martes 3 de noviembre de 2009

Simulaciones (1991)


Praga, 1989


Son unos minutos después de las seis de la tarde en el viejo internado de Větrník. Gregorio manosea sus bolsillos buscando el reloj, ese que tiene la correa de la pulsera cortada y que no usa hace años. Pero lo ha olvidado. Se admira. Piensa que ha olvidado el tiempo en el bolsillo de otro chaquetón o en su mesa de lectura. Eso supone. Qué importan los instrumentos, los relojes, los termómetros que vigilan las calles, las ventanas, las esquinas, se dice y cierra silenciosamente la puerta de su cuarto, tratando de no despertar a Zeleka, su compañero de habitación; un negro etiope que duerme y ronca una borrachera. ¿Empezará a vomitar nuevamente en el papelero?, -se pregunta Gregorio. Se aleja por el estrecho pasillo donde se encuentra la puerta de su cuarto. Ve pasar a alguien carraspeando una tos oscura. El desconocido va fumando un humo agrio que Gregorio reconoce. Son esos cigarrillos baratos marca Mars. Otro marsista, se dice sonriendo. Hastiado respira filtradamente la náusea que se enrosca en el túnel del internado y que se mezcla con un repetido olor a mantequilla refrita. El olor le recuerda el aliento de Arquímedes, el estudiante venezolano que vive tras la puerta inmediatamente vecina, en el mismo pasillo. Gregorio camina hacia las escaleras ubicadas al final de un largo pasillo de baldosas blancas y negras. Pisa las baldozas cuarteadas con una única intención: salir de allí. Se fija por el rabillo del ojo en un grupo de angoleños estancados en un recodo de las escaleras manoseando unas revistas de fotografías; los negros parecen envueltos en una nube de sudores y resuellos.
Dejar unas horas aquellos pasillos, dejar aquel suburbio de estudiantes miserables; abandonar los vapores de orines del primer piso; el olor penetrante del tufillo a ajo del segundo; la estridente música árabe de las mujeres yemenitas del tercer piso. Huir de la silenciosa caterva de vietnamitas en guerra, escupiendo por folclór y por doquier sus escupitajos cenicientos, masculla Gregorio para sí.
Cruza el estante de los buzones de latón junto a la portería. Echa una mirada a la portera, a la que apodan Doña sargento. La ve cabeceando su obesidad infinita, sentada en sus propias secreciones: sudor, pedos, eruptos. Mira sus pelos desgreñados y dos jarritos de loza barata con borras de café sobre su mesa. Una vez en la puerta respira por fin el aire fresco de la calle. El reloj de pared sobre la entrada marca las seis de la tarde. Pero Gregorio se fija que hace meses ese reloj marca la misma hora. Una hora detenida, una hora definitiva y terminal. Baja a saltos los escalones fijándose en la ventana de la habitación donde viven las dos muchachas búlgaras. Una luz rojiza se trasluce por los visillos. Cuenta el orden de las ventanas: una, dos, tres, cuatro. Es el tercer piso, una ventana a la derecha del primer árbol. Luz roja, la sangre de Safo, piensa Gregorio. ¿Habrá realmente sangre?, -inquiere-. No, nada de eso, -se dice-. Tal vez, ellas -una vez más- se despedazan en esos instantes en su juegos solitarios. Isla de Lesbos, piensa. Alcanza a correr inútilmente hasta la parada, pero el tranvía se ha marchado ante sus narices con toda su puntualidad europea. Alza la mirada hacia el cielo. En la esquina el reloj público marca también las seis. Noche cerrada. Somos la basura del mundo, -piensa en voz alta. La calle es para Gregorio por fin el escape, la fuga. Es sacarse un poco el asco, huir del marasmo, de la desidia endémica, olvidar cierta dosis de esa condición oscura, cierta administrada repugnancia. Ese desposeimiento total y abrumante de ser un estudiante extranjero más en Praga, la falaz virtud o ventaja de ese supuesto privilegio. Olvidar –por unas horas- el suicidio del estudiante japonés, la parsimonia de los policías, la indiferencia de los otros. Gregorio se acuerda del rostro de la chica alemana llorando al estudiante nipón. Gregorio piensa que quizá la berlinesa es la única que aproximadamente parece ser una estudiante, convencida, aplicada, como el afiche del Muro pegado sobre su puerta desde donde en la reproducción de un grafitti berlinés Honecker besa en la boca a Brežněv. ¿Pero dónde se situa él en todo aquel lenocinio?, se pregunta Gregorio. Se masturbará como cada tarde, después de escuchar su propia voz desesperada desde un teléfono público preguntándole a una chica que conoció hace poco cuando se volverán a ver. Amo el amor de los marineros que besan y se van, recuerda. Pero este país no tiene mar y las chicas de Praga no besan. Las chicas de Praga follan y se van. Sin nombres ni apellidos. Gregorio sueña. Tiene un número de teléfono y un nombre. La riqueza misma, pontifica. ¿Se causará ese placer secreto después de engullir una lata vieja y pasada de sardinas yugoslavas?, se interroga.
Minutos más tarde el tranvía baja vertiginosamente desde Petřiny para que él encuentre nuevamente aquella cabina de teléfonos. Tiene que apurarse, tiene que escucharla, -se repite para sí como el martilleo de un reloj. Gregorio recuerda los telefonazos y siente que podría en ese mismo momento largarse a llorar. ¿Era perfecto que ella existiera? Hay detrás de todo eso una pactada euforia secreta, un juego ajeno que él no controla. ¿Lo hará ella también? ¿Marcará ella los números como él? ¿Como él saldrá ella cada día a las calles del mundo, cobardemente, de rodillas, impaciente? Gregorio mira a los pasajeros del tranvía. ¿Sospechará alguien en él esa suerte de interpretación caleidoscopial de la desgracia humana que desvaría a solas, y que lo devora?
Esa es su locura, admite, un ilustrado abanico de angustias. Oscurece ya sobre la ciudad. Un viento helado se cuela por sus gastados calcetines, Gregorio apreta la bufanda enroscada a su cuello, ve las paradas de tranvía una tras otra, vacías y heladas, como si fueran el refrigerador de un estudiante. En los escarchados prados los cuervos del invierno checo bailan su ritual negro y lo saludan con miradas oblícuas y cuadrándose como soldados funerarios. Nosotros somos esos cuervos, piensa Gregorio, deseando viajar en un vagón vacío, con asientos vacíos y sin cochero. Praga en noviembre tiene ese inesperado hielo que agota, retruca. Ese chasquido repentino y polar que transforma la realidad en un cementerio arcaico, en un patio gigante lleno de lápidas chuecas, de losas inclinadas, de túmulos hebraicos cubiertos de pequeñas piedrecillas. Lleno de esclavos rogando sobre los catafalcos marxistas. A Gregorio se le viene a la memoria el barrio de Jižní město, aquella monumental acumulación de edificios de paneles de cemento que le parece el sinónimo de una necrópolis cubierta de manchas humanas. Mira desde la ventana del tranvía 18 la mancha blanca de la nieve como un metal lechoso, observado ahora por él desde las ventanas embarradas de un vagón que baja raudo a la ciudad.
Hasta que sucede algo inesperado o esperado.
Cuando ella sube por una de las puertas traseras y camina hasta el centro del carro, él de pronto sabe que esta noche es ella la elegida. Que han estado esperándose o buscándose mutuamente.
Quedan sentados inevitablemente el uno al lado del otro. Los separa el pasillo del tram. Será lo de siempre, imagina Gregorio: un rostro donde soñar, unos bustos prominentes, unas nalgas núbiles debajo de unos pantalones ridículos. Pero, prefiere no mirarla, que no note su presencia. La observa agazapado desde su propia oscuridad. Una oscuridad que se amontona y prolonga detrás de los cristales del vagón. Afuera esa oscuridad es una ameba ciclópea que se extiende por encima de la realidad; es la noche misma. Pero sus ojos de gata, se van clavando en el reflejo del cristal, como si sus dedos de uñas mal pintadas le rozaran a el su garganta. ¿Qué querrá? ¿Por qué lo mirará así? ¿Huirá también ella de la ameba nocturna y benevolente allá atrás del cristal? ¿Qué buscará ella en medio de aquella noche sin sonrisas? ¿Sin sacar sus manos de los bolsillos?, se pregunta Gregorio. ¿Le devolverá entonces él aquella mirada?
Un poco de calma y seguridad, piensa. ¿Podrá sentirse así al menos unos segundos? Por ejemplo jugar a ser la vaga y torpe idea del extranjero que recorre el mundo, o quizá la idea del anacoreta extravagante. O la definición imaginada y a priori de otros transeuntes: algunos idiomas, algunos dólares en la billetera. Todo bien elegantemente envuelto en una perfecta dosis de arrogancia gregaria. La sublimación de ese complejo de inferioridad que encarna una trasnochada chilenidad. Pero luego Gregorio se pregunta: ¿a qué juega ella columpiando su pie? ¿Tal vez al frío de necesitar? ¿De corregirse? ¿De acomodarse en su última existencia? Gregorio la mira asustado. Sus medias negras se frotan en un diminuto pedaleo secreto que provoca como una gata erizada. ¿Habrá de decirle algo, a él mismo? A él que ha finalmente volteado a mirarla de reojo. Una audacia de noventa grados: falda corta, medias negras. Le echa un vistazo para poseerla en la visión, para sentir la consternación, el nudo en su garganta, el temblor de esa sombra cercana que es ella, estampada, pidiéndole audiencia para huír de la hostil ameba. Siente sus ojos límites, el color de sus retinas como un escalpelo.
Está seria, piensa, fija como fotografiada en los periódicos. Ausente de una sangre fortuitamente examinada en un posible informe policial. ¿Será entonces ella, carente de alegría, en medio de una probabilidad, la víctima? ¿El retablo de su último grito por ejemplo en el Parque de Julius Fučík? Sus piernas: engranajes de una suerte escapada. ¿Podrá asegurar que es bella? ¿El? ¿O el redactor del noticiario en el vespertino? ¿O aquel tipo del asiento trasero?
Gregorio logra mirarla bajo el colapso de ese sueño, de esa premonición, del resumen. Un trozo de plomo estrellado en la sien, unos arbustos arañados, imagina Gregorio. ¿Hacia donde mirarán sus puñales azules? Gregorio puede sospechar algunos jadeos o los insultos sanguinolentos de su última noche.
Ah, la vida, el gran hematoma, concluye Gregorio. Eso es el entendimiento, un recurso de último momento en medio de una sociedad sonámbula que golpea.
Una parada tras otra su rostro rebota en los cristales. ¿Será todo eso tan falso como el noticiario cada tarde? Un invento del Stolichnaya bebido, un sádico deseo social. Gregorio la analiza. La destaca el parecer pensar en algo demasiado lejano, sospecha Gregorio, algo en algún extremo indómito, hechizando, permanentemente hechizando a través de los cristales, escondiendo el quejido o la lágrima hecha de un orgasmo metálico, clínico, de un sueño abortado, de una guillotina psicoanalítica.
¿Y quien entonces podrá ser él? El grito sediento junto a un teléfono, el sordo llamado policiaco, la visión oculta de un encuentro sin conjugación, el verbo estático de este país en infinitivo, la masturbación sobre unas sábanas pasadas a sudor o a sopa. ¿Quedará ella en alguna esquirla rota de la madrugada? ¿O él en un gesto de sátiro permanente? Asechando desde la copa del árbol genealógico del mal en la creciente oscuridad del mundo.
Praga, internado estudiantil para extrangeros de Větrník, piensa. Pasillos sucios de caldos estomacales, jugos marrones en los lavabos, los vómitos de la noche del sábado, acumulación de pasillos con filas de puertas, recovecos sin fin. Fauna humana. Gregorio se acuerda del penquista Cáceres. Un tipo asexuado, un engendro, que ayuda a algunas estudiantes en apuros a abortar por módicas sumas o por simples felaciones. Cáceres hace inhalar los vapores de los ácidos de fotografía a una joven panameña. La chica aborta con éxito. La chica aborta feliz de no arriesgar su beca de estudios. Cáceres, el plagiador ingresa a estudiar gracias a unos trabajos ajenos. ¿Quién es ese chilenito? ¿Morirá algún día aplastado por el tranvía en el intento de recoger su vibrador de bolsillo caído sobre los ríeles? Ah, Cáceres, repite en voz baja Gregorio, qué tipo. Cáceres pertenece al círculo de los falsos estetas, a los príncipes de la banalidad que habitan algunas habitaciones del primer piso, recuerda Gregorio. Gregorio los apoda los fere-sociologos, doctos compra-títulos, inventores de carruseles. Somos la basura del mundo, repite. Qué importa que la luz roja de aquella ventana sea un prostíbulo francés, un repartidor de enfermedades victorianas o una simple ridícula simulación.
Gregorio por fin ve todo claro. La vida es eso: una simulación. Una mujer arañada, tajada, escarbada y finalmente manchada por la eyaculación velada de un tanatólogo durante sus horas extras. La noche es un teléfono descolgado, des-gritado, des-hablado; una transfusión de sangre directa a la vena de algún testigo del gran crimen, a la vena de algún transeúnte del paraíso perdido, del fracaso terrenal.
Ella allí en el mismo tranvía es la suma de todas las salidas nocturnas de su cuarto, ella es el deporte cotidiano de vender sus ligas, o los elocuentes pezones pintados de rosa, los posibles chancros disimulados con polvitos Revlon, un carnet de estudiante en alguna gaveta, o en el monedero, o en la bolsa final de polietileno entregada a sus padres en provincia.
El tranvía se detiene de golpe, Gregorio se baja apurado buscando nuevamente el aire frío, fresco, el repetido tufillo del carbón comunista. Estornuda, siente un escalofrío. Las escaleras mecánicas del Metro se abren como una orquídea violada por la punta de una bayoneta rusa. Las paredes del Metro sudan sus óxidos, aquellos líquidos extraños. ¿La sangre, el estiércol o quizá el semen de la urbe? Gritos acuosos y pestilentes salen de los túneles como los supuestos fantasmas de aquellos que han muerto ideológicamente drogados. Detrás del oído los gemidos sadomasoquistas, el ultraje maquinal, el gozo de un clítoris succionado, la cotidiana disección ciudadana.
¿Querrá escapar? Evitar el posible bramido, salvarse de sus medias corridas, de sus cejas entrejuntas, de arrugar la frente como un billete viejo de cincuenta coronas. ¿Será posible dejar un teléfono sonando hacia la nada? Sin abecedario, sin la heroicidad, sin el erotismo reprimido de unos cuantos verbos y mentiras. Gregorio la observa, parece tener la misma prisa, como si quisiera asirse a su camisa, rogarle que le hable, que no la entregue a la noche, al noticiario, al futuro temor de las niñitas de buena familia. Gregorio siente un palpitar extraño, un descarte de lo ajeno, como si el hilo invisible que la ata a él, por espacio de unos minutos, estuviera destinado a cortarse, a dejarlo ir, a continuar en la ciudad perdida, en los tráficos recónditos, en las geometrías de la rutina. Gregorio camina lentamente, deja que se acerque cada vez más. Olfatea su respiración, la antesala de un quejido o de un estertor. Siente el frío del suelo, ese eterno espejo de sombras, mira las pisadas: una secuencia de adivinanzas. La escalera mecánica va cayendo a una cloaca palpitante, a una alcantarilla filosofal donde se buscan las respuestas al gran trauma humano. Los peldaños repetibles de un sueño olvidado, condenado al absoluto fracaso. Al halógeno subterráneo de la locura. ¿Y si todo no fuera nada más que un sucio muro interior, un pasadizo de rieles al gran desorden?, piensa Gregorio. No hay más que el a-orden de la casualidad, piensa mirándola unos peldaños más profunda, menos simétrica. Luego la ve unos pasos detrás de una columna a cien metros bajo tierra.
Llegará el tiempo de los números, de las rayitas negras, de los códigos de barra, él lo sabe, una vuelta a la herejía, a las medias alturas. Los dioses nunca cumplen sus planes quinquenales. Sus rodillas electrizarán sus propias cicatrices, el gran alarido coagulará un espacio milimetrado, envuelto de momias, de fetos viejos caminando o bailando en el mismo lugar donde se erigirán futuros parquímetros.
Lo universal y ooriginal de la verdad se encuentra en el gozo vertical de haber seguido en pie cuando la primera manzana fue mascada, piensa. La mordida, la alevosía de la independencia, de la mala intención, el placer del más humano de los desafíos, el delirio del primer éxodo, el orgasmo de cruzar los conceptos, de escarbarlos hasta que la existencia y el Ser se derramasen desde el universo o desde la jeringa oxidada de un dios inyectándose heroína o desde su pantalla de PC que pueden ser quizá lo mismo.
La realidad finalmente son esos túneles, venas eléctricas, velocidades, ráfagas. Gregorio se detiene. Su mirada cruza el subjetivo espacio de la visión, el vidrio negro polarizado, el estallido de una condición de insectos, su telepatía antropófaga. Ah, dice, insectos, eso yo soy. Un cucaracho patas para arriba una mañana en una habitación, mientras mi hermana golpea a la puerta. Soy Gregorio Samsa. Él la observa. El informe de su carterita negra: un jirón retrógrado, unas monedas, una credencial rotulada de estudiante en alguna parte.
El misterio está en eso, en la profecía cotidiana, en el desamparo absoluto del verbo, el saberse parte de una rutina: la rutina; como parte de un laberinto descifrado, un replay televisivo. Levantar el fono, discar los números o cruzar un pasillo con manchas de salsa, entrar a los baños a ver los vómitos de una estudiante afgana tras el supuesto reposo del fin de semana, cruzar unas escaleras donde unos latinos melenudos rompen botellas.
Finalmente Gregorio vuelve a casa; al block II del internado estudiantil de Větrník, pensando en ese rostro de mujer como si fuera una muñeca de madera. Lo sabe, lo supo, lo adivina o lo supone Existe un círculo que se cierra permanentemente sobre la conciencia humana, como una pesada puerta de hierro. Es un movimiento eterno, la imagen de una copa arrojada en cámara lenta a una chimenea. El nipón Nagayaka puede colgar cuarenta días o cuarenta siglos de las cañerías del subterráneo, hasta que su cuerpo de paso a la normalidad del hedor, hasta que el pasillo de las duchas pase a ser un lamento común, un peregrinaje recurrente, ese falso éxito europeo del siglo veinte. A quién puede importarte que él haya respirado a cuarenta centímetros de un extrangulamiento. El destino de los hombres no es más que la incapacidad de retornar al origen, a algo anterior al verbo, anterior al dolor, al primer desafío, a la primera irreverencia.
El flash en el noticiero de la radio no agrega nada. La noticia es la noticia, pero nada más. En las calles ha empezado la revolución. Algo que él conoce muy bien. Pero su atención está en otra parte, en ella. Nadie puede imaginar el rostro cubierto de cabellos embarrados, de llantos sordos. ¿Habrá en su última sonrisa una verdad atroz, una condena, el decreto civil de su paso al abismo? ¿Serán todos ellos la basura del mundo? ¿Realmente la basura, la maravillosa y amada basura? Allí está su seno herido, los dos zeppelines a punto de la gran tragedia, redondas, saciantes. La chaquetita de cuero negro, la pista sacerdotal para el gran game de los funerales, el dato escondido de un rompecabezas, rompe-principios.
Gregorio recuerda las puertas del vagón del Metro soviético (o sub-ético, piensa), abriéndose y cerrándose, respirando, bufando. Hombres y mujeres indiferentes. La nueva fauna humana del capitalismo triunfal checoslovaco, se dice. Gregorio ve a unos cabezas rapadas buscando pieles oscuras, oscuras como sus almas, como la de él. Gregorio ve a un grupo de hippies, tipos resistiendo el calendario, ve a algún funcionario de estado hojeando una libretita.
El pañuelo que lleva ella al cuello se ha transformado en la prolongación del brazo homicida, en la víbora invencible, él lo sabe. La noche, la ameba ha dejado su cerviz a merced de la esperanza y las buenas costumbres. Sin embargo la noche se ha hecho más y más venenosa. El juego de dolores, los ojos, el pelo fijo cae directamente a la nada misma.
En algún lugar, en el mismo instante en que él apaga su lamparita recostado en la cama de su cuarto, mirando al negro etiope dormido, está todo ocurriendo, a fuera, o en él, o en sus manos. Mientras tanto esos días el mundo se sacude de las bondadosas interpretaciones de la historia. El refrigerador espiritual cierra su puertecita de igual modo como cuando el negro cierra cada noche el Tomo II del Das Kapital. Ese libro que no para de leer. Ese libro ahora allí, en la mesa del africano, presente como los gritos nocturnos del internado.
Gregorio chupa en la oscuridad la última bocanada de su Dalila, lo tipea sobre el cenicero improvisado pensando en el próximo telefonazo y después de todo en la cara de la gente de bien, la de los parientes más cercanos de aquella muchacha mirándola fotografiada en la primera página del periódico.
Hace frío y por la ventana se filtra un vientecillo. A lo lejos puede imaginar en el fondo oscuro el rostro de esa muchacha mirándolo asustada, en el momento en que se hunde en las escaleras mecánicas en la estación donde se cambia de traza; en el momento en que la deja ir en su última sonrisa. Piensa en la mañana siguiente. Se pregunta por qué lo ha hecho. No lo sabe, no lo sabrá jamás, porque para Gregorio la existencia son sólo suposiciones, o premoniciones. La existencia son sus imaginaciones y son sus deseos, inclusive a ratos aquellas salidas sin control. Gregorio jura que comprará los periódicos, por si acaso algo así se ha cumplido. Luego se duerme.


Praga, 13 de abril de 1991- octubre 2009

viernes 23 de octubre de 2009

Los hombres que nos traicionaron (1987)

Hay una ciudad perdida
en el capullo de una flor,
no tendrá jamás catedrales
ni ministerios.-
Habrá que castigarse
con una ausencia de miradas
hasta llegar a sus plazas
sin palomas.-
Algunos hombres decidirán
apagar las luces y recorrer
los tallos como escaleras
hacia el infierno;
se hundirán en el polvo.
Y una raíz de púas
inaugurará su melodía
cuando llegue
la hora de los sacrificios.-
Habrán los inesperados
que parecerán traiciones
y habrán los que
hemos esperado siempre,
y gracias a "diOs" todo
será irremediable como
la prisión de una fotografía.


Cartagena 21/12/87

martes 20 de octubre de 2009

"Thick as a brick" (escrito en 1986, revisado en el 2009)

(...y te has fijado cuando sales de esa pequeña casa de población, donde hay cientos iguales, y te vas al diminuto patio trasero, a buscar un lugar donde sentarte a estar sola. Como cuando una no era nada más que un mocosa insignificante de once años, casi sin presente, casi sin futuro, un ser humano que nadie tomaba en serio; una niña pobre, nada más que para los mandados o para que en las horas de ocio le rascaras la espalda a la abuela, que a cambio te hacía algunas rosquitas y pie de limón, o a la tía, para que hiciera soipaipillas con chancaca, o empanadas, las que a veces eran de queso, y que las hacían ambas con la llorona de tu madre. Riquísimas, tan buenas como las pantrucas de zapallo. Así eran aquellos fines de semana de otoño o de verano. Solías entonces también salir al patio, en esa casa de población de muros de cemento y sogas de alambres, donde los rateros corrían el riesgo de rasgarse las manos con culos de botellas y esquirlas de vidrio cementadas a las tapias. Patios de tierra aplanada, diminutos, donde la venganza de un vecino podía ser la sorpresa de una bacinica con meados en un rincón o los restos de una olla con porotos con riendas.
Después de secar los platos, llegaba la tranquilidad al rincón más olvidado de esa casa. El patio olvidado, donde se descansaba de aquel panteón de quejas y calvarios, los de tu tía o los de tu madre, o incluso los tuyos propios, cada vez que te tocaba lavar atados de ropa sucia en la vieja artesa, o sacudir todas las alfombras de la casa a golpes, con un objeto de mimbre en forma de flor; la gran alfombra de un living de casa pobre de sólo 9 metros cuadrados, las alfombrillas de las camas, las alfombrillas de los pasillos, las del baño enano. Después imagínate como recordabas a ese señor que te decían que era tu padre. Lo veías dormir su siesta de oso mayor, especie de ogro quimérico que recién se despertaría al anochecer, envuelto en un suéter viejo y deshilachado, escondido en uno de sus pasamontañas de antología, que lo protegían de fríos secretos y sueños inhóspitos; pero también de la tristeza, de la falta de empleo y de las ganas locas de seguir bebiendo.
Salías al patio a la misma hora en que tu mamá y la mamá del Toño estarían descansando, viendo las telenovelas mexicanas, o las venezolanas, pedaleando con los dedos los tejidos de croché. Tú no querías verlas. Odiabas la televisión. Te sentabas buscando un lugar que quisieras o que pudieras hacer tuyo; un lugar que fuera como una sucursal de ti misma. Una pose permanente reconocida por todos, una especie de casita en el árbol (para los que tenían arboles en sus patios). Un territorio imaginario, el país de las maravillas. El lugar secreto que habías hecho tuyo toda la vida, a pesar de que cualquiera de la familia pudiera pasar por allí, o el infinito de extraños que solían habitar tu niñez, como fantasmas que hacían visitas caprichosas. Un rincón mágico, lleno de alucinaciones, como cuando el Toño te daba a probar esos cigarros hediondos junto a la banca del parque y cerrabas los ojos y escuchabas el eco sordo y salado que salía de los hoyos a la orilla del mar, huecos luego devorados por las largas olas del crepúsculo. Un lugar donde encontrar el amparo de ciertas soledades que brindaban la posesión absoluta de cualquier universo, hasta el más banal, siempre que fuera ferozmente propio, como esos sueños que finalmente se olvidaban para quedar quietos en el alma, como sumisas medallas de hielo, derretidas en el fuego de los años. Te clavabas mirando objetos dispersos, individuos de un mundo interior, vagabundos de un universo menor.

Y ahora, allí mismo, en los mismo lugares, muchos años después, como si nada hubiera cambiado. ¿Eres la misma? Sales ahora al mismo patio. Empiezas por acomodar unos pneumáticos viejos que están allí desde que tu padre se marchó para siempre. Te sientas en esos pneumáticos. Te saben tan incómodos que al final terminas sentada en un tarro viejo y oxidado; un tarro que duerme su muerte lenta, bajo un capa de ácidos marrones. Entonces la sed de respuestas -que llevas adentro junto a tu nueva cruz, el resultado de aquella única noche con Toño, -lo convierte en un sofá. Así sucede cuando una no quiere más que estar sola, piensas. Como los escondites de aquellos años borrosos, cuando eras niña, cuando el canasto de la ropa sucia era la cabina de una nave que los llevaba a ti a Toñito de la tierra a la luna. Te fijas en el ruido que hacen tus pisadas sobre un montón de piedras y ripio acumulado, el ruido de las piedras desbaratándose en un terremoto de detalles inservibles. O el ruido que hace el choque de dos ladrillos, el chasquido seco de su naturaleza dura y simétrica. Y escuchas en tu pérsonal tu cinta favorita...
…Really don't mind if you sit this one out…,
...así empieza el disco que te recuerdan aquellos pedazos de tierra rojiza con que el mundo levanta casas. Thick as a brick de los Jethro. Así es la vida, dura como un ladrillo, piensas mirando tu vientre. Conoces la tristeza escondida en la flauta traversa de Anderson, la misma que puede haber en el silencio de esa araña que ahora baja descalza por la pared. Miras una silla vieja tirada en el piso, una silla donde ya nadie puede sentarse. Enciendes uno de tus Winstons, pero sientes nauseas. Lógico. Tal vez no debas fumar, tal vez es un riesgo en el estado en que te encuentras. Lo apagas en una piedra y tiras la colilla lejos. Sientes asco.
…I may make you feel, but I can't make you think…, escuchas tus recuerdos entre los recuerdos analfabetos de aquella canción que te recuerda las palabras de Toño allá abajo entre los cañaberales esa noche. Agarras papel y lápiz para tratar de irte por el tobogán de una carta, de una confesión, de una despedida o por el zumbido de letras que se han de extraviar en la ceniza del tiempo. Acabas escribiendo nombres, conjugando variantes posibles. Pero todas tiene un apellido que se repite dos veces, el tuyo. Repetido como una vergüenza, como un eco, como si fuera la condena de un tartamudo. Te escapas en el tiempo. Un tiempo perdido y sin retorno. Aquel mismo tiempo que se alejaba lentamente en las caminatas a tu colegio, desde calle Juan de Dios Pení hasta calle Justo Donoso, encarcelada en cuadernos y un uniforme escolar, soñando con muñecas, o jugando a patear un pelota con los niños y darle el mejor de los pases al Toño Fuenzalida para que cruzara de un golazo las columnas de un edificio viejo cercano a tu casa, que hacía las veces de arco. Te alegrabas de que se jugara el Mundial, te alegrabas de la alegría ajena, esa de los hombres por el empate con los alemanes democráticos. Preguntaste por qué habían dos Alemanias. Y nadie quizo contestar. Preguntaste por qué no habían dos Chiles. Y sentiste un palmazo en la nuca. No hay dos Chiles gracias al General Pinochet, dijo alguien. Pero tampoco entendiste. Hoy entiendes, tan solo unos años después. Quizá por eso te sientas en cualquier parte a mirar hacia cualquier parte. El presente así, no es más que un atado de recuerdos y precauciones. Mirar una pared que podía estar en cualquier sitio, que era la misma repetida pared de todos los sitios, como el telón de fondo de un cine mudo. Entonces caes en el colapso de sentir el espesor de una barriga que crece, una barriga vieja y añorada que se ha adueñado de tu vida; de recordar la imagen del espejo mañanero. Ver a la monja cotidiana que se esconde en cada amanecer. Entonces las preguntas son una manada de fieras en celo dispuestas a morderte la panza. ¿Cómo se habrá partido en dos una piedra pequeña junto a tus zapatones heridos?. Mutilados de barro y polvo. Y tú que ya has pasado por una que otra jaula de clases, sabes que los cambios de temperatura destrozan las piedras de las primaveras chilenas. Donde noches heladas dan paso a mañanas de sol, al olor de los tomates y del cilandro; a las muchachas que lucen senos nuevos descubiertos de aquellas ropas invernales, de aquellas lluvias milenarias. Pero tus senos son otros, no los reconoces. No son los senos que mordía Toño, no son los senos que acarició una noche ese hombre que te decían era tu padre. Alguien te llama desde el interior de la casa, desde el fondo de un abismo incierto. Es una voz dispuesta a llevarte de regreso a la realidad, como cuando eras esa niña que recuerdas, que se te repite como un erupto. Alguien te grita que tienes teléfono. Alguien te saca de allí. Como cuando había de pronto que ir a comprar aceite o carne donde el carnicero que te decía: ¡hola encanto!... y te mostraba un gran cuchillo que daba miedo. Ahora la voz cruza los vidrios irregulares buscándote y no te encuentra, porque haces como que no estás. Sabes quién te llama, prefieres ignorar lo que tarde o temprano tendrás que afrontar.
Cae la tarde sobre la ciudad, el reloj de mano te da las siete y una gran fila de hormigas cruza eso gigantesco para ellas que eres tú. Las dejas ir, marchar su éxodo laboral. Para ellas entonces ya no eres el hombre o la mujer, aquella catástrofe inexplicable que las asesina en cualquier momento, cual entes menores. Ese holocausto cotidiano. Vuelves de aquel embotellamiento mental para escuchar los ruidos del barrio, el grito de un niño a lo lejos, llanto al que no quieres acostumbrarte. Una brisa se deja oír en unos traperos que se secan en la soga. Te vas, viendote en ese espejo que son las sombras que se alargan sobre el suelo. Aquel espejo que no distingue colores ni perfumes, que no sabe que la falda que llevas puesta es de una amiga que te dijo que se tenía que ir rápido de Chile para que no lo mataran. Por el cielo pasa volando un pájaro y te acuerdas de otra canción:
...gaviota, gaviota , paz del equilibrio, cadencia increíble sembrada en el hombre ...,
…o algo así. Su vuelo te acompaña unos segundos. Te parece sencilla la rutina de la araña que ahora camina por un fierro viejo. Vuelves a saber que son más de la siete, que el día anterior estabas así, casi en lo mismo, sin saber si irte a golpear aquella puerta, aquella puerta que salvajemente se cerraba y abría en un capricho torrentoso e incierto. Allí estaba la calle donde habitaban esos ojos verdes, las manos que arrancaron goce en rincones telúricos de casas arañadas por el quebradero de los años. Cómo renunciar a la esperanza, como renunciar a los recuerdos del sexo con Toño. Un sexo que dolía y gustaba, un sexo capaz de llevarte a la locura; una locura íntima en la soledad de tus sábanas. Dónde estará, escondido, ilegal, fugitivo, leyendo, escribiendo cartas o poemas volcánicos llenos de mentiras y palacios destruidos. Estos eran los momentos en que los imperios ideológicos se derrumbaban, a golpe de pasiones. ¿Dónde estará? Vivo o muerto. Escuchará las canciones que la llevaron a la desnudez en tardes finitas cuanto te cantaba:
Ahora solo me queda buscarme de amante la respiración ... ...olvidar que fue mío una vez cierto libro... y reír y reír y reír madrugadas sin ir a dormir... ..sí , es distinto sin ti.
Volvería el tiempo en que él te esperaba; el carraspeo de las rejas y el clamor de tus nudillos sobre su puerta. Las dos horas en que su casa era sólo para ti.
Van a ser las siete y media; la araña es la historia microscópica de este patio que se inunda de soledad.
Imaginas entonces el ruidillo de este lápiz sobre este papel, como la escoba que a lo lejos rasga el piso, como si tu mano escribiera la limpieza sobre el cuerpo de una guitarra. Como si un cuerpo debutara entre los traperos colgados, en una fantasmagoría imaginaria que invade todos los patios donde hay lamentos y recuerdos. Donde hay huerfanos y deudas. Las deudas de los patriotas muertos, de los patriotas fujitivos, desaparecidos, olvidados. Justo ahora. Cuando llega la hora del toque de queda, cuando llega el gris y la ciudad enciende sus farolas. Cuando te vas y en el patio ya no queda nadie...)


Santiago 1986- Praga 2009

domingo 18 de octubre de 2009

Una piccola crónica literaria de Nápoles X - Epílogo.

10



Nuestro periplo napolitano llegaba a su fin. O casi. Salimos a tiempo del Bed and Bed only (de Breakfast ni hablar). Parecía que en pocos días habíamos aprendido a prever y sospechar en la ciudad de la improvisación y la casualidad. Nuestro taxi de las seis de la mañana estaba esperando por nosotros. Si bien bajamos a esperarlo a tiempo, lo hicimos temiendo que una vez cerrada la puerta del hospedaje llegaríamos al portón que daba a via Foria y lo encontraríamos cerrado. Por lo mismo M. esperó arriba hasta asegurarnos de poder salir del edificio. Después de un descenso en capítulos, subimos al taxi. Un auto diminuto manejado por un Fittipaldi o por un Fisichella, que en dieciocho minutos nos dejó en el aeropuerto. Tras los respectivos trámites de rigor de embarque nos dedicamos a caminar por los escasos negocios. Como era de esperar no pude evitar entrar a la pequeña librería. Librería cuyos estantes habían sido tomados por asalto por los libros de la Oriana Fallaci, y por los libros del señor Coelho. Libros de entrevistas, corresponsales de guerra, libros de autoayuda. Literatura de aeropuerto, pensé. Ave César, los que van a morir te saludan. Un sentimiento encontrado finalmente me consolaba. Probablemente era mejor que los libros que me gustaban no estuvieran en compañía de esos libros menores. ¿Menores?
Quizá esa era una buena manera de definir aquellos libros. Como otrora se escribieran aquellos versos de arte mayor y versos de arte menor. Me acerqué a la diminuta sección de Lingua Estrangera para volver a encontrarme con la última novela del escritor ovallino. Pero esta vez en su idioma original. La tomé para hojearla, con la desconfianza justa. Un libro de tapa dura con una cubierta curiosa. La taza de un capuccino que lucía una hoz y un martillo dibujados con la crema o con la espuma de la crema. Revolucionarios de café, pensé. ¿La creme de la creme?, -pensé preguntándome. La portada me evocaba aquellos best sellers de espionaje que se solían vender a primera vista. La portada invitaba a imaginar el argumento o la trama que sus páginas podían encerrar. Mucho más que la caricatura de la edición italiana.
*
La sombra de lo que fuimos. Un título en cierto modo doble o triple. Probablemente no lo leeré, pensé, tras ver el precio de 24 euros por un libro de formato grande, de escasas 174 páginas y con un descarado, abusivo y excesivo tamaño de letras. Un libro para cegatones que han extraviado sus anteojos. Pensé que era evidente que el autor había extrujado al máximo su inspiración. El resto era obra de la mercadotecnia de Espasa. Pero la razón por la que probablemente no leería ese libro (aunque nunca se sabía) era mucho más que un asunto de páginas o de tamaño de letras. La sombra de lo que fuimos. Un título con sabor a reproche, o con sabor a autocrítica como dirían los pastores del materialismo histórico. La sombra de lo que fuimos. ¿Qué quiere decir esto?, pensé. Quizá el romántico escritor por fin dio con la verdad y ya sabía lo que fuimos o fueron, pensé. ¿Qué fuimos? o ¿Que fueron ellos, esos hombres que hoy pasaban los sesenta y vestidos de verde soñaban llegar a los cien? Aquellos situados una generación antes que la mía. Y ¿Fueron algo? Sombra de lo que fuimos podía ser también la sombra de lo que quisieron ser. La literatura con temática revolucionaria parecía ser una literatura anacrónica, aunque para los lectores del chileno aun fuera un tema urgente. Pero los temas revolucionarios nunca eran del todo anacrónicos. Quizá ciertos autores lo fuesen. La sombra de los que fuimos, en plural, me invitaba esa mañana, nuestra última mañana napolitana, a pensar en la sombra de lo que yo había sido. Como si lo que fuimos o lo que fui hubiera sido la luz. Pero, ¿era el escritor latinoamericano de best sellers él mismo la sombra de lo que fue? ¿Somos hoy la sombra de lo que fuimos? La sombra de los lectores de Sepúlveda que fuimos. Repasé en mi cabeza nuevamente cuantos de sus libros había leído. Varios. Definitivamente yo era esa mañana en el aeropuerto la sombra de lo que había sido cuando aun no sabía bien leer o bien cuando aun no sabía qué leer. ¿Somos la sombra de lo que fuimos y la luz de lo que somos?, pensé: lectores de Bolaño. Lectores de Montesano o de La Cappria. Eso estaba por verse. Todo lo que está vivo, incluído el arte, incluída la literatura está siempre en un proceso de decadencia y de superación, me dije. Era una ley del universo. Los escritores viejos estarían siempre condenados a ser superados por los más jovenes. Y la juventud, no era una cuestión de años, sino una cuestión de género.
*
La sombra de los que fuimos, un libro de aeropuerto, un libro para pensar ridículamente en la muerte, en el pasado. Un libro a un precio sorprendente, digno de un escritor ecologista y de izquierda. ¿No era que se pagaba menos en los aeropuertos? Duty free: patrañas. Letras grandes, pocas páginas. Un libro para vuelos cortos. Un libro para ex sindicalistas. Un libro para obreros retirados. Un romanzo con el llamativo consuelo de haber ganado el Premio Primavera en su versión de ese año, decía una etiqueta adhoc que cruzaba el libro por la cintura. Un libro carateca, un libro dispuesto a darme un golpe y a sacar un par de billetes de mi billetera. Premio Primavera, me dije. Qué premio era ese. ¿Un premio reputado? Pero los premios sin prestigio al final no tenían por qué culpar a los escritores que se los ganaban. Vi el nombre de otros autores en la contraportada: Carmencita Posadas, otra gran autora evidentemente o escribidora (como diría Bolaño).
Esperábamos sentado en una butaca la señal de abordaje mientras escribía algunas contrarias o contrariadas notas para esta crónica y a ratos miraba a la azafata de tierra. Casi nadie la miraba. Sólo yo. Y mientras la miraba volví con mis pensamientos sobre el tema de los accidentes aéreos, sobre el tema de las azafatas. Quizá si su colega en el avión hiciera completamente desnuda toda aquella pantomina con el cinturón y la mascarilla de oxígenos, todo ese balet de señales sólo en tacos y quepí, despertaría la atención de los aburridos pasajeros. Incluída la joven madre que minutos más tarde iba sentada a mi lado leyendo su Cosmopolitan, haciendo sonar y brillar su bisuteria cada vez que pasaba una página. La miré de reojo, como si fuera checo. Otra rubia teñida más en el mundo, pensé. Aunque esta le parlaba italiano (aunque fuera checa) a su hijita pequeña y también teñida sentada al otro lado del pasillo, que le insistía en preguntarle cualquier niñada en su checo natal. Yo la observaba: su camisa de color purpura, su reloj de plástico amarillo y sus botas puntiagudas de color verde. La rubia teñida hojeaba su revista y ojeaba a su hija. Yo me sumergía en mis temores conocidos mientras el avión despegaba de regreso a Praga. Nápoles, la bella y sucia ciudad quedaba allá abajo con todos sus libros buenos y sus libros malos.