medio año atrás- había aniquilado toda esperanza de una nueva reconciliación entre nosotros, por fin la definitiva: la quinta o quizá la sexta reconciliación de nuestra cojeante concomitancia llamada pareja o pololeo y cuyos orígenes databan desde aquel día a comienzos de 1984 en que a la salida de la casa de calle Suiza (la casa de los padres de Silvina), le pedí pololeo.
Lo chocante era que por esos días -en cambio- otra reconciliación se fraguaba en Chile. Era la llamada Reconciliación Nacional, una entelequia pacifista o pacificadora promovida por la Iglesia Católica, con Monseñor Fresno a la cabeza, ese anticuado arzobispo de Santiago y que provenía de La Serena. Fresno era apoyado por sus aliados políticos de la Democracia Cristiana Chilena. La Democracia Cristiana no encarnaba sólo la imagen de Moyano cogiéndose a Natalia. Odiábamos a la DC tanto como a Pinochet. Eran ellos, representados en un tal Aylwin, quienes habían golpeado los cuarteles militares instando al golpe de estado. Y era Aylwin quien se haría, muy pronto, con la banda presidencial, esa que tanto había deseado y esperado tras la asonada militar del 73. 
Así, 1987 era el año de la reconciliación y -valga decirlo- yo ya no estaba ni ahí con reconciliarme. Ni con Natalia, ni con Pinochet. Pero lo cierto es, que a fin de cuentas, todos ganábamos y perdíamos algo en el impúdico póquer de esas nuevas alianzas.
Quizá habíamos fracasado en la alborotada aventura revolucionaria, a pesar de que el Frente Patriotico y el partido aun estrugaran la toalla buscándo sacarle algunas gotas de optimismo a nuestra lucha. Y nosotros, los estudiantes, éramos los encargados de apretar al máximo el torniquete en esa toalla. Nuestra revolución, sin embargo, parecía un boxeador que trastabillaba, cagado a moretones, con las cejas rotas y los ojos en tinta. ¿Y la toalla?, quizá la toalla era la única salida después de tanto alarde. De otro modo el knockout estaba cerca.
Ya habíamos fracasado y de seguro no lo sabíamos aun, pero al menos –eso esperábamos- ganábamos la flaca esperanza de no morir ametrallados en una calle; de no terminar en una fosa común y de sufragar algún día. Es decir, esa estúpida y repetitiva manía de introducir un pedacito de papel en una urna cada equis cantidad de años y creer que eso era la libertad.


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viernes 13 de enero de 2012

Malos Aires. Extracto del Capítulo 3 de Malos Aires. Pág. 57 y pág 60 a pág. 63



3





Pienso que si yo fuera detective o guardespalda de un dictador, lo primero que hubiera hecho por esos días, sería chequear  los departamentos de la Avenida La Florida. Todos eran un problema. Todos eran un semillero de pobreza. Otra pobreza, la pobreza de los que nunca han sido pobres y de pronto se empobrecen. En todos ellos había un profundo cansancio acumulado. Una fatiga inclemente que era un acto de complicidad. De eso no cabe duda. El nuestro era el departamento número 44 en el 6532. Quedaba a cinco minutos de la Rotonda Departamental y nos bajábamos justo después del canal junto a calle El Parque. Estaba en el tercer y último piso de un blok no tan encima de la avenida y por lo mismo ofrecía un panorama inigualable. Allí un francotirador se hubiera hecho chupete a muchos miembros de la comitiva. A espaldas del edificio sobrevivía la pauperrrima Población Los Copihues; un sitio atroz en donde habían sombras que cogoteaban y luego pedían perdón. En frente, del otro lado de la calzada, el paisaje era aun menos alentador: un mar de terriales y sitios eriazos; un cementerio sin cruces ni lápidas. Un paisaje lunar, cuyas únicas astronaves eran algunas lavadoras viejas abandonadas. Desde la ventana del número 44, por esos días se podía ver hasta la Circunvalación Américo Vespucio. Esto y otras informaciones les relataba a los voluntarios trasandinos, es decir, a ese grupo de tres o cuatro que escuchaban mis historias, le expliqué a Gabriela. ¿Y cómo era ese departamento?, quiso saber ella. El depto (como lo terminamos abreviando) tenía (a vuelo de pájaro) unos 80 metros cuadrados. Más no. Su disposición era la siguiente: tras subir los pisos por unas anchas escalas de metal y peldaños de goma negra, uno veía en cada planta 4 departamentos y el hall comunitario de las escaleras, tras las puertas se ingresaba directamente a un living comedor en forma de L. Sin preambulo ni vestíbulo. Desde en frente de la puerta de entrada se extendía un pasillo que remataba en la pieza más grande ubicada al final; probablemente había sido diseñada como habitación matrimonial. A ambos costados de ese corredor se distribuían otros espacios. A mano derecha, dos cubículos menores hacían las veces de piezas. Piezas para niños quizá. Una de ellas fue mi pieza, la pieza donde luego llegó a vivir Natalia. A mano izquierda quedaba el baño y en seguida una alargada cocina que terminaba en una suerte de diminuta lavandería. Les contaba detalles a los argentinos durante las pequeñas labores de captación de prosélitos en calle El Valle.  Nos hicimos amigos esa tarde hablando del departamento 44 y explicándole a los miembros de un equipo de fútbol local por qué el Plan de Empleo Mínimo del gobierno era un parche. Les conté algunas historias de los inquilinos del departamento 44. Les detallaba por ejemplo, cómo fluctuaban, cómo iba y venía gente. Como si fueramos allí, en ese edificio, los reclutas de una expedición o los aventureros de un descubrimiento; una suerte de Stultifera Navis Chilensis, cuyos marineros se embarcaban a ratos felices. En otras ocasiones esos mismos grumetes pactaban motines secretos, en otras, acababan o resultaban como simples naufragos olvidados. Un día una habitación podía simular ser un banco de arena en medio de un golfo perdido; otro día: el castillo de popa de un galeón fantasma; un Caleuche en fiesta tal vez. Los dimes y diretes, los enroques de gente, todo eso sucedió desde que llegamos a vivir allí, desde el primer día a mediados de 1984, les precisé. Te presento a fulano, este es sutano, se viene a vivir mengano en lugar de fulano. El departamento -por esos días- era objeto de esas repentinas mudanzas. Algo que no alteraba demasiado la organización interna. Yo era nuevo, un novato, casi no opinaba. Pero así como yo llegué, vi también llegar a otros. Sólo bastaba que cada mes alguien (el más antiguo) reuniera las cuotas de cada cual y partiera a pagar el arriendo. Así funcionó casi dos años. Hasta el año pasado, acoté, cuando el flujo de gente se transformó en algo incesante. Mientras hablaba me cordé de los días con Pablo Juppé y les anticipé una anécdota revolucionaria. Así la llamé: anécdota. ¡Qué palabra! 



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Pienso que Pablo Juppé era quizá uno de esos que iban a desaparecer. Pablo tuvo una suerte enorme con nosotros y aquella tarde de agosto cuando llegó para quedarse, me recordó al Principito, en realidad tenía un aire a Principito, pero no era su cabello ni cierta manera infantil de argumentar, tampoco era la lucha con los baobab, que bien entendido podía ser la metáfora de esos enormes uniformados de las fuerzas especiales a los que les gritábamos cylones en las grescas callejeras. No, Pablo parecía estar solo, como si Chile no fuera Chile o como si Latinoamérica no fuera Latinoamérica y él estuviera parado mirando su rosa en el asteroide B 612. Cuando uno miraba por la ventana, realmente parecía que estuvieramos en un asteroide desolado y triste. Pablo ocupó o le cedimos una habitación que acababa de quedar vacía. La habitación era la misma donde habían vivido tiempo atrás mis amigos Silvina O. y Claudio Pincheira. Estos dos eran aquellos que se encontraban presentes la tarde en que le propuse a Natalia que fuéramos pareja, o más bien antes de marcharnos juntos de la casa de calle Suiza, donde vivían los padres de Silvina, le aclaré a Gabriela. También pormenorizé que ambos (Silvina y Claudio) habían vivido allí con una guagua: su hijo de escasa edad, el pequeño Homero: un niño espectacular, un niño bello. Fueron las dotes de carpintero de Claudio las que le espolearon un espacio dos años atrás al que era el living del depto: justo la patita de la letra L del living. Gracias a la artesanal construcción de un tabique provisorio, Claudio había creado esa nueva habitación, un nuevo recinto al costado de la puerta de entrada donde se habían instalado a vivir. Ese recinto se transformó en la pieza de Pablo Juppé. Recuerdo que por falta de plata dejamos ese tabique sin pintar, y que -con el tiempo- se fue llenando de pequeños graffitis y rallados con todo tipo  de proverbios o uno que otro verso. De vez en cuando alguna visita de estudio inscribía un recuerdo o una cita memorable. La más de las veces cundían los apócrifos de siempre. Hoy (tantos años después) recuerdo la única palabra escrita sobre aquel tabique que yo no entendía. La había escrito el mismo Juppé en una rinconcito: svoboda. Era una palabra extraña e incomprensible, un jeroglífico que resultaría a la larga ser una suerte de signo en mi propio destino. Svoboda significaba libertad. El idioma era el checo. Por esos días yo no tenía la menor idea que terminaría emigrando dos años más tarde (en noviembre de 1988) a la CSSR (la entonces sigla de la República Socialista Checoslovaca).
Habían días en que observaba a Pablo con curiosidad. Creo que incluso llegué a espiarlo. Nos conocíamos desde marzo de 1984. Eramos compañeros de clase, pero hace tiempo que no se lo veía por la escuela. Pero el día que se quedó con nosotros, ese día parecía ser otro: un extraño. Traía una mirada descompuesta y a cada cierto rato se asomaba a mirar por la ventana desde un costado, sin mostrarse demasiado. Creía que no nos dábamos cuenta, pero nos dábamos cuenta. Pablo no parecía ser el mismo compañero de clases que hacía bromas a cada rato. Ahora gesticulaba con nerviosismo. Venía con lo puesto y para más remate sin dinero, les narré. Yo tenía por ese entonces un par de zapatos de sobra, algo que en aquella época representaba una verdadera fortuna. La costumbre de un estudiantes era tener tan sólo un par de zapatos, les aclaraba. No sé por qué, pero los dos argentinos aquella vez me miraron subitamente los pies. Yo también me los miré, pero de reojo. Tenía (si mal no recuerdo) además algunos pantalones de los que podía prescindir. No es que no me guste la ropa, pero le cedí a Pablo aquella vez mis pantalones y mis otros zapatos y luego una camisa y unas poleras. Le sugerimos que se quedara allí un tiempo, escondido. Que no saliera a la calle. No le hicimos preguntas, no era conveniente para nadie saber detalles, auqnue nos murieramos de ganas de que alguien nos relatara alguno de aquellos episodios secretos de la clandestinidad que nos otorgaran la certeza de que la victoria estaba cerca. Pero preferíamos morir pollo, al menos hasta esa terrible tarde de octubre (ya no recuerdo cuál), justo dos meses después. Aunque esa tarde tampoco le preguntamos mucho. Mirábamos el asteroide de Pablo por el ventanal del living, mirábamos el descampado, fumábamos viendo con tedio pasar los autos por la avenida hasta que de repente nos dimos cuenta que había algo raro; algo extraño pasaba. Pensamos que había habido un choque, un accidente o algo parecido, pero no era eso, de pronto había mucho paco, mucho auto raro: en el barrio se entablaba una redada. Les explicaba a los argentinos aquella vez que eso era lo que en Chile llaman operación peineta, le informé a su vez a Gabriela. Recuerdo que pensé de inmediato en el atentado, pensé en los departamentos cansados y sospechozos de nuestra avenida, pensé en que si bien ya habían caído muchos milicianos del Frente partícipes o no en el atentado, con seguridad no todos habían caído. Pensé en que le había llegado al hora a Pablo. No sé por qué pero en ese instante me acordé de La Chuuuta, me acordé también de mi abuela Guacolda. Fue todo absolutamente repentino. Como si se tratara de una película de Gavras; una película que el director griego comenzaba a filmar en las callejuelas polvorientas del barrio sin que nadie de sus habitantes se enterara. Pero no era una filmación. No me percaté de la gravedad hasta que Pablo salió disparado desde su habitación, les dije. Esa tarde, una conversación rápida de Pablo con nosotros, una suerte de simulacro de confesión y súplica a la vez; un cruce mútuo de palabras y miradas que tardó escasos segundos tras la advertencia del allanamiento nos aclaró que la situación era grave. Para él. Y desde ese momento para nosotros también. La situación era por lo demás irremediable. También la nuestra. ¿Qué vas a hacer? Ni idea, contestó sonriendo, pero yo intuía que Pablo sabía muy bien lo que iba a hacer y que a esas alturas le daba igual. Sentí aquella vez la mano de Pablo que me tironeó hasta la cocina, les conté. Hoy me acuerdo clarito como una vez allí, junto a la lavandería, Pablo sacó de una bolsa plástica un boqui toqui verde olivo y lo depositó sobre una pequeña abertura que había junto a la campana de la cocina. Era un boquete que hacía las veces de chimenea o quizá de extractor de malos olores o quién sabe de qué. Yo me voy a caminar por ahí, me dijo. Si entran al edificio, tiren esto por este hoyo, me ordenó. Nunca supe a dónde iba a parar aquel tragador de aire o de olores. Mientras contaba esa anécdota no volaba una mosca, todos escuchaban con una atención implacable. Sobre todo los dos rosarinos. Ni respiraban. Oían con un silencio mortuorio. Aun me acuerdo como intuí sus preguntas y me les anticipé. Pablo cerró la puerta y de ahí se largó, les dije. Y lo vimos irse y nos quedamos agazapados y en silencio, como si esperaramos una balacera. Cada vez que lo pienso me sorprendo, Natalia, Pablo y yo teníamos por esos días tan sólo veintiún años y ya estábamos sosteniéndole la mirada a la huesuda. Nunca más lo volví a ver. Aunque en realidad sí lo volví a ver. Incluso dos veces. Pero muchísimo después. La primera fue hace diez u once años más tarde. Fue en 1997 o 1998. La segunda fue hace muy poco, pero eso lo diré más adelante, si es que lo digo. Quizá al final.
La primera. Yo ya vivía en Praga. Una noche de marzo o abril sonó mi celular. 


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miércoles 11 de enero de 2012

Malos Aires. Extracto del Capítulo 2 de Malos Aires. Pág. 31 a pág. 34




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Mintamos pues.
Era 1987. Corría el verano de 1987.
Desde comienzos de ese año, vi rodar nuestra piedra revolucionaria por la ladera de la historia. Desde el mismísimo primer día de ese año (la misma fecha en que celebrábamos cada año un aniversario más de la Revolución Cubana, ese escaso consuelo para nuestra derrota), desde esa mañana de jueves (porque era jueves) todo empezaba a convertirse para nosotros en relato, en mito, en leyenda: historia propiamente tal.
Quién lo iba a creer, pero todo, paradójicamente, también se transformaba en noche, pero en otra noche. No esa noche metafórica y trillada con la que el poeta o el escritor mediocre suele definir a una dictadura que parece no tener fin. No la noche de una lucha oscura que a los ojos de las luchas de hoy quizá se prolongaba innecesariamente. Aunque quién lo podía saber.
No esa noche. Sino más bien, esa noche real que nos había sido robada por tantos años. Las noches de carne y hueso. Esas noches que desde allí en adelante convertían las famosas fiestas de toque-a-toque en pasado; en un concepto legendario, en anécdota, en historia, en relato.
Sí. Fue con uno más de esos decretos con fuerza de ley con los que solía reinar. Un de sus decretos cambió las reglas de la noche. Ya no recuerdo qué número llevaba. Pero instauraba una fecha: el 2 de enero de 1987. Y pa más remate era justo un viernes. Desde esa fecha Pinochet levantaba –después de tantos años- el famoso toque-de-queda.
¿Qué chucha haríamos entonces con tanta noche?
Por aquellos tiempos, solíamos permanecer atascados al caer la madrugada esperando el alba. No había otra y nos reíamos y repetíamos con una risa petrificada el inclaudicable verso de un poeta chileno exiliado y casi desconocido. Omar Lara se llamaba el poeta. Nadie sabía quién diablos era este poeta. Ni en pelea de perros se había oído su nombre. Pero tenía un gran poema. Eran unas escuetas dos líneas. Eran seis palabras que eran todo un relato; eran la elipse de una historia implícita y que el poeta había dedicado al obsceno castigo del toque-de-queda, o a ese obsceno placer. Repetíamos con sedición y luguria ese pequeño poema que nos había dado por tantos años una excusa:  

“Quédate, le dije.
Y la toqué.”

Y nos quedábamos y la tocábamos y a veces, casi nunca, ellas también nos tocaban. O sino, si ellas no, por lo menos ella sí, la noche.
Había una paradoja indigna en aquello que ganábamos y en aquello que perdíamos, y nos importaba. Lo poco y nada que poseíamos, la esperanza de conquistar ese beso (o algo más que ese beso) en medio de una fiesta de viernes. Mientras escuchábamos a Los Prisioneros o a Soda Stereo, a Virus y algunas veces a Rubén Blades, se desvanecía ese verano del 87. Así, producto de un capricho, de ese menesteroso gesto de falsa apertura del dictador, ya no nos quedaba ni ese oscuro placer. La ilusión nocturna de todos los pretendientes se esfumaba con ese decreto. Ahora ellas, nuestras valkirias, se nos escabullirían en medio de la noche a sus domicilios. Sin más y mucho antes de lo planeado, mucho antes del amanecer. Ahora nos tocaba a nosotros quedarnos. Por quedados.
Desde ese día 2 de enero de 1987 (o desde esa noche), los chilenos recuperábamos el derecho a vagar a oscuras en medio de la bruma y la escarcha, esperando la aurora y la gota de rocío, como nos cantaba el cubano Silvio Rodríguez.
Pero 1987 fue mucho más que ese nuevo derecho nocturno. 1987 significó, significaba, un todo de nuevo.
Desde los primeros días de 1987, los jóvenes marxistas que soñábamos con hacer la revolución en Chile, comenzábamos desde cero. En todo sentido. Nuevamente. Una vez más.
Relatando y actuando.
Pero sobre todo relatando, contando.  
Desde cero.
¿Y esto? Esto porque el Partido Comunista de Chile, (del cual yo era parte, una parte diminuta: un tornillito, el diente de un engranaje, en realidad de sus juventudes), el Pe Ce (como se le conocía), había diagnosticado para Chile el fin de la dictadura y recetado la revolcuión, como si Chile fuera un enfermo (y sí que lo era), y como si estuviera acostado sobre un quirófano. Eso tenía que pasar el año 1986 -ese año que se había volatilizado con olor a polvora o a azufre, al azufre que dicen que se siente cuando el demonio anda cerca-, 1986 era (sería) el Año Decisivo. El año de la caída de Pinochet Ugarte. El año de la Sublevación Nacional. ¡Las huevas!
No fue así.
Pinochet Ugarte (Augusto José Ramón) no se había ido. No había caído, ni lo habíamos echado. 1986 no había sido el Año Decisivo, y punto. Aunque (hay que decirlo) de cierta manera, para mí, sí que lo fue.

Empecemos.
Propongo que mejor nos saltémonos enero. Porque todo el mes de enero de 1987 no había sido otra cosa que una seguidilla de reuniones, preparativos, conciliábulos, ampliados, comités, más reuniones, kilos de sensatos razonamientos, muchísimos y sesudos análisis de los por qué de esa derrota. De por qué no había caído Pinochet.
Lo único que queda claro es que en ese trance, enero se nos había evaporado con una rapidez inusitada. Con una rutina de preparativos y reuniones. Interminables reuniones. Elucubraciones, conclusiones, justificaciones, explicaciones y las famosas medidas. Medidas. Como si la política la gestionara una cuadrilla de agrimensores que han empeñados su brújulas y catetómetros. Medidas. Esa era la palabra que se suponía nos acercaba cada día más a la victoria, eso creíamos, porque no se nos pasaba por la cabeza que fuera al reves.
Nuevas medidas. Reformulaciones de la dialéctica. Ese  famoso paso adelante, esos famosos dos pasos atrás.
Dictábamos informes y luego nos sentábamos a abanicarnos como si Chile fuera una función, como si Chile fuera un cabaret precipitado. Levantábamos nuestros cigarrillos y con largas boquillas hacíamos observaciones que explicaban las causas de esa derrota. Pero había llegado la noche y el bailoteo estaba por comenzar mientras nosotros a lo sumo planchábamos de nuevo nuestras arrugadas camisas al borde de la gran pista de baile. Nos habían descalificado del baile. Una derrota -por supuesto- temporal, según la inclaudicable ortodoxia partidaria. El ajuste de la teoría y la línea, como la llamábamos.
La famosa línea. Otra palabra más. Y yo imaginaba esa línea, un reguero de polvora que yo miraba con una antorcha en la mano. O: las migas de pan de unos niños perdidos en un bosque oscuro. O una raya de cocaína.
A decir verdad, más parecíamos un auto viejo. Me lo imagino ahora como un cacharro que iba muy bien de bajadita camino a una boite en el puerto. ¿Cuál puerto? Da lo mismo: Valparaíso, Coquimbo, Talcahuano. Medio mundo enfiestado y vueltos locos hasta el instante en que al vehículo se le cortan los frenos, y todo el mundo se larga a chillar, unos de miedo, otros de pura locura y después -una vez ya detenido, casi al borde del despeñadero-, a los henchidos de adrenalina les daba por  intentar hacer andar de nuevo el cacharro. Pero eso ya es algo extraordinariamente difícil, nadie tiene ganas de bajarse a empujar.

Voy a empezar por febrero de 1987, un mes que llegó como si nada. Nosotros esperábamos el inicio de los Trabajos Voluntarios de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile; el resto del país esperaba la vigésima octava versión del Festival de Viña y a Raphael, aunque yo creo que algunos se morían de ganas de ver a Soda Stereo o a Tavares con su tema de moda Heaven Must Be Missing an Angel. A mí también me gustaban, pero de eso no se hablaba. También se hablaba de Air Supply, pero a estos los inflaban sólo los fachos. Pero lo que más se esperaba no eran músicos. Fueron estudiantes. A los trabajos a llegaron –como si nada- algunos jóvenes voluntarios argentinos y uruguayos. Jóvenes –marxistas, como nosotros-, jóvenes provenientes de otras partes del continente y que también –como nosotros- soñaban con hacer la revolución en el mundo. Jóvenes que venían a escucharnos, a oír nuestras historias; como si ellos fueran psicólogos o sacerdotes de sectas cercanas y nosotros los pacientes desquiciados tendidos sobre otomanas gastadas o fueramos pecadores inauditos ocultos tras las rejillas de los confesionarios de la revolución.  
Allí empieza esta historia. En esos Trabajos Voluntarios de la FECH. Fue allí donde comencé a armar este relato, allí yo les contaba a algunos visitantes extranjeros la historia de mi propia revolución.
En esos trabajos los conocí. Conocí primero a la porteña Gabriela Baldani, a la que le contaba algunas cosas, no muchas; conocí después a dos jóvenes rosarinos; a Ramón y a Roberto, alias El Samuray, a quienes también les narré anécdotas e historias. Pero en esos trabajos voluntarios conocí sobre todo a Fabiola Lanús, a esa delicada muchacha a quien le fui contando la mayor parte de todo esto. 


...

lunes 19 de diciembre de 2011

El otro Havel





Las experiencias que nos marcan siempre tienen algo paradojal.
Fue a fines de julio de 1989 cuando escuché su nombre por primera vez y en circunstancias del todo absurdas. Acababa de llegar a vivir a Praga tras terminar el ÚJOP o Centro de idiomas de Poděbrady, un pueblito balneario a orillas del Elba. Allí me habían internado en noviembre del año anterior con una única tarea: aprender checo. Empezaba el verano, y en vez de aceptar la invitación a visitar Grecia que me habían extendido mis compañeros de escuela, acepté una solicitud extrañísima del Partido Comunista. Se suponía que como había absuelto con éxito el idioma local, podía marchar con una delegación de hijos de exiliados chilenos provenientes de Suecia a un campamento internacional de pioneros que se realizaba cada año en los Tatras eslovacos. Allí ejercería de traductor. En ese momento ignoraba por completo que el eslovaco era otro idioma y que a pesar de ser similar o casi idéntico al checo para un extranjero era casi igual, o más trabado aun. Así que partí. A pesar de mi resquebrajada convicción ideológica respecto de qué era lo que realmente se estaba construyendo cuando se hablaba de colaborar con la edificación del socialismo, decidí aventurarme en la misión partidaria. Salvo algunas sospechas que lindaban en una desconfiada intuición, los primeros meses de vida en el socialismo eran idílicos; mi vida era objeto de una constante sorpresa y una fanática credulidad, pero sobre todo estaba sujeta a una denodada lucha por lograr un mínimo de alfabetismo. Fue en mayo de ese año, tras fotografiar una precaria manifestación en contra del régimen a los pies de la estatua de San Wenceslao -una manifestación en la que la policía cagó a palos a unos muchachos melenudos-, que las indicias pasaron a ser en mí, severa cautela y creciente decepción. No obstante, aun yo deseaba imaginar que el socialismo era la panacea. Salvo los conflictos, más bien de índole personal, con algunos estudiantes cubanos y nicaragüenses, yo no tenía aun razones que alentaran en mí mi posterior disidencia. Intentaba de vez en cuando dilucidar dudas y entablar algún tipo de vínculo con los aborígenes eslavos pero la desconfianza solía imponerse y no había espacio para preguntas. Menos para respuestas. A pesar de todo, yo sentía que había algo que no andaba bien. Incluso una tarde en Roma, a escasas horas de mi llegada a Europa, en la previa a mi viaje a la República Socialista Checoslovaca, un comunista italiano que me había acogido de manera transitoria y que tenía la misión de embarcarme en el aeropuerto de Fiumicino, me advirtió que por ningún motivo debía mencionar el nombre de Dubček. Por esos días yo no tenía idea quién era el tal Dubček. Mi ortodoxia manejaba sólo el nombre de Julius Fučík y su Reportaje al pie del patíbulo o contaba con cierto resquemor hacía Kundera. Hasta ahí llegaba mi conciencia de lo prohibido. Yo aun ignoraba todo. Incluso aquello que en ese mismo mes se nombraba con precaución y que si bien era el nombre de un famoso festival de música clásica, organizado cada año, poseía a su vez un significado trágico: la Primavera de Praga.
Una tarde a fines de julio, en el campamento de pioneros de la localidad Tatranská Lomnica, cuando mi labor estaba por acabarse, el conflicto estalló. No viene al caso entrar en detalles que en cierto modo eran banalidades; pero dónde sino en las banalidades podemos descubrir la medida de la verdadera libertad. Me encontraba en mi habitación con la muchacha que con los años se convertiría en la madre de mi hijo; charlábamos y planificábamos cómo volver a vernos durante el mes siguiente. Ella tenía recién 19, yo aun no cumplía 24, y la idea de volver a vernos parecía una locura. Su padre trabajaba en el Comité Central del Partido Comunista Checoslovaco, y yo, yo era un simple estudiante extranjero. Estudiábamos las posibilidades de continuar el romance, cuando irrumpió en la habitación uno de los jóvenes comunistas traductores con quien yo compartía la pieza y al cual yo le había arruinado el cortejo de la misma chica. Se llamaba Pavel Skřivánek y era checo, su pasión era coleccionar contactos con las delegaciones extranjeras y hablar idiomas. Era el traductor de la delegación finlandesa, aunque no hablaba finlandés. Pavel era un trepa como los suele haber en todos los sistemas. Su militancia en las juventudes era una manera de acomodarse y desde los primeros días del campamento nos caímos mal. Le gustaba dar órdenes, a mí desobedecerlas. El caso es que yo le había arrebatado a su presa y eso no se iba a quedar así. A penas entró a la habitación y vi su rostro supuse que algo no andaba bien. Traía la orden perentoria para que me presentara en la oficina del director. Durante la estadía había logrado entablar algunas efímeras relaciones con algunos eslovacos y eslovacas, por lo general estudiantes que parecían estar allí obligados. Cuando partí a la oficina del director, alguno de ellos en el pasillo me deseó suerte. Yo, azuzado por una valentía casi gregaria, por la costumbre e irreverencia que arrastraba conmigo desde el Chile de Pinochet, les sonreí sin darme cuenta que un conflicto con el director comunista podía tener serías consecuencias para mi futuro. Entré a un cubículo en donde un tipo gordo y mofletudo me esperaba sentado detrás de un escritorio. Yo lo había divisado en un par de ocasiones en los pasillos. La combinación de su calva y unos anteojos de montura gruesa que ocultaban una mirada severa, me hicieron de inmediato desconfiar. Lo acompañaban dos mujeres de pelo corto que se encontraban de pie junto a su mesa. Tenían la mirada dura. Por un momento pensé que una de ellas se me acercaría a intimidarme. Por un momento pensé que saldría de allí encadenado. La conversación fue tajante y no duró mucho. El tono fue perentorio. Mi checo a decir verdad era rudimentario y el funcionario no hablaba otro idioma. Por lo demás yo tampoco (salvo el español obviamente). El director se remitió a darme recomendaciones que yo no le entendía y consejos que más bien parecían advertencias. Yo casi no hablé. O si hablé, con toda probabilidad no se me entendió nada. Luego me insinuó que la reunión había terminado y volví caminando a mi habitación. Las cosas me habían quedado claras. Allí, bajo los Tatras, el socialismo me mostraba su verdadero rostro. Era en los procedimientos y modos de imponer obediencia y disciplina a los niños, en el ridículo culto al partido y a los símbolos, en el absurdo atraso y en la permanente falta de libertad de opinión donde quedaba de manifiesto la ignominia del sistema. Tuve rabia, luego miedo de haber descubierto por fin que todo era mentira, que todo estaba podrido y que el país estaba en manos de una casta de privilegiados y ceremoniosos ineptos, cuyo servilismo ideológico y corrupción moral eran similares a aquella de la cual yo venía huyendo. Antes de entrar a mi habitación me topé con los estudiantes eslovacos. Me di cuenta que me esperaban en unas escaleras para enterarse. Les conté lo que pude. Fue una muchacha gitana la que me llamó a un costado y me dijo cómo se llamaba el director. Yo no entendía por qué me lo decía. Minutos después me contó. Era la primera vez que escuchaba ese nombre. Me dio risa, en un principio la situación me pareció ridícula, tragicómica, paradojal. Me hizo sentido la sorna del director. Pensé que su obsecuencia era fruto de aquel alcance de nombre. Pensé que esa anécdota contradictoria tenía un sentido oculto. Que la encarnación del ejemplar moralmente opuesto de ese nombre tabú sentado detrás de un escritorio y amenazante era la extraña manera que elegía el destino para revelarme una verdad. Václav Havel, repetí después, en silencio, por mucho tiempo, como un karma. Era un nombre extraño a mis oídos. Tan extraño como aquel Dubček.        
Cuando por fin se acabó mi trabajo y comencé a gozar del verano en Praga, solía recordar al poderoso director comunista del campamento de pioneros y lo imaginaba preso detrás de ese nombre.
Así fue cómo supe de la existencia del dramaturgo que murió ayer a los setenta y cinco años. Por esos días de julio de 1989, recién estaba por cumplir 53 años, quizá estaba preso y no sospechaba que muy pronto sería el presidente del país de ese otro Havel. Tampoco yo imaginaba que algún día tendría la oportunidad de verle en persona y cruzar algunas palabras con él. Muy pocas. Pero eso es otra historia. 

lunes 3 de octubre de 2011

Prometeo de Petr Pazdera Payne



Lo sabía, perro. Hace tiempo que observo como me olfateas; siempre que me volteo a mirar, te veo desaparecer tras el final de esa larga muralla. Esa distancia me inquietaba, ya que no te conocía, pero ahora estás detestablemente cerca, pues me mordiste la pierna. Huí, pero ya no puedo respirar… Detrás de nosotros alguien más corría: Aquel que sedujo a todas mis chicas, aquel que me calumnió con mis amigos y que se burló de todos mis poemas. En compañía del psicólogo, ambos gesticularon hacía mí con sus paraguas y maletines. Las fachadas de los edificios se inclinaban hasta crecer por encima mío. Era como si estuviera nuevamente en casa, en mi urbe natal. Con pasos cortos y apurados  me alcanzaron, pasaron por mi lado y desaparecieron tras una fábrica al final de la calle, adonde ya no llegaré, porque te tengo ahora a ti en mi pierna, perro.



Traducción de Ómnibůs