En la ruidosa avenida, cuyo nombre conmemora al ejército checoslovaco, justo en diagonal al juzgado de Praga 6, hay un café-panadería, o si se quiere textual, una panadería-café. Está ubicada a escasos metros de la circunvalación de Dejvice, la misma que en otra época albergara la majestuosa e intimidatoria estatura metálica de V.I. Lenin y que hoy exhibe ese pedestal vacío, como prueba palpable y metafórica de la libertad o de la pluralidad o tal vez de la imaginación, ya que ese pedestal alberga una estatua invisible, como si fuera una sospecha o una simple intuición. Hoy, con un poco de voluntad, cada quien puede imaginar la estatua que mejor le parezca. O que mejor padezca.
Los niños skatebordistas, hoy, sin miedos a cultos obligados, utilizan las aristas cóncavas del pedestal para hacer chocar sobre la mole de piedra sus patinetas y luego saltar haciendo piruetas, amenazados sólo por la dureza del pavimento. Esos niños corren y se deslizan ignorando la otrora sombra metálica que subyugaba la ciudad.
El nombre de la panadería-café en checo es “Pekárna-Kafárna”. El repetido sufijo de lugar “arna” me suena aun en el oído como si se tratara de un verso inconcluso.
De ambos vocablos me resultaba la palabra “kafárna” la más misteriosa y encantadora. La mayoría de los transeúntes que pasa delante del pequeño ventanal, casi ignora este pequeño establecimiento, pero por suerte, no todos, y a pesar de un escaso tráfico de clientes, el bolichito aun sobrevive.
Hace unos años atrás, yo venía a sentarme aquí cada vez que me tocaba esperar a mi hijo a que saliera de su hora de chino en una salita en los altos de la Escuela Básica de Ema Destinova. La hora en realidad duraba 45 minutos y más allá de su escasa proporción temporal, lo que realmente contaba era la idea de espacio que podía otorgarle a mi hijo, la existencia misma de China, su lingüístico e infantil vuelo mental. Las alas que su niñez adquiría en escasos 45 minutos. Además, y no es poco, la profesora era una frágil muchacha china. A veces me preguntaba qué lo había movido –tan niño- a inscribirse en esas horas gratis del idioma oriental; si acaso la fotografía sonriente de un tibetano que otrora teníamos pegada detrás de la puerta de calle en un antiguo departamento a unas cuantas cuadras de aquí, allí donde vivíamos, o era quizá la promesa de que un día visitaríamos la muralla china. Fuera como fuera, yo tenía por aquellos días el convencimiento de que mis anhelos de que él realmente algún día hablara el idioma mandarín, no eran más que un deseo piadoso o bien un falso orgullo paternal. La verdad es que no contaba con eso. Sin embargo, mi hijo visitaba de algún modo cada miércoles por la tarde el Reino del medio, como suelen denominar equívocamente a China algunos periodistas hoy.
¿Y yo?
Yo me sentaba a esperarlo y a leer en la “kafárna”, y eso me bastaba y me hacía lo suficiente y sustancialmente feliz.
Elegí ese cafecito casi desapercibido por casualidad y debido a su nombre, que sin duda yo miraba y releía una y otra vez, reordenando sus letras, como si se tratara de un anagrama. Entusiasmado solía cada miércoles ejecutar una mezcolanza, un ejercicio de signos, del mismo modo como mi hijo en ese momento jugaba con otros signos; fanáticamente reordenaba las letras hasta curiosamente construir el apellido de un escritor judío nacido en esta ciudad y fallecido tempranamente de tuberculosis. Combinaba las letras y creaba un novologismo que hacía de ese pequeño escondite un lugar secreto, un sitio donde solía ordenar un gran tazón de té negro y un pastelito salado de tomate, mozarella y orégano.
La palabra rezaba así: “kafkárna”.
Solía llevar un libro y sentarme a leer en mi “kafkárna”; a esperar, no sin cierta angustia y temor a que mi hijo aun demasiado pequeño abandonara su clase y cruzara solo la plazoleta en donde un monolito enumeraba a los pilotos caídos (a los pilotos checoslovacos) durante la Segunda Guerra Mundial; un memento que semejaba un abanico de hélices rotas, o quizá una flor, un pimpollo de pétalos de acero que eran hélices deshojadas y que recordaban los huesos de esos pilotos que desaparecieron primero en las frías aguas del Canal de la Mancha o después en los fríos campos de concentración de la oscura Checoslovaquia comunista; una Checoslovaquia mucho más lóbrega, mucho más tenebrosa que las negras aguas del Paso de Calais o mucho más tétricas que las tenebrosas callejuelas del barrio judío o los sombríos recovecos oficinescos; la asfixiante angustia del escritor judío nacido en esta ciudad y fallecido tempranamente de tuberculosis.
El recordatorio de los mártires simbolizaba un vuelo y un desastre, una epopeya y una tragedia. Como la sospecha de que algo ha sucedido cuando en medio de una caminata nos sorprenden un puñado de plumas.
Este café era un paréntesis los días miércoles, y el miércoles era así un día casi neutral, un día medio, un día que se comprometía cercano tanto al comienzo abrumante de cada semana, como al fin de semana que se aproximaba. Era un día chino y por lo mismo un día kafkiano.
Tras dejar a mi hijo en la escuelita, llegaba y solicitaba a una obesa mujer que atendía cada miércoles exactamente lo mismo, siempre esperando que me sonriera, siempre con la esperanza de que me preguntara si tomaría mi tazón de té negro y ese pastelito salado de tomate, mozarella y orégano que consumía religiosamente. Pero en su rostro la sonrisa escaseaba, y yo estaba recién divorciado, y por lo mismo tampoco mi rostro sonreía. Por lo demás había jurado jamás volver a involucrarme con una sudamericana y la mujer se parecía a una sudamericana, aunque era checa. Yo miraba cada miércoles a esa mujer que atendía, con cierta complicidad, sin embargo ella me miraba como si yo fuera un extraño, con la mirada innoble del que mira a alguien por primera vez. Me saludaba cortésmente al entrar y se limitaba a inquirirme lo que deseaba. Mi frustración crecía cada miércoles proporcionalmente a mi desidia o a mi desencanto. Pero me gustaba ese diminuto café. Obviaba su posible lapso desmemorioso e imaginaba que quizá me reconocería de inmediato por mi voz, una voz lijosa, rasposa como pocas. Pero nada, ella no me recordaba, menos mi usual y repetido pedido, el té y el pastelillo. Y cuando me lo servía, cada miércoles, yo le regresaba los dos sobrecitos de azúcar, no con la desesperanza del olvidado, sino que con la angustia del que no ha sido siquiera recordado. Ni mi exacerbada carencia de esa dulzura constituía para la mujer un referente que estableciera un tejido silencioso y anónimo entre nosotros. Algo que le diera un sentido a volver cada miércoles a ese pequeño local. Una -aunque fuera- falsa amistad.
No había caso, yo había cambiado el nombre de esa pequeña panadería-café y esa extraña lógica se imponía como si se tratara de un conjuro. Así, el único consuelo era la lectura.
La pausa chinesca era una oquedad, una rendija por donde me escapaba y yo me sentaba a leer libros que me suspendían y que llenaban las tardes de miércoles de un clima proteico. Por aquellos días, mi hijo chino recién se aventuraba a caminar las dos cuadras que separaban sus clases de la “kafkárna” sin mi compañía adulta. Mi hijo crecía y yo asustado hacía todo el recorrido mentalmente con él, los peldaños del portal de la escuela, la esquina, la cebra, la vereda, la entrada a un garaje contiguo a donde yo lo esperaba y la puerta del café. A ratos lo esperaba aterrado y sugestionado por los temores contemporáneos. A veces leía libros afines al nuevo refugio kafkiano y la espera era una pesadilla. Imaginaba que lo atropellaba un auto, que lo secuestraba un pedófilo, que se perdía y negociaban sus riñones o su corazón o su hígado en el mercado negro de órganos. Ese mercado en donde son disecados tantos niños secuestrados cada año en Europa. Pero me quedaba allí, intacto a sabiendas de que mi hijo crecía y volaba, leyendo en medio del pánico, con los ojos abiertos en esa ventana oscura que eran los libros, cuya luna de letras me laceraba, lanzando una mirada de soslayo al reloj y otra hacia el ventanal que daba al juzgado, ese edificio que realzaba el clima kafkiano de mis lecturas y mis miedos. Mis lecturas tenían una coherencia atroz, una recalcitrante y torturadora lógica. En ese momento, -sobretodo los cortos y opacos días de invierno, en que anochecía muy rápido y los cuervos en las plazas coronaban con sus horribles graznidos absolutamente todo aquel terrible y paranoico presentimiento-, yo temía lo peor y leía.
Recuerdo algunos libros. Recuerdo por ejemplo el libro de cuentos de Vila-Matas Hijos sin hijos, las continuas referencias al escritor judío nacido en esta ciudad y fallecido tempranamente de tuberculosis; tan acordes con el lugar que había elegido y rebautizado y donde tomaba mi tazón de té negro y ese pastelito de tomate, mozarella y orégano; recuerdo la cadencia dolorosa en la cita del escritor español a un pasaje del diario del escritor judío el año 1914: “Hoy Alemania ha declarado la guerra a Rusia. Por la tarde fui a nadar”. Recuerdo también la lectura de Kosmos de Witold Gombrowicz, recuerdo mis miradas a la avenida que buscaban a mi hijo y que hacían otra lectura del hombre que acababa de pasar por el ventanal o del automóvil que aceleraba y desaparecía, al igual que los personajes del libro que interpretaban los signos y señales en Zakopané. Recuerdo aquel miércoles en que la novela llegó a un pasaje en que un gorrión muerto colgaba de un árbol y era el símbolo final que el personaje Witold descubría y señalaba al personaje Fuks como un indicio, como una clave irrestricta de que algo estaba sucediendo, de que un plan ajeno se estaba concretando; recuerdo ese miércoles haber depositado un billete sobre la mesita y haber salido corriendo a la calle en dirección a la escuelita, angustiado al haber atisbado en la palabra cuervo, en la traducción del apellido del escritor judío nacido en esta ciudad y fallecido tempranamente de tuberculosis, la prueba o el aviso de un mal inminente. De que algo le sucedería en ese mismo momento a mi hijo. Pero nada sucedió.
Han pasado de veras muchos años desde aquellas tardes de miércoles, mucho tiempo desde la última vez que estuve sentado aquí. Mi hijo ya no estudia chino, dejó un día aquella marcopoliana aventura oriental. Como si nada. Con la misma facilidad con la que un día empezara a moverse solo por las calles de esta ciudad. Quizá lo único que emparienta esta mañana ventosa de abril, tantos años después -en que espero sentado (en la misma panadería-café, sorbiendo el mismo tazón de té negro y devorando el mismo pastelillo de siempre, atendido por la misma aburrida mujer) a que llegue la hora en que debo ingresar al juzgado ubicado sobre la vereda de enfrente, justo en diagonal al ventanal, para hacer un trámite rutinario-, con aquellos miércoles chinos, es que hoy también es miércoles y también ahora leo un libro de cuentos, y que el cuento posee los mismos atributos que hacían de este diminuto sitio una "kafkárna". Atributos simbólicos ocultos en el libro de Sergio Pitol, como la extensa introducción de Vila-Matas, o mi casual lectura del cuento Cementerio de tordos, en que se impone la imagen de un personaje niño que crece viendo los atributos de la muerte: la descomposición.
Nada es gratuito en la vida, pienso. Quizá todo sea resultado de este pequeño café a unos cuantos pasos de un monumento a unos pilotos muertos, de una estatua invisible, de un juzgado y sobretodo bajo la omnipresencia de un escritor judío nacido en esta ciudad y fallecido tempranamente de tuberculosis
Nada es gratuito en la vida, pienso. Quizá todo sea resultado de este pequeño café a unos cuantos pasos de un monumento a unos pilotos muertos, de una estatua invisible, de un juzgado y sobretodo bajo la omnipresencia de un escritor judío nacido en esta ciudad y fallecido tempranamente de tuberculosis
Me quedan diez, quizá quince minutos, bebo mi té y cuando las veo entrar, ambas vestidas estrictamente de negro, las imagino como dos cuervos que vienen por mí. Deposito conmovido el libro sobre la mesa y las observo. Algo me inquieta y me consuela. Las dos muchachas son jóvenes y delgadas. Se detienen en frente de la vitrina y dialogan, piden algo y sus rasgos asiáticos me intranquilizan y agradan. Son bellas y me dan la espalda, yo les observo las protuberancias de sus nalgas. Qué más. Subo disimuladamente el libro de Pitol hasta el borde de mi nariz que intuye la nubilidad de las dos orientales. Adivino algún país, una estepa inconmensurable. Intento oírlas. Hablan ruso. Me siento como la máquina soltera Pitol. Una de ellas me mira de reojo y con curiosidad, yo descaradamente le vuelvo a mirar el trasero y en seguida mido sus pechos. Luego las imagino desnudas en un nido de pájaros. Y los pájaros somos todos cuervos refocilando, mientras uno de ellos nos observa y es el escritor judío nacido en esta ciudad y fallecido tempranamente de tuberculosis. No entiendo lo que murmuran. Pero de seguro nada de lo que sucede es casualidad. Los pájaros, pienso. Me levanto, tengo ya que partir al juzgado, me voy con la imagen del cuento de Pitol, el cadaver de un tordo enterrado por un niño en una caja de zapatos, el posterior desentierro y los gusanos. Quiero telefonear a mi hijo que camina a esta hora con sus amigos de escuela por algún lugar de esta ciudad. Su teléfono no contesta. Ubico el libro de Pitol debajo del brazo, como si fuera una zobaquera cargada. Les dedico una mirada lujuriosa a las dos muchachas de negro, y oigo a una de ellas decirle a la otra “hispansky” Yo les sonrío y salgo.
Afuera el viento arrecia y el juzgado espera. Mi hijo vuela. Yo también.

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