A las 6.03 PM, hora europea, del domingo 10 de diciembre del 2010, Ingeborg Wagnerová -soltera sin compromiso, metro sesenta y cinco, 38 años, pelo castaño claro, aproximadamente 80 kilos- lo llama para indicarle que compre las entradas, que sí llegará a tiempo, que al final ha tomado un taxi y que en cuestión de unos diez -a lo sumo- quince minutos, llega a la Plaza de la República. Exactamente al mismo sitio, por donde él en ese momento va camino al cine, acompañado de gente otoñalmente escondida en sus abrigos, y que, sin saber por qué, él supone que indudablemente marcha al mismo lugar, al cine al interior del centro comercial Slovanský Dům, sito en calle Na přikopě número 22.
Seis minutos más tarde, a las 6,09 PM, Bilbao ingresa al hall del multicine para hacer una indigna fila que serpentea desde la puerta hasta las ventanillas y por fin hacerse con las dos entradas. Luego, mientras espera a su arrendataria Ingeborg Wagnerová, piensa en sentarse en el cafecito de la entrada y pedir una cerveza, pero imagina la posterior e inoportuna carrerita a los inodoros, justo en medio de la película. Por esto opta por rendirse a la frivolidad dominical y pasearse por los pasillos contiguos del centro comercial. Vitrinea los escaparates de una relojería: lo sorprende un reloj a un precio inaudito; un precio equivalente a su salario mensual de conserje. Ve la hora en el reloj y la imagina exacta: las 6,15 PM, hora europea. La compara con su reloj. La hora es la misma. Más allá, otra vitrina expone muñecos con ropa, pero Bilbao se clava en unos zapatos de lujo con un aspecto inquietante; imitan el cuero de un anfibio o quizá están fabricados con la piel del animal. Son unos zapatos en punta que -imagina- bien podría calzar un narcotraficante como un ministro checo o chileno. Los zapatos de un cafiche, piensa Bilbao. Más allá, se fija en una tienda de juguetes de marca, seguramente para hijos de diplomáticos o para los hijos de algún político o quizá de arribista local o bien los hijos de alguna otra casta similar. Circula sin plan hasta detenerse en un cristal, donde echa a volar su imaginación erótica al ver tras un ventanal una diminuta colección de prendas de ropa interior sobre una esbelta diva de plástico semidesnuda y de metro ochenta; un simulacro de modelo que, con una perdida mirada y de acuarela, exhibe unos portaligas blancos, cien por ciento algodón, similares a los que exhibe una chica rubia en una afiche, justo detrás de la espalda del maniquí y que Bilbao le arrancaría sin piedad con los dientes a la conocida modelo que evidentemente ostenta y publicita, -toda en cueros- la fina marca. En eso Ingeborg Wagnerová aparece y le toca el hombro. El mira su reloj. Son las 6.25 PM. Ingeborg mira con displicencia la vitrina, como si allí hubiera una ferretería o bien una tienda de pipas. El se percata de su indiferencia y en cierto modo la entiende, porque su casera Ingeborg Wagnerová es gorda, tetona y -para colmo- fea. Por un instante Bilbao se le cruza por la cabeza una explosión y ve todos aquellos escaparates hechos añicos, pero en seguida piensa en otra cosa, como si se arrepintiera.
A instancias de Ingeborg, la que necesita urgente ir al lavabo, ingresan minutos antes de la función al cine, programada para las 6.45 PM. Ingeborg está sorprendida y feliz de que él haya aceptado la invitación. Ella no haya la hora de darse por enterada de las artes varoniles de Daniel Craig, su actor favorito. Un actor que él desconoce y que encarna la novísima y última versión de James Bond. Él acepta ir al cine por amistad y por una controlada lástima hacia Ingeborg que se queja con frecuencia de su escasa suerte con los hombres. Lo de la amistad es un asunto que él deja desde un comienzo en claro; lo de esa cierta lástima, eso lo prefiere ocultar. Entra al biógrafo junto a la mujer, con la contradictoria convicción de que verá una mala película; pero que, al ritmo de la opiática música original de Monty Norman, al ritmo del inigualable segmento de la banda sonora en medio de las mejores escenas, al menos, rememorará aquellos días juveniles en que su padre le daba un par de monedas para que fuera con el Guatón Valencia al Teatro Centenario en La Serena a ver al gigante ogro Richard Kiel darse de golpes con esa antigua versión del agente secreto británico, entonces encarnada por el empaquetado Roger Moore.
Con el pesar de esa convicción patética y con todas esas sensaciones a cuestas, entran por fin a la sala de cine. Son las 6.35 PM. Se alegra de que al menos Ingeborg Wagnerová deteste el pop corn, aunque sí se percata de que es una sólida bebedora y que trae unas latas de cervezas que ha procurado antes de subirse al taxi a toda prisa en la tiendita frente al domicilio, en el cual él arrienda el ático de la casi cuarentona señorita Ingeborg Wagnerová. Las cervezas son unas cuantas latas cuyo contenido -con toda seguridad en el momento menos apropiado- se convertirá en unas insoportables ganas de salir a mear a unos baños ubicados justo al otro extremo de un pasillo alfombrado y lleno de muñecos de cartón piedra que anuncian otras películas, probablemente igual de malas.
Con la poco supuesta y dócil curiosidad del que vive en el país donde ese mismo año se han filmado algunas escenas del celuloide que en cosa de segundos va a empezar -de esa última versión del ilustre personaje de Fleming-, se apoltrona en su butaca sin dudarlo mucho más. A fin de cuentas, al menos verá otra Praga, una Praga a la americana, discurre. Consulta un comentario en una revistita y con sorpresa descubre que alguien allí reseña cierta moda del último tiempo en Hollywood, pues la cinta no es en rigor la continuación temporal de las películas pasadas, sino que, más bien el regreso a los inicios de la serie del famoso agente 007.
Antes de que apaguen las luces repite el indispensable ritual de revisar su celular y comprobar que esté sin sonido. Lo está, al menos el suyo. Ve la hora. Son las 6.40 PM. Y mientras Ingeborg guarda en su cartera el propio, la pantallita de su aparato se ilumina nuevamente con ese silencio luminoso de falso milagro, ese silencio imperturbable y banal de los mensajes telefónicos.
Justo llega un mensaje y pasa lo que tenía que algún día pasar. Justo allí, justo en ese instante. Exactamente a las 6,41 PM de ese domingo 10 de diciembre del año 2010. El 10 del 12 del 2010. El 10122010, un número que lo consterna.
Justo llega un mensaje y pasa lo que tenía que algún día pasar. Justo allí, justo en ese instante. Exactamente a las 6,41 PM de ese domingo 10 de diciembre del año 2010. El 10 del 12 del 2010. El 10122010, un número que lo consterna.
Sabe, desde hace años, que la noticia lo va a sorprender, que la espera y que -a pesar de haber ensayado alguna vez alguna histriónica reacción de alegría o de poner en práctica la automática alerta de ejecución de aquel plan que han acordado con los muchachos para tal ocasión: ese afán de juntarse a celebrar de inmediato en el bolichito del coquimbano Pacheco-, la noticia va a llegar así, de repente, imprevista e impostergable. Como un fruto maduro o podrido, un fruto exacto que cae inexorablemente; sin más ni más. Como una hoja seca. Como aquellas hojas secas que hace muchos años atrás, el dictador afirmaba que no caían sin su conocimiento, sin que él lo supiera. Y la noticia llega ahora y punto. A las 6,41 PM de ese domingo 10. Justo en un momento así, en el momento menos pensado. En uno de esos momentos inapelables y burdos que de nuevo -por un mínimo instante- vuelven a transformarlo en quien fue un día. Vuelve a renacer en él eso que, hace casi una veintena de años atrás, él era y que se asemejaba casi a un torpe vegetal, a una planta anterior a los injertos, algo anterior a los cambios del mundo, a nuevos albedríos, a las rasmilladuras que ejerce sobre la memoria y las antiguas falacias ideológicas o religiosas la presencia de otro idioma o de toda una babel, anterior a los estudios, anterior a los hijos y nietos extranjeros, anterior a esas otras voces y tierras que invaden inapelablemente el paraíso cerebral, un paraíso que se coloniza día a día, con un presente que taladra cotidianamente bajo un concierto de voces, susurros, gritos ajenos y que un buen día, sin siquiera dar aviso, apropia y transforma.
La noticia llega y ya. A las 6,41 PM. Así no más. Piensa que quizá algunos lavan la loza después de un almuerzo en Valparaíso, otros tal vez se inyectan alguna droga en una bocacalle de Estocolmo, alguien reza en una misa en Madrid, o quizá –como él en Praga- alguien está en el medio de un cine. Todos en el ostracismo del tiempo, todos en cientos de rincones por todas partes del mundo, a distintas horas: de día, de noche, a media tarde; algunos abrigados con abrigos y bufandas, otros en traje de baño en alguna contaminada playa caribeña. Así. En el momento menos pensado y en los lugares menos imaginados.
El mensaje que llega es de Rodrigo Tejo y dice: Uno menos, ahora sólo falta el Mamo… En ese instante se da cuenta que ha llegado el momento. Ha muerto por fin. ¿A qué hora?
Aun con unos minutos en la penumbra y con la mirada fisgona e irreverente de la gorda Ingeborg, alcanza a telefonear a alguno que pueda confirmarle la noticia. Para variar, Pacheco no contesta su teléfono, cosa que le consta que jamás hace, menos aun los domingos, algo que no le extraña. Rápidamente marca el número de Quiroz, quien tampoco responde. Dan las 6,44 PM. Y finalmente envía un mensaje de texto al mismo Rodrigo Tejo, quien tampoco acusa recibo. Le hastía la situación y aun con unos exiguos segundos escribe otro texto al mismo Quiroz, con la esperanza de que se encuentre en casa con el computador encendido y conectado a la red. Anhela la ojeada a algún diario del mundo que le compruebe todo.
-¿Es posible? ¿Ha muerto por fin?, -se interroga.
Con un extraño escozor en las sienes, que puede ser de alegría o de bronca, se acomoda en el asiento y se larga a elucubrar hipótesis. A la gorda Ingeborg -que en su vida ha oído hablar de dictaduras, ni de asesinatos, ni de torturados, ni desaparecidos, y que es mucho más joven que él y probablemente a pesar de su sobrepeso menos esmirriada que él-, le explica brevemente y en bisbiseos que necesita unos minutos de soledad, que ha muerto alguien muy odiado por él y por mucha otra gente, y que -mientras respiran allí ese tufillo a asiento de autobús interprovincial en medio de una sala de cine repleta de gente más bien lerda y hueca que mastica pop corn y sorbetea refrescos-, él tiene razones más que suficientes para pellizcarse el muñón y confirmar que no es un sueño, que está vivo y que pertenece al bando de los sobrevivientes; al bando de los que salieron al exilio hace casi un cuarto de siglo; al bando de esos que desde ahora en adelante, desde las 6,41 PM (para él) lograrán día tras día, cada nueva mañana, vivir, un día, una semana, un mes, un año, muchos años más que el tirano muerto. ¿Desde qué hora? Confirmar que mientras él se alista a ver esa tonta película que acaba de empezar (en la que los muertos son la comparsa de una historia) el cuerpo hinchado del dictador se descompone inexorablemente sobre la bandeja de acero de una funeraria o de una morgue, al otro lado del mundo, en Santiago de Chile. Probablemente en medio de un hedor a formol o a coronas florales; olores a muerte, olores lentos e inevitables. Que mientras esperan a James Bond, en esos mismos instantes, sus malvados familiares lo visten con su formidable uniforme de guerra. De esa guerra que tuvo una primera batalla voraz y terrible en que los prisioneros morían indefensos y amordazados y otros, como él, después, mucho después, huían mutilados al exilio. De esa guerra que inmediatamente después el dictador empezó a perder, porque la vida no es una película y al final se cobra todo. De esa guerra declarada con la que el dictador defecó en convenciones internacionales y tratados. De esa guerra siguiente, en la que parapetado acechó artero a sus víctimas por tantos años.
Cuando formula la palabra odiado en vez de la palabra querido, Ingeborg se lo queda mirando estupefacta, como si las defunciones fueran siempre razones de congoja. Al instante ella hace una mueca muy parecida a una sonrisa, se calza sus lentes de carey negro e insiste en hablar. Él le exige que guarde silencio de una vez, un silencio que ella intenta negar y que no es de luto, pero que, de no ser en realidad por la peli, lo reglamenta y atenaza. No tiene ganas de atender a Ingeborg y se siente como si fuera el recepcionista lisiado de un hotel de mala muerte al que le acaban de cortar el agua y cuyos huéspedes acosan con lenguas que parecen tijeras podadoras. La gorda Ingeborg, sumamente inquieta, parece estar en todas las butacas que lo rodean. Lo único que desea es silencio y hundirse en sus especulaciones, en esa nueva soledad. Y así pasa. Se deja llevar por los créditos y por la película que empieza con un fascinante recreo de trucos animados, gráficos de juegos de azar y naipes y sangres y tiros y sobretodo muchísimos puñetazos. Poco después, unos minutos después, digamos unos cinco minutos, trata de acostumbrarse a la cara del tal Craig -supuestamente el primer Bond, porque si hay algo que puede el cine es hacerle creer a los que están allí sentados que antes del famoso Bond Connery hubo un hipotético Bond Craig, (que más parece un patotero mala leche, aunque bien vestido, y en cierto modo convincente, una especie de boxeador alemán malas pulgas con cierto disimulado altruismo; una pose con la que el privilegiado agente de su majestad la reina de Inglaterra se pavonea e intimida).
El celuloide empieza “orsonwellesianamente”. O sea, casi a oscuras. Con el señor Bond que espera en plena noche a su víctima en una oficina de Praga, una oficina que bien puede ser una oficina en Santiago de Chile, o la habitación a oscuras de una clínica. Bond espera a un tipo al cual -unos minutos más tarde- caga a silenciosos balazos. Bilbao trata sin éxito de seguir el hilo de la historia y a la vez entender la noticia que acaba de recibir, justo unos minutos antes del comienzo de una apoteósica y africana persecución de personajes canguros que acaba con el ahora Tarzán Bond que atrapa y se carga de un tiro o más a un negro impresentable en el patio de su mismísima embajada (embajada que de paso demuele).
Y, ¿por qué él siente esa bronca subliminal e inesperada con la noticia de esa muerte?. Y claro. No tarda mucho en descubrirlo.
Y, ¿por qué él siente esa bronca subliminal e inesperada con la noticia de esa muerte?. Y claro. No tarda mucho en descubrirlo.
-Vaya que despropósito de este hijo de puta, -pondera en voz baja en español, por lo que Ingeborg no entiende -. Hasta para morirse es un cretino, -conviene-. No podía esperarse un poquito más, -rezonga. ¿Y ahora? ¿Qué harán con tanto expediente abierto?, -especula en seguida. Luego se hunde en la película, al menos hasta el momento en que al impúdico pre-007 (ya que se supone –según el argumento- que aun no lleva ese código famoso) lo putea e increpa la viejuja Judi Dench, que hace ahí las veces de ese personaje que se conoce sólo con la letra M, su jefecita, -que por un lado parece la versión lésbica del personaje (en realidad) masculino del libro de Fleming, y por otra, una parecida versión rubia (igual de poco atractiva) de la personalidad de hierro de la famosa Margaret Thatcher.
Dench vitupera a Craig, sorprendentemente en serio, con ese evidente estilo de los agentes secretos. Como si fuera un trasunto de la antigua dama de hierro, la ex directora máxima de la F2 (que fuera o es aun, esa suerte de DINA chilena o CNI chilena) que la severa primer ministro Thatcher crea por allá por 1974, para seguir los pasos y aplicar los asertivos consejos que le da por esos días -vía teléfono-, su héroe y amigo, el dictador y paladín chileno Augusto Pinochet Ugarte, ahora a las 6,59 PM, muerto. Por aquel entonces, cada semana, los telefonazos van y vienen. Toda vez que la dama de hierro se atornilla más y más en el 10 de Downing Street. Por aquel entonces, los disociados, como suele llamarlos su titán sudaca, no son ni en lo más mínimo, una versión británica de los rojos marxistas perversos chilenos. No son mucho más que los desordenados rosados laboristas de clase baja, no le llegan ni a los talones, conjetura Bilbao allí sentado. Y esto porque por aquellos días de la decada de los 70, los elípticos laboristas de clase alta, toman su té de las cinco, leen The Sun y escuchan las noticias del alborotado operativo militar que la dama de hierro ordena en Heathrow, sin aullar y con la convicción de que los laboristas de clase baja la verán negra.
Escenas más, escenas menos, la M le muestra un matutino a Craig donde aparece su foto y le larga encima una perorata al agente acerca de las relaciones internacionales y el estado del derecho. En ese instante Bilbao se siente iluminado.
-Vaya, vaya, lo tengo, -le susurra a Ingeborg que bebe de una lata de cerveza y le comenta la lógica del agente secreto-. Si estos sujetos son los malos, entonces, es valido molerlos a tiros, -corrobora, y piensa entonces en los imperativos de un imperio, y señala entonces que el derecho es una galletita que se sopea en una tasa de té. Ingeborg -esta vez- lo hace callar y él se calla. Pero un golpe de estado no es una película en que luego los achicharrados negros se levantan del suelo a tomarse un cafecito al camión del catering y donde aquellos que ya no aparecen en el reparto se van muy campantes para sus casas, espiando de reojo el trailer de Craig, por si le pueden sacar una firmita, concluye.
La M se pasea impunemente ante la mirada incompatible del arriero James Bond que le hace darse cuenta a él, que todo el derecho no es más que una vaca sagrada camino al matadero, y que todo eso no es otra cosa que una ficción o el argumento de una pobre película de tiros. Las revoluciones y los golpes de estado son la misma cosa, se dice a sí mismo Bilbao. Un cencerro ruidoso que cuelga de esa vaca sagrada que va al matadero acompañada de James Bond, imagina. Ambas matanzas tienen tanto de ilegales como de legítimas, cavila. Ambas se pasan por buena parte las leyes vigentes, ambas se invocan en el nombre de urgentes premisas ideológicas o de premisas fílmicas. Así, concluye, Craig puede seguir arrastrando cadáveres de vacas o de negros muertos o de chilenos muertos y ellos allí, él e Ingeborg, pagando las entradas del espectáculo.
Ingeborg bebe de su lata y él nuevamente controla su celular. Son las 7,16 PM. Entremedio de sus desvaríos íntimos mira la pantallita para ver si por fin ha llegado el mensaje que confirme la noticia. Hasta ese momento nada, pero si alguien le ha escrito algo así, debe ser cierto, supone. No puede tratarse de otra falsa alarma o de la infaltable broma del infaltable idiota de turno. Mientras la película se convierte en una aburrida y casi incoherente pegatina de persecuciones, vuelve a redactar un mensaje y lo expide a algunos amigos. Al menos a aquellos que está convencido que se juntaran o quizá ya se están convocando para tomarse un par de cervezas.
Como está acordado, se juntarán todos donde lo del joven Pacheco. Así, lo único que falta es que los involucrados confirmen la noticia, avisen a los otros y ratifiquen su presencia, concluye i de reojo mira a su acompañante. Tienen un método que han ideado hace años. Lo denominan “El abecedario de La muerte. Consiste en que los apellidos con A contactan a los que empiezan con la letra B o en su defecto la letra siguiente y así sucesivamente hasta dar la vuelta completa; cadena en la que un tal Zúñiga se lleva la peor parte, porque su apellido es el único apellido con zeta y le toca avisarle a los hermanos Acevedo, al viejito Andrade y al Animita, que no es chileno, pero es un trotskista boliviano, lo que es bastante similar, un indio calladito que promete pagar una ronda completa de pisco y a quien han decidido dejar su apodo, ya que posee un apellido indígena impronunciable. El método es imperfecto. Todos lo saben. No importa, por ejemplo, que Rodrigo Acevedo y el viejito Andrade le avisen -ambos- al Flaco Benavides o a él. Si sobran llamadas, bien. Pero no pueden faltar. Eso no.
Ingeborg expone un gesto de sensiblería social y como la peli se ha puesto aburrida se atreve a preguntarle un poco borracha, qué sucede con lo del muerto. Él le dice, que al parecer ya se enfría el hombrón y que es cuestión de horas para que una brigada de gusanos comunistas empiecen a hacer justicia con el podrido cadáver. Ingeborg pega un alarido de risa y un cinéfilo, unos asientos más allá -que al parecer sí goza con la cinta-, les reclama silencio. A los pocos minutos, a las 7,25, un mensaje de Quiroz le ratifica todo. Augusto José Ramón Pinochet Ugarte, ex dictador y asesino de Chile está definitiva y rotundamente muerto, y además, para siempre. Piensa en salir corriendo del cine, pero, a fin de cuentas, se queda. No va a dejar que el dictador muerto le estropee ni siquiera esa versión mala del malo de Bond, película donde lo único que se salva es la cara de salta tapias de Craig y el acierto creativo de que el malo de la película, el memorable Mads Mikkelsen, luzca sangre en el ojo. En ese momento, cuando la cinta es lo suficientemente mala, en ese instante de aburrimiento colosal, se le ocurre una ficción propia. Piensa que quizá han sido los ingleses. Que quizá ellos -después de todo- han tenido el buen gusto de enviar a James Bond a Santiago de Chile, y que, así, han reparado el chascarro del pelmazo de Straw. Ese ministro al cual -no por casualidad- alguien -en un matutino- ha tenido el acierto de recordarle el significado de su apellido en español, dando así con otra buena razón para entender una cómplice y pusilánime sentencia. Por lo pronto, M, la imagen de la Dench, putea de nuevo a Craig y éste le hace a él pensar nuevamente en aquello del derecho internacional: la masturbadora entelequia –valga la redundancia- de las institucionalidades.
¿Qué es lo que más le molesta de todo esto?, se pregunta Bilbao. Por un momento piensa que mientras él está sentado en el cine, los demás están ya reunidos donde Pacheco y que, copas más, copas menos, todos se emborrachan y beben a destajo a nombre del tirano. Todos menos él que se banca esa película y las chalchas sudadas de Ingeborg a su lado. Con un gesto le pide a Ingeborg que le alcance una de las cervezas que ella automáticamente saca de una bolsa plástica. Ella saca dos latas y él inicia una suerte de festejo particular. Tiene la sensación -y no disimula su cavilación- de que la historia de un país bien puede ser no más que eso: una película de espionaje escrita por un novelista y luego contada cien veces por otros. Que poco cuenta como son en realidad las cosas si de todas maneras siempre son subsidiarias de algún narrador ajeno. Después piensa en todos los que mueren en las calles de un país exótico y lejano, como si fueran simples extras de una película mucho más real, y que no cuentan con los beneficios de levantarse después del “corten, se graba”, limpiarse el ketchup o el látex, o lo que sea de la ropa, sino que más bien quedan tirados en estadios, en fosas comunes, o los avientan destazados al mar desde helicópteros militares.
¿Qué haría él si fuera comandante en jefe de las fuerzas armadas y le tocara dar un golpe?, se asusta con la pregunta. Cree que ejecutaría el golpe de estado, piensa. La sensación de lo inevitable se cuela entre las butacas de su ficción íntima, como el ineludible encuentro entre el malo Mikkelsen y el malo Craig en Karlovy Vary, ciudad que en el celuloide interpreta a Montenegro; el encuentro de los dos machos acerca casi el final de la película, encuentro que lo turba lo suficiente como para sospechar que hay algo en el final del dictador que lo obliga a permanecer ajeno. Luego Bilbao piensa que en definitiva el gran argumento, el argumento primero que la historia esgrime en contra del tirano, ahora muerto, no es otro, sino la traición. Que en Chile, ese país-esquina-con-vista-al-mar, un día hay unas instituciones muy sagradas y muy vacunas y muy antiguas que el soldadote decide, en las postrimerías de un invierno, a instancias de un imperio, pasárselas por su militar culo. Unas instituciones raquíticas y timoratas que al final de todas las cuentas, una vez recuperadas, terminan traicionándose a sí mismas y tampoco son capaces de juzgarlo. La traición como motor de la historia, reflexiona Bilbao, y recuerda a Judas, al mismo tiempo que sospecha de una flaca esbelta que fornica con Craig. Está claro, si Craig Bond mata o si Mikkelsen roba, o al revés, si un delincuente lo hace y no lo reconoce, entonces se impone la prueba como requisito, intuye él allí sentado. Pero luego conjetura que no hay juicios, ni acusaciones. Sólo las secuelas de las traiciones. Que lo que hay en el fondo es pura diversión, como si la historia fuera una película mala. ¿Y hay pruebas? se pregunta. Como que las hay, asevera en silencio. La traición se parece tanto a la tradición, sopesa Bilbao en silencio. La letra "d"; como el día "d" podría ser símbolo oportuno de tal diferencia. Entonces con mayor razón asevera y redime ficciones y pontifica para sí mismo, como si fuera un crítico de cine. Entonces calcula que todas las caras de la impostura chilena no son más que las malas actuaciones de una mala película. Una cinta sobre el profundo nihilismo de la hipocresía o quizá sobre la profunda hipocresía del nihilismo. Sobre la tradición de los traidores y la traición de las tradiciones. A la hora de la guerra de los hombres contra los hombres, concluye, las reglas las dicta la moda, el mercado, los jefes de protocolo o la moral de un mal crítico de cine. Concluye Bilbao que todo aquello no es más que espectáculo puro, y que quizá a la hora de las conclusiones no hay nada más que un gran vacío: el silencio. En el fondo el gran argumento respecto de las intachables instituciones, de las tradiciones institucionales parece una simple payasada, como la sonrisa mesiánica de M, se dice, y trata de volver a la película. Y lo que más temor le da a Bilbao, es pensar que quizá eso es, lisa y llanamente, todo lo que son capaces de ser y hacer los seres humanos de origen chileno. Ser capaces de tan sólo intuir la verdad pero no aplicar justicia. Bilbao intenta concentrarse nuevamente en la pantalla. Pero no puede.
Aquella vanagloria de un estado que funciona -de vez en cuando a bayonetazos- desde 1818, no es más que una triste ilusión patriótica inventada por diseñadores de banderas y escarapelas, finiquita y le da un sorbo a la lata de cerveza. La verdad deviene otra. Chile quizá no existe, quizá es una simple ficción, quizá no es más que un nombre en la boca común de una determinada cantidad de gente; gente que se debe y somete a cierta marginalidad geográfica; e imagina que sin duda Chile es una convención, una tradición que traiciona, un país de mentira gracias al goce de una historia menos desordenada que en otras partes, advierte y mira de reojo a Ingeborg Wagnerová.
-¿Sabes lo que hay debajo de las piedras de Chile?, -le preguntó un día Quiroz.
-¿Sabes lo que hay debajo de la mitad de las piedras de Chile?, -le replicó él. Y ambos amigos se largaron a reír.
-Poetas e historiadores, de eso está hecha la chilenidad. Siempre ha habido dos Chile, y quizá siempre lo habrá, -le trata de explicar una noche a Ingeborg-. Un Chile es descendiente de los colonizadores y el otro de los colonizados.
Piensa seriamente en salirse de la cinta, no sabe si ya está por terminar, pero tanta escena romántica en medio de una película en donde él viene a ver golpizas y extras pateándose los riñones, le parece extraño. Mira el reloj. Son las 8,45 PM. El juego del cine es ese, hacerles creer que hay buenos, hacerles creer que hay malos. Hacerles olvidar durante algo más de dos horas que -en el fondo-, todos son buenos y todos son malos. Como un asesino que un día tiene su sangrita en el ojo y da un golpe de estado, igualito de malo que Mads Mikkelsen, que al parecer no aguanta llevar todo el tiempo su peinadito a lo Hitler y se peina de otro modo. Le dice Ingeborg que, Mikkelsen también filmó en Praga una peliculita muy original danesa llamada "Praga", hecha casi al mismo tiempo que el bodrio este del casino. Ingeborg, que sobre seguro no la ha visto, le dice sin embargo que era muy buena. Tan buena que ni en Praga la han visto, ni han escuchado hablar de ella aun, piensa él. Él prefiere volver a sus desvaríos de espectador aburrido y reconstruye.
Un día un general de ejército toma la decisión de matar a unos cuantos, una crucifixión; luego mata a unos cuantos. Se conjura la traición, pasto de historiadores, poetas. Luego, cuando se encuentran los cuerpos de unos cuantos crucificados en sepulturas que esconden dos o tres cadáveres de más, el dictador tiene el desparpajo de hacer una nota de hacienda y decir: miren, qué economía más grande. Y así el general nihilista asevera y admite una original filosofía de la historia: entre asegurar los derechos de unos 10.000 disociados o garantizar los de diez millones, no tenemos duda, ratifica el traidor. Y he allí todo, he allí el gato encerrado, el perro enterrado de los checos, el meollo de la historia del general, de la historia general del Reino de Chile y hasta de la historia del hombre, filosofa Bilbao, allí sentado tragando la cerveza. La traición y la tradición implican y prefiguran el crimen. He allí la explicación del crimen, intuye. Los males menores, el mal menor, el malvado menor. Porque los crímenes cuando son concebidos como castigos resultan una hipocresía bien montada. Eso es entonces lo que más arde en Bilbao: el crimen, la delincuencia pura y sórdida, la impunidad. No la tradición, para nada la traición, eso cree. Y como si fuera un historiador nihilista en potencia quiere creer que un general nihilista y gagá es capaz –antes de morir- de un acto de valentía. Es capaz de callar la boca de todos y decirlo todo en voz alta. Capaz de ese acto que significa decirlo de una vez por todas:
-A esos desgraciados yo los mandé matar. ¿Y qué? No me arrepiento, no creía en otra alternativa. Los quería muerto, no exiliados, no relegados, no en cárceles. Dije muertos. Estábamos en una guerra fría, una guerra de morgues y la perdieron, punto.
Hay tipos así, pacta Bilbao siguiendo la pantalla. Y enumera: Calígula, Cortéz, Enver, Hitler, Stalin, Videla, Karadic. Hay lugares así: Roma, Tenochtitlán, Siria, Osvetin, Siberia, Buenos Aires, Sebrenica. Lugares con sus asesinos. Tipos que no parecen pertenecer a la especie, concluye Bilbao. Porque simplemente no tienen problema en matar a alguien y después con la misma mano lavarse los dientes. Tipos que lo hacen y luego duermen tranquilos. Tipos que ponen en aprietos a la civilización, a los fundamentos de ella. Porque además logran arrastrar gente, logran apoyo, o sea: votos. Incluso entre los que no se atreverían a acostar a una mujer desnuda en una parrilla y meterle 220 voltios en la vagina, como quien riega el pasto con una manguerita. Tipos que jamás le cortarían la cabeza a un disidente, ni le pondrían una bomba en la espalda a una estudiante, pero que aplauden de pie. !Cómo aplauden! Esos que les tiembla la mano al matar una rata. Esos despercudidos que gozan de un asado de bife, pero no se atreven a faenar al animal, cavila Bilbao mientras la película está por acabarse.
Seguramente todo depende del punto de vista, evalúa. Chile sin duda no es el mismo para todos. Entonces si M, a la larga en la película, como buena dama de hierro, se pasa por buena parte el escándalo internacional, esto será porque de algún modo -que difícilmente alcanza él a percibir- hacer volar una embajada de un país africano o apoyar un golpe de estado, son también capítulos de la misma historia, de una misma película. ¿Que hubiera pasado con todos ellos si el cobarde dictador hubiera muerto como un valiente? ¿Irían a festejar su muerte? Pero nada de eso, repasa, el dictador ha muerto huyendo, colándose por las ventanas de los baños de los palacios de justicias del mundo. Burlándose.
A fin de cuentas entre ellos y Pirro, ¿qué diferencia hay?, certifica.
Cuando la cinta pasa del espionaje a telenovela centroamericana y Craig el Guapo se envuelve en una bata de policlínica en una camilla en medio de un jardín para drogadictos millonarios, cuando se recupera de una madriza en que el del ojo sangriento ha demostrado las malas artes de los más destacados agentes de la CNI pinochetista, a Bilbao le sobreviene allí, en la incomoda butaca, un sueño terrible. La sensación de que pronto debe ir a evacuar la cerveza se traduce en otra tortura. Mira de reojo a Ingeborg y jura que si la ve babeando con el romanticismo de baquelita de los actores se despedirá de ella a la salida del cine. Cuando ve a Craig dedicado a besuquearse en la arena con una famélica yegua de turno (por lo demás una yegua exquisita que ya quisiera él en lugar de la gorda Ingeborg), -restoranes y caviar incluido- siente un sopor irresistible. La cerveza, piensa, y sin más se duerme y sueña.
En el sueño está en una habitación de paredes blancas y por todos lados hay máquinas y un olor dulzón a vainilla. Él mira desde algún lugar en lo alto de una pared, pero no sabe como. No sabe si él es alguien o algo que mira; un ojo, uno de esos televisores de habitación de enfermo, o incluso hasta el cuadro de una estampita del Divino Corazón de Jesús. El caso es que mira desde arriba, como un angelito o como un demonio. El hombre que yace es un general anciano, reconvaleciente, recuperándose -como Craig de una reciente paliza. En su sueño, él ve todo y nadie le ve a él. Y sueña, un sueño profundo y nítido, un sueño de película de espionaje. Piensa dentro de su sueño que el moribundo atado al marcapaso es el mismo Ian Fleming de cincuenta y seis años, avejentado y agónico en el hospital de Canterbury. Pero sueña y sueña, hasta cuando el moribundo habla y se da cuenta y el postrado no es Fleming.
En el sueño está en una habitación de paredes blancas y por todos lados hay máquinas y un olor dulzón a vainilla. Él mira desde algún lugar en lo alto de una pared, pero no sabe como. No sabe si él es alguien o algo que mira; un ojo, uno de esos televisores de habitación de enfermo, o incluso hasta el cuadro de una estampita del Divino Corazón de Jesús. El caso es que mira desde arriba, como un angelito o como un demonio. El hombre que yace es un general anciano, reconvaleciente, recuperándose -como Craig de una reciente paliza. En su sueño, él ve todo y nadie le ve a él. Y sueña, un sueño profundo y nítido, un sueño de película de espionaje. Piensa dentro de su sueño que el moribundo atado al marcapaso es el mismo Ian Fleming de cincuenta y seis años, avejentado y agónico en el hospital de Canterbury. Pero sueña y sueña, hasta cuando el moribundo habla y se da cuenta y el postrado no es Fleming.
-¿Y usted general es ateo o cree en Dios?, -le pregunta una enfermera, una vez que un médico abandona la habitación.
-No sea bruta señorita, -dice el postrado. Claro que creo en Dios, Dios es mi aliado principal. El me ha salvado siempre. ¿Qué no se acuerda usted de la virgencita en la ventana del auto?, esa que dejaron los impactos de los subversivos. Mi gran amigo Raúl, un curita, siempre me ha confirmado con certeza que Dios era y es de los nuestros. Incluso ese muchachito de la Unión. ¿Cómo se llama? Pablito se llama. Sí, me mandó un recado hace unos añitos. Había estado rezando y se le había aparecido Jaimito. Que grande era Jaime. Qué perdida para Chile. Jaimito le había dicho muchas cosas bonitas a este muchacho, pero que lo más importante era que no me preocupara por nada, que todavía no era recibido por Dios, pero que estaba en una lista de espera. Que la cosa del otro lado era fascinante y que encontrarse con Dios no era tan fácil.
-Sabe mi general, -le interrumpe la enfermera-, mi abuelita que pasaba por épocas muy creyentes, me decía que al otro lado nos encontrábamos sólo con aquellos con quienes habíamos vivido en la misma época y hablábamos el mismo idioma y que para más remate había que irse con paciencia de santo, ya que la cosa iba para largo. Que Dios tenía una especie como de oficinas y que en una de ellas recibía a los ateos que habían sido malos. Usted entiende, esos que no creían en Él y que habían hecho de un tutti cuanti. Usted entiende; zamba canuta, como decía mi abuelita, que en paz descanse.
-¿Cómo se llamaba su abuelita?
-Mi abuelita se llamaba Margarita, general.
-Ah, ya veo. Ahh, ¿Qué será de la Margarita? ¿Estará rezando por mí ahora? Ella ya pasó los ochenta.
-Oiga general, ¿Quiere que le deje la ventana junta o se la cierro?
-Déjela junta mejor, ya al ratito viene la Lucy y seguro que la cierra.
-General, mire. Yo estaba pensando si usted no sería tan amable de firmarme este libro suyo.
-Bueno déjelo por aquí y le escribo algo luego, -agrega sorprendido el general-. ¿Y cómo se llama usted?
-Yo me llamo Magy.
-Como las salsas de tomate.
-Bueno en realidad me dicen Magy, pero me llamo Margaret. No sé por qué. Tengo una amiga aquí a la que también le dicen así, aunque prefiere que le digan Magaly, y eso que se llama Magdalena.
-¿Querrá decir usted que su nombre es Margarita?, -rezonga el general.
-No, no, mi general. Me llamo Margaret, así como lo oye, en inglés. Margaret Espinoza.
-Ahh. ¿Qué será de Margarita?, mi buena amiga, -dice balbuceando el general-. En este mundo debería haber más mujeres como ella. Me acuerdo cuando era ministra, una simple ministra. Le cortó la leche gratis a los flojos, a todos esos extremistas de las escuelas que luego salían a gritar a las calles. Yo tenía mucho trabajo cauterizando el cáncer marxista de este lado del mundo, pero me encantaba cuando me llamaban por teléfono. Era la preferida de Eduardito. Sabe usted que Eduardito Heath fue de los primeros en reconocer mi gesta. En una carta, que luego se me perdió, Margarita me decía que yo era su tory latinoamericano. Me llamaban todas las semanas. Margarita tenía su manera de ver las cosas y la verdad es que yo la prefería a ella. Sobretodo porque siempre intentaba hablar un poquito de español.
-¿Usted habla inglés, mi general?
-Algo, mijita, algo. Lo suficiente. Después de que le compramos unos aviones a los torys, traté de tomar unas clasecitas. Pero usted sabe como es eso. Nunca hay tiempo, y menos cuando hay que andar cazando rojos. Eduardito no la tuvo fácil con esos marxistas asquerosos. Yo seguía las noticias por esos años, claro, mucho más que ahora. Los estudiantes jodiendo en las calles, los mineros en huelga. Un día le dije. Saqué a los militares a la calle y listo. Ya habían decretado el estado de emergencia, imagínese, justo para septiembre. Una pura coincidencia, ¿no cree? Se lo recordé a Margarita años después. Le dije: ¿Te acuerdas de Heath? Y ella: My dear. ¿Cómo no me voy a acordar de él? Mire señorita, avíseme si viene la Lucy, mire que ella siempre ha estado muy celosa de Margarita. Y si me escucha hablando de ella se va a poner furiosa.
-No se preocupe general, dijo que venía más tarde, que quería comprarse un sombrero. A su señora le encantan los sombreros. ¿Verdad? Nos mostró a mí y a la otra enfermera de turno unas fotos de un traje de dos piezas muy sobrio que quiere comprarse. Todo negro y con unos ribetes claritos en las costuras. Nosotras le dijimos que era demasiado oscuro, que estaba empezando a hacer calor. Y ella nos miró y no dijo nada.
-Es que usted mijita no entiende, parece que me voy a morir, -rezonga el paciente.
-Lo más probable, mi general, todos, pero eso de comprarse un traje como de funeral en pleno diciembre no me hace mucha gracias.
-Usted ya verá, -agrega el general.
-Oiga general, por qué no me sigue contando aquello de doña Margarita.
-Bueno, usted me pasa esa agüita de la mesita y yo le sigo contando. Saca a los militares a la calle, hombre, le sugerí a Heath. Imagínese. ¿Se ha puesto a pensar alguna vez?, bueno usted es una simple enfermera y de estas cosas no sabe pero los comunistas tenían un plan para conquistar el mundo. A como diera lugar querían armar una batahola como la de París unos añitos antes. Yo le dije a Heath: de Latinoamérica ni te preocupes. Por acá todo bajo control. Si prefieres pégale una llamadita a Henry. Y Heath me decía que Henry con lo del Nobel se había vuelto pacífico. Que Kissinger le había dicho que no sacara a los militares a la calle, que London no era Santiago. Que si le parecía poco como estaban las cosas en Belfast. ¿Cómo estaban las cosas en Belfast? Maduras estaban, pues, Belfast era un bastión de rabiosos. Por qué cree usted que esos terroristas se pusieron ese nombre: IRA. Pues porque eso es lo que eran, unos rabiosos, unos iracundos.
-¿Dónde queda Belfast, general?, -le pregunta la enfermera.
-En Gran Bretaña, pues, dónde va a quedar. Lo dije hace años, los gringos no le han ganado una guerra a nadie. La segunda guerra mundial la ganaron los rusos. Y Heath me dijo que en realidad no era tan fácil. Lo primero que le dije, creo que por ahí por enero, imagínese, yo llevaba solo cuatro meses de gobernante y la mano dura ya estaba dando frutos. Le dije: invéntense una ley de emergencia y listo. Armen una juntita, si quiere pónganle un nombre bonito y listo. Y ahí ve usted: a los días ya tenía un consejito. El Consejo Privado de la Casa de los Lores. Y después les dije: sáquenle fotos a todos esos mugrientos que andan tirando piedras y partiendo ladrillos y me las mandan, yo se las paso al Manolito y él me dirá de inmediato a quien hay que agarrar. El Manolito, ahora es un bocón, pero siempre fue en estas cosas muy eficiente. El Manolito tenía talento, agarró a muchos que a otros se les habrían escapado. Ah, qué tiempos aquellos. Los ingleses sin embargo no actuaban como habría actuado yo. Un día me pusieron a Margarita al teléfono. Fue nuestro primer encuentro. Y con ella sí que daba gusto hablar. Ella sí entendía, pero claro era una simple ministra y con el pleito de la leche, no iba a andar hablando de esas cosas. Pero ella tenía las cosas claras. Luego me aburrí y le pasé esos asuntos a José Toribio. Prefería encargarle esos asuntos a Joselito. Tu sí eres un tory. Tori, así le decía yo, hazte cargo mejor tú de esto. Tori, así le decíamos en la Junta, pero sólo cuando estábamos a solas los cuatro, entre nosotros tú eres más Tori que nadie, y nos cagábamos de la risa. De estas payasadas te haces cargo y me cuentas después. Pero Tori no tenía muchas ideas y usted sabe, le terminó gustando el whisky que los ingleses le mandaban cada semana. Al final, le tenía que decir todo yo. Explícales Toribio a estos ingleses como se hacen las cosas. A Tori le fascinaba el asunto, decía que él así ensayaba inglés. Que cualquier cosa que se me ocurriera, él se las decía. Y así era como se telefoneaban. Lo hacían los martes, muy temprano.Quizá por eso que le quedaron gustando los martes a Tori. A veces contestaba el teléfono ese inútil de Carr, que era un junior de Heath. El tipo en realidad estaba siempre de acuerdo con nosotros. Pero, cuando luego empezaron los periodistas a investigar y a preguntarle, también resultó bastante boca floja el hombre. Mire tenían todo listo para instalar un gobierno militar y se echaron para atrás. Al final, ¿qué hicieron? Lo mismo que acá: otro consejo superior de seguridad del estado. Y allí sí estaban todos: defensa, la policía, el Scotland Yard. Todos en alerta, como si hubiera amenaza nuclear. Al menos disolvieron ese parlamento inútil. Pero Eduardo, le dijo en una ocasión el Tori. ¿Quién cresta manda allí? ¿Tu gobierno o esos sindicatos? Qué sorpresa se llevó el Tori cuando le llegaron las fotos de las elecciones y el slogan de Heath era la preguntita que él mismo le había hecho. Me defraudó con eso de hacer elecciones. Y sabe que, le voy a decir que las fotitos sí que sirvieron. Oiga y qué era eso que usted decía mijita hace un rato.
-De qué sería mi general.
-Eso de los ateos…
-Ah, lo de mi abuelita. Bueno, le decía mi general que, según mi abuelita -que pasaba por épocas de ser muy creyente e iba todos los domingos a misa-, en el cielo los ateos malos las ven negra. Y que van a parar al mismo sector donde mandan a los creyentes malos. Que luego hay una sección para los ateos buenos y que la que está más cerca de Diosito es la de los creyentes buenos.
-Mire las cosas que decía su abuelita.
-Oiga general, ¿le puedo hacer una pregunta delicada?
-Diga, hable no más, no tenga miedo.
-Sí pero usted no se va a enojar, ¿ya? Yo le juro que es no más que una cuestión que con la Magaly siempre hablamos. Sabe que todo el hospital sólo habla de usted. Sabe que en este Hospital también hay gente que no lo quiere. Pero usted no se preocupe. Esos caballeros allá afuera dan bastante susto le diré.
-Ah, ¿qué será de ellos cuando yo ya no esté?
-Ay mi general, no diga eso. A usted lo estamos cuidando bien y todas estas maquinitas, que no tengo idea para que son, va a ver usted que de algo sirven.
-Mire Margarita. ¿Le puedo decir así? ¿Margarita?
-A usted le cae bien esa señora ¿verdad?
-La única que sabía hacer las cosas bien. La única que me apoyó en los momentos difíciles, la única que me fue a ver a esa casona en Virginia Waters. Ah, esos ingleses, son unos ingratos. ¿Querían información sobre la armada argentina? Ahí les di toda la información que necesitaban. ¿Qué si los podía apoyar con telecomunicaciones? Ahí todo. Hasta mapas del Atlántico sur les enviamos con el Tori y mire usted, como me pagaron. Pero sabe usted. Yo iba a London a ver a unos médicos también, pero no sólo a eso. Dígame: ¿Qué cree usted que puede hacer un general retirado? ¿De qué puede vivir un general retirado?
- Uy, no sé pus mi general, de su pensión, ¿no?
- Un general retirado vive de sus batallas, de sus luchas, de sus hombres, de sus contactos, mijita, pero sobretodo vive de los buenos negocios con los amigos. Yo sabía que las cosas se podían complicar, tenía una ineludible intuición. Más aún con la invitación a cenar de Martínez. A ese usted no lo conoce, muchos grandes hombres de la patria pasan sin pena ni gloria. Como ustedes las enfermeras. Toda la gloria se la llevan los doctores.
-Uy, sí mi general, tiene usted toda la razón, una se quema las pestañas.
-Fíjese no más, yo no iba a London a operarme, iba a hacerles una comprita. Tres fragatitas bastante cagonas y usadas. Martínez me llamó una tarde antes del viaje: si José Toribio estuviera vivo, me dijo, le habría dado esta carpetita mi general, y estiró la mano y sonrió. Y ahí yo supe que Martínez pensaba en todo. Esa noche nos comimos unos faisanes al jerez que estaban de chuparse los dedos, aun lo recuerdo. Que salga bien la operación mi general, dijo Martínez a mi salida y me cerró un ojo. Y me llevé la carpetita, y quién iba a pensarlo. Ahí estaban esas fotos viejas que le habíamos recomendado sacar a Heath cuando lo de las revueltas del 74, esas que le habíamos confiado al Manuelito y fíjese se las muestro a Margarita, mi gran amiga Margarita, mi amiga de siempre. Y allí estaban esas imágenes en las que un tipo igualito a John Whitaker Straw lanzaba piedras, en las que John Whitaker encapuchado rompía vitrinas, quebraba ladrillos, incendiaba neumáticos. Allí estaba el mismísimo doble de Straw, fotografiado como un subversivo, ahí estaban el asesor político en las revueltas. Muéstraselas a tus amigos, publícalas en The Sun, le dije y Margarita se las llevó.
-Y ¿le sirvieron las fotos general?, -insiste la enfermera.
-Se demoraron, pero estoy seguro que sirvieron. Estoy seguro que Tori se frotaba las manos en el cielo. Seguro de que nos íbamos a salir con la nuestra. Claro que sirvieron, pero cuando Margarita me vino a ver de nuevo, allí a Wentworth le dije: Margarita contáctate con los amigos de la British Aeroespace y de la Royal Ordnance. Pero se quedó media confundida, yo le decía que le echaran una miradita a esos pelafustanes laboristas, que les encontraran alguna yayita. Que él tenía muchas cosas que contar de algunos negocitos con Sudáfrica, con Irak. Fíjese que a Margarita eso no le gustó mucho. Estás loco, me dijo, estás loco. Y yo me reí, porque la escuchaba y se me ocurría que eso sí era una buena idea. Estar loco. Pasar por demente y engañar a todos.
-Oiga mi general, me parece super interesante estas cosas que usted cuenta, pero me tengo que ir.
-Bueno, cumpla con su deber, pues. Y si llega la Lucy cuando esté durmiendo dígale que se quede sentadita acá.
-Oiga mi general, ¿y usted le tiene miedo a la muerte?
Pero el anciano general se queda dormido y la enfermera abre una puerta para irse. Luego él se gira en la butaca y oye en el sueño una apoteósica balacera que puede venir de las afueras de la pieza del hospital y ve a alguien con la cara de un tipo que lleva unos lentes de sol, a lo pirata, con un solo cristal parchado. No, él sueña efectivamente la presencia del super agente británico en Santiago de Chile que viene a reivindicar la vergüenza mundial de Straw. Pero todo resulta ser la película que lo saca del limbo y le sitúa en medio de una escena en Venecia. Acaban de hacer tonto de nuevo a Bond Craig, al que más encima, y como si fuera poco, se le ahoga la nena. Minutos después un edificio se desploma digitalmente y él le dice a Ingeborg que ese edificio es el sinónimo de todo. La metáfora de todo. Es el edificio de la tradición desplomándose, pero así, de mentiritas.
Se reacomoda en la butaca y mira a Ingeborg.
-Buenos días, -le dice sonriendo-, no te has perdido de nada. Vengo a ver a tipos romperse la crisma con música de fondo, -agrega hastiada-, y me sirven una suculenta porción de besuqueos y romance.
-Esta peli está podrida de romanticismo, -retruca él-. Trata de buscar una postura menos somnífera y retoma la trama. En el momento en que Craig encuentra el celular de su segunda mina muerta, esta vez la cuota de difuntas al menos bajó de tres a dos muertas, piensa. A Bilbao se le ocurre revisar el teléfono, el cual ha exitosamente logrado olvidar. Son las 9,00 PM de la noche de ese domingo 10 de diciembre del año 2010. Hay once mensajes, cinco llamadas perdidas y otros dos mensajes de voz en un buzón. Lee un par de ellos. Todas coinciden: el encuentro es en el bar de Pacheco.
-La tradición, claro, no es quizá más que un falso mito, -le asegura Ingeborg esa noche a la salida del cine. Ya que a la hora de las verdades, pues a nadie realmente le importa eso que hoy llamas la perfidia, la alevosía o la trastada de tu general.
-Quizá, quizá, -escudriña. Mira el celular, son las 9. 22 PM. Caminan.
Quizá sea lo menos importante, piensa, y lo único importante sean los cuerpos, los cuerpos torturados, los cuerpos acuchillados, los cuerpos baleados, los cuerpos espoleados. Esos que el dictador llamó disociados, esos que sobraban y que no sólo sobraban en el país, sino que sobraban en la faz de la tierra. Los mismos cuerpos de esos negros que quieren filetear a machetazos a Bond Craig y que 007 ejecuta y esconde debajo de una escalera para luego llamar por su celular al proxeneta de turno para que pasen por contaduría a cobrar. Porque al fin y al cabo Craig es un profesional de su majestad la reina, un súbdito del concepto de limpieza de un imperio, o de un ex imperio, de una potencia con una islitas de más, o de menos, allá en el sur, un profesional con pinta de Gorka rubio y que está en guerra.
Siente que todo no es más que un gran show, una gran película que será contada y recontada hasta el día en que el Bond de pelo negro llegue a ser rubio y M se convierta en mujer. Que Augusto José Ramón tenga su calle, su plaza, y por qué no hasta un acantilado con su nombre. O. ¿Por qué no? Un cementerio o una morgue con su nombre. Imagina que llegará el día en que poetas e historiadores volverán a las andadas. Entonces inquiere: ¿Qué es lo que él debe celebrar? Aquí no hay mucho que celebrar. ¿Que murió? Sí, murió.
Todos nos vamos a morir.
La fiesta, la reunión o lo que fuera, está en marcha y al bar han llegado todos. Son las 10.25 PM del domingo 10 de diciembre del 2010. Asisten los convocados, los improvisados y los curiosos. Ve en el rincón de una pared aquella foto en blanco y negro en la que sale Pinochet días después del golpe, durante el Te Deum, y que Pacheco ha colgado junto al afiche del Che Guevara, a modo de broma, unos años atrás. Se queda mirando el lúgubre y criminal aspecto del dictador y recuerda la tarde -tiempo atrás- en que bebe unas cervezas y conversa con Pacheco y Quiroz y al bar entran dos checas y un tipo raro. El tipo los escucha hablar y se acerca.
-Ustedes son chilenos, -dice casuísticamente orgulloso.
-Más o menos, -le contesta típicamente Pacheco-, depende de que día de la semana. Él se ríe, porque le basta escuchar al tipo para darse cuenta que también es chileno. De aquellos que tienen una toalla de playa con los colores nacionales y que lloran con el himno patrio. Habla con un acento de marmota con labio leporino y se nota su rancio abolengo. Pacheco, que suele ser el rey de la impertinencia, finalmente le estrecha una mano blanda. El sujeto se llama o dice llamarse José Ignacio, el apellido lo repite dos veces y las dos veces él lo olvida. Luego tiene la ocurrencia de preguntarles por un topless y preguntar por qué no se sirve allí pisco sour. Le basta ver la mirada de Pacheco para darse cuenta que la cosa no va por buen camino. Las dos pinturitas de botitas blancas con flequillos y hormas en punta que lo acompañan, son mayores que él, y desde la corona de sus cabellos teñidos de rubio se asoman las raíces de un castaño sucio. Cuando el chileno pregunta quién es el tipo de la gigantesca foto de Nicanor Parra sobre la alacena de los cigarros, Pacheco pierde la paciencia y secamente se lo aclara. Sin embargo agrega algo más. Le dice que allí también está la foto del hijo de puta, por si le interesa. José Ignacio se gira conmocionado hacía la fotito de Pinochet, vuelve la vista a ellos y luego coloca el vaso sobre la barra. Gesticula como si fuera a sacar un revolver.
-El tipo que está detrás de mi general es el hermano de mi padre, -afirma el desconocido. Pacheco lo queda mirando.
-Pues, es cosa tuya lo que pienses, pero el tipo que está sentado delante de tu tío, no es mi general, y a parte de eso, en este lugar es conocido como ya te dije: un hijo de puta. Con todo el perdón que se merecen las dos damas aquí presentes, -le dice Pacheco. El desconocido chileno José Ignacio se levanta de la silla, estira un billete sobre la barra, le hace una seña al par de meretrices y se larga. Ellos se largan a reír.
Mira los rostros de cada uno del grupo. Está Rodrigo, Quiroz, el viejito Andrade, los Acevedo, el boliviano silencioso. Está Pacheco. Todos los conjurados están allí, todos quienes saben muy bien hace meses, qué hacer en caso de la defunción del tirano jubilado.
Luego él vuelve la mirada sobre el rostro de Pinochet en el cuadrito. Mira los lentes oscuros y la cara de perro sonámbulo del mayor criminal chileno. Las botellas de vino se descorchan y las jarras de cerveza parecen esqueletos de cristal cubiertos de espuma. Los presentes beben a destajo y conversan largas horas. Ingeborg los mira desconcertada. Una mueca de indecencia, de obscenidad, se cuela en los rostros. Creo que en algún rincón del rostro de Ingeborg él lee una confusión, que de algún modo es la propia. Unos momentos más tarde Pacheco, el dueño del local, se acerca a la mesa. Levanta pesadamente una copa pero no dice nada. Todos lo quedan mirando. Ingeborg asiste cómplice y silenciosa. Al rato se le acerca y le dice que está cansada, que son más de las 11,55 PM y que prefiere irse.
-Está bien, -le dice-, yo no pienso quedarme mucho más, por lo demás no pienso alegrarme de la impunidad. Toman sus abrigos y se despiden de todos.
-Espera, -lo retiene Ingeborg-. No hemos pagado aun.
-Déjalo así, -ordena él-. Sólo nosotros, sólo este grupo, sólo en este lugar, hoy, justamente hoy y sólo hoy, hacemos un perro muerto.
-¿Perro muerto?
-Sí, perro muerto. Y Bilbao se gira y sigue su marcha. Luego mira su reloj, son unos minutos pasado la media noche y Bilbao le corrobora una vez más a Ingeborg lo dicho. Sí, perro muerto, dice, ayer. Pero Ingeborg Wagnerová, que lo sigue, no entiende lo que él quiere decir y se retira murmurando sola.
¿Perro muerto?
¿Perro muerto?

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