miércoles 3 de diciembre de 2008

Diario vietnamita

I

Corazón y estómago

Miro las imágenes en la televisión. Una parte considerable de los grandes galpones del mercado Saparia en Praga arde. Son los galpones de la ciudad vietnamita o del gigantesco mercado vietnamita en el barrio de Libuš. Arde el trabajo duro y los ahorros; arden las estafas; pero arde también el esfuerzo; arden las adulteraciones y las falsificaciones; pero arden también las baratijas y las esperanzas, el tráfico y el mercado negro y blanco de los vietnamitas checos. Es la desgracia colectiva. El fuego no escatima, ni tiene contemplaciones. Una extraña sensación encontrada me invade. Jamás compro los productos falsificados de marcas internacionales que los vietnamitas trafican. No por que sean copias, más bien, porque copian aquello que compran los que juegan a las apariencias; y porque es mentira aquello de que al comprar algo copiado estamos pagando un precio menor por el simple hecho de no pagar la publicidad de los originales. Los asiáticos hacen comercio desde que el mundo es mundo y eso es como decir, mucho antes que los europeos. Lo que ellos han vendido o comerciado -con o sin todos los Marco Polos- ha tenido diversas calidades. Hoy lo que nos venden en los mercaditos carece de calidad, los materiales suelen ser tóxicos y como si fuera poco, son fabricados en miles de talleres donde trabajan niños. Es una mala época, resultado de la peor fórmula, el fracasado comunismo y el capitalismo tercermundista. Pero el mercado, -o una parte de el- arde y los vietnamitas miran y los bomberos luchan contra el fuego varios días. Mi sensación es otra, yo le compro a los vietnamitas de mi calle los cien kilos de arroz al jazmín que consumo por año. Les compro los atados de cilandro que sólo ellos venden. Les compro calabazas, les compro salsa de soya, les compro –cuando tienen- salsa negra o salsa hoisin. Como todas las sensaciones, o la mayoría de ellas, mi sensación queda en el limbo o en el humo que muestra mi televisor. Pero, mientras arde el mercado, y más que imaginar el olor del plástico quemado, imagino el olor de los vegetales, del arroz chamuscado o de la marihuana que venden clandestinamente. Mientras arde el mercado mis pensamientos me arrastran hacia otra época. La memoria se vuelve un lastre que me intenta trasladar a otro tiempo. Las otras sensaciones, aquellas que un día eran lo cotidiano y que forman parte de lo extraviado. Como las primeras sensaciones –ya lejanas- que un día tuve cuando oí hace 25 años atrás hablar de la Guerra de Vietnám, cuando escuché la canción de los Quilapayún dedicada al electricista Van Troi, o aquella otra canción de un cantor cubano dedicada a los muertos de Haiphong. Sensaciones extraviadas o sepultadas desde aquel tiempo cuando vine a vivir al comunismo y me topé o conocí a mis primeros vietnamitas. Gente silenciosa, enjuta, desconfiada y pensativa. Cuando los miraba, me acordaba de mis años de subversión y militancia; años de sedición y conspiraciones menores. Allí estaba yo recién llegado y rodeado de delgados habitantes del Vietnám. Por esos días me acordaba de mi amigo Pablo, al que por su aspecto llamaban Ho Chi Minh. Pablo tenía un aspecto asiático, pero en realidad lo más asiático de Pablo era su eficiencia, su precisión, su silencio. Con Pablo hacíamos la revolución (o para lo que alcanzara). Éramos comunistas, porque no quedaba otra y porque teníamos rabia. A Pablo se le daba una tarea y Pablo se iba. Días más tarde Pablo volvía y traía lo que se le había pedido, fueran pancartas, fueran panfletos, fueran tubos de pintura. Pablo vive hoy en Chile, anónimamente como un asiático, escucha quizá aun la misma música. Cada vez que visito Santiago nos volvemos a abrazar, volvemos a comer, a beber, aunque ya no compartamos del todo las mismas sensaciones.
Me topé con mi primer vietnamita un día nevado de noviembre hace 20 años en un baño. Estaba yo recien llegado a Checoslovaquia. Llevaba tan sólo horas en el pueblo de Poděbrady, cuando un muchacho que orinaba en un urinario junto al mío y que parecía de unos trece años me habló.
Odkud jsi?, -me dijo. Yo no le entendí. Pensé que me hablaba en su idioma. Era el escaso checo que él ya sabía y que yo aun debía aprender. Luego pasaron los meses y los endebles orientales siguieron siendo los habitantes más silenciosos de aquel internado estudiantil. A veces creía toparme con el vietnamita del baño, pero no estaba seguro. Me parecían todos iguales. Quizá a ellos les sucede lo mismo con nosotros. Durante algunas clases me sentaba junto a Dang Thi, una hermosa muchachita vietnamita de Hanoi que quería estudiar matemáticas en Praga, yo intentaba cruzar una que otra frase estúpida, ella me miraba y su mirada me hacía sentirme el tipo más penoso y ridículo. En más de una ocación sólo la miraba. En más de una ocación la imaginé. Otras, la soñé. Como tan sólo la podía imaginar o soñar un tipo como yo. Un tipo con aspecto patibulario y desesperado. La imaginaba. Desnuda y cierta, siempre en silencio.
Años más tarde, cuando ya no era estudiante y me había convertido en vendedor callejero, visitaba regularmente el hoy desaparecido restorán vietnamita junto a la Iglesia de San Galo en calle Havelská. Imaginaba que un día vería a Dang Thi, almorzar los mismo spring rolls, o el caldo de gallina, que yo pedía cada vez. Pero no la volví a ver. En cambio los que llenábamos el lugar éramos los vendedores callejeros del naciente capitalismo checoslovaco. Gente rara, provenientes de los lugares más increibles: polacos, suecos, eslovacos, chilenos y uno que otro grupo de músicos indígenas callejeros del Perú, rodeados de jovencitas rubias que parecían menores de edad que se habían acoplado a los indios. Los indios parecían vietnamitas, o eran tan chicos como los vietnamitas, pero las chicas eran rubias y tontas, ninguna se parecía a Dang Thi.

1 comentarios:

Andrómeda dijo...

Hace un mes estaba teniendo un día terrible en Praga, en un viaje completamente sola, en un lugar muy lejos de todo lo que conozco, ya de noche (o no sé bien, con eso de que allá casi todo el día parece ya de noche). Perdida, perdidísima me crucé en un callejón con La Casa Blu. Cosa rara estar tan lejos y darse de narices con Cortázar, con lo latino, con lo prehispánico. Seguía perdida, pero algo había encontrado. Hace un momento estaba viendo mis fotos, recordé aquello y googleé La Casa Blu, así llegué aquí. Qué cerca parece todo ahora y qué chistoso. Internet es un lugar tan tan grande que hace parecer al mundo un lugar muy muy pequeño. No sé si eso es bueno o malo, pero lo quería decir. Y no se me ocurrió a quién ni dónde más que aquí.