Soñé hace unas horas
con la muerte.
Entraba en su taller,
era como un espectáculo vacío,
blanquecino, mudo.
Había una mujer,
no eras -por suerte- tú,
amenazaba,
vestida de blanco,
su crimen.
Había un hombre,
era yo,
mudo, con ojos,
ineludible, disuasivo.
Soñé durante la noche
con la muerte.
Entraba en su laboratorio,
era como una clínica sola,
luminosa, limpia.
Había una mujer,
no eras -por convicción- tú,
gatillaban erizadas
poleas, cordeles, sus manos.
Había un hombre,
era yo,
alejaba ella soberano
el riel de su columpio circense.
Soñé anoche:
10 de septiembre del 2007.
Con la muerte.
Entraba en su imagen,
era como una sala sin límites,
fluorescente, impúdica.
Había una mujer,
no eras -feacientemente- tú,
saltaba ella repentina
al trapecio separado.
Había un hombre,
era yo.
Veía a la mujer,
su peinado escarmenado,
hundía ella las tijeras de ojos negros
en su corazón.
Soñé.
Con la muerte.
Había una mujer,
no eras tú.
Su pecho de loica
se balanceaba en el aire,
a borbotones ella sonreía.
Había un hombre,
era yo.
Veía la sangre inventar la vista,
adornar la luz.
Soñé.
Con la muerte.
Había una mujer,
quizá sí eras tú.
Veía satisfecha
el rostro viril, deshilvanado,
su contemplación.
Había un hombre,
quizá no era yo.
Soñé, con la muerte.
jueves 24 de abril de 2008
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