Praga, 1989
Son unos minutos después de las seis de la tarde en el viejo internado de Větrník. Gregorio manosea sus bolsillos buscando el reloj, ese que tiene la correa de la pulsera cortada y que no usa hace años. Pero lo ha olvidado. Se admira. Piensa que ha olvidado el tiempo en el bolsillo de otro chaquetón o en su mesa de lectura. Eso supone. Qué importan los instrumentos, los relojes, los termómetros que vigilan las calles, las ventanas, las esquinas, se dice y cierra silenciosamente la puerta de su cuarto, tratando de no despertar a Zeleka, su compañero de habitación; un negro etiope que duerme y ronca una borrachera. ¿Empezará a vomitar nuevamente en el papelero?, -se pregunta Gregorio. Se aleja por el estrecho pasillo donde se encuentra la puerta de su cuarto. Ve pasar a alguien carraspeando una tos oscura. El desconocido va fumando un humo agrio que Gregorio reconoce. Son esos cigarrillos baratos marca Mars. Otro marsista, se dice sonriendo. Hastiado respira filtradamente la náusea que se enrosca en el túnel del internado y que se mezcla con un repetido olor a mantequilla refrita. El olor le recuerda el aliento de Arquímedes, el estudiante venezolano que vive tras la puerta inmediatamente vecina, en el mismo pasillo. Gregorio camina hacia las escaleras ubicadas al final de un largo pasillo de baldosas blancas y negras. Pisa las baldozas cuarteadas con una única intención: salir de allí. Se fija por el rabillo del ojo en un grupo de angoleños estancados en un recodo de las escaleras manoseando unas revistas de fotografías; los negros parecen envueltos en una nube de sudores y resuellos.
Dejar unas horas aquellos pasillos, dejar aquel suburbio de estudiantes miserables; abandonar los vapores de orines del primer piso; el olor penetrante del tufillo a ajo del segundo; la estridente música árabe de las mujeres yemenitas del tercer piso. Huir de la silenciosa caterva de vietnamitas en guerra, escupiendo por folclór y por doquier sus escupitajos cenicientos, masculla Gregorio para sí.
Cruza el estante de los buzones de latón junto a la portería. Echa una mirada a la portera, a la que apodan Doña sargento. La ve cabeceando su obesidad infinita, sentada en sus propias secreciones: sudor, pedos, eruptos. Mira sus pelos desgreñados y dos jarritos de loza barata con borras de café sobre su mesa. Una vez en la puerta respira por fin el aire fresco de la calle. El reloj de pared sobre la entrada marca las seis de la tarde. Pero Gregorio se fija que hace meses ese reloj marca la misma hora. Una hora detenida, una hora definitiva y terminal. Baja a saltos los escalones fijándose en la ventana de la habitación donde viven las dos muchachas búlgaras. Una luz rojiza se trasluce por los visillos. Cuenta el orden de las ventanas: una, dos, tres, cuatro. Es el tercer piso, una ventana a la derecha del primer árbol. Luz roja, la sangre de Safo, piensa Gregorio. ¿Habrá realmente sangre?, -inquiere-. No, nada de eso, -se dice-. Tal vez, ellas -una vez más- se despedazan en esos instantes en su juegos solitarios. Isla de Lesbos, piensa. Alcanza a correr inútilmente hasta la parada, pero el tranvía se ha marchado ante sus narices con toda su puntualidad europea. Alza la mirada hacia el cielo. En la esquina el reloj público marca también las seis. Noche cerrada. Somos la basura del mundo, -piensa en voz alta. La calle es para Gregorio por fin el escape, la fuga. Es sacarse un poco el asco, huir del marasmo, de la desidia endémica, olvidar cierta dosis de esa condición oscura, cierta administrada repugnancia. Ese desposeimiento total y abrumante de ser un estudiante extranjero más en Praga, la falaz virtud o ventaja de ese supuesto privilegio. Olvidar –por unas horas- el suicidio del estudiante japonés, la parsimonia de los policías, la indiferencia de los otros. Gregorio se acuerda del rostro de la chica alemana llorando al estudiante nipón. Gregorio piensa que quizá la berlinesa es la única que aproximadamente parece ser una estudiante, convencida, aplicada, como el afiche del Muro pegado sobre su puerta desde donde en la reproducción de un grafitti berlinés Honecker besa en la boca a Brežněv. ¿Pero dónde se situa él en todo aquel lenocinio?, se pregunta Gregorio. Se masturbará como cada tarde, después de escuchar su propia voz desesperada desde un teléfono público preguntándole a una chica que conoció hace poco cuando se volverán a ver. Amo el amor de los marineros que besan y se van, recuerda. Pero este país no tiene mar y las chicas de Praga no besan. Las chicas de Praga follan y se van. Sin nombres ni apellidos. Gregorio sueña. Tiene un número de teléfono y un nombre. La riqueza misma, pontifica. ¿Se causará ese placer secreto después de engullir una lata vieja y pasada de sardinas yugoslavas?, se interroga.
Minutos más tarde el tranvía baja vertiginosamente desde Petřiny para que él encuentre nuevamente aquella cabina de teléfonos. Tiene que apurarse, tiene que escucharla, -se repite para sí como el martilleo de un reloj. Gregorio recuerda los telefonazos y siente que podría en ese mismo momento largarse a llorar. ¿Era perfecto que ella existiera? Hay detrás de todo eso una pactada euforia secreta, un juego ajeno que él no controla. ¿Lo hará ella también? ¿Marcará ella los números como él? ¿Como él saldrá ella cada día a las calles del mundo, cobardemente, de rodillas, impaciente? Gregorio mira a los pasajeros del tranvía. ¿Sospechará alguien en él esa suerte de interpretación caleidoscopial de la desgracia humana que desvaría a solas, y que lo devora?
Esa es su locura, admite, un ilustrado abanico de angustias. Oscurece ya sobre la ciudad. Un viento helado se cuela por sus gastados calcetines, Gregorio apreta la bufanda enroscada a su cuello, ve las paradas de tranvía una tras otra, vacías y heladas, como si fueran el refrigerador de un estudiante. En los escarchados prados los cuervos del invierno checo bailan su ritual negro y lo saludan con miradas oblícuas y cuadrándose como soldados funerarios. Nosotros somos esos cuervos, piensa Gregorio, deseando viajar en un vagón vacío, con asientos vacíos y sin cochero. Praga en noviembre tiene ese inesperado hielo que agota, retruca. Ese chasquido repentino y polar que transforma la realidad en un cementerio arcaico, en un patio gigante lleno de lápidas chuecas, de losas inclinadas, de túmulos hebraicos cubiertos de pequeñas piedrecillas. Lleno de esclavos rogando sobre los catafalcos marxistas. A Gregorio se le viene a la memoria el barrio de Jižní město, aquella monumental acumulación de edificios de paneles de cemento que le parece el sinónimo de una necrópolis cubierta de manchas humanas. Mira desde la ventana del tranvía 18 la mancha blanca de la nieve como un metal lechoso, observado ahora por él desde las ventanas embarradas de un vagón que baja raudo a la ciudad.
Hasta que sucede algo inesperado o esperado.
Cuando ella sube por una de las puertas traseras y camina hasta el centro del carro, él de pronto sabe que esta noche es ella la elegida. Que han estado esperándose o buscándose mutuamente.
Quedan sentados inevitablemente el uno al lado del otro. Los separa el pasillo del tram. Será lo de siempre, imagina Gregorio: un rostro donde soñar, unos bustos prominentes, unas nalgas núbiles debajo de unos pantalones ridículos. Pero, prefiere no mirarla, que no note su presencia. La observa agazapado desde su propia oscuridad. Una oscuridad que se amontona y prolonga detrás de los cristales del vagón. Afuera esa oscuridad es una ameba ciclópea que se extiende por encima de la realidad; es la noche misma. Pero sus ojos de gata, se van clavando en el reflejo del cristal, como si sus dedos de uñas mal pintadas le rozaran a el su garganta. ¿Qué querrá? ¿Por qué lo mirará así? ¿Huirá también ella de la ameba nocturna y benevolente allá atrás del cristal? ¿Qué buscará ella en medio de aquella noche sin sonrisas? ¿Sin sacar sus manos de los bolsillos?, se pregunta Gregorio. ¿Le devolverá entonces él aquella mirada?
Un poco de calma y seguridad, piensa. ¿Podrá sentirse así al menos unos segundos? Por ejemplo jugar a ser la vaga y torpe idea del extranjero que recorre el mundo, o quizá la idea del anacoreta extravagante. O la definición imaginada y a priori de otros transeuntes: algunos idiomas, algunos dólares en la billetera. Todo bien elegantemente envuelto en una perfecta dosis de arrogancia gregaria. La sublimación de ese complejo de inferioridad que encarna una trasnochada chilenidad. Pero luego Gregorio se pregunta: ¿a qué juega ella columpiando su pie? ¿Tal vez al frío de necesitar? ¿De corregirse? ¿De acomodarse en su última existencia? Gregorio la mira asustado. Sus medias negras se frotan en un diminuto pedaleo secreto que provoca como una gata erizada. ¿Habrá de decirle algo, a él mismo? A él que ha finalmente volteado a mirarla de reojo. Una audacia de noventa grados: falda corta, medias negras. Le echa un vistazo para poseerla en la visión, para sentir la consternación, el nudo en su garganta, el temblor de esa sombra cercana que es ella, estampada, pidiéndole audiencia para huír de la hostil ameba. Siente sus ojos límites, el color de sus retinas como un escalpelo.
Está seria, piensa, fija como fotografiada en los periódicos. Ausente de una sangre fortuitamente examinada en un posible informe policial. ¿Será entonces ella, carente de alegría, en medio de una probabilidad, la víctima? ¿El retablo de su último grito por ejemplo en el Parque de Julius Fučík? Sus piernas: engranajes de una suerte escapada. ¿Podrá asegurar que es bella? ¿El? ¿O el redactor del noticiario en el vespertino? ¿O aquel tipo del asiento trasero?
Gregorio logra mirarla bajo el colapso de ese sueño, de esa premonición, del resumen. Un trozo de plomo estrellado en la sien, unos arbustos arañados, imagina Gregorio. ¿Hacia donde mirarán sus puñales azules? Gregorio puede sospechar algunos jadeos o los insultos sanguinolentos de su última noche.
Ah, la vida, el gran hematoma, concluye Gregorio. Eso es el entendimiento, un recurso de último momento en medio de una sociedad sonámbula que golpea.
Una parada tras otra su rostro rebota en los cristales. ¿Será todo eso tan falso como el noticiario cada tarde? Un invento del Stolichnaya bebido, un sádico deseo social. Gregorio la analiza. La destaca el parecer pensar en algo demasiado lejano, sospecha Gregorio, algo en algún extremo indómito, hechizando, permanentemente hechizando a través de los cristales, escondiendo el quejido o la lágrima hecha de un orgasmo metálico, clínico, de un sueño abortado, de una guillotina psicoanalítica.
¿Y quien entonces podrá ser él? El grito sediento junto a un teléfono, el sordo llamado policiaco, la visión oculta de un encuentro sin conjugación, el verbo estático de este país en infinitivo, la masturbación sobre unas sábanas pasadas a sudor o a sopa. ¿Quedará ella en alguna esquirla rota de la madrugada? ¿O él en un gesto de sátiro permanente? Asechando desde la copa del árbol genealógico del mal en la creciente oscuridad del mundo.
Praga, internado estudiantil para extrangeros de Větrník, piensa. Pasillos sucios de caldos estomacales, jugos marrones en los lavabos, los vómitos de la noche del sábado, acumulación de pasillos con filas de puertas, recovecos sin fin. Fauna humana. Gregorio se acuerda del penquista Cáceres. Un tipo asexuado, un engendro, que ayuda a algunas estudiantes en apuros a abortar por módicas sumas o por simples felaciones. Cáceres hace inhalar los vapores de los ácidos de fotografía a una joven panameña. La chica aborta con éxito. La chica aborta feliz de no arriesgar su beca de estudios. Cáceres, el plagiador ingresa a estudiar gracias a unos trabajos ajenos. ¿Quién es ese chilenito? ¿Morirá algún día aplastado por el tranvía en el intento de recoger su vibrador de bolsillo caído sobre los ríeles? Ah, Cáceres, repite en voz baja Gregorio, qué tipo. Cáceres pertenece al círculo de los falsos estetas, a los príncipes de la banalidad que habitan algunas habitaciones del primer piso, recuerda Gregorio. Gregorio los apoda los fere-sociologos, doctos compra-títulos, inventores de carruseles. Somos la basura del mundo, repite. Qué importa que la luz roja de aquella ventana sea un prostíbulo francés, un repartidor de enfermedades victorianas o una simple ridícula simulación.
Gregorio por fin ve todo claro. La vida es eso: una simulación. Una mujer arañada, tajada, escarbada y finalmente manchada por la eyaculación velada de un tanatólogo durante sus horas extras. La noche es un teléfono descolgado, des-gritado, des-hablado; una transfusión de sangre directa a la vena de algún testigo del gran crimen, a la vena de algún transeúnte del paraíso perdido, del fracaso terrenal.
Ella allí en el mismo tranvía es la suma de todas las salidas nocturnas de su cuarto, ella es el deporte cotidiano de vender sus ligas, o los elocuentes pezones pintados de rosa, los posibles chancros disimulados con polvitos Revlon, un carnet de estudiante en alguna gaveta, o en el monedero, o en la bolsa final de polietileno entregada a sus padres en provincia.
El tranvía se detiene de golpe, Gregorio se baja apurado buscando nuevamente el aire frío, fresco, el repetido tufillo del carbón comunista. Estornuda, siente un escalofrío. Las escaleras mecánicas del Metro se abren como una orquídea violada por la punta de una bayoneta rusa. Las paredes del Metro sudan sus óxidos, aquellos líquidos extraños. ¿La sangre, el estiércol o quizá el semen de la urbe? Gritos acuosos y pestilentes salen de los túneles como los supuestos fantasmas de aquellos que han muerto ideológicamente drogados. Detrás del oído los gemidos sadomasoquistas, el ultraje maquinal, el gozo de un clítoris succionado, la cotidiana disección ciudadana.
¿Querrá escapar? Evitar el posible bramido, salvarse de sus medias corridas, de sus cejas entrejuntas, de arrugar la frente como un billete viejo de cincuenta coronas. ¿Será posible dejar un teléfono sonando hacia la nada? Sin abecedario, sin la heroicidad, sin el erotismo reprimido de unos cuantos verbos y mentiras. Gregorio la observa, parece tener la misma prisa, como si quisiera asirse a su camisa, rogarle que le hable, que no la entregue a la noche, al noticiario, al futuro temor de las niñitas de buena familia. Gregorio siente un palpitar extraño, un descarte de lo ajeno, como si el hilo invisible que la ata a él, por espacio de unos minutos, estuviera destinado a cortarse, a dejarlo ir, a continuar en la ciudad perdida, en los tráficos recónditos, en las geometrías de la rutina. Gregorio camina lentamente, deja que se acerque cada vez más. Olfatea su respiración, la antesala de un quejido o de un estertor. Siente el frío del suelo, ese eterno espejo de sombras, mira las pisadas: una secuencia de adivinanzas. La escalera mecánica va cayendo a una cloaca palpitante, a una alcantarilla filosofal donde se buscan las respuestas al gran trauma humano. Los peldaños repetibles de un sueño olvidado, condenado al absoluto fracaso. Al halógeno subterráneo de la locura. ¿Y si todo no fuera nada más que un sucio muro interior, un pasadizo de rieles al gran desorden?, piensa Gregorio. No hay más que el a-orden de la casualidad, piensa mirándola unos peldaños más profunda, menos simétrica. Luego la ve unos pasos detrás de una columna a cien metros bajo tierra.
Llegará el tiempo de los números, de las rayitas negras, de los códigos de barra, él lo sabe, una vuelta a la herejía, a las medias alturas. Los dioses nunca cumplen sus planes quinquenales. Sus rodillas electrizarán sus propias cicatrices, el gran alarido coagulará un espacio milimetrado, envuelto de momias, de fetos viejos caminando o bailando en el mismo lugar donde se erigirán futuros parquímetros.
Lo universal y ooriginal de la verdad se encuentra en el gozo vertical de haber seguido en pie cuando la primera manzana fue mascada, piensa. La mordida, la alevosía de la independencia, de la mala intención, el placer del más humano de los desafíos, el delirio del primer éxodo, el orgasmo de cruzar los conceptos, de escarbarlos hasta que la existencia y el Ser se derramasen desde el universo o desde la jeringa oxidada de un dios inyectándose heroína o desde su pantalla de PC que pueden ser quizá lo mismo.
La realidad finalmente son esos túneles, venas eléctricas, velocidades, ráfagas. Gregorio se detiene. Su mirada cruza el subjetivo espacio de la visión, el vidrio negro polarizado, el estallido de una condición de insectos, su telepatía antropófaga. Ah, dice, insectos, eso yo soy. Un cucaracho patas para arriba una mañana en una habitación, mientras mi hermana golpea a la puerta. Soy Gregorio Samsa. Él la observa. El informe de su carterita negra: un jirón retrógrado, unas monedas, una credencial rotulada de estudiante en alguna parte.
El misterio está en eso, en la profecía cotidiana, en el desamparo absoluto del verbo, el saberse parte de una rutina: la rutina; como parte de un laberinto descifrado, un replay televisivo. Levantar el fono, discar los números o cruzar un pasillo con manchas de salsa, entrar a los baños a ver los vómitos de una estudiante afgana tras el supuesto reposo del fin de semana, cruzar unas escaleras donde unos latinos melenudos rompen botellas.
Finalmente Gregorio vuelve a casa; al block II del internado estudiantil de Větrník, pensando en ese rostro de mujer como si fuera una muñeca de madera. Lo sabe, lo supo, lo adivina o lo supone Existe un círculo que se cierra permanentemente sobre la conciencia humana, como una pesada puerta de hierro. Es un movimiento eterno, la imagen de una copa arrojada en cámara lenta a una chimenea. El nipón Nagayaka puede colgar cuarenta días o cuarenta siglos de las cañerías del subterráneo, hasta que su cuerpo de paso a la normalidad del hedor, hasta que el pasillo de las duchas pase a ser un lamento común, un peregrinaje recurrente, ese falso éxito europeo del siglo veinte. A quién puede importarte que él haya respirado a cuarenta centímetros de un extrangulamiento. El destino de los hombres no es más que la incapacidad de retornar al origen, a algo anterior al verbo, anterior al dolor, al primer desafío, a la primera irreverencia.
El flash en el noticiero de la radio no agrega nada. La noticia es la noticia, pero nada más. En las calles ha empezado la revolución. Algo que él conoce muy bien. Pero su atención está en otra parte, en ella. Nadie puede imaginar el rostro cubierto de cabellos embarrados, de llantos sordos. ¿Habrá en su última sonrisa una verdad atroz, una condena, el decreto civil de su paso al abismo? ¿Serán todos ellos la basura del mundo? ¿Realmente la basura, la maravillosa y amada basura? Allí está su seno herido, los dos zeppelines a punto de la gran tragedia, redondas, saciantes. La chaquetita de cuero negro, la pista sacerdotal para el gran game de los funerales, el dato escondido de un rompecabezas, rompe-principios.
Gregorio recuerda las puertas del vagón del Metro soviético (o sub-ético, piensa), abriéndose y cerrándose, respirando, bufando. Hombres y mujeres indiferentes. La nueva fauna humana del capitalismo triunfal checoslovaco, se dice. Gregorio ve a unos cabezas rapadas buscando pieles oscuras, oscuras como sus almas, como la de él. Gregorio ve a un grupo de hippies, tipos resistiendo el calendario, ve a algún funcionario de estado hojeando una libretita.
El pañuelo que lleva ella al cuello se ha transformado en la prolongación del brazo homicida, en la víbora invencible, él lo sabe. La noche, la ameba ha dejado su cerviz a merced de la esperanza y las buenas costumbres. Sin embargo la noche se ha hecho más y más venenosa. El juego de dolores, los ojos, el pelo fijo cae directamente a la nada misma.
En algún lugar, en el mismo instante en que él apaga su lamparita recostado en la cama de su cuarto, mirando al negro etiope dormido, está todo ocurriendo, a fuera, o en él, o en sus manos. Mientras tanto esos días el mundo se sacude de las bondadosas interpretaciones de la historia. El refrigerador espiritual cierra su puertecita de igual modo como cuando el negro cierra cada noche el Tomo II del Das Kapital. Ese libro que no para de leer. Ese libro ahora allí, en la mesa del africano, presente como los gritos nocturnos del internado.
Gregorio chupa en la oscuridad la última bocanada de su Dalila, lo tipea sobre el cenicero improvisado pensando en el próximo telefonazo y después de todo en la cara de la gente de bien, la de los parientes más cercanos de aquella muchacha mirándola fotografiada en la primera página del periódico.
Hace frío y por la ventana se filtra un vientecillo. A lo lejos puede imaginar en el fondo oscuro el rostro de esa muchacha mirándolo asustada, en el momento en que se hunde en las escaleras mecánicas en la estación donde se cambia de traza; en el momento en que la deja ir en su última sonrisa. Piensa en la mañana siguiente. Se pregunta por qué lo ha hecho. No lo sabe, no lo sabrá jamás, porque para Gregorio la existencia son sólo suposiciones, o premoniciones. La existencia son sus imaginaciones y son sus deseos, inclusive a ratos aquellas salidas sin control. Gregorio jura que comprará los periódicos, por si acaso algo así se ha cumplido. Luego se duerme.
Praga, 13 de abril de 1991- octubre 2009

