Como les decía. Cada vez que me pasa algo así, me doy cuenta lo infinita que puede llegar a ser Europa. Europa no se acaba nunca, podría ser el título de un libro parafraseando al de Vila Matas. Juro que algún día lo escribiré. Si es que alguien no me roba la idea antes (esas cosas pasan). No sé por qué recuerdo aquella época de joven, en que me alcanzó una extraña fiebre llamada Hermann Hesse y leía todo lo que del auto-exiliado alemán llegaba a mis manos, todo lo que la mayoría conoce y ha leído. Pero hay un librito de la pareja de Ninon, La Extrangera, del ayudista de los refugiados Brecht y Mann, que me causó particular curiosidad. Se llamaba Pequeñas Alegrías. Eran retazos diminutos, bocados, impresiones, miradas que cruzaban su memoria por lugares, momentos, situaciones que lo habían elevado. Así imaginé o deseé algún día, si no escribir algo así, al menos vivirlo. Juro que algún día escribiré un libro titulado Pequeñas alegrías y Grandes tristezas, o bien, Grandes alegrías y Pequeñas tristezas, u otras posibles combinaciones. Si alguien no me roba la idea antes (esas cosas pasan).
Cuando llegué a Olomouc, la ciudad mayor de Haná, tuve la impresión de estar viviendo una de esas pequeñas alegrías, que de pequeña la verdad poco. Lleguamos por la tarde noche, y lo primero que mi pareja me propuso fue ir a recorrer el centro histórico y algunos rincones de una ciudad que alguna vez estuvo rodeada por grandes terraplenes y murallas, con majestuosas barbacanas enladrilladas que la ceguera de algún pretérito gobernante decidió un día tumbar. Resulta curioso que donde ayer hubieron grandes fortificaciones hoy hayan jardines. Me declaro ecologista y me gustan la areas verdes, pero no a costa de la historia, ni por el reciclaje infame de piedras y ladrillos que terminan en otras construcciones. Salimos y caminamos una noche helada que nos obligó a buscar refugio en algún barcito. Pero lo que me causó una inusual sorpresa fue elegir uno de entre tantos que aparecían a cada paso, tras cada esquina. No es posible, pensé. Hay tantos cafés, bares y tabernas como en una gran ciudad. Quienes gustamos de aquella maravillosa costumbre de no estar encerrados en casa como una momia y gozar de la vida mirando a otros gozar de la misma vida en las mesas de al lado, sabemos que una variedad numerosa de lugares donde ir a sentarse es una divisa de las grandes ciudades -por lo general-, pero también sabemos que las únicas pequeñas ciudades que logran esto mismo, son las ciudades universitarias y por suerte Olomouc es una de ellas. El primer intento por doblegar el frío hanaco de ese viernes fue uno de los bolichitos que dan a calle Mlýnská y que hoy ocupan los restos de esas antiguas murallas. Nuestro primer intento fue beber un vino caliente o quizá un borsch en un barcito exótico y de nombre cirílico llamado Rasputín, pero estaba lleno y nos corrimos, así las tristezas, aunque pequeñas abrieron el marcador. Luego dimos toda la vuelta al terraplén hasta un supuesto bar irlandés llamado The Crack, al frente de la Puerta de María Teresa. Efectivamente el bar tenía todo el aspecto de un bar irlandés, si no fuera por la falta de irlandeses, la ausencia de una buena chimenea y la exasperante música pop norteamericana, de la escasa oferta de cervezas irlandesas mejor ni hablar, otra pequeña tristeza, pensé. Pero a cambio, el lugar ofrecía un delicioso y entibiante jarabe de mango caliente, sin alcohol y con clavos de olor, con unos extraños y eficientes efectos afrodisiacos. Así, cuando toda Olomouc dormía, supe que ese jarabe era parte de los descuentos en el imaginario marcador y que esa bebida era una gran alegría. 2 a 1, gol de contacto, (así le llaman los checos al gol de descuento).
Al día siguiente...
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Lo que pasó al día siguiente lo escribiré otro día....


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