Cinco huellas
suben la escalinata medular,
caterva tímida de ángeles.
Sobre la columna, tu mano.
Sosteniendo el universo vertebral,
la ciudad y la rosa.
La ventana de la habitación
pestañea su niebla,
el palacio secreto nos intuye.
Desmesurada y húmeda, tu carne.
Así nosotros
absueltos cómplices de Egon,
errando de puntillas,
de adoquín en adoquín,
de quejido en quejido.
Desde nuestro rincón
horizontal,
los meandros del villorrio,
los cinco pétalos de Guillermo.
Minutos antes del colapso común
una flor fresca me besa,
en medio de la isla
junto a la inundación
escondida del nombre.
martes 27 de noviembre de 2007
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