viernes 16 de mayo de 2008

La copia feliz del Edén...

-Esta anécdota es real, -me dijo Bilbaíto esa mañana.
Lo quedé mirando quietamente. Cada vez que Bilbaíto hablaba con ese tono y recurría a la frasecita: esta anécdota es real, eso significaba que en breves instantes haría una nueva intervención en la cual hablaría irremediablemente de su país. Luego Bilbaíto explicó que la madre de su alter ego había visitado el mes pasado Praga. Luego añadió:
-...y como a mi alter ego lo estimo, lo respesto y lo entiendo como a mí mismo, me dediqué a atender a la señora, -dijo Bilbaíto. Esto explica muchas cosas, pensé.
-Mi alter ego es como un hermamo para mí y pasear a su madre por esta ciudad es como pasear a la mía. Entonces con la madre de mi hermano visitamos esta hermosa ciudad. La ciudad de las cien torres. Pero para no ser menos, visitamos además otra hermosa ciudad, relativamente cercana a esta, -contó Bilbaíto.
-¿Cual? -le pregunté.
-No tiene mayor importancia, -dijo Bilbaíto-. Una ciudad cercana y punto.
A Bilbaíto le entusiasmaba dejar las cosas en cierto aire de misterio, como si fuera impúdico dar detalles, más aun, como si fuera impertinente. Bilbaíto repitió sólo que era una ciudad cercana:
-...cercana en kilómetros y cercana en edad. Una ciudad vieja, -dijo-. Igual de vieja. La ciudad, obviamente, -agregó luego. Yo lo miraba y lo escuchaba, él hablaba.
-La ciudad, -dije yo.
-La madre de mi alter ego también, -añadió en tono de chiste-. ¿Y sabes qué?, ¿Sabes qué me impactó más? La madre de mi alter ego, una elegante funcionaria de la Biblioteca Nacional, no me hizo ningún tipo de preguntas. Ningún tipo, acerca de ninguna de las dos ciudades, -balbuceó Bilbaíto.
-mmmm, -murmuré.
-No importa, -admitió Bilbaíto-.
-Por lo demás la gente que viene de ese país tan lejano y bonito, por lo general no suele hacer preguntas ni de la historia, ni del arte, ni de nada, -lo calmé-. De nada de lo que los rodea, los sorprende, e incluso los inquieta, -le constaté. Mientras Bilbaíto hablaba recordé otra situación, otra anécdota: una amigo de quinto año de Filología en Latín me pidió en una ocasión que lo acompañara y lo esperara. Él visitaría una sesión de un seminario sobre la morfología de los gerundivos. Como ese día, no sólo era un día frío, sino que no funcionaba la calefacción de los pasillos y afuera llovía con exageración, entré al seminario y me senté atrás, en la última fila (en esa donde se sientan los que o no saben, o no tienen demasiado interés o bien simplemente no llegan a la hora). Cuarenta y cinco minutos más tarde -al terminar la clase, el docente preguntó:
-¿Tienen alguna consulta que hacer?, -dijo el profesor. Yo, en un estado de aburrimiento total, un aburrimiento que no era aburrimiento, un aburrimiento que era ignorancia. Yo, no tenía ninguna pregunta, ni siquiera en secreto. Luego me di cuenta que lo que sucedía era que tenía todas las preguntas pues no había entendido nada. Mientras yo recordaba esa situación en que me había sentido del todo ignorante, Bilbaíto narraba los detalles de un paseo por la otra ciudad con la madre de su alter ego.
-Ibamos por una callejuela de adoquines, una gótica callejuela medieval, -precisó Bilbao-. De pronto nos topamos con uno de esos miradores góticos, un mirador maravilloso que salía de una de las paredes de un edificio remodelado. El mirador era sostenido por unos modillones elegantícimos que acababan en una ménsula donde un ángel de piedra tocaba un laúd. Las ventanas compuestas de tres partes, a modo de triforio, recordaban los más hermosos clerestorios góticos. Los pilares de las ventanas remataban en lo alto, junto al tejado, en una abundancia de frondas y cardinas que adornaban con grumos y penáculos los ápices, -predicaba Bilbaíto-. De las vidrierías ni hablar, -finalizó. Por un instante pensé que Bilbaíto sabía mucho de ornamentación y que su perorata era simple pedantería. Pero luego aclaró que eso mismo le había dicho a la señora que -según él- lo escuchaba como si hablara en chino.
-O en godo, -agregué sonriendo.
-Luego le dije a la madre de mi alter ego que este mirador era un hermoso mirador en estilo rokokó con rasgos de rondocubismo. ¿Y sabes qué me contestó?
-Sí, lo sé, -le dije.
-Que le parecía una maravillosa obra de arte y que a ella le gustaban mucho los programas de arte que daban en el cable sobre Europa y que sin duda la próxima vez que pasaron uno sobre el rokokó, no se lo perdería. Eso dijo. Luego seguimos caminando, yo ya iba triste, nos topamos con una galería donde vendían cerámicas, adornos, bisuterías de piedras semipreciosas, acuarelas y aguafuertes. En la única vitrina de la galería había un extraño collar que giñaba con vehemencia a los transeuntes. Un collar con un diseño curioso, -precisó Bilbaíto-. El collar era una pieza cilíndrica de metal, el metal estaba tallado y perforado cobrando así un matiz artístico. Por el centro del collar, o por la perforación que oradaba el metal a lo largo, el artista anónimo había cruzado un delicado pañuelo de seda que se ataba en las puntas alrededor del cuello. La señora sorprendida por el extraño collar, me pidió que entráramos con ella a la tienda.
-Por supuesto, le dije, -contó Bilbaíto-. Una vez en el interior, la madre de mi alter ego se dedicó a estudiar el objeto. Primero lo tomó entre sus manos y se acercó hasta uno de los espejos para simularlo sobre su cuello. Luego realizó mediciones extrañas con los dedos: grosor, peso, largo. Luegó palpó con la llema de los dedos el pañuelo.
-Esto es seda, dijo ella. Yo la miré con cierta preocupación, -sumó Bilbaíto-, con algo de la preocupación del que vendía en la galería y que leía un libro detrás del mostrador echando cada ciertos minutos una ojeada a los escasos visitantes. Sí, creo que es seda, le contesté, haciéndome el que no sabía de estas cosas, -contó Bilbaíto-. Me parece un gran idea este modelo, una excelente idea, agregó la señora. Mientras ella sopesaba el objeto yo le traté de explicar que en realidad no me gustaban los collares, pero que ciertamente ese era un collar bastante original y que la seda combinaba muy bien con el metal. ¿Piensa usted comprarlo?, le inquirí, como si de súbito me hubiese convertido en el vendedor del local, -convino Bilbaíto-. No lo sé, contestó, la verdad es que no es caro y me gusta mucho pero antes de ver si decido a gastar ese dinerito debo pensar como hago para que me fabriquen en Santiago algunas piezas de metal parecidas. Los pañuelos no son un problema, esos se pueden comprar en cualquier parte. Incluso donde los chinos o donde los turcos, -dijo Bilbaíto que había dicho la madre de su amigo-. ¿Usted desea fabricarlos allá?, pregunté sorprendido, -agregó Bilbao-. Pero, ¿no es usted funcionaria de la biblioteca?, -dijo mi amigo haberle preguntado-. Claro que lo soy, pero que tiene que ver eso. Siempre hay que buscar la manera de ganar algo más de dinero, pontificó la madre de mi alter ego. Debo sí buscar a alguien que me haga estas piezas de metal, pero cuidar de que nadie me robe la idea. ¿Que nadie le robe la idea?, -dijo Bilbaíto pensativo haber repitido lo que acababa de escuchar-. Luego ella me dijo:
-Sí. Si supieras, si te lo imaginaras. Allá son todos unos monos. Cualquier cosa te la copian. Te descuidas y ya hay alguien haciendo lo mismo que tú. ¿Entiendes?, -cató la madre del alter ego de Bilbaíto.
-Claro, entiendo muy bien, -dijo haberle dicho inmediata y secamente Bilbaíto.
Luego Bilbao terminó de contar la anécdota de forma lacónica, detallando en seguida tan sólo cómo procedieron al pago del collar y a salir de la galería caminando por la misma callecita medieval.
-Una callecita medieval en estilo rokokó, -le dije a Bilbaíto sonriendo.
-Exactamente, -silabeó Bilbaíto-. Yo me fui a su lado caminando largo rato en silencio, -terminó de contar Bilbaíto-. Imaginando como pasaban las cosas de un lugar a otro en el mundo. Como si el mundo no fuera más que un plagio de sí mismo, una y otra vez, cada vez.

jueves 15 de mayo de 2008

Clintoris

por F.B.

¿Por quién votaría yo, si fuera un votante demócrata norteamericano?

Clinton el ex presidente me caía y me cae aun bien. Tocaba (aun debe tocarlo) el saxo y evidentemente tocaba el sexo (¿de su soñadora señorita secretaria o/y de su soñada secreta señora?) Fonemas más, fonemas menos, la fonética es una parte de la lingüística y esta -como sabemos- está siempre cerca de las felaciones. Así Clinton toca su saxo, Lewinska su sexo. Pero mentir es más complicado que montar (aunque la diferencia sean dos vocales, ¿o dos bocas?) Esto a la hora de ocupar la oficina ovalada.
Si yo fuera mujer y un buen día el juez, que desea interpelar a mi presidente marido, me dice que a mi marido sólo se la mamaron, creo que me molestaría, porque una cosa es envejecer y que el guapetón canoso de mi vida no me quiera -por razones de cualquier índole- y otra muy distinta es que después de tantos años de casados me haga saber o creer: o-que-aun-no-sé/o-que-ya-no-sé, chuparla.
¿Saben qué significa la palabra hilaridad?
Sí leen bien: Hilaridad!
Sí. Ya lo saben: Risa, carcajadas. Hilaridad. ¿Que eso recuerda el nombre de la señora Rodham?. Pamplinas. Cosas de la lingüística. Coincidencias morfológicas sin semántica alguna.
¿Semántica dijo? ¿o Semén-tica? o ¿Se mendiga, quizá?
Nos estamos quedando cada día más sordos.
Se miente, eso sí. Allí donde el honor de la dama falla está el recurso del poder. Entonces la mentira es doble. Si hay algo que debe saber una mujer después de muchos años de matrimonio es saber chuparla. Entonces que no nos vengan con que no hubo pene, penetración me refiero...
Me comería un plato de Penne a la Putanesca. Viva Italia.
Volviendo al pene. Que no nos pene está primaria, pues da pena. Volviendo al pene. Cuando penetraron en Monica y en la conciencia rígida de una sociedad putrefactamente cínica (con un habano cubano) los más se escondieron, los otros quemaron las fotos de sus orgías puritanas. Señores hay países donde todo vale hasta el día en que se sabe todo.
Como decía: si yo fuera mujer habría mandado a mi marido a la mierda, sea el presidente de Disneylandia o de cualquier payasada llena de cañones...
Pero he seguido siendo una fiel esposa. No a las felaciones. Sí a las fielaciones. ¿Fiel? No se sabe. ¿No se sabe? Lo de fiel, obviamente.
De los arrepentidos es el reino de los cielos, y de los que perdonan y olvidan, el infierno.
Me pregunto qué haría Clinton candidata-actual si llegará a ser la nueva autoridad mundial.
Me pregunto si hay futuros estudiantes de stage en la lista de espera.
"La venganza nunca es buena mata el alma y la envenena" decía el Chavo del 8., un personaje pobre de un país pobre...
No. Si yo fuera gringo, votaría por el negro Obama, cuyo nombre me recuerda a Osama, lo que me hace pensar en una suculenta catarsis lingüística....
Basta de clubes señores. Después de todo, Obama tiene el propio.
Después de todo Barack Hussein tiene un segundo nombre arrollador y más catártico aun.
Pero no nos engañemos, o no os engañeís. Yo no soy por suerte gringo y nunca he votado en mi vida. A lo más una preguntita cagona a fines de los 80 en un país con una banderita con estrellita y franjas que bien podría ser una más de aquella otra bandera de estrellitas y franjas.
Después de todo BHO no tiene una sigla tan digna de un asesinato como JFK. Aunque si el hombrón piensa las cosas en serio, que se vaya comprando su chalequito de acero o su traje de madera...
HBO suena mejor. Claro, es un canal privado europeo de televisión, especialmente capacitado para pasar películas gringas.
No se inquiete. Esto que usted lee es basura, nada más que basura....
Pero me muero de ganas de ver, si ese país será capáz de elegir algo tan alternativo como un negro o incluso a una mujer (yo, prefiero al negro, por negro y por lo que escribí más arriba) Por supuesto en vez del prisionero de los gooks (si mal no recuerdo volvieron todos medios locos de ese desacierto), en vez de ese añoso señor cuyo apellido que me recuerda una marca de galletas de un país latinoamericano...
Me muero de ganas de ver si la mujer o el negro, y sí la mujer, si seguirá siendo mujer. Y sí el negro, si seguirá siendo negro...
Cortesía de F. Bilbao para este blog

martes 13 de mayo de 2008

Romance de un pibe (escrito en 1987)

Empezás por ser ahora importante, algo como ser presidente de algo, haber roto un record nacional, ya sabés que sus ojos te miran; en silencio ha pensado en vos y ha dicho cosas de vos, te mirás al espejo como si estuvieras leyendo tu horóscopo y te lavás como si fueras una fruta; y caminás; como si nunca hubieras estado vacío, caminás con esa sensación de desigualdad, de hombre recién salido del horno, te sentís hombre-tesoro, hombre-aire, o sea algo importante; le echás mantequilla al pan como si escribieras un libro con el cuchillo...
Entonces ya no puedes morirte ni atropellado por una micro o de una bala en el centro de Buenos Aires; te imaginás como los libros -que se acumulan en el canasto junto a tu cama- se empezarán a empolvar, a llenar de reclamos, y por supuesto habrá, después de todo, que recurrir a actos de vanidad como barrer tu pieza o mandar a arreglar los artefactos sin uso...
Quizá alguna mañana el presupuesto reclame café y queso, cigarros y aire fresco. Entonces los domingos caminaremos del pasaje de mi casa a la calle y de ella hasta la plaza donde marchan las Madres. Algún acto responsable mientras se llenan las iglesias será leer el diario en el pasto, armando figuritas con las nubes, planear un almuerzo campestre o -más bien- plazestre. Habrá visitas al zoológico o al cine, ir a ver a algún familiar, o leer la materia para el examen del miercoles siguiente; o tal vez planear la vigilia por los últimos amigos muertos...
el coronel
(en cursiva correciones posteriores)