a M.
Al rocío oportuno
despliegan sus alas
mis neófitos corceles,
solemnes, insignes.
Aun litúrgicos
pero derrotados.
Clepsidras y péndulos,
religiosamente inútiles
intentan las ubicuas suturas
de toda castral exégesis.
Crono encapsulado
monta su caracol herido,
anunciador de paciencia
y falso paraíso.
Nada será cenáculo,
ni detalle de anaquel,
nada arqueología furibunda,
ni brebaje lejano
en tus mamblas tiernas,
las joyas de esa carne,
perdidas bajo el jardín de la tela,
condecoraciones maternales
en el imperio de la lengua.
Abandono inevitable del pregón,
ante la reiteración exacta,
ante la negación ecléctica,
ante el hogaño recuerdo
de los manzanos de Morfeo,
aquella noche fundacional,
ante el sigilo de una tarde
sentado en el escenario derruido,
junto a un roble anciano,
en un parque inglés.
Vestido porfiado
de rédita memoria,
de laberintos transparentes,
de incendios repentinos
abanzan los centinelas.
Sobre la cama del vigía,
un tallo encurtido de ruibarbo,
inventa sal de inseminaciones.
Una perla rosada
desaparece esquiva
como Venus en el horizonte
de la maraña nubil
y fundamental.
Anochece,
una garúa empecinada
de pequeños pegasos muertos
anuncia el fragor y la revancha.
La contienda de Hidaspes
se acerca al alba.


3 comentarios:
hmmmm... demasiado pedante
Lo sabes hacer mucho mejor
estoy con Elena.
demasiadas palabras rebuscadas.
a M. le gustarán más (creo) los anticipos otoñales.
de todos modos, los experimentos, sean del tipo que sean, son buenos (si es que esto es un experimento).
saludos
Gracias a ambas, puede ser, Anticipo otoñal sí, es lo mejor. Pero experimento, toda la literatura es de algún modo un experimento, ¿no creen? Los géneros avanzan quizá así, o retroceden... quizá este experimento sea un retroceso, y no sólo de forma, ya que el que ha retrocedido hasta la inocencia soy yo...
Publicar un comentario en la entrada