miércoles 17 de diciembre de 2008

Diario vietnamita

II

Otros órganos

Como todos los sueños, o como la mayoría de los sueños, lo que soñé anoche es difuso. Pero la nebulosa onírica a veces nos trae a la memoria aquello que hemos extraviado, pero que nos busca. Lo soñado era algo más o menos así:
Iban dos vietnamitas y una señora checa. Yo iba justo detrás de ellos. Ellos eran enjutos y diminutos como suelen ser algunos vietnamitas. Ella era alta, corpulenta y rubia, como suelen ser algunas señoras checas. Yo los miraba y antes de escuchar sus voces pensé que ver a dos vietnamitas salir de un supermercado acompañando a una mujer checa y blanca -mayor que ellos- era un signo evidente de que la discriminación no era algo tan extendido como algunos creían. Me sentí feliz dentro del sueño. Luego uno de ellos habló:
-Tenemos la médula en una cooler con hielo, -dijo uno de ellos.
-¿Y con qué se la sacaron?, - replicó la mujer, visiblemente molesta o sorprendida.
-Con un machete, -decía el segundo vietnamita.
-¿Con un machete?, preguntó molesta la mujer.
-No teníamos nada más, -dijo uno de ellos, mientras yo -atrás de ellos- espantado me imaginaba la columna vertebral de alguien en un cooler con hielo.
-¿Cómo? ¿Ni siquiera un bisturí?
-No.
-Está bien, pero si está dañada nos le pagaré todo lo acordado.

Caminé unos minutos detrás de ellos. No me veían, o no sabían que yo los escuchaba. Era como si yo no estuviera o fuera invisible. Segundos más tarde el sueño desaparecía junto al sonido del despertador.
Inquieto, como tan sólo puede estar inquieto alguien que sueña con traficantes de órganos me levanté consternado.
-Maldición, -me dije. Los vietnamitas siempre me han caído bien. Cómo puedo soñar algo tan sádico. Luego recordé una vieja historia sobre vietnamitas.
La curiosa anécdota sucedía en París. A fines de los noventa solía visitar París con una frecuencia inusitada. Una noche en casa de un amigo exiliado chileno que se había reciclado en educator y cuyos estudios de Trabajo Social le permitían ofrecer asistencia y apoyo dentro de una variada gama de problemas en un centro de menores, escuché la anécdota. Mi amigo estaba de turno una tarde en el internado de Vitry cuando recibió una llamada. Era un inspector de la policía departamental. El policía le solicitaba una cita urgente. Horas más tarde el exiliado chileno escuchaba en su oficina al policía.
-Mire, tenemos un problema, -le dijo el inspector, mientras depositaba una fotografía sobre el escritorio de mi amigo-. Este anciano es uno de los hombres sabios de la comunidad vietnamita de la Port de Choisy. Es un hombre influyente y respetado; un hombre que conoce a su gente y creemos que él puede explicarnos esto, - agregó el policía, y puso otro papel sobre la mesa. Un papel lleno de gráficos y números. Mi amigo tomó la hoja. La estudió unos minutos y luego se largó a reir.
-No compro más esos deliciosos emparedados de cerdo aliñados con especies, -dijo el educator chileno sonriendo.
-No tenga cuidado, ya hemos hecho pruebas en todos los almacenes y cocinerías de Av. de Choisy y en los aledaños. Todo lo que se cocina allí cumple las reglas higiénicas parisinas al pie de la letra. Incluso le diré, que esos vietnamitas o chinos o lo que sean, -porque uno ni por la cara ni por las letras en realidad sabe de dónde son-, cocinan más sano y más limpio que muchos locales franceses, -pontificó el visitante.
El problema era simple, pero la solución no la tenía ni el policía, ni menos mi amigo. Nadie se explicaba cómo era posible que en los últimos diez años no hubiera muerto ningún ciudadano francés de origen vietnamita, al menos ninguno menor de sesenta años. Cómo era posible que todas las otras comunidades mostraran índices de mortalidad normales y que ellos no.
-Simple, -le dijo mi amigo, mitad en broma y mitad en serio-, es un pueblo longevo y vital. El mayor, porque era un mayor, -ya que minutos antes le había mostrado su identificación a mi amigo- hizo un gesto de desagrado.
-Miré, monsieur Artigas, no estoy para bromas. Necesitamos que usted visite al anciano. Necesitamos que de ahora en adelante hayan muertos vietnamitas. Minutos más tarde el mayor Blanc se marchó y quedó de llamar a mi amigo para tener noticias.
Mi amigo el exiliado chileno visitó en aquella ocasión al veterano vietnamita. Poco supe de lo que hablaron. Pero mi amigo me relató meses más tarde que al parecer las cosas eran relativamente simples.
-Cuando muere un vietnamita relativamente joven o de mediana edad, la comunidad se encarga del entierro, del ritual y del muerto. Luego se envía el pasaporte del difunto a Vietnám para que otro miembro de la familia o un vecino, o un amigo, viaje hasta Francia y tomé el lugar y la identidad del muerto, -explicó Arias.
Así lo hacían, así se rescataban así mismos de la pobreza aquellos que esperaban una visa o un permiso por años. Así aparecían y rejuvenecían su comunidad, como seres inmortales, para sumarse a los tantos rostros del barrio chino de la Porte de Choisy, rostros que los franceses tampoco no sabían distinguir en rigor y que parecían ser unos iguales a los otros.
¿Por qué soñé aquello? Y ¿Por qué me acordé de esta anécdota?. No lo sé. Siempre le he otorgado un respecto mayor a las civilizaciones antiguas. Asia es un continente plagado de civiliaciones antiguas. Hay algo en ellas que las hace trascendentales y pragmáticas a la vez. Combinación que en Europa es casi imposible o así me parece. Hace unos años uno de mis autores preferidos murió a los cincuenta años esperando un riñón que nunca llegó. Pasó a mejor o peor vida. Hace unas semanas conversando con un autodidacta poeta colombiano avecindado en Praga y colega lector del mismo autor, me dijo que las listas de espera para los órganos en Europa son extremadamente largas. Luego me precisó, que uno de los resultados de la violencia en su país es el creciente tráfico de órganos humanos en el mercado negro. Yo me quedé pensando si mi escritor lo sabía, y si lo sabía por qué optó por morir.