-Esta anécdota es real, -me dijo Bilbaíto esa mañana.
Lo quedé mirando quietamente. Cada vez que Bilbaíto hablaba con ese tono y recurría a la frasecita: esta anécdota es real, eso significaba que en breves instantes haría una nueva intervención en la cual hablaría irremediablemente de su país. Luego Bilbaíto explicó que la madre de su alter ego había visitado el mes pasado Praga. Luego añadió:
-...y como a mi alter ego lo estimo, lo respesto y lo entiendo como a mí mismo, me dediqué a atender a la señora, -dijo Bilbaíto. Esto explica muchas cosas, pensé.
-Mi alter ego es como un hermamo para mí y pasear a su madre por esta ciudad es como pasear a la mía. Entonces con la madre de mi hermano visitamos esta hermosa ciudad. La ciudad de las cien torres. Pero para no ser menos, visitamos además otra hermosa ciudad, relativamente cercana a esta, -contó Bilbaíto.
-¿Cual? -le pregunté.
-No tiene mayor importancia, -dijo Bilbaíto-. Una ciudad cercana y punto.
A Bilbaíto le entusiasmaba dejar las cosas en cierto aire de misterio, como si fuera impúdico dar detalles, más aun, como si fuera impertinente. Bilbaíto repitió sólo que era una ciudad cercana:
-...cercana en kilómetros y cercana en edad. Una ciudad vieja, -dijo-. Igual de vieja. La ciudad, obviamente, -agregó luego. Yo lo miraba y lo escuchaba, él hablaba.
-La ciudad, -dije yo.
-La madre de mi alter ego también, -añadió en tono de chiste-. ¿Y sabes qué?, ¿Sabes qué me impactó más? La madre de mi alter ego, una elegante funcionaria de la Biblioteca Nacional, no me hizo ningún tipo de preguntas. Ningún tipo, acerca de ninguna de las dos ciudades, -balbuceó Bilbaíto.
-mmmm, -murmuré.-No importa, -admitió Bilbaíto-.
-Por lo demás la gente que viene de ese país tan lejano y bonito, por lo general no suele hacer preguntas ni de la historia, ni del arte, ni de nada, -lo calmé-. De nada de lo que los rodea, los sorprende, e incluso los inquieta, -le constaté. Mientras Bilbaíto hablaba recordé otra situación, otra anécdota: una amigo de quinto año de Filología en Latín me pidió en una ocasión que lo acompañara y lo esperara. Él visitaría una sesión de un seminario sobre la morfología de los gerundivos. Como ese día, no sólo era un día frío, sino que no funcionaba la calefacción de los pasillos y afuera llovía con exageración, entré al seminario y me senté atrás, en la última fila (en esa donde se sientan los que o no saben, o no tienen demasiado interés o bien simplemente no llegan a la hora). Cuarenta y cinco minutos más tarde -al terminar la clase, el docente preguntó:
-¿Tienen alguna consulta que hacer?, -dijo el profesor. Yo, en un estado de aburrimiento total, un aburrimiento que no era aburrimiento, un aburrimiento que era ignorancia. Yo, no tenía ninguna pregunta, ni siquiera en secreto. Luego me di cuenta que lo que sucedía era que tenía todas las preguntas pues no había entendido nada. Mientras yo recordaba esa situación en que me había sentido del todo ignorante, Bilbaíto narraba los detalles de un paseo por la otra ciudad con la madre de su alter ego.
-Ibamos por una callejuela de adoquines, una gótica callejuela medieval, -precisó Bilbao-. De pronto nos topamos con uno de esos miradores góticos, un mirador maravilloso que salía de una de las paredes de un edificio remodelado. El mirador era sostenido por unos modillones elegantícimos que acababan en una ménsula donde un ángel de piedra tocaba un laúd. Las ventanas compuestas de tres partes, a modo de triforio, recordaban los más hermosos clerestorios góticos. Los pilares de las ventanas remataban en lo alto, junto al tejado, en una abundancia de frondas y cardinas que adornaban con grumos y penáculos los ápices, -predicaba Bilbaíto-. De las vidrierías ni hablar, -finalizó. Por un instante pensé que Bilbaíto sabía mucho de ornamentación y que su perorata era simple pedantería. Pero luego aclaró que eso mismo le había dicho a la señora que -según él- lo escuchaba como si hablara en chino.
-O en godo, -agregué sonriendo.
-Luego le dije a la madre de mi alter ego que este mirador era un hermoso mirador en estilo rokokó con rasgos de rondocubismo. ¿Y sabes qué me contestó?
-Sí, lo sé, -le dije.
-Que le parecía una maravillosa obra de arte y que a ella le gustaban mucho los programas de arte que daban en el cable sobre Europa y que sin duda la próxima vez que pasaron uno sobre el rokokó, no se lo perdería. Eso dijo. Luego seguimos caminando, yo ya iba triste, nos topamos con una galería donde vendían cerámicas, adornos, bisuterías de piedras semipreciosas, acuarelas y aguafuertes. En la única vitrina de la galería había un extraño collar que giñaba con vehemencia a los transeuntes. Un collar con un diseño curioso, -precisó Bilbaíto-. El collar era una pieza cilíndrica de metal, el metal estaba tallado y perforado cobrando así un matiz artístico. Por el centro del collar, o por la perforación que oradaba el metal a lo largo, el artista anónimo había cruzado un delicado pañuelo de seda que se ataba en las puntas alrededor del cuello. La señora sorprendida por el extraño collar, me pidió que entráramos con ella a la tienda.
-Por supuesto, le dije, -contó Bilbaíto-. Una vez en el interior, la madre de mi alter ego se dedicó a estudiar el objeto. Primero lo tomó entre sus manos y se acercó hasta uno de los espejos para simularlo sobre su cuello. Luego realizó mediciones extrañas con los dedos: grosor, peso, largo. Luegó palpó con la llema de los dedos el pañuelo.
-Esto es seda, dijo ella. Yo la miré con cierta preocupación, -sumó Bilbaíto-, con algo de la preocupación del que vendía en la galería y que leía un libro detrás del mostrador echando cada ciertos minutos una ojeada a los escasos visitantes. Sí, creo que es seda, le contesté, haciéndome el que no sabía de estas cosas, -contó Bilbaíto-. Me parece un gran idea este modelo, una excelente idea, agregó la señora. Mientras ella sopesaba el objeto yo le traté de explicar que en realidad no me gustaban los collares, pero que ciertamente ese era un collar bastante original y que la seda combinaba muy bien con el metal. ¿Piensa usted comprarlo?, le inquirí, como si de súbito me hubiese convertido en el vendedor del local, -convino Bilbaíto-. No lo sé, contestó, la verdad es que no es caro y me gusta mucho pero antes de ver si decido a gastar ese dinerito debo pensar como hago para que me fabriquen en Santiago algunas piezas de metal parecidas. Los pañuelos no son un problema, esos se pueden comprar en cualquier parte. Incluso donde los chinos o donde los turcos, -dijo Bilbaíto que había dicho la madre de su amigo-. ¿Usted desea fabricarlos allá?, pregunté sorprendido, -agregó Bilbao-. Pero, ¿no es usted funcionaria de la biblioteca?, -dijo mi amigo haberle preguntado-. Claro que lo soy, pero que tiene que ver eso. Siempre hay que buscar la manera de ganar algo más de dinero, pontificó la madre de mi alter ego. Debo sí buscar a alguien que me haga estas piezas de metal, pero cuidar de que nadie me robe la idea. ¿Que nadie le robe la idea?, -dijo Bilbaíto pensativo haber repitido lo que acababa de escuchar-. Luego ella me dijo:
-Sí. Si supieras, si te lo imaginaras. Allá son todos unos monos. Cualquier cosa te la copian. Te descuidas y ya hay alguien haciendo lo mismo que tú. ¿Entiendes?, -cató la madre del alter ego de Bilbaíto.
-Claro, entiendo muy bien, -dijo haberle dicho inmediata y secamente Bilbaíto.
Luego Bilbao terminó de contar la anécdota de forma lacónica, detallando en seguida tan sólo cómo procedieron al pago del collar y a salir de la galería caminando por la misma callecita medieval.
-Una callecita medieval en estilo rokokó, -le dije a Bilbaíto sonriendo.
-Exactamente, -silabeó Bilbaíto-. Yo me fui a su lado caminando largo rato en silencio, -terminó de contar Bilbaíto-. Imaginando como pasaban las cosas de un lugar a otro en el mundo. Como si el mundo no fuera más que un plagio de sí mismo, una y otra vez, cada vez.

