miércoles 30 de marzo de 2011

Anti-Neruding






Este texto iba a llamarse primero Neruda versus Neruda, luego imaginé que podía llamarse El fascismo nerudiano, o quizá La paradoja nerudiana, o bien, Todos los Nerudas, Neruda, o tal vez Viaje al fondo de Neruda, buen título hubiera sido La cabeza de Neruda. En fin.
Todos los biógrafos del poeta chileno concuerdan en los motivos que llevaron a Neruda a adoptar este extraño, por no decir, exótico alias checo. Aunque no coinciden del todo, ya que la acentuación hace al Neruda chileno, grave, allí donde reina la esdrujulidad del decimonónico cuentista praguense. Así en checo viene a ser Néruda y no Neruda, para aclarar. Aunque ciertamente Neftalí Reyes no tenía cómo saberlo. Menos aún en un clima familiar desfavorable a escabrosas averiguaciones de orden morfológicas. A veces los progenitores tienen planes para sus hijos y los hijos se las deben rebuscar para salirse con las suyas, tal fue el caso del premiado bardo estalinista chileno. Lo de estalinista no es gratuito, hay odas al zar comunista que prueban esto. Casi todo el mundo conoce de aquella apropiación del apellido checo por parte de poeta chileno. Los checos también lo saben, me refiero a la opción clandestino familiar del chileno, como, por lo demás también, a la condición proselitista de ese Neruda segundo, al que los checos tuvieron (junto a Brecht, Mayakovski o Erenburg y tantos otros), por lecturas obligatorias. Leer obligado en la secundaria, ¿hay algo más ignominioso?
Así los checos leían al chileno Neruda, probablemente del mismo modo como los chilenos debíamos leer a Góngora o a Fray Ruiz, al matón Cela, quizá. Imagino que los checos verán quizá en el Neruda chileno un lector apasionado del Neruda checo. Los biógrafos y las pomposas y tergiversadas memorias del poeta lo corroboran. Pero, ¿en qué condiciones se enteró el joven poeta austral de la obra del checo?, eso es algo menos conocido. Se sabe que la primera vez que optó por el apodo no-mineral fue por allá por 1920, dizque cuando colaboraba con Selva Austral. Al margen de todo, ruda en checo significa mineral, neruda, todo lo otro, es decir su negación, lo que no deja de ser curioso y contradictorio, considerando la fuerte impronta mineral de los versos del chileno. Pero la contradicción nerudiana, como veremos, es un espolón que va por su vida de lo más que hay: un mascarón de proa, con diversas caras.  El caso es que ese fue el apodo checo que le gustó. Neruda, el chileno cuenta haber leído un cuento del checo. Pudo ser algo de Los cuentos de la Malá Strana, probablemente el libro más conocido del autor checo. La edición más conocida en español, y al parecer la primera, es la del año 1922 de Calpe y la de Espasa-Calpe de 1943, con traducción de W. F. Reisner. A cuál tuvo acceso el pueril Neftalí queda claro. A los dieciséis años el joven Neruda hablaba sólo español, quizá chapurreaba algo de mapuche. No chapurreaba aun ni francés, ni inglés y menos checo. Pero como es bien sabido, los escritores, sobre todo los escritores chilenos y sobre todo los poetas son grandes embusteros, sobre todo el vanidoso Nóbel chileno, así bien, también pudo ser que el chileno Neruda jamás leyera al checo Neruda. O que sólo fuera encantado por el apellido del checo. Hay una biblioteca que el poeta chileno dejó y valdría la pena preguntarse si guarda aun algún ejemplar de Los cuentos de Jan Neruda. Algún ejemplar que no haya sido quemado por  los soldados del glorioso ejercito de Chile.
Antes de seguir, dejo aquí en claro que no tengo nada en contra de Neruda, pero a decir verdad, Neruda no me gusta y bueno, sí tengo algunas cosas en contra de Neruda. O bien, para hacer justicia, sí hubo un tiempo en que sí me gustaba, o en que más bien, me gustaban poemas concretos, poemas que me fascinaban hasta la obsesión. Poemas residentes y terrenales. Odas. Explicaciones. De todos modos a la hora de los conflictos yo me puse de parte de la prepotencia de de Rokha, o de los alucinaciones de Huidobro.
Así entonces las alergias literarias de su padre, dieron por resultado esta curiosa relación nerudiana entre la ex Checoslovaquia y Chile, dos países con más de una letra inicial en común, dos países, por ejemplo con un Dubček que era un Allende y un Allende que bien era en cierta forma un Dubček. Pero esto aquí carece de importancia.
Huelga decir que la planificación de la vida del primogénito constituye un paradigma fundamental de nuestra civilización. Provenimos culturalmente de una voluntad ajena, superior, fundacional, escatológica. Una voluntad catequista, incluso pontificadora e inquisitoria. A los ojos de este encuadre, la prohibición paternal de un ferrocarrilero enemigo de la poesía cobra un síntoma hasta simbólico y paradojal en la vida del vate, otra contradicción más, si se tiene en cuenta los derroteros ideológicos que Neruda adoptara en su vida. La necedad del iletrado padre obrero que deseaba impedirle al hijo, nada más y nada menos que el verbo. Por otro lado, el hijo poeta que desea la dictadura del padre obrero. Hay en todo esto una extraña circularidad que acorrala el destino del poeta, un inevitable destino trágico. Como una bomba de tiempo la tragedia nerudiana palpita con sus minuteros cargados de vanidad y pompa, a ratos de una cursilería tan fina como si fuesen huevos Fabergé.
A más de un checo le resulta curioso que un escritor de un país tan canejo haya adoptado el alias del romántico escritor pragense. A más de un checo de habla hispana le resulta inaceptable que cierto tipo de turista chileno dé por seguro que la calle Nerudova que bordea y sube hacia el Castillo de Praga seguramente  sea un homenaje o una prueba de la fama del poeta chileno, nada más falso y absurdo. Cierto, son viajeros cuya inteligencia se peina con bucles; para estos chilenos el mundo no es otra cosa que un panorama de parpadeos e ínfulas. Prueba de ello son sus preocupaciones de turista: el cristal de Bohemia, algún par de aros de granate, o finalmente dilucidar si la tienda de Prada de calle París, es más costosa que en la propia París. El chileno medio, ese turista de diez países en diez días y de diez años hablando de dónde estuvo y qué se compró, tampoco importa aquí.
Aparte de esa calle, pocos se aventuran a visitar una plazoleta mugrienta y en el más completo abandono, donde reinan los zurullos de perro, donde el pasto es un recuerdo semi-verde. Y donde la gran cabezota metálica del Neruda chileno parece observar las cacas caninas sobre el asfalto, como si fueran la mierda a la cual no alcanzó a cantarle, aquella mierda tenebrosa y criminal que lo llevó al cajón. La cabeza del Neruda chileno representa el aspecto dormilón, incluso hasta bobalicón del poeta, es una cabeza decapitada, sin cuello y situada en un pedazo de piedra cuadrada en donde el bronce recuerda, no el Nóbel, si no el estrafalario “Premio Stalin de la Paz entre los pueblos”, una entelequia publicitaria que era en el fondo un premio infesto y lúgubre que de paz tenía poco, creado en 1949, y  que luego Nikita Jrushchov bautizara como premio Lenin en el 59, para que finalmente Gorbachov lo redujera a Premio Lenin, así a secas. Leída la plaqueta, de seguro que para los escasos transeúntes de esa plazoleta fea y descuidada, debe ser como una patada en el estómago ese recuerdo de una época que nadie desea volver a vivir.
Al menos una vez al mes paso observando de reojo la plazoleta de Neruda en el barrio de Smichov, controlando la fealdad del lugar, la fealdad de la avenida y la sensación de desamparo e inseguridad del sector, un suburbio que los eufemistas llamarán multiétnico, pero que en el fondo no es más que un feo barrio con algunas familias gitanas que buscan en qué ganarse la vida. Digamos que familias de sobrevivientes, sobrevivientes del boom urbanístico que transforma el barrio de Smichov en un centro comercial más, alternativo a los centros históricos de Praga. Familias que a veces roban, aunque no tanto como roban otras familias. Todos roban en Praga, acá el robo es un acto de folclore, un ejercicio que la sociedad comunista heredó a la sociedad poscomunista. Los que más roban son los del gobierno. Esto, por suerte, todo el mundo lo sabe. El que no roba -decía el proverbio-, roba a su familia.
Cada vez que bordeo el área, por lo general en automóvil, controlo la presencia del poeta. Hace unos años atrás, los chilenos le rindieron un homenaje, cuando digo los chilenos, en realidad debo decir, la embajada chilena, los representantes del mainstream criollo en el exterior. Ese mainstream que ha sido encarnado en Chile por la derecha, pero como sabemos, en una época recién pasada, también por la izquierda chilena. Pablo Neruda es hoy una imagen recurrente del enanismo chileno, un héroe a explotar. De un enanismo con elefantiasis y tufos de grandeza. Neruda siempre fue una marca explotable, tanto por el estalinismo, cuyas aguas movían el vanidoso molino del poeta. Lo mismo hoy, por la misma derecha que lo prefería muerto. Hoy por hoy, poco importa que aun hayan poetas jóvenes muriéndose de hambre en Chile, poetas exactamente con la misma edad de Neruda, cuando esté mismo se moría de hambre, si es que. Poetas que para la oficialidad chilena, mucho menos para las embajadas, simplemente no existen. Poetas con la misma edad que tenía Neruda cuando a este lo buscaba por cielo, mar y tierra la policía para encarcelarlo y torturarlo y romperle la enorme narizota de bardo nacional. La policía de González Videla, por supuesto, no la policía de Allende, ni de Frei. Por último, poetas que en cincuenta años más serán productos a explotar y entonces sí el estado chileno se acordará de ellos.
Cada vez que paso, miro de soslayo la cabeza de Neruda, como si en silencio esperara toparme nuevamente con la repetida formula de los que sobreviven robando estatuas para luego venderlas como metal por su peso en alguno de los tantos patios de reciclaje de esta ciudad. Hace un tiempo atrás la cabeza de Neruda desapareció. El solitario pedestal parecía un catafalco victorioso. La búsqueda de la cabeza desaparecida del poeta chileno no inquietaba a nadie, salvo a los chilenos residentes, incapaces de soportar más desaparecidos. Obviamente el chovinismo criollo local puso el grito en el cielo. Dicen que acabó fundida, reciclada en, vaya a saber uno, que cantidad de objetos de uso común. Era un cabeza de bronce. Así, los ojos, las orejas, la papada, la cerviz, la calvicie del poeta chileno, su nariz, su labios callados, sus miramientos, pasaron a convertirse en otra cosa: manillas de ataúdes, manijas de puertas, quizá, o plaquetas, tal vez.
Manijas, eso, prefiero esa imagen, manijas que abren puertas en la oscuridad, puertas desde donde se escuchan voces, lamentos, como los lamentos de los desaparecidos. De los desaparecidos en Chile, como de los desaparecidos de Praga. La cabeza de Neruda fue vendida por su peso, y quien sabe qué habrá pensado el empleado de esos patios cuando un par de ladronzuelos llegaron con el busto envuelto en diarios, una cabeza irreconocible. Rateros de baja estofa y poca monta que de inmediato se jugaron la plata, o se la bebieron, o quizá se la inyectaron; hay una novela del checo Jáchym Topol que va de la drogadicción juvenil titulada Anděl (Ángel) que es otro de los nombres del barrio donde está la plazoleta de Neruda; esa novela habla de estas calles.
A los checos del barrio de Smichov, la repuesta testa del chileno les parece una curiosidad. Una curiosidad en un barrio racialmente jodido. Un barrio que fue repoblado tras la Segunda Guerra Mundial, un barrio desde donde desaparecieron en transportes a campos de concentración miles de judíos, como también miles de gitanos. El sector es feo, por sus nuevos hoteles para turistas masivos, inclusive turistas chilenos, feo por los malls, feo por la desembocadura y/o embocadura de un túnel, por las autopistas que van por esos túneles y que cicatrizan el área. Pero el barrio también es bello, gracias a Bertramka, la finca en donde la soprano Josefina Duschek alojara al quebrantado Mozart y donde éste finiquitara su Don Juan o Don Giovanni. Es bello el barrio gracias al Cementerio de Malá Strana, un lugar como salido de una novela de terror. Un lugar de altísimos y sombríos árboles que por las noches simulan gigantes dormidos, un lugar cubierto por enredaderas, lianas e hiedras que esconden lápidas olvidadas, un camposanto cerrado por miedo a los vándalos y sorteado por arterias con un tráfico ingrato. Allí descansa Karel Jaromír Erben, autor y recopilador de los Cuentos Checos. También el novelista, Gustav Pfleger, autor de literatura con temática obrera, una temática que le hubiera encantado leer al Neruda chileno, Pfleger es autor de algunas pioneras novelas del proletariado checo situadas en los agitados y convulsionados días de 1848, novelas en donde hay héroes muertos, olvidados, como es el caso de Una vida perdida, aquella novela que cuenta la vida del revolucionario Josef Václav Frič, encarcelado, desterrado e incomprendido, sin duda un personaje digno del Canto General nerudiano, o como es La mujer del fabricante, una novela que le hace un guiño a Madame Bobary, en donde la esposa de un industrial, una esposa de origen obrero, se enamora de un aristócrata y lava su honra con el suicidio. Gustav Pfleger fue amigo de Jan Neruda; el cementerio en donde se tuerce cada noche Pfleger inspiró a un libro fantasmagórico y pesimista del Neruda checo, un libro titulado Flores cementeriales, una imagen nerudiana donde las haya, escrita cien años antes.
Este barrio es extremadamente bello porque por aquí caminó tras la guerra la escritora alemana judía Lenka Reinerová, la vecina de Kish, la amiga de Kahlo y Rivera en México, hasta ser un día forzada a seguir huyendo, ya no del holocausto nazi, si no esta vez del holocausto brezniano, que era holocausto estalinista y de cierto modo también era un holocausto nerudiano. Reinerová era la última alemana, la última representante del bello alemán de Praga, ese alemán universal ajeno a localismos y regionalismos divisorios, ajeno a esas lenguas alemanas dialectizantes, ese alemán que caligrafiaba Kafka, Urzidil y Werfel y que era el alemán más hermoso del mundo. Ese alemán que era Praga, cuando Praga era una capital checa, tanto como una capital alemana, pero sobretodo era una capital judía. Una de las capitales judías más doctas del mundo. Una capital judía desaparecida, como los desaparecidos de Chile, como la cabeza desaparecida del Neruda chileno.
Este es el barrio de los dos Nerudas, del Neruda romántico y del Neruda proletario, del Neruda judío y del Neruda antisemita; de esos dos Nerudas que se desconocen mutuamente. Nerudas en guerra. Barrio donde  duerme la cabeza ilusa del trovador estalinista chileno. Barrio donde alguna vez retumbó la voz del rapsoda austral por estas calles, o en la estación de trenes que une Praga con el palacete de Dobříš, cuando sus días eran un cotidiano de diáspora individual y el chileno viajaba por Europa pregonando la pax soviética; con o sin Delia, a cuestas. Sin Delia, aquella vez cuando visitó en el 59 Praga y fue agasajado en Dobříš, la residencia que la nomenclatura local le facilitó y donde el poeta se reunió con las blancas doncellas hispanistas (entre ellas una vieja amiga mía), las humedecidas muchachas que el poeta solicitaba y que no era demasiado problema conseguir. Ojo que esto no es reproche si no alabanza, una oda nerudiana al picaflor, envidia pura, que tan envidia no es, pues he vivido largos años en estas hermosas y tibias tierras paganas.
Un panfleto chileno de 1941, un panfleto canalla, como sólo suelen ser los panfletos de la derecha chilena, acusaba a Pablo Neruda de judío. ¿Quién es Pablo Neruda?, inauguraba el volante, para luego tildarlo de judío degenerado y negarle su condición de chileno y acusarlo de esbirro del judaísmo internacional, de los abusos de su cargo de cónsul en España, abuso que a los ojos de la derecha o del nazismo chileno (con frecuencia suelen ser los mismos) era su posición antifascista (y kibutziana, seguramente). No he leído nada, o no lo recuerdo ahora, que corrobore o retracte alguna actitud sionista o bien alguna antisemita del poeta chileno. Pero sí hay algo que me consta: es el antisemitismo de su paradigma checo.
El Neruda checo escribió y publico en repetidas oportunidades un tratado titulado Pro strach žídovský, que viene a traducirse como Para que teman los judíos, o quizá sólo Por el temor judío, o de los judíos, el texto aun no pasa por mis manos como para elegir una de las acepciones de esta traducción. Sin embargo el antisemitismo del ejemplo nerudiano checo es tácito, sobretodo en sus escritos que buscan despertar la conciencia de nación de los checos bajo el imperio austrohúngaro, allí el checo asume la búsqueda de un función estética, arquetípica, literariamente hablando. ¿Son esos los cuentos que el joven Neruda chileno dice haber leído? No lo sé, sin embargo ellos son los que dan mayor fe de su antisemitismo, en Una semana en una casa silenciosa, el malo del cuento es el avaro judío Menke; Jan Neruda aparte ataca a los judíos en sus crónicas de viaje por Palestina, quizá por eso, hoy algunos textos nerudianos decoran las páginas webs de algunos movimientos neonazis, será por eso, que durante la Segunda Guerra Mundial, Neruda fue un aplaudido escritor por los escasos fascistas checos.
El chileno Neruda, a todas luces, no sólo no se enteró, o si se enteró, mejor no dijo ni pío. Tal vez los amigotes checoslovacos de Pablo Neruda, no quisieron amargarle la vida al trashumante latinoamericano y se lo callaron. Raro. Lo que consta hoy es que el paradigma nominal del premio Nóbel chileno vilipendió  como pudo a los judíos, aunque sus vituperios iban al hueso y no a la médula. Los textos nerudianos hablan de rostros, de narices, de mechones de cabellos, de barbas, de filacterias, de higiene, del lenguaje y todo lo que se dice es agresivo; pero este antisemitismo es visceral, no es racial. Un punto para el Neruda checo. Neruda los detesta por su posición económica y política, no por su raza. Aunque quién puede estar seguro de esto.
Volviendo al barrio donde el Neruda chileno bosteza. Es este, a la luz de esta increíble contradicción nerudiana, de esta extraña paradoja, un barrio en donde la literatura nerudiana, la chilena y la checa se encuentran y disputan un apellido. Barrio del Neruda chileno que probablemente nunca leyó a cabalidad al Neruda checo, nunca supo con qué chicha se estaba embriagando allá en las lluviosas soledades meridionales del mundo; embriagándose como seguramente lo hacía (con cerveza) su parangón checo, para después mareado en  rencores despotricar en contra de la corona, de los alemanes, de los judíos y escribir sus cuentos de a pie, cuentos oscuros, cuentos con personajes peligrosos, cuentos del bajo mundo praguense, que podía leer cualquier hijo de familia, o cualquier hijo de ferrocarrilero.