lunes 18 de mayo de 2009

El ala quemada o de los malos acompañamientos. (Diatriba)

Vale la pena detenerse y hacer un comentario ante la finalizada Feria del Libro de Praga. Debo constatar que hay otros, más astutos, más acertivos -y definitivamente- menos insidiosos que yo (según una amiga del rubro) para hablar del tema. Como cada año el nombre o título de la noble cita libresca (El Mundo del Libro) es un desafío aparentemente grandilocuente. Pero dicen que las apariencias engañan. Soy un partidario de los nombres con estilo y con alegoría. Soy partidario de ello, sobre todo en un país en donde el realismo socialista aun chorrea por las paredes y por las cloacas inmundas de una época pasada, en que la semántica denominaba las cosas por su nombre jugando a decir la verdad de las mentiras, reprimiendo todo sentido de la creatividad y la fantasía. En rigor, los nombres no eran el verdadero nombre de las cosas, si no su reducción, su represión. Así las librerías se llamaban Libros; la marca de zapatillas deportivas era Botas; las fruterías se llamaban Frutas y Verduras y las bencineras Benzina. Ni una huella del acto humano de hombre a hombre. La cosificación marxista.
Creo de todos modos que las ambiciones mundialistas del nombre del encuentro en un país en que la mayoría de los libros existentes no serán publicados nunca, son la utópica actitud del payaso que cree que la sana risa del público y su inexcrutable y disfrazada tristeza, son la atracción mayor de la carpa. Que los leones, los equilibristas, los malabaristas y los gimnastas son un pretexto para sus caídas y bromas; para sus alegres payasadas. Lo que es acompañamiento es acompañamiento y como tal deber ser valorado. En el circo de la cultura, el payaso es un entremés. Pero cuidado, todos necesitamos reírnos y eso es una ley del espectáculo. Por muy diminuta y por muy reducida que sea la oferta local, no he visto en ninguna otra parte del mundo mayor pasión por la lectura que entre los checos. La lectura cruza la vida y el día de los habitantes de estas tierras y la prueba de ello podrían ser no sólo las largas colas al lado de las librerías cuando se anuncia la aparición de un obra de valor; o bien, la inalcansable cantidad de eventos cada semana que dan cuenta del acto lector (desde las autogramiadas hasta las simples noches de lecturas en cafés y teatruchos). La campaña televisiva que recuerda a los padres la importancia de leerle a los niños al menos veinte minutos cada noche es otra prueba. Lejos de alertar una insuficiencia, insiste en la mantención de un gran hábito.
La versión de este año se realizó en una improvisada carpa, vista la magnitud del siniestro que hace unos meses atrás acabó con una de las alas de la gran sala de exposiciones de Holešovice. El pretexto de mi visita ésta vez era una conferencia con un título impecable y para mí urgente: La novela contemporánea española en el contexto europeo. La moderadora era una reconocida, respetable y eficiente traductora del español al checo. La conferencia la dictaba una señora llamada Juana Salabert, escritora de España. Debo dejar aquí sentado que la primera sorpresa, me la llevé al constatar que la sección dedicada al libro se volvió a realizar en el mismo sector -como cada año-, es decir, en el ala izquierda del edificio; en el ala quemada del Palacio Industrial (edificio histórico, cuyo origen remonta al año 1891 y cuya construcción buscó celebrar el centenario de la Primera Exposición Universal que se realizó en Praga en 1791. Cada año, el ala izquierda pertenece a las casas editoriales, el ala derecha del palacio a los publicadores de mapas, textos escolares, revistas, guías de viajes, etc.. Esperaba este año que los organizadores cambiaran el ordenamiento acostumbrado de los años anteriores, y que el ennervado cielo en estilo historicista de la sobreviviente ala derecha cediera su noble espacio a los libros y sus libreros, por la sencilla razón de ser éste el motivo par excelence de la feria y no otro. Lo que es acompañamiento es acompañamiento y como tal debe ser valorado.
Visitar la cita de las letras suele ser la única oportunidad anual de encontrarme con amigos y conocidos del rubro, reunidos bajo un único pretexto y en un mismo lugar. La feria, (cuya denominación ha fijado de manera precisa Erik Lukavský, el editor de Fra en la prensa de hoy: una kermesse, un mercadito, un bazar, una feria en el sentido más mercantil del término), siempre ha sido la mejor manera de que los ya pobres editores se deshagan de sus bodegas, de que liquiden sus restos.
Cuando un mail del Instituto Cervantes me advirtió de la visita de la escritora española a la feria, no lo pensé demasiado. A pesar de la prematura muerte del gran R. B., nos quedaron algunos buenos autores que aun hoy tienen algo que contar; que aun hoy tienen un modo de cómo contar. En rigor, R.B. no era español, pero como ya sabemos la patria o las fronteras de un escritor es la lengua. En el caso del idioma español sus límites trascienden la semántica de la palabra como tal, trascienden España. Aquí la imprecisión es ganancia. Aun nos quedan Vila Matas, Marías, Martínez de Pisón. Nos quedan escritores del español, Pauls, Villoro, Azócar.
Un tema tan urgente como es la novela, en donde además aparecen ingredientes tan sabrosos como la Literatura, España y Europa hacía de la conferencia de la autora una oferta poderosa para un viernes por la tarde. Me imaginé que vería allí algunas caras conocidas. Otra razón para asistir. Visitar El Mundo del Libro era buen negocio desde todo punto de vista. Encontrarme con mis amigos checos y con mis amigos hispanoparlantes.
No tengo nada en contra de las instituciones culturales de caracter nacional, siempre y cuando no sean ni un nido de amigotes y compadritos, ni el supuesto brazo desarmado y desalmado de un estado nacional que busca vender la imagen de cultura que más convenga. Menos aun si las instituciones aparecen como el órgano censor y definidor de lo oficial, de lo política y estéticamente correcto. No tengo nada en contra de las instituciones culturales en la medida en que las instituciones no se convierten en instituiciones y los consumidores de cultura no pasemos a ser simple estadística de visitas. Merecen respeto en la medida en que ellas se intentan -de tiempo en tiempo- sabiamente negarse a sí mismas y abrir sus espacios a lo no oficial. Aquello que entendemos como en cierta medida marginal y en cierta medida alternativo, características que no son lo mismo aunque a veces parescan iguales.
El Instituto Cervantes es hoy un coloso cultural de más de setenta sedes por el mundo. Surgió al inaugurarse los años noventa. En un momento en que España gozaba de buenos tiempos y de arcas fiscales llenas. El IC en realidad es la realización de un sueño de los políticos culturalistas españoles que por muchísimos años vieron cómo sus pares lingüísticos de Europa promovían la cultura y el idioma de sus países por el mundo. El Goethe Institut desde 1951, el Consejo Británico desde 1934, la Sociedad Dante Aliguieri desde 1889 y la Alianza Francesa incluso desde 1883. Los españoles en rigor superan en antiguedad sólo a los portugueses, cuyo Instituto Camoes se creó dos años después del IC. A pesar de la centralización cultural de la institución, llega a Praga de todo. De lo bueno y lo menos bueno. Prueba de lo primero es que gracias a IC algunos adictos a la literatura hemos gozado de la precencia de Carlos Fuentes, Juan Gelman, Enrique Vila Matas, Ignacio Martínez, Juan Villoro y otros. Prueba de lo segundo es la también visita y aceptación de una larga cantidad de manifestaciones culturales que a los locales no nos dicen nada y que en más de una oportunidad provocan serias dudas respecto de las calificaciones de quienes detentan las riendas culturales de España. Sospechamos que los hijos de España no han abandonado las prácticas que tanto recuerdan a tinterillos chupatintas de levita, monóculo y chistera de otros tiempos y que la existencia de los amiguismos, los contactillos familiares, los codeos políticos y los coctelitos de siempre, son el resultado de la juventud e inexperiencia de una institución aun sin conocer la adultez. Por nombrar sólo dos ejemplos : la presencia doctrinaria de un escritor -de cuyo nombre no quiero acordarme- con "su verde que te quiero verde" cargado del nuevo y falso phatos del realismo socialista y romanticista del siglo XXI; o tener que aguantar las burradas estilo jet set de una escritora de naríz respingada -de cuyo nombre tampoco quiero acordarme- y cuyos paseos por Praga comprando pieles y cristal de Bohemia dicen todo.
La conferencia La novela contemporánea española en el contexto europeo empezó mal de entrada. Para mí en el minuto en que la moderadora se mostró contenta e hizo alardes de alegría de que hubiera llegado tanta gente. Allí sentí ese extraño escozor que suelo sentir cuando estoy siendo testigo de una farsa. Qué una farsa, una verdadera astracanada. Voltié la cabeza y de las sesenta sillas del pequeño auditorio, habían unas veinticinco ocupadas. Eso no sólo no eran "tanta gente" si no que en su gran mayoría estaban ocupadas por funcionarios del IC de Praga. Eso no es motivo para alarmarse, más cuando una de las labores de las instituciones de la cultura es promover y acercarnos a lo que aun no conocemos y por lo mismo hay que estar preparado para públicos escasos. Pero hay que decirlo. A esta autora yo no la conocía y hasta ahí las cosas llegaban al grado de escasez de público por razones de la ignorancia de nosotros los locales y de dudosa logística publicitaria del IC. Sin embargo lo que siguió sí fue una tomada de pelo digna del más bajo de los timos. Si asisto a comprar conejos y me encuentro con que el lugar está lleno de vendedores de gatos, las cosas ya no merecen ser consideradas como simples errores. No sólo no se habló de la trasnochada literatura española, no sólo no se habló del contexto europeo. No se hablo del género, ni de los temas europeos, ni de los nuevos estilos y tendencias. No se habló de literatura europea. A la introducción de la moderadora sobre la obra de la autora siguió una lectura del parrafo inicial de una de sus obras por la misma autora. No estoy en contra de que me inviten a conocer a una autora que no conozco. La elección es al final simple. El riesgo claro. No voy a hacer comentarios aquí acerca de una literatura cien veces ya escrita y repetida (cuyo sello más bien nos hace creer en que para algunos escribir es a veces simple tosudez, terquedad y sobre todo repetición). No voy a insistir en aquello que dicta que el punto de vista que cuenta es "el cómo y el qué al decir las cosas", es decir aquello que sospechamos es -de sobre manera- la Literatura. No voy a hacer comentarios acerca de la vulgar reducción de la literatura a un asunto de temas. La alta literatura evidentemente son los grandes temas de la humanidad. La alta literatura no se caracteriza por el tema de los libros, menos cuando reducimos la palabra tema al escenario, al ropaje de los personajes, a las situaciones que son el trasfondo donde los escritores situan un verdadero Tema. La alta literatura no tiene por tema la guerra, si no la violencia, no hombres ni mujeres, si no las distintas versiones del amor. De qué van los libros, eso que decimos trama, no es más que la tramoya necesaria para el teatro último que se esconde en un libro. Que vengan a hablarme de los temas de los libros de una autora me parece una broma de mal gusto. Que me haya quedado con las ganas de escuchar una buena charla acerca de cuales son los Temas de la literatura europea y de qué manera está allí situada España, es un verdadero bofetón. Que además el tiempo reservado para la ponencia sea una hora y que a los 50 minutos de la charla se pregunte si alguien tiene preguntas, es una pena. Que yo haya cobardemente guardado el decoro (odio los escándalos) y que en silencio haya puteado a los cuatro vientos, fue otra más de mis tantas cobardías. Después de todo lo que es acompañamiento es acompañamiento y como tal debe ser valorado, aunque yo no fuera en ese momento ni la guarnición de un plato añejo.

martes 5 de mayo de 2009

Chile, país de piratas. (diatriba)

Francisco Drake, Lord Wilord, Anson, Sharp. Pero también Pérez y González o Muñóz o Rojas o Soto. Las fronteras siempre ha sido un problema para los países lejanos, para los países isla. Allí están -Japón hace siglos o Cuba hoy- como ejemplos. El encierro crea una mentalidad solitaria y vanidosa. Nos miramos a nosotros mismos, como si nos miráramos el ombligo; como si nos miráramos en un espejo. El encierro genera en los artistas e intelectuales la sensación de que no existe nada más que lo propio. Las fronteras no sólo funcionan hacia fuera. Hacen lo propio con los que quedan adentro. Luego las obras son como seres que transitan vestidos con trajes desmesurados. Como cuando heredamos las ropas de un muerto. Los países con desmesuradas fronteras suelen tener muertos que siguen creciendo después de muertos. Los vivos hacen crecer a los muertos aquellos centímetros de calidad y fama que no crecieron en vida. Es la única manera de traspasar las fronteras de nuestra soledad y de nuestra verdadera estatura. A toda costa hay que hacer perdurar lo que tuvo algún valor en vida, indiscutible pero determinado. Esto sería irreprochable, si el precio no fuera la deformación del pasado. Allí están todos los ridículos héroes nacionales como prueba. Incluídos los héroes artísticos.

El problema suele radicar en las referencias. Si Ortega dijo un día que el hombre era él y sus circunstancias, y que si no las salvaba a ellas, no se salvaba él, hoy podríamos decir que en un mundo cada vez más informado e informante, el hombre es el hombre y sus referencias. La natural incapacidad de medirse hace a los artistas chilenos arrastrarse al falso ejercicio de impinarse. Los artistas chilenos son –a veces y algunos (la mayoría) como enanos de tacos altos. Se actua allá con la vaga intención de ser referencia de sí mismos y para ser referencia es necesario otorgarse valores. Autoconsiderarse o interconsiderarse. Cuando este mecanismo no funciona la actitud que se asume es la inversa. Las referencias los llevan a la copia, a la imitación, ejercicio párticularmente generalizado entre los artistas chilenos.
Quienes logran asomar la nariz descubren lo diferente, lo otro. Así lo que allá es desconocido debe ser importado. El proceso simbiótico del artista no es más que el triunfo sobre aquellas fronteras y la domesticación de las referencias. Chile es un país de referencias y piratas. Piratas contribuyeron a socabar la autoridad comercial de la metrópolis real española en su momento. El negocio de copiado y fotocopiado ha sido por años un nicho comercial allí donde los libros son extremadamente caros. Las aceras de las calles de Santiago son escenario de constantes escaramusas entre gatos de color verde y con jinetas y ratones con alfombrillas de hule que ofrecen juegos de video, música, libros editados por editoriales clandestinas, programas de computación. El principio del pirateo cruza la manera de ser del chileno. Después de todo esa angosta faja de tierra es heredera de una generación que destituyó a esa generación que sostenía aquello de la sustitución de importaciones, asunto metafóricamente hasta curioso. El matute es una institución, la imitación otra. Dos caras de una misma moneda. Chile tiene sus García Márquez, sus Paul Klee, sus Kandinsky. Las artes originales son en Chile consideradas sólo artesanías u oficios. Ignoran los chilenos que incluso la palabra oficio es parte del nombre de uno de los más bellos palacios, de una de las más bellas galerías de arte del mundo y que las artes no son otra cosa que artesanías llevadas a la perfección. Chile tiene en resumidas cuentas, sus particulares referencias, ajenas. Este fenómeno está extendido sobre las artes. Después de todos los chilenos son la copia feliz del edén, dice su canción