....
Ese día, La Chuuuta, antes de marcharse primero que nadie,
nos llamó a mí y al compañero Gonzalo Gonzáles
hacia un costado de la habitación para decirnos que esa noche sería
conveniente que no durmiéramos en nuestras respectivas casas. Que algo
importante sucedería. Y que sobre todo yo, por ningún motivo, ya que vivía ahí
donde vivía. En ese mimuto no supe interpretar su hermético consejo, pero
estaba dispuesto a seguirlo. Tampoco quise hacerle preguntas demás. La Chuuuta
no era el tipo de mujer que contestaba preguntas. Su silencio intimidaba. Cuando
yo me imaginaba la revolución, el día del triunfo, veía a La Chuuuta aparecer
en un traje verde olivo y con un fusíl en la mano. Otras veces la imaginaba
torturando a un contrarrevolucionario.
Le hice caso a la compañera. Y me fui a dormir a otra
parte. Ese día, o esa tarde, era el 7 de septiembre de 1986. Era el día del
atentado al General Augusto Pinochet durante su regreso a Santiago desde su
casa de fin de semana en El Melocotón. Esa casa que quedaba en algún lugar al
final de esa ruta que comenzaba en la Avenida La Florida, la calle donde yo
vivía.
Ese día domingo -les dije a los jóvenes argentinos-, tras
la sugerencia, me fui a dormir a la casa de mi abuela Guacolda, quien por esa fecha vivía en Lo Errázuriz, una población
nueva de casas enanas, vecina a la comuna de Maipú. Casas que repartía el dictador y donde
lo único que cabía era el miedo de sus propietarios. Casas que eran cajitas de fósforos, pero los fósforos
tenían la cabeza rota, porque ahí nunca pasaba nada. Atardecía y jugábamos
carioca con mi abuela, que adoraba este juego de naipes y que le había costado su matrimonio, cuando oímos la
noticia. Escuchábamos Radio Chilena y armábamos tríos y escalas sobre la mesa
del diminuto living, con una frivolidad apabullante, como quien exponé cadáveres de animalillos para una disección
en la cuabierta de un laboratorio, cuando nos enteramos de lo acontecido. Me
emocioné. Miraba las figuras en las cartas e intentaba imaginar al rey muerto.
Luego aclararon que Pinochet no había muerto. Tuve miedo. Esto no va a quedar así no más. Pensé en irme de
allí. Luego preferí quedarme. Yo en realidad no tenía nada que ver con el
atentado, sin embargo, el sólo hecho de vivir en Avenida La Florida y de haberme
ido a dormir a otra parte me hizo sentir cómplice. Mi abuela se levantó y fue a
la cocina a lavar los escasos platos que habíamos utilizado. La seguí. De pronto
me detuve a mirarla, me fijé en las manchas de lavaza, en los dibujos que hacía
la espuma sobre el fondo del lavaplatos, como si el lavaplatos fuera un plano, la
prefiguración de un mapa secreto. Pensé en los mapas secretos de las dictaduras.
Le pedí a mi abuela que me hospedara unos días y que no me hiciera preguntas. La
pobre vieja se puso seria y me aceptó. Luego imaginé a mi abuela Guacolda sobre
la parrilla de metal de alguno de los sótanos de calle República, me imaginé a
mi abuela tirada, desnuda, con sus chalchas decrépitas colgando mientras un
oficial le aplicaba electricidad en sus viejos pezones. Vi a mi abuela gritando
y recordando a sus hijos, mis tíos, los hermanos de mi madre y no sé por qué recordé aquella
anécdota. Esa historia que ella contaba de vez en cuando y que era el relato de
cómo, cuando niña, recién nacida, se la habían robado los gitanos para devolverla
tiempo después, sin que nunca mi bisabuela recuperara la certeza de que su hija
era su hija. Yo miraba a mi abuela y me preguntaba si era mi abuela. Mi abuela
al final estaba contenta de que yo me quedara allí. Yo creo que estaba
convencida de que yo tenía algo que ver en todo eso. Yo recordaba las palabras
de advertencia de La Chuuuta horas atrás y en cierto modo, sí tenía que ver en todo
eso.
Pienso que estuve ausente como una semana de mi domicilio, asunto que
encendió las sospechas de todos los habitantes del departamento de Avenida La
Florida.
Al cabo de unos días, cuando el dictador ya había
cobrado su venganza y en esa cacería habían asesinado al periodista José
Carrasco y a otros chilenos, y ante las insinuaciones de Natalia, opté por explicar
que tan sólo había visitado a mi abuela, no obstante, nunca llegué a convencerla del
todo (quizá tampoco a mis compañeros de vivienda) de que yo no había tenido
nada que ver con el atentado.
Casi de inmediato, el primero en reaccionar fue un militante
trotskista de Filosofía de apellido Barraza.
Vi a Rodrigo Barraza parado en la boca del pasillo, intuí
su tradicional mal olor: una mezcla de ropa vieja mal lavada y hedor a humo de
cigarrillos baratos. Cerré la puerta, él se corrigió la chasquilla; una
chasquilla ridícula que me recordaba a Che Copete; pero su rasgo más notorio no
era la chasquilla, era una enorme mandíbula. Yo lo miraba a veces, no muchas,
de soslayo y me lo imaginaba disfrazado de pelícano. Su mandíbula prefiguraba
la jeta de los hocicones o la futura papada de un pesquisidor. Del pesquisidor que
acumula argumentos, reproches, preguntas, condenas; del pesquisidor que él ya
era por esos días.
Barraza había llegado a vivir hacía poco con nosotros, y lo
cierto es que su presencia en el departamento no duró más de un par de meses. Barraza
era un tipo asertivo y nos llevábamos pésimo. Fue él quien –preocupado- inquirió
detalles. La tarde que aparecí en el depto tuve la deferencia de ignorarlo y no
cagarlo a improperios ante tal patudez. Recuerdo haber encendido un cigarro y
haberme servido un vaso de vino. Necesitaba calmarme.
Aquilatemos. Un trotskista equivalía a la perorata de sus
argumentos. Éso eran los feligreses de don León: verborrea y citas; sobre todo
citas. Barraza
fondeaba los ríos ocultos de cada libro, como un silurio oculto en el barro
dispuesto a destrozar a su presa. Leía como un Quijano, y quizá estaba loco
como un Quijano. Los observaba de reojo o mejor dicho, los escuchaba de reoreja, si es
que se puede decir así. A veces encandilaban y todos nos creíamos ciegos y
abanzábamos con nuestros bastones tanteando las baldozas y los pastelones rotos
de los pasillos del Peda, tropezando con sus anatemas. Sopesaba sus anatemas.
Oía como se autoproclamaban la avanzada vanguardia del proletariado. Como si
una vanguardia pudiera ubicarse en otro sitio que no fuera adelante.No
importaba que ellos no fueran proletarios, ni hijos de proletarios, si no más
bien simples dependientes de supermercados o de leguleyos de financieras o
casas de empeño.
Le escuché decir una tarde a un trotskista panzón y
bastante torpe de Historia y Geografía que los revolucionarios –los
verdaderos-, decía, optaban entre ser cabeza de ratón o cola de león. Por
suerte, otro compañero de nombre Feliciano, le repuso aquella vez, que aquello
sonaba bien, demasiado bien, pero que ellos no alcanzaban a ser ni los pelos
del roedor en cuestión.
Juro que los trotskistas eran esencialmente, digamos que,
unos simples huevones. Eso creo y sostengo, y huevones que metían la cuchara en
todo e indagaban asuntos e información. Datos o chismes que constituían el peligro.
Peligro para medio mundo.
Tuve ganas de increpar a Barraza, pero decidí o preferí hacer
como que no lo oía. Una práctica –por lo demás- común entre ellos y nosotros:
los entonces dueños oficiales del leninismo.
Caminé en silencio hasta mi habitación para depositar mi
bolso en mi camastro. Barraza me observaba y su mirada me hizo temer. Y si
fuera sapo, pensé. Como era de esperar, mi ninguneo lo provocó aun más, la animadversión
entre ambos creció como si en la cocina hubiera explotado una olla a presión.
Pero esta vez el trotskista de Filosofía de mandíbula enorme parecía haber
cambiado el tono. Hablaba con una entonación de respeto que no le conocía y que
más bien me preocupaba.
-Este huevón pensará que yo tengo algo que ver en eso, (imaginaba
yo ese día), eso me lo repetía una y otra vez en mi cabeza, -les dije a uno de
los argentinos; creo que fue al que le
decían Samuray.
Lo único que faltaba era que empezara a contárselo en
otro lado a medio mundo.
Sí, no estoy ya seguro de nada, pero creo que eso se lo
dije al Samuray.
Los trotskistas del Pedagógico, no sólo tenían mala fama,
(qué mala), pésima fama. Fama de estar
infiltrados, de eso tenían fama estos incautos de la revolución. Algo que, por
lo demás, nunca llegamos a corroborar y que –visto hoy, con lo simpatías que ha
despertado el fundador del Ejercito Rojo- pudo ser particularmente injusto con
ellos.
Todos nos manteníamos alejados de ellos. Tenían la peste,
semejaban una banda de leprosos. Acercarse a ellos era sinónimo de problemas. Y
en esos tiempos nadie confiaba. O en realidad, algunos sí confiaban. Yo por
ejemplo. Yo una vez confié en ellos. Pero no era sólo el miedo lo que nos hacía
evitarlos. Además, evadíamos a los sacristanes de León porque eran
particularmente habladores, eran un río de improperios y mierda, una comunidad
de charlatanes y correveidiles de la política estudiantil. Solían estar en
todas las asambleas, no faltaban a una, tampoco en las mayores asambleas junto
al casino, esa explanada en el medio del Peda donde un grifo solitario vigilaba
al estudiantado como si fuera un extraño dispositivo, un enano de metal que
fiscalizaba. Allí intervenían y sus intervenciones solían siempre causarnos
desconfianza. No pasaban de ser tres o cuatro, a veces una media docena. Rodeados
de otros estudiantes que los miraban con curiosidad, como si fueran unos
animalitos escapados de un zoológico. Levantaban el índice, pedían la palabra y
dejaban en claro que no estaban de acuerdo con nada. Aducían maximalismos
revolucionarios y consignas de todo tipo y al final llegaban a posturas que
dividían a los estudiantes. Solían terminar cargándose a Stalin, acusándonos de
la invasión a Afganistán, y hasta del pioletazo con que el compañero catalán
Ramón Mercader había asesinado a León Trotsky en Coyoacán el 21 de agosto de
1940. Con sus entreveros, los únicos favorecidos, a fin de cuentas, eran las
autoridades. Entiéndase: el enemigo.
Por aquellos tiempos los jóvenes comunistas no sospechábamos que nuestras opiniones no eran nada más y nada menos que una gotita más de los turbios y oscuros fluídos con los que el ala estalinista al interior del partido (digamos que el ala más fuerte). Un ala de ave rapaz cuyos aletazos podían aplastar las alas de los pajarillos indefensos que volaban o intentaban volar en la intrincada jerarquía clandestina; pajarillos anónimos, gorriones de provincia, cuyas cabezitas, esos incautos cerebros dogmatizados por el chantaje partidario, el mismo partido lavaba y restregaba en la vatea ideológica, imponiendo las prioridades, es decir, la urgencia de derrocar a Pinochet. Esa es la pura verdad. Por eso no se discutía, sólo se conversaba. En voz bajita se conversaba, se murmuraba. Siempre de acuerdo en todo, pero a veces se sugería.
Como decía, yo si confié una vez en los acólitos chilenos de
Bronstein. Por eso, en lo que a mi respecta, la tirria de los trotskistas hacia
mi persona provenía de una anécdota curiosa anterior. Y se las conté a los
argentinos. Por suerte no había ningún trotskista entre ellos.
-Al ingresar en marzo de 1984 a la Academia Superior
de Ciencias Pedagógicas, (así se llamaba el Pedagógico en esa época), fui rápidamente
permanente objeto de un intento de reclutamiento que los diferentes colectivos
políticos solían hacer hacia los que se suman de manera solitaria e
independiente a las protestas; como si yo fuera la nueva loca del barrio tras los
enfrentamientos callejeros con los pacos se acercaban los pretendientes, -les precisaba
a los argentinos-.
Pero esa especie de licitación o subasta, no era por
cerebros, qué va, la puja era por manos. Ser de oposición, tener la razón o
estar de lado de la razón, eso era también una cuestión de número, de
cantidades, de masas.
-Se trataba de ser más que los otros, -intervino El
Samuray.
-Sí, al principio se trataba de ser hartos. Lo que no es
lo mismo que estar hartos. Y nos reímos…
Los primeros en acosarme fueron los trotskistas.


