a M.
Miro.
Una filigrana de algodones grises
cuelga del gran abismo perpendicular.
Todo el cosmos se refugia
detrás de las barbas blancas del otoño.
A veces,
el astro cruza a empujones mi escafandra
y su cimitarra de arpegios trina su fuego frío.
A veces,
encandila su centella en tus coordenadas rotas,
como un buril precipitado en el acero del dolor.
Un batiscafo me espera a los pies de mi lecho,
para llevarme al fondo de tu olvido.
A cada rato veo el simulacro de tu fantasma
pasar por mi ventana.
Salgo.
Piso la vereda como un mirmidón herido,
corro los parques como un sortilegio,
rodeo los cementerios como un candidato.
Como un testigo de mí mismo trajino los delirios.
Las grandes tapias de mi reino
tocan en la frontera la fugacidad de las estrellas.
Bajo la floresta las cofias irreverentes
apretan los anillos de los muertos antiguos.
Camino.
Masco el pan como un mendigo,
trago el agua como un esclavo.
Hace cien años que estoy aquí.
Sumergido en la lentitud de tu abrazo,
terco como un sueño,
rural como un silencio.
Escucho.
Alguien roe saludos, consuelos, conclusiones,
los amigos.
Alguien se detiene a mirar como crece un niño,
mi sombra.
La urbe enfría sus latitudes arcaicas,
el invernadero anuncia su quimera cardial
de propósitos y hechizos.
Sueño.
Una marquetería de arenas funda el aroma
y la canela de tus hombros.
El lapizlázuli se hace tintineo previo
y el colibrí registra tu perfume.
Recuerdo.
Los visitantes se retiran del palacio vacío y
el viento no logra decapitar mis intenciones.
Un coro de instrumentos breves reza concordias.
Imagino.
Cierro los ojos.
Afuera las olas inundaron la avenida.
Afuera el mar pontífica
y engrilla las aldabas impuntuales.
Los jardines secretos incendian sus rosedales
y el verde papel corrobora la sal y los milagros.


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