lunes 4 de febrero de 2008

Algo que escribí y nunca terminé... Nro. 1

Memorias de Vyšehrad (sin terminar)

Mientras más trato de acordarme dónde nos conocimos, menos seguro me siento. Lo cierto es que empezamos a darnos cuenta que existíamos en una de las tantas fiestas que se nos ocurría organizar a mi hermano y a mí. Poco importaban las razones que argüíamos para enviar la fotocopia de alguna foto vieja o un recorte de periódico con una noticia en español que, excepto algunos, nadie iba a entender, o esta tarjeta, fíjate en la postura indomable de la machi, con sus trapelacuches y trifilcas, que luego con el ordenador diagramábamos para hacer de ella la anfitriona del jolgorio que solíamos preparar con varias semanas de anticipación. En estas cosas mi hermano era un experto, apenas aparecía un pretexto familiar o llegaba la fecha de algún cumpleaños, se ponía en campaña. Su primera tarea era convencer a los vecinos más inmediatos de las ventajas de asistir a una de sus fiestas multinacionales, donde podrían ver bailando salsa o merengue a la fauna de amistades que de vez en cuando se veían por nuestra puerta y que así solitarios no causaban ninguna impresión. Cuando no lograba que se subieran a nuestro barco fiestero, les sugería que ese fin de semana se fueran de visita donde algún pariente en las afueras. Aquí le traía vecinita unos paquetes de semillas de gladiolos o -asegurándose- llegaba con almácigos de hortalizas de temporada. Así les insinuaba la urgencia de que se fueran a probar suerte como jardineros justo ese viernes que planeamos echar la casa por la ventana. Cuando nada de eso funcionaba, asumíamos como un mal menor la ventaja de invitar a Vita, un verdadero gigante de pelos y barbas, al cual instalábamos junto a la puerta con sendos botellones de cerveza. Así, cuando alguno de los vecinos, que había elegido el viernes por la noche para leer poesía o realizar una seción de yoga, se impacientaba ante el estruendo que reinaba en el edificio y desidía hacer justicia por sus propias manos viniendo a molernos las canciones de Rubén Bládes con el dedo pegado al timbre, nosotros le hacíamos una seña a Vita, que se pegaba unos tragos de cerveza y se despeinaba, abriendo la puerta con un pitillo de marihuana en los labios, abriéndose la brageta y la correa de los pantalones. Así asegurábamos nuestras fiestas, y si por esa casualidad el vecino en cuestión tenía la gran idea de llamar a la policía, esperábamos que la patrulla apareciera para bajar a toda prisa gritando que se acababan de robar un auto y que habían partido por allá....
(En cursiva correcciones posteriores)

1 comentarios:

Al Godar dijo...

Incluyo tu blog en mi lista de : Blogs Sobre Cuba
Saludos,
Al Godar