sábado 2 de abril de 2011

Helena y los partisanos




Helena es una amiga de la universidad. Ella estudió lo mismo que yo: una maestría en letras españolas, pero además –como si fuera poco- estudió una maestría en ese idioma llamado esloveno, que no es otra cosa que una reverberación del espíritu inquieto de esos eslavos meridionales, hoy duchos en establecer los límites de su lenguaje, realzándolo cada vez que pueden. Tarea a la que se abocaron religiosamente los filólogos de Ljubljana tras la independencia de 1991. Bien por ellos.
El esloveno es, en todo caso, una lengua con todas las de la ley, incluso antes de la desaparición de Yugoslavia. Motivo de no poco orgullo de los eslavos sureños, aunque, hay que decirlo,  siempre ha sido una lengüita diminuta, plagada de otras lengüitas más chicas, de unas 30 o 40 variaciones locales, asunto que no deja de ser peculiar en un país que mide un poco más que la provincia del Elqui. O sea, ni la tercera parte de la región de Coquimbo. Tómese nota. A pesar de todo, los lingüistas eslovenos se han quemado las pestañas y el esloveno está allí, en pie, dando resultados.
Con Helena solemos –una o dos veces al año, quizá tres- salir a beber algunas cervezas y a conversar de libros, recapitulamos lo que hemos leído y los libros que nos adeudamos mutuamente, ya que solemos también intercambiarlos. El último libro que le presté a Helena fue la novela Tengo miedo torero del gran Pedro Lemebel, una novela particularmente atrevida, que se viene a sumar a la larga lista de obras que los escritores latinoamericanos le han dedicado a las siniestras dictaduras latinoamericanas. Una lista básica para principiantes, podría ser aquella en la que hay que ubicar por supuesto a la santa trinidad, el triunvirato básico. Estos tres libros: Yo, el Supremo de Roa Bastos, El otoño del patriarca de García Márquez y El recurso del método de Alejo Carpentier. A esta lista debemos sumarle y no debe faltar por ningún motivo un cuarto libro:  El Señor Presidente de Asturias; tampoco un quinto, una novela mucho menos conocida, pero no por eso menos importante, que incluso resulta doblemente crucial, por anticiparse a todas estas otras novelas dictatoriales y en sí por ser la abuela de las novelas con esta temática, o bien la madre patria novela, ya que su autor fue el villanovense y magnífico Ramón del Valle Inclán, se trata de Tirano Banderas, una novela imaginaria y futurista, una novela vaticinadora de este maestro gallego que se anticipa y pronostica y que data de 1926. De las novelas más recientes, hay que decirlo sin duda, que la de Pedro Lemebel merece una seria consideración, lo mismo que Respiración Artificial, de Ricardo Piglia. Una novela mayor. Alta literatura. Yo le presto libros en español a Helena y ella, a cambio, me presta libros de autores checos, tal es el caso -por ejemplo- de libros de Bohumil Hrabal. Gracias a Helena han pasado por mis manos libros imposibles de conseguir en Praga, tales como la trilogía Bodas en casa, Vita nuova y Sitios eriazos.  Publicados tras la Revolución de Terciopelo, y cuya circulación como samizdat tiene un origen que se pierde en las estanterías de la legendaria editorial del exilio checo, casa editorial obra de los escritores Josef Škvorecký y Zdena Salivarova, se trata de la  68 publishiers de Toronto. También me presta algunos libros de Iván Klima.
Con Helena solemos hablar también de música o simplemente hablar de hombres o de mujeres, gente que ambos conocemos. No obstante, por alguna razón casi  inexplicable siempre hablamos del escritor esloveno Vladimir Bartol. En una época en que yo era capaz de inventar lo que fuera para acostarme con Helena, siempre sacaba a colación a Bartol, incluso llegué a mentirle y la primera vez que le hablé del escritor le dije que solía ir a leer la única edición en esloveno que había en la biblioteca nacional checa. Asunto que era una mentira flagrante y descarada y que Helena se ha encargado de enrostrarme en más de una ocasión. Yo no leía ni hablaba esloveno. Sólo estaba interesado en la lengua; en la lengua de Helena, evidentemente. Pero de eso ya hace mucho. Hoy somos amigos. Yo sentía admiración por el escritor y me parecía un pretexto incomparable, un recurso inigualable en mis afanes seductores.
Bartol fue un personaje fascinante, un excéntrico, visionario y valiente escritor nacido en Trieste, la ciudad cuna de Boris Pahor y del gran Italo Svevo, esloveno uno, judio italiano el otro; es decir en una región que siempre estuvo marcada por la discordia. Un rato la región era italianizada, otro no. Una región bajo la dictadura permanente de la disputa nacional. Bartol nació allí, junto a Istria, tierra de nadie y tierra de todos. Bartol era un hombre curioso. Quiero decir, no es que fuese un tipejo deforme ni mucho menos, Bartol era un soberano entrometido. No hubo área del conocimiento en que no haya metido su cuchara. Es decir, un tipo inquieto, donde los haya. Durante la Segunda Guerra Mundial, Bartol, eso sí, cambió la pluma por un rifle y se sumó a los partisanos eslovenos que luchaban en Istria contra los camisas negras del Cuerpo de Ejercito de Campaña número XI, dirigidos por el mariscal fascista Graziani. Por cierto, no logro imaginarme cómo diablos le hicieron estos guerrilleros para esconderse y burlar a las tropas de los falangistas en un territorio tan cagón. El caso es que Bartol anduvo en esos trotes. Probablemente hoy nadie le conozca, salvo algunos estudiantes de esloveno o alguien como yo, que se haya topado con la figura del escritor, casi por casualidad. En mi caso, aquella vez cuando escudriñaba la vida de Josip Plečnik, el arquitecto esloveno de la corte del presidente checo Masaryk. Pero esa es otra historia. El caso es que quienes han leído a Vladimir Bartol, seguramente han leído la desconcertante novela Alamut. Esta novela narra la magnífica historia de los nizaríes, en las montañas de Elburz (hoy Irán). La novela narra la historia del Viejo de la Montaña, cuyos hashashines (de esa extraña palabra proviene la palabra asesino), sinónimo de consumidores de hachís, eran sus Tonton Macoutes, los Arellano Stark, los matones de la KGB o de la G2; una suerte de sicarios de elite, de verdaderos matarifes de todo tipo de adversarios políticos del viejo. En pocas palabras una suerte de terrorismo medieval. En cierto modo el Viejo de la Montaña, era también un dictador. Un tirano: como Banderas; como el dictador Zacarías; como el Primer Magistrado -que era Batista tanto como Castro-; como Estrada Cabreras; como Rosas; Y como Pinochet. Pero también como Benito Mussolini, como Hitler, o como Stalin. Como Tito y como Franco. Como Gadafi. 
Fue ese gran embustero italiano llamado Marco Polo, quien se encargó de que occidente conociera la historia de la fortaleza Alamut, y la historia del Viejo de la Montaña, y como buen italiano, la historia adquirió jardines paradisíacos y estados de éxtasis narcotizados, amén de mujeres y divas, y quien sabe que otras obnubilaciones más. Otros escritores, como el negro norteamericano Frank Yerby o el libanés Maalouf, también escribieron sobre el tema.
Hace unos días nos dimos cita con Helena para ir a la facultad a ver una película. Llevábamos ya casi dos años sin vernos. Pero esta vez, y no sé por qué, con Helena no tocamos para nada el tema Bartol. Raro. A veces los temas se agotan, a veces cuando un tema se agota y uno se sigue juntando con esa persona eso quizá quiere decir que ya hay una amistad sólida. O quizá no. Vaya a saber uno. El caso es que camino a la escuela, sin ir más lejos, Helena me contó que ahora vivía en un squat, que es el término para denominar acá a los okupas.  Y que allí habitaban con ellas algunos yonkis. Yo me sorprendí, pero Helena se encargó de aclararme que todos eran drogadictos intelectuales, gente que leía bastante, que no se inyectaba demasiado y que trabajaban. Las explicaciones de Helena me dejaron de una pieza. Me acordé de Alamut, pero no dije nada. Además Helena me aclaró que antes de aceptarla a ella en la casa tomada, primero la sometieron a un sondeo, querían saber si ella era compatible con ellos.
La película que entramos a ver a la cátedra de esloveno en la facultad se llamaba Piran-Pirano, una película multilingüe. Con un título doble. Como algunas calles en la región hungara de Eslovaquia, o como algunas calles belgas, o como los nombres de las calles cuando los nazis ocuparon Praga. Nombres bilingües.  la cinta era un trabajo del director esloveno, de Goran Vojnovic, un joven que también es escritor. Pirano o Piran es un pequeño poblado costero sobre el Adriático, y su particularidad es estar en Istria, en la región de la discordia. La película narra los recuerdos de la guerra de un viejo ex partisano bosnio que le teme al mar,  y que al finalizar la guerra acaba afincado en Pirano. Ya viejo recibe una extraña visita en su casa: un turista avejentado como el, que resulta ser el muchacho italiano que habitaba esa casa donde ahora vive, el hijo de fascistas locales ejecutados por los partisanos, y que, en los días de la toma del pueblo por los guerrilleros, logra escapar a nado a Trieste; esto ayudado por el partisano bosnio y por Anica, la mujer que los une y los divide, con la que el muchacho italiano oculto y muerto de miedo se encama, o mejor dicho se alfombra, la noche de la victoria guerrillera, mujer con la que el viejo partisano contrae matrimonio. En la película, el viejo ex partisano le habla al turista en esloveno y el turista a él en italiano, configurando una extraña babel que sintetiza el drama de tantos pueblos. Durante esos días de finales de la guerra, tras ser finalmente descubierto, el muchacho italiano -que deleita a la fuerza al jefe del batallón vencedor tocando el piano de su casa-, luego es condenado -no más por que sí, por hijo de fascista-, a ejecución sumaria. Una ejecución como todas las ejecuciones en tiempo de guerra: ignominiosa y triste, un fusilamiento despiadado. En ese momento quien debe cumplir la orden es el ex partisano, quien desacata y huye con él y Anica. Ahora allí ambos ya viejos recuerdan, el partisano le recuerda al turista que el pudo haberlo ajusticiado y que tras desobedecer las órdenes pasó cinco años en prisión, cinco largos años bajo la Yugoslavia de Tito, de los que no se pudo escabullir por no saber nadar como él.
Le menciono a Helena la existencia del mismo motivo en un cuento de Roberto Bolaño, que es también el motivo principal de Soldados de Salamina, la exitosa novela de Javier Cercas. Le digo que me consta que quien se había salvado de morir  a manos de un soldado republicano, o más bien, a quien el miliciano republicano le perdona la vida, era Rafael Sánchez Maza, el mismísimo fundador de la falange española y padre del otro Rafael Sánchez, el autor de El Jarama. Helena ignora todo aquello, no ha leído ni el libro de Cercas, ni el cuento de Bolaño, mucho menos sabe quienes son la dinastía Sánchez. Lo que sí, me confiesa Helena, es que ese es un motivo que se repite en la literatura eslovena. Me sorprendo. De verás, le pregunto, y ella insiste. No sé si me lo dice por decir algo o si es efectivamente así, el caso es que el delgado hilo que separa la vida y la muerte, la voluntad de matar o de perdonar es quizá un cotidiano del infierno de toda guerra. Antes de media noche nos despedimos, yo me largo a mi casa, Helena a su squat de drogadictos. Yo de pronto me acuerdo de Libia, pienso en algún partisano que quizá está en ese momento perdonándole la vida a algún mercenario de Gadafi, allá en los polvorientos desiertos de Libia. Pienso en el Miralles, el personaje de Cercas, ese miliciano republicano en la frontera franco catalana, pienso en su otra versión, en el otro extremo de Europa, en el joven Veljko, el partisano bosnio, cuyo nombre significa grande en la lengua de los Balcanes. Pienso en los dictadores del mundo, odiando, con ese Viejo de la Montaña a la cabeza y pienso en los milicianos del mundo, cargando un arma al borde del infierno, enfrentados a asesinos de verdad.