A la memoria de Soghomon Tehlirian (q.e.p.d.)
absuelto por el asesinato del Gran Vizir Talat Pasha
el 15 de marzo de 1921 en Berlin.
También al legado de su mentor el gran Shahan Natali,
que le dijo a Tehlirian lo siguiente:
“…le vuelas el cráneo al número uno de los asesinos de nuestro pueblo
y no intentes escapar.
Te quedas allí,
pones un pie sobre el cadáver
y esperas a la policía,
que llegara a arrestarte”
¿Dónde está tu hermano Abel?
Franz Werfel
El que actua no tiene conciencia;
conciencia tiene sólo el que contempla.
Goethe
El más grande escritor para los armenios no es el más grande escritor armenio. Ese para muchos podría ser el desarraigado y huérfano William Saroyan, el famoso autor de la conocida novela Tracy´s Tiger, como también de su menos leída The Human Comedy. Saroyan por cierto era californiano de nacimiento, aunque, ojo, eso sí, como se sabe palmariamente, de origen y alma un incontestable armenio. Un armenio insólito y particular si se considera que se casó y divorció dos veces con la misma mujer, y ésta señora no era cualquier mujer si se tiene en cuenta que esta Carol Grace inspiró a Capote su Holly Golightly, personaje de Breakfast at Tiffany´s.
O quizá podría ser otro el más grande escritor armenio: el extravagante y frívolo Michael Arlen, autor de una controvertida novela titulada The Green Hat, publicada en 1924 en Londres, a sus 29 años. Una novela polémica y censurada y antivictoriana. A propósito de ese año, hoy por hoy, 1924 es el año en que en Kierling muere Kafka a sus escasos 41 años. Justo cuando Saroyan, al otro lado del mundo, en un sitio llamado Fresno, con sólo 16 años, lee unos textos de su padre muerto trece años atrás, y se propone –de la noche a la mañana- ser escritor. Para tal fin, y como si su vocación fuera algo urgente y resoluta -y quizá por lo mismo- el jovenzuelo de origen armenio lleva ya un año desde que abandonó la escuela en donde durante otros dos más aprendió el oficio de mecanógrafo.
El verdadero nombre de Michael Arlen es, a decir verdad, Dikran Kouyoumdjian, un nombre y un apellido rarísimo e impronunciable. Este jovial emigrante y dandy rebautizado cultivó la novela gótica, escribió textos escalofriantes o que quisieron serlo, lo mismo que cultivó la novela de suspenso psicológico, todo con la misma agudeza e incisión como cuando su prosa rozaba con lo social, incluso lo político, es decir, esas otras variantes cotidianas de lo tenebroso. Kouyoumdjian no hubiera nacido en Bulgaria de no ser por la decisión u obligación de salir corriendo del Imperio Otomano lo antes posible de Sarkis K., su padre, y esto debido a las continuas persecuciones y masacres que de tiempo en tiempo les propinaban sin misericordia los turcos a los armenios. Suerte de guerras floridas de la Anatolia y sus regiones aledañas.
Y aquí sí nos acercamos a los grandes escritores armenios, que eran también grandes armenios.
La mayor de esas carnicerías en contra de los armenios tuvo lugar en abril de 1915. Para ser exactos el 24 de abril. Ese día empezó un largo genocidio, el primer genocidio oficial de la historia. La primera en escurrirse por las cloacas de los jóvenes fascistas turcos fue la sangre de los escritores. Durante los siguientes cuatro años detracito los siguieron cientos de miles de armenios que fueron borrados de la faz de la tierra.
Pero ni Saroyan ni Arlen se enteran de nada. Aunque sí, sí se enteran, pero no ese día, sino mucho tiempo después. Puede que ambos sean grandes escritores armenios, o escritores de origen armenio. Sin embargo para mí, mucho más grande fue la valentía y la tragedia de los escritores caídos. Aquellos que fueron citados esa tarde nefasta de abril de 1915 a comparecer –como que no quiere la cosa- a la comisaría turca más cercana para ser luego arrestados, torturados y ejecutados.
¿Y después?
Después desaparecieron (como si fueran judíos alemanes el año 38 o el 39 o el 40 o el 41, y así sucesivamente; o como si fueran la elite polaca ejecutada en el tenebroso bosque de Katyñ por órdenes de Stalin durante la Segunda Guerra; o como si fueran los desventurados jóvenes chilenos en 1973, o 1974 o 1975 y así sucesivamente), porque así lo determinaba Enver Pasha o Talat Pasha o Cemal Pasha, o de manera unánime ese triunvirato de carniceros y energúmenos de primera.
Pero en 1915 Saroyan tiene sólo 7 años y ni siquiera sospecha allá en California qué es eso de ser armenio, mucho menos qué es ser un armenio asesinado. Por su lado en las calles de Londres, Arlen, bastante más mundano y fútil (no por eso menos crítico) ya sabe demasiado bien qué es ser armenio. Arlen en 1915 cumple los 20, con cierta tendencia a la banalidad, viviendo de juerga en juerga, las que comenzaban a enmarcar su extraña personalidad. Pero como Arlen es un modernista, sus muertos son a ratos imaginarios, y a ratos reales, siempre espectrales. Algo -por lo demás- estimable de alguien que se codeaba con la perturbadora Nancy Cunard.
Ni Saroyan ni Arlen, estos gloriosos descendientes de la lengua del gran Raffi pero que hablan y escriben en inglés, son los más grandes escritores armenios, y no por no correr la oscura suerte de los autores armenios caídos en 1915. Aunque pensándolo bien, en cierto modo sí, ya que un escritor asesinado, es un escritor asesinado, y eso cuenta a la hora de la historia. Como cuenta la lengua. Aquella que los escritores muertos le sacaban día a día al gran turco. Eso hacían y eso cuenta. Porque la literatura no es sólo una cuestión patética, sino también es la risa y la burla que envalentona a los quedados.
¿Eran esos? Sí. Entonces, ¿el más grande escritor armenio tal vez sea el valiente endilgador Krikor Zohrab, ejecutado sin juicio?; ¿o bien el melancólico autor de El cazador herido, Rupen Zartarian?, traductor de Wilde y Hugo, que muere de un alfanjazo o de un balazo por un trasunto de Arellano Stark con fez y babuchas y que como Kafka sólo tiene a la fecha 41 años. ¿O bien, Erukhan?, asesinado a las afueras de Elazig, como quien mata a un perro. La lista es larga y dolorosa, hay muertes que duelen más cuando en ellas se bate el futuro de la poesía de un pueblo. Matar a un joven poeta, por poeta, no es ya un crimen, es la inauguración del infierno. ¿Era tan urgente para los jóvenes turcos el asesinato de Daniel Varujan de sólo 31 años? Sí, el autor de Canciones paganas era un peligro inminente, como toda evocación de un pasado pletórico que desea proyectarse en el futuro suele serlo. Este García Lorca caucásico era peligroso y la orden era destazarlo a la sombra de un ciprés o de una pícea.
¿Y si el más grande escritor armenio, bien fuera el lúgubre y tétrico Siamanto?, él que quizá con sus versos plagados de calles sangrientas, de gente colgada, de pillaje en bucólicas aldeas (quién si no él), que con el miedo rondaba las metáforas y presagiaba no sólo su propia y temprana muerte. Siamanto nos evoca al gran Tumanyan y recupera además para la literatura la figura de Mesrob Mashtos, lo que no es poco, ese monje lingüista que inventara la lengua armenia a fines del siglo IV, la lengua de los que morirían como moscas.
Si estos no son los más grandes escritores armenios, autores caídos, escritores exterminados, acuchillados, abatidos, reventados, pulverizados. Autores en cierto modo suicidas y valientes, autores realistas o románticos, con trazos de una curtiembre expresionista y realista y romántica cuya lectura a veces causa urticaria, amén de una dosis de inocencia suficiente para también hacer llorar y temblar. Autores hasta el tuétano hombres buenos. Si no ellos, entonces ¿quiénes?
¿Quién sino el asesinado poeta Ruben Sevak, o el asesinado poeta Harutunian?
¿O el editor y novelista Smbat Byurat?
La respuesta es nadie.
Hasta aquí los más grandes escritores armenios.
De la larga lista de poetas oficiales de la República Socialista Soviética de Armenia, esos escritores ostentadores de premios estalinistas, esos payasos con carné y porras que vinieron después, poco vale hoy hablar.
Ahora bien insertemos una proposición a la pregunta original. ¿Y quién es el más grande escritor para los armenios?
Hay efectivamente uno. Voto por uno. No es un antojo ni un capricho literario. Es un escritor al que los armenios quieren y nombran a media voz, como si se tratara de una plegaria o una deuda. Ese escritor tuvo la fortuna de nacer y vivir en Praga, cuando la ciudad de las cien torres, (enumeración que no he tenido el honor de corroborar) era la capital mundial de las letras.
Se llamaba Franz Werfel y era judío. Un judío muy especial. Un judío inquieto y curioso. Werfel es -natalmente hablando- un decimonónico, y en 1915 -cuando su tocayo y amigo ocasional, ese solitario bicho raro de las letras llamado Franz Kafka (siete años mayor que él) publica La metamorfosis-, recién hace los votos de poeta con 25 años de edad, y, embutido en un estrecho uniforme de soldado se las bate de telefonista en el frente ruso de la Primera Guerra Mundial. En un hueco llamado Galitzia, tierra de nadie y de todos. Tras la guerra, Werfel no retorna a Praga y se instala en Viena. Para alegría de la viuda de Mahler y congoja del entonces marido de la viuda de Mahler, el gran Gropius, fundador del Bauhaus (a eso le llamaría yo codearse). Quién sabe cuando se vio con el otro Franz por última vez.
Sí. El más grande escritor para los armenios no es armenio, ni siquiera es descendiente de armenios. A los sumo habrá conocido peregrinamente a uno que otro. O a gente que trabó cuitas con armenios vivos y con armenios muertos, como Johannes Lepsius (y si es que). Comparte sí algo con los armenios. Algo que trasciende a los armenios, del mismo modo como lo trasciende a él. Ese algo es la pertenencia a un pueblo diseminado, a un idioma arcaico y secreto y a la historia. Esa historia viva que a veces es infernal y abismal. Ese algo que es también cierta complicidad con los orígenes de occidente. Algo que es a su vez la vivencia de la diáspora, con la frecuente inculpación por otros, léase: los implacables pretextos necesarios y malignos que de tiempo en tiempo esgrimen dementes de turno para puntualmente inaugurar o reanudar el infierno. Ese algo es ser un dhimmah, o sea, ser un súbdito desigual. Se diría en lo religioso: un extraviado, aunque por lo menos no un infiel. Para los musulmanes, los judíos y los cristianos son simples ovejas descarriadas.
Su carrera como novelista se inicia el año de la muerte de Kafka. La conjetura se impone: cuando desaparece un gran escritor, otro inicia actividades. En 1924 Werfel cuenta sólo 31 años y acaba de publicar una pasable biografía novelada de Verdi. No es poca cosa, pero la estrella de seis picos apunta sus puntas en otra dirección. El carpetazo de Werfel llega en 1933, tras un viaje con Alma Mahler por el Levante. Allí Werfel decide destapar la olla del genocidio armenio con la que será su famosa novela Los cuarenta días de Musa Dagh y como es de esperar, en seguida los turcos ponen el grito en el cielo. Así el mundo se entera de una vez por todas. Desde entonces Werfel es motivo de devoción para los armenios, los turcos en cambio no logran pronunciar su nombre, el cual olvidan meticulosamente. A modo de curiosidad valga decir que ese mismo año Michael Arlen da un medio giro y publica Man´s Mortality, una obra fuera de su obra, una novela distópica y premonitora que lo aleja de la banalidad anterior y cuya trama está ambientada en 1983. El futuro se ve negro, según Arlen. Pero no sólo el futuro, ya que la novela es comparada con la de su amigo Aldous Huxley Brave New World, publicada justo el año anterior De Saroyan en Fresno: aun nada, afila su lápiz o las teclas de su Fox.
Los cuarenta días de Musa Dagh ha sido erráticamente comparada y medida por algunos críticos con una novela similar pero muy posterior, El relato del último pensamiento del alemán Edgar Hilsenrath, publicada en 1989. Me pregunto, ¿a quién se le puede ocurrir comparar la novela de Werfel con una obra escrita 50 años más tarde? Sólo un idiota puede hacerlo. Y que conste que no considero a Alexander von Bormann precisamente un idiota. Von Bormann prefiere el libro del autor del El nazi y el peluquero. No he leído la novela de Hilsenrath. Me basta saber que los dos escritores judíos, a pesar del lapso de tiempo que separa sus novelas, hoy gozan de los favores armenios. Aunque prefiero creer que el praguense Werfel, tiene un lugar más privilegiado en el partido corazón armenio. Porque el tocayo amigo de Kafka la escribió primero. Y, qué va, eso cuenta a la hora del género. Los estilos y las modas no son objeto de comparación.
Los cuarenta días de Musa Dagh es la realidad hecha ficción del sufrimiento y de la resistencia armenia. Es a su vez una interminable colmena de personajes que circulan por sus tenebrosas y desesperantes páginas. Pero de todos aquellos ponzoñosos aguijones, de esos caracteres y detalles que no nos dejan un instante quieto y que nos van estremeciendo de una manera sistemática y lenta, como una centrífuga que arroja muertos y almas en pena, de todos aquellos detalles del crimen contumaz, hay un dato que me quita el sueño, que me inquieta. Es un personaje –un personaje secundario- que lacónicamente anticipa la pesadilla. Insisto, de todos ellos, hay uno cuya descripción me resulta particularmente significativa. Se trata del boticario de Yoghunluk, el pueblo novelado donde acontecen las cosas. Su nombre curiosamente es Grigor, y digo curiosamente porque ese nombre me guiña un ojo, un ojo morado, un ojo en tinta. Este farmacéutico es uno de los notables de esa aldea bajo la sombra del monte de Musa o monte de Moisés con quienes Gabriel Bagradjan, el inmigrante personaje principal, entabla una relación ocasional en la que se discurren todo tipo de reflexiones y conjeturas y en las cuales estos lugareños practican una pomposa intelectualidad carente de toda efectividad pero que no es óbice de nobleza. El boticario Grigor no me parece un personaje casual. Este sesentón y misterioso herbolario se diferencia del resto de personalidades del pueblo, no sólo en su manera oriental de vestir, que deja de manifiesto que a diferencia de los otros el nunca ha viajado a Europa. Sus rasgos: una barbilla blanca de cabra, unos ojos asiáticos, una piel tersa y amarillenta, una voz de ultratumba. No obstante, lo más llamativo de Grigor es su gala de conocimientos enciclopédicos y la posesión de una biblioteca inigualable en toda Siria, pero en lenguas que el boticario no lee. Su supuesta omnisapiencia es compensada por el amor a los libros. Un amor metafísico en donde la lectura de un libro no es más importante que la mera existencia misma del libro. Grigor es pobre, y como suele suceder lee como leen los pobres (los pobres que leen evidentemente), es decir, lee lo que pasa por sus manos y no a la inversa. Grigor tiene admiradores y adeptos que desde Antioquia, desde Alejandreta o desde Aleppo le envían cajas con libros, revistas, catálogos, prospectos, periódicos, novelas en francés, todo tipo de maculaturas, es decir todo lo que está impreso. Lee y guarda todo. Pero la curiosa sabiduría del farmacéutico abarca mucho más que el índice de sus libros. Tal provecho se hace alcanzable sólo a través de la imaginación del boticario. Así, lo que Grigor ignora lo inventa con la sutilidad de un poeta creacionista. Grigor es así un trasunto de mago o de pitoniso, un sibilo al cual una corte de neófitos escucha aquí y allá. Pasea como un socrático, indaga con una mayéutica carnavalesca. Pero su ansiedad enciclopédica se desborda entre los peñascos y espinos y Grigor corrobora su ciencia a punta de una truculenta correspondencia con sabios de la época, aquí una carta de Flammarion, allá otra de Voltaire o Raffi. Cartas que no son simples aseveraciones fraudulentas, cartas que en ocasiones especiales Grigor redacta y se envía a sí mismo. Las quimeras de Grigor sobrepasan el tiempo y el espacio. Pero la fábula genial del farmacéutico adquiere una dimensión simbólica y crucial, a la hora en que el lector se entera de que Grigor nunca ha salido de la aldea de Yoghunluk. Ni siquiera a la aldea más cercana. Es aquí en donde Grigor cobra una significación mayor. Veamos.
A mi manera de ver, Werfel recurre a un motivo kafkiano para situarnos dentro de una disyuntiva superior: la dialéctica oscura entre el miedo y la muerte. Dentro del conflicto entre un lugar y todos los lugares. O todo el resto. Que es en cierto modo un tic al Aleph borgiano, sólo que antes que Borges escribiera tan memorable texto. Todos (o casi todos, ya no lo recuerdo) los notables de la aldea de Yoghunluk tienen algo en común: han regresado de algún sitio, han conocido el exilio. Todos llevan en sus biografías ese dato cierto y presuntuoso que busca avalar medias verdades dichas al pasar. Grigor no. Grigor simboliza una sabiduría diferente, incluso mágicamente diferente. Me llama demasiado la atención de que si existe algo que tuvieron en común todos o casi todos los escritores y literatos armenios asesinados, fue su calidad de exiliados y de retornados que canjearon, años antes, la comodidad de sus desarraigos por una muerte incómoda y segura, por una sospechosa e incauta ilusión. Por nombrar de nuevo a los nombrados: Krikor Zohrab regresa de París, Rupen Zartarian lo hace desde Bulgaria, Erukhan lo propio desde Egipto, el joven poeta Daniel Varujan, regresó de Gent en 1909, Siamanto retorna de Ginebra en 1908, el poeta Harutunian desde algún lugar de Francia, el editor y novelista Smbat Byurat desde El Cairo.
El praguense Johannes Urzidil, ese colega (de las letras) de Werfel , ilustrado y culto por antonomasia, un colega bastante más joven, nacido cuando el siglo se quebraba, -parroquiano de los cafés a donde acudía Franz Kafka (tarde mal y nunca) y Franz Werfel y otros magníficos escritores de aquella desconocida generación (desconocida para chilenos y latinoamericanos), como parte de esa generación hay que incluir a Max Brod y a Paul Leppin, a Paul Kornfeld y al criticador Willy Haas, y por cierto al “reportero furioso” Egon Erwin Kisch-, en su libro Ese era Kafka, nos explica ese extrañísimo y diminuto cuento, ese párrafo parabólico de Kafka titulado “La aldea vecina” y publicado por el preclaro Kurt Wolf (un Herralde de la época). El narrador del cuento (Kafka o no, poco importa) cita a su abuelo o el espanto de su abuelo, quien reprocha sin comprensión a los jóvenes que salen a caballo a la aldea vecina, sin temer a que el tiempo de la vida misma no les alcance para tal excursión. Urzidil arroga luz al texto desde una perspectiva epistémica citando la máxima 80 de Lao Tsé en la que el filósofo chino resume una de las vías de la sabiduría en la austeridad y el sedentarismo. Ojo, este último rasgo no era para nada compartido por Kafka. Kafka mediante esta parábola vuelve sobre el tema del miedo, pero no cualquier miedo, un miedo que es consuetud. ¿Qué otra razón es la que mueve o bien paraliza a un emigrante sino el miedo? ¿Miedo a la muerte, al dolor?, ¿miedo a la vergüenza o a la ignominia? Kafka, o el abuelo de Kafka, sugiere sin aseverarlo que para esos jóvenes la distancia puede ser inconmensurable y el tiempo, la vida, por el contrario, inconmensurablemente corta, como para alcanzar a ir y volver. Pero ni el tiempo ni el espacio son el núcleo de esta parábola, sino la actitud de los jóvenes, su intrepidez, su imprudencia, su irreflexión y temeridad. La diáspora armenia, la intelectual y culta, esos escritores asesinados, lo mismo que algunos personajes de la novela de Werfel, en su mayoría decidieron en algún momento emigrar y en su misma mayoría decidieron luego retornar a sus aldeas de origen (esto tras la revolución de los Jóvenes Turcos de 1908 contra el sultán), a esas mismas aldeas en donde encontrarían después la muerte, una muerte turca y por lo mismo una muerte sultanescamente cruel.
Por comparar, el padre de Arlen, un hombre de negocios, fue obviamente de otra opinión; al campesino vitivinícola padre de un Sorayan recién nacido, probablemente ni se le pasó por la cabeza eso de retornar a la Turquía Otomana.
Según Urzidil el relato de Kafka refiere al concepto de responsabilidad. Kafka parece sentir admiración (y tal vez envidia) ante la existencia de gente que actúa sin miedo ni cálculo, sin temor a las consecuencias. Cabría entonces preguntarse: ¿Quién se esconde detrás del boticario Grigor en la novela de Werfel? ¿Un trasunto del aterrorizado escritor judío de Praga? Sea como sea, los notables de la aldea de Yoghunluk, incluido ese extrañísimo boticario Grigor, nos imponen un cuestionamiento que nos invita a optar, pero no nos obliga. Al parecer los caminos hacia la sabiduría que se nos presentan son como los caminos a Roma: variados. En lo referente al genocidio que los lideres turcos de la época perpetraron a los armenios, todos los personajes, eso sí, terminan de diversas maneras más o menos mal. Como si ese fuera por lo demás el destino de los que leen o el destino de los que escriben, así se trate de una epistolografía fantástica e imaginaria; con la ventura o desventura de los que van con los ojos abiertos mirando el horror humano. Prueba de ellos son los escritores muertos, prueba de ello es el final de Grigor.
Valga decir por último que Urzidil no deja de complicarnos la opción, al citar al gran ácrata H. D. Thoreau quien sostiene que incluso el anhelo de conocimiento más grande se puede satisfacer en el sitio más pequeño: “conozco bien el mundo porque he viajado muchos años por Concord”.
Nos queda el cuestionamiento acerca de la búsqueda de la verdad y la sabiduría de los sedentarios que nunca salen de sus tierras y creen que lo saben todo, y quizá lo saben todo, o quizá saben todo lo que necesitan saber y el cuestionamiento acerca de las cabezas de los exiliados, de los exiliados libertarios, de los próceres en búsqueda de la verdad y la sabiduría, esos que por el contrario se marchan, de los que se marchan y nunca vuelven y de los que se marchan y vuelven a morir.
Aquí termino, hoy es San Jorge y se cumplen 96 años y brindo por los escritores muertos. Queda claro entonces que para mí, el más grande escritor para los armenios, es el tocayo y coterráneo de Kafka, Franz Werfel.
Hay que leer Los cuarenta días de Musa Dagh. No hay otra.

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