I
Quiero escribir esta carta lentamente, una carta que me tome días, semanas, meses. Una carta que cambie cada vez que ella quiera. Pero una carta cerrada, una carta peligrosamente total y amable en su circularidad. Una carta que juegue a ser la culebra mítica que muerde su cola. Una carta que se crea abierta, por la supuesta ilusión de que cualquiera puede leerla. Una carta sin embargo cerrada, donde no sobran temas, porque todos los temas están en ella.
Como todas las cartas, esta carta saluda a los ilusionados e ilusorios estadistas de ese pedazo de continente balcánico que es Sudámerica. No hay aparentemente tuertos en el reducto de los ciegos. Donde rie el ciego de ojos quemados gobiernan los miopes y florecen fronteras. Qué manera de llevar tan mal un apellido.
Tiemblo cuando leo el diccionario de la lengua común que me concede los significados de su apellido, diminuto general:
1. Discreción y gracia en lo que se dice.
Nada hay de discreción en la borrachera piscolienta de un enano vestido de verde oliva, con charreteras gracientas y medallas opacas.
2. Chiste o dicho gracioso.
Nada hay de chiste al inundar el proscenio de sugerencias infames y proxenetas.
3. Gallardía, gentileza, soltura y agilidad airosa de cuerpo para andar o danzar.
Nada hay de eso, sólo los viejos perros que aun quieren morder la vieja ciudad.
II
¿Y por qué no te callas?, le dijo un día un rey adultero a otro bocón insolente.
III
Hermanos Peruanos! Hermanos civiles!
Cuidado, ante todo, cuidado. Así sedicia y corroe un raquítico aprendíz de golpista, un títere de cualquier autócrata. Así ventila sus flatulentas tretas un colega de Pinochet. Ese autoritario enano de cartón y botas que probablemente esconde el dolor de sus nostalgias. Escuchad el golpe se sus botines, los tacones de goma que en otros días aislaban su cuerpo de la eléctrica picana con que torturaba los pezones de los hijos del sol, con que ensusiaba la frugal tierra del Rimac. Escuchad sus chancitas que huelen a problemas de erección o a eyaculación precoz.
Ay Pantaleón, que lejos estás de la literatura. No vengas a pasearte por esta ciudad kafkiana. Porque sucumbirás en procesos junto a los pies del castillo y los que aquí vivimos y morimos te pisaremos como a una metamorfoseada cucaracha.
IV
Diré una verdad o no:
Los chilenos siempre han sido un país de ladrones, todo el mundo lo sabe. Incluso nos robamos a nosotros mismos. Unos chilenos le roban a otros. Sí, ladrones. Lo dicen los peruanos, pero no sólo los peruanos. Que más prueba que las devoluciones simbólicas de las cosas robadas en guerras absurdas de otros siglos a los países vecinos. Robamos archivos, robamos las rejas de las ventanas de los edificios ilustres, robamos los leones de piedra, las pinturas, robamos la tierra, robamos. Robamos porque lo llevamos en la sangre. Pero todos los pueblos alguna vez han robado y esto no justifica nada. ¿Entonces nos robaremos un día todos tus ataudes?
Cuidado comandante general. No te des esos aires. Eso es hablar de guerra. Nadie quiere las guerras. En las guerras muere gente y las gotas de café manchan los mapas de los generales nerviosos.
V
Alguien escucha detrás de una puerta. Es el Presidente del país, o es el señor Primer Ministro trás los portones de un palacio bizarro. ¿Quién manda en el Perú, cuando no manda el indio? ¿Quién manda? En el Perú mandan los peruanos, el Presidente de los rumores, las autoridades. Mentiras. Brabuconadas de soldadito en la cuerda floja. En el Perú mandamos todos. En todos los países mandamos todos. Tarde o temprano, porque con cotas o sin cotas, con concordia o sin ella, las fronteras las ponen los imbeciles, los retrasados, los dinosaurios, los gorilas, los sepultureros, los carpinteros de féretros, los genócidas que quieren abrir las bolsas plásticas para echar a los muertos. Los que quieren prostituir a las madres, las hermanas, las hijas de un pueblo.
VI
¿seguiré?


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