domingo 30 de enero de 2011

¿Y quién diablos es Antonio Ortuño?



No sé, pero eso se preguntaba hace días un medio de comunicación mexicano en un artículo que acabo de encontrar en la red. Se me ocurre algo. Veamos. Entre los datos típicos de ese medio de comunicación cuya función no pasa del dato biográfico y del comentario resumidor (comparaciones incluidas) para el lector-horda, aparecen el chisme relativo a los 22 de la revista Granta, y luego el chisme sobre -por supuesto- el segundo lugar en el más importante (o bien, uno de los más importantes, para no herir a nadie) concurso literario de España. Acabo de terminar de leer su libro Recursos humanos, una novela de unas casi 180 páginas, formato Anagrama, una novela del cenáculo del respetado y reconocido (yo inclusive) Jorge Herralde, por lo tanto una novela con los salvoconductos en orden, pero además una novela con algo que vengo a bien denominar el mínimo común denominador de la literatura escrita en español de un tiempo a esta parte, léase, el factor social. La implicación social de las obras. Los entonces hijos de la revolución cubana, me refiero a los lectores, los hoy por hoy -y no sólo por suerte, sino que por cerebro-, abuelos críticos de las gerontocracias marxistas, poseen  una suerte de filtro literario en donde el cuestionamiento o repaso de lo que fue una época convulsionada, la época pre fin-de-la-guerra-fría, surge como un bastión inconmensurable, algo por lo demás oportuno, sensato y deliberadamente autocrítico. Muchas novelas cumplen este requisito. Hasta aquí todo mi apoyo, a pesar de que el acento social y el barniz izquierdista siga presenta dando cuenta de un encasillamiento ideológico que aun no tiene ganas de marcharse del canon temático y del mensaje socio y políticamente correcto. Pero esto es una constatación con visos de ironía y no de ira. Puesto que lo que prima es y debe ser el género, es decir la novela como tal con todos sus asuntos internos. Léase personajes, narrador, argumento, y por supuesto sintaxis y léxico. Obviamente la lista de aspectos es más larga. No es que esas obras estén de más, lo que es, es que a ratos nos faltan otras, con otros temas y otro tratamiento. Cuando el autor ha nacido en los años setenta, entonces estamos seguros de que los manchones del pony ideológico que cabalga en la literatura serán algo así como un jamelgo al que pintamos para una fiesta y luego mangereamos y listo.  La novela de Ortuño es social, pero es también una novela subjetiva, diríase íntima. No lloré ni una vez y me reí, creo que sólo una, asunto que no tiene por qué ser un barómetro de nada, pero barómetro al fin. Lo que me llamó la atención en la novela de Ortuño es que a pesar del fondo social omnipresente hay una dimensión intimista, lo suficientemente asfixiante como para utilizar el adjetivo k…., pero no lo usaré. Porque no es exactamente eso y por mucho que intentemos buscar una figura cíclica en la historia (no creo en Vico) la literatura de principios de este siglo no es la de principios del siglo pasado, así que no. Es la individualidad fragmentada y fracasada  que hace que odiemos a Gabrielito Lynch, (y si es que). Una advertencia: si el lector no lo odia a ese hijo de puta, debería buscar apoyo psicológico-. Lo que es peor o mejor, este personaje de Ortuño nos hace ver a los que viajan junto a nosotros cada mañana en el tranvía con un celo que hasta ahora no teníamos. Ser objeto de un odio justificado puede ser el descubrimiento más grave de esta novela.  La tentativa comparativa con Evelyn Waugh, quizá en lo satírico, puede venir a lugar, aquella otra que lo emparienta con Houellebecq me resbala y digo que en lo negruzco, demás que sí. Pero no sé tanto del francés como para hacer aquí declaraciones mayores. Lo que no cabe duda es que el discurso narrativo se puede situar en la orfandad mexicana de hoy. México tiene una historia bastante particular en lo relativo a los mesianismos político-ideológicos del siglo XX y por lo mismo la atmósfera de la novela nos grita una suerte de “sálvese quien pueda” o “todos contra todos”. Si el personaje de Ortuño es una variante del hombre post guerra fría mexicano o latinoamericano, o sea, alguien que anda por ahí al asecho, señores, entonces estamos en serios aprietos. Ortuño ha destapado la olla, la olla mexicana (pero no sólo mexicana), por cierto, una olla repleta de los paradigmas del odio visceral urbano, allí su personaje es la versión más cínica, y por suerte yo diría moderada –a pesar de su suerte de terrorismo proselitista- de un verdadero delincuente común mal vestido pero con corbata. La imagen del manual del guerrillero, suerte de Biblia o Nuevo testamento de esa sed de arribismo (ojo, estamos hablando del personaje), de un resentimiento y una frustración colosal del hombre medio, sintetiza las secuelas de la falta de ideales, aunque sean falsos. Ambición, sumisión, no son más que dos caras de un mismo páramo moral. Criticándole algo diría que el escaso zapping narrativo en que la voz del narrador cambia de bando y se aloja en el otro polo, en Mario o Constantino, el personaje contrario, no resulta convincente, pero esto es siempre algo subjetivo. La verosimilitud de un personaje así, está siempre dada por el grado de aceptación de su existencia. La ironía a fin de cuentas, junto a cierto sarcasmo, propone un ejercicio en que el narrador se desdobla, separándose del personaje y sugiriendo la idea de un alter ego. Asunto por discutir, pues cómo explicar aquellas situaciones de autocompasión que derivan en el reconocimiento de estar haciendo algo malo. Allí, en aquellos momentos de autocrítica el personaje pierde coherencia. Como si de pronto cierta voz interior necesitara mencionar o reconocer lo que nunca será capaz de cometer. En cierto modo la bomba de clavos es el resultado de una azuzación y el personaje se manifiesta como un solapado pusilánime que utiliza a los otros. El Pontiac en llamas es la primera piedra. Luego todo se manifiesta como una amenaza permanente. Como si de pronto el narrador se quedara mirándose a un espejo. Describiendo la parte basura que llevamos dentro. Se me ocurre algo que pudiera zanjar todo este impasse: el personaje es rico en otro aspecto: hipocresía, lástima. La evolución a convertirse en lo que uno odia no deja de ser significativa, a la vez que los otros personajes no están tan lejos de Lynch.
No deja de ser que la novela juegue con la circularidad de la vida, al menos en lo que a los roles sociales se refiere, como si en el fondo oscuro de la atomicidad humana de la urbe, cuya síntesis son esos edificios de oficinas con cientos de supervisores y gerentes, gobernara la burocracia de la existencia humana que contagia todo y da vueltas en círculos. Se pueden seguir haciendo paralelos de la obra de Ortuño con otros autores. Yo me inclino por uno en particular, por John Kennedy Toole y su novela  La conjura de los necios justamente por el clima de involución a una sociedad casi primitiva (en JKT sería la edad media), egoísta y rival, disfrazada de modernidad, una sociedad que en la obra de Ortuño evoca los albores de la industria, (o los albores de los servicios si se quiere), allá en donde se creía que el enemigo eran las máquinas, acá los puestos a conquistar. Pero ojo, acá no hay el anacronismo de Kennedy Toole, pues es claro que Ortuño nos habla de nuestra contemporaneidad. La involución sería más bien un estado de cosas, sería como decir miren a lo que hemos llegado, o a lo que hemos retrocedido. En la obsesión relativa al esclavismo omnipresente Gabriel Lynch se emparienta con  Ignatius J. Reilly el personaje de la novela póstuma de John Kennedy Toole. Al igual que Kennedy Toole, o a modo de guiño, estamos siendo testigos de un despiadado retrato del hombre actual. Al menos de uno que anda suelto y que quizá hace rato que estaba allí, sólo que no habíamos tenido el tiempo suficiente de verlo o leerlo, con tantos libros con arquetipos repetidos.
Bueno eso se me ocurre, sería todo.