viernes 24 de junio de 2011

El olvido, nuestro íntimo enemigo (pequeño homenaje a Joseph Matza)





para Světlana


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Hace muy poco. Hace un par de días. Se celebró el Día del padre. Un acontecimiento más bien sin importancia, si lo comparamos con el Día de la madre (otro acontecimiento sin importancia). No sólo no llamé a mi padre sino que preferí telefonear a mi hijo de catorce años.  Más bien para hacer chiste de todo esto que para exigir un saludo o una congratulación. Este ni me cogió el teléfono.
Casi el mismo día, y como si lo hubiera pedido, o como si fuera un símbolo, acabé la lectura de un excelente y a la vez triste libro, del escritor colombiano Héctor Abad Faciolince. Este libro relata muchas cosas importantes, pero sobre todo habla del amor entre un padre y un hijo. También narra o da testimonio de una tierra envuelta en la violencia y en el crimen contumaz. Ese país es Colombia, sitio en donde tiene lugar la relación entre Héctor Abad padre y Héctor Abad hijo. Este libro es muy probable que nunca sea traducido aquí en Praga al checo. Una lástima.

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La figura del padre como tópico literario, es decir la relación o la visión desde el punto de vista del hijo, no es nada nuevo en la literatura. Incluso ya hay críticos que sitúan estos libros en un género particular que han denominado “confesión”. Puedo nombrar aquí algunos. Al menos los que conozco, he leído o bien, de los que sé algo: The Invention of Solitude (1982) de Paul Aster, My Father and Myself  (1968) de J. R. Ackerley, My Ear at his Heart (2004) de Hanif Kureishi, Between Fater and Son: Family Letters (1999)  de V. I. Naipul,  L´Africain (2004) de J. M. C. Le Clezio, o la excelente obra  Tiempo de vida (2010) de Marcos Giralt Torrente, en donde me enteré de la mayoría de los títulos.
En estas latitudes checas, hace poco también apareció una obra excepcional que retoma esta cuestión del padre. Se trata de Zeptej se táty (Pregúntale a tu padre) de Jan Balabán. Y por lo demás Praga está íntimamente ligada a la figura de Kafka, y hoy todos saben cuan fuerte fue el rol de la relación con su padre en su creación. Basta leer Brief an der Vater (1919).

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La obra de Abad Faciolince es un texto sincero y extraordinario que también va sobre la familia latinoamericana culta, en cuya cabecera se situaba un hombre, el padre del autor, quien nunca dejó de luchar por los derechos humanos. Por todos los derechos humanos. Esos que pisotean con una increíble frecuencia la derecha y la izquierda política.
Héctor Abad Faciolince narra de una manera descarnada la historia de su padre. Pero no es sólo la historia de su padre, sino que narra una tragedia humana; centro del relato y argumento de todo el libro son las circunstancias de cómo fue asesinado su padre, Héctor Abad Gómez, por manos de las derechistas brigadas de la muerte en la ciudad de Medellín. Este asunto nos es informado desde el mismo inicio del libro.
El libro funciona como novela o como saga o, por qué no, como novela negra, en la que el criminal queda impune, e incluso, ni siquiera sabemos quien perpetra ese crimen, aunque lo sospechemos. En el trasfondo de esta violencia tiene lugar una relación de amor entre padre e hijo. Alrededor de esta relación hay gente que muere como moscas. Pero son mucho más que gente. Son personajes y héroes y aquí viene lo más trágico del libro, porque el lector no espera que los personajes principales y los personajes secundarios más cercanos al personaje principal vayan a morir y el narrador parezca quedar en la más horrenda soledad.
Héctor Abad ha escrito un libro valiente y su literatura, su escritura, es el único instrumento de un intelectual en la lucha contra la injusticia y el olvido. Y la palabra olvido aquí no es casual ni gratuita, pues el libro se titula con un verso de Borges que al momento de morir su padre lleva en el bolsillo y que va sobre la muerte y que ha escrito hace poco o bien esa misma mañana: El olvido que seremos.

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El tema del padre es un tema fuerte y atractivo, sobre todo cuando tenemos la poderosa sensación de que tenemos algo que contar. Incluso, de un tiempo a esta parte, mi propia reflexión casi diaria, -a veces incluso verdadera meditación-, sobre mi padre y sobre la necesidad de escribir acerca de él, y la duda sobre si algún día seré capaz de eso, me ha acercado considerablemente a este tipo de libros.  
Todos estos libros tienen un aspecto común: los escribieron hijos. Cada uno de ellos, a su manera, tuvo la necesidad de hacer cuentas con la relación con su progenitor. Esta relación fue siempre un asunto latente de distancia o cercanía hacia él. Y todos estos libros tienen otro aspecto común: un contexto histórico y social.
Desde que la última vez hablé por teléfono con mi padre, por desgracia hace ya meses, -conversación en la que le pedí que escribiera algo sobre sí mismo y donde me contestó que sí lo estaba haciendo, cada noche, a lo que yo le repuse casi en broma, que por lo menos unas mil páginas,  y a  lo que de inmediato él me replicó que, qué va, que serían unas quince mil-, me dije a mí mismo que aun no era el momento para escribir sobre él, que no debía aun.
Obviamente no tengo la pretensión de situarme al lado de los escritores que nombré más arriba. No obstante, nuestros ancestros siempre están presentes en lo que amamos. Y si amamos la literatura, estarán allí. La vida aun no ha escrito el colofón de la historia de mi olvidado y olvidadizo anciano padre. Yo he ido tomando conciencia de que en mi vida juega un rol importante aquel aspecto de la relación entre padre e hijo y que llamé "distancia". Mi jubilado padre, un ex profesor universitario vive y escribe en los confines del mundo, en el país más austral del mundo. Su hijo un día emigró y eligió vivir en otro lugar. Eligió la distancia. Eligió corroborar esa distancia que ya entonces existía entre ambos.
Podría afirmarse que, en los libros arriba mencionados, encontramos un abanico de matices, desde una distancia cero, es decir, una cercanía total, que es el caso de Héctor Abad Faciolince (por lo mismo la tragedia es mayor), hasta una distancia abismal, tal es por ejemplo el caso de Kafka. Como quiera que sea, la necesidad de hacer cuentas con el padre, con su vida o con su muerte, es siempre la razón fundamental de estos escritores. Poco importa cual sea la distancia.
Pero la distancia no es un asunto del destino o de la casualidad. Posee sus causas y azares y estas son con frecuencia sociales. A pesar de esa distancia cero, presente en el libro de Héctor Abad, la relación con su padre se realiza en un contexto social determinado que se interpone. En el caso de El olvido que seremos es Colombia azotada por una guerra sucia entre el gobierno y la guerrilla.

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Los trasfondos literarios suelen al final ser el resultado de un conflicto mayor. Estos conflictos son de orden cultural, político, incluso ideológico y a veces hasta religioso. Con frecuencia ese conflicto se materializa en una distancia generacional. Y con frecuencia esa distancia se convierte en una distancia real y material entre el progenitor y su descendiente, instalando entre ellos una barrera de miles de kilómetros. Con frecuencia la propia existencia de unos, ya sean padres o hijos, depende justamente del esfuerzo o de los sacrificios de los otros. Llamamos a eso de muchas maneras. Le llamamos emigración, escape, exilio, asilo, etc.
Y aquí pido permiso para lentamente empezar a volver al libro de Abad Faciolince y al mismo tiempo doblo en una esquina y luego me detengo un instante sobre esa cuestión de la distancia real.
Primero que nada me permito compartir un pequeña y cotidiana historia de Praga. Conozco un bar en el centro de Praga donde trabaja Svetlana. Ella afirma que su nombre es Svitlana, pero allí se acostumbraron a la variación checa. Svetlana es ucraniana y se levanta todas las mañanas y va a ese bar a lavar los baños, luego se va y vuelve a eso del medio día a ayudar al cocinero a preparar el almuerzo y lavar los platos sucios que dejan los clientes, luego se va de nuevo y se lleva una ruma de cartones, más alta que ella, y que deposita en los contenedores de reciclaje. Luego Svetlana nuevamente regresa a ese bar al atardecer y nuevamente ayuda al cocinero a lavar y limpiar hasta medianoche.
Svetlana es joven, está casada y su trabajo es duro. Pero lo más duro de la vida de Svetlana no es su trabajo. Lo más duro es que ella tiene que pasar largos meses, a veces tres o cinco, sin su pequeña hija, a la que ama y a la que suele telefonear casi a diario por no poco dinero. En ese bar trabaja otra gente, también tienen hijos, pero los ven cada noche cuando llegan exhaustos a sus casas y la vida de Svetlana poco o nada les concierne.
Se afirma que la República Checa está en crisis (un poco), sin embargo es un país próspero. La época en que eran los checos los que emigraban ya hace mucho que pasó. Por lo demás, aquellos que por aquellos tiempos no lo hicieron y se quedaron aquí, más bien envidiaban y sentían rencor por quienes se aventuraron a huir y cruzar la frontera, esa línea donde algunos murieron a balazos o despedazados por los perros. Por los perros comunistas, se entiende.
Cada vez que voy a ese bar y hablo con Svetlana tomo conciencia de que son miles y miles por todo el mundo. Que esto sucede a diario. Que son distintas diásporas que trabajan i viven en otros lugares. Son, sobre todo, hijos y padres (o madres). Están lejos de sus padres o niños y quizá en algunos años alguien escriba un libro similar sobre ellos.


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Pero dije hace un instante, que deseaba volver sobre el libro de Héctor Abad. Y esto porque la cuestión del emigrante también allí está presente. Antes de que su padre fuera asesinado, tanto el mismo Abad, como el personaje principal, su padre (y los amigos de su padre), debieron varias veces huir de Colombia. Así, la migración es otro fuerte tópico de este libro. La migración que salva vidas. La propia o la de los familiares. Y ahora debo confesar que no sólo escribo esto debido a la importancia de la figura del padre como personaje en la literatura, si no por la migración y también porque Svetlana está la próxima semana de cumpleaños y por fin viajará después de tres meses a casa a ver a su hija.
Pero tengo otra razón más (o pretexto). Esa razón es un personaje casi ínfimo y casi sin importancia en el libro de Abad Faciolince. Es un simple detalle, una circunstancia en el relato, una bambalina de la narración. Y debido a que todos los personajes del libro son gentes reales. Hombres de carne y hueso. También este personaje insignificante debe ser verdadero.
El libro que acabé de leer casi para el Día del padre es parte de la edición Booket de la editorial Seix Barral. Es el número 2310 de la colección. En la página 151, al comienzo del capítulo 27 se narra que Marta, la hermana del autor, cuando era niña, era la estrella de la familia. Era inteligente, alegre y vivaz. Se narra que desde sus cinco años tocaba el violín y frecuentaba cada tarde las clases del instrumento en el conservatorio de la ciudad, donde la esperaba el profesor checo y violinista Joseph Matza. Dice Abad Faciolince, que se decía que este profesor checo había sido miembro de la Opera de Freiburg y que había emigrado a Colombia. El libro dice que este Joseph Matza, no sólo, le afirmaba al viejo Héctor Abad Gómez, al padre asesinado del autor, que en mucho tiempo no se había topado con tanto talento, sino que se afirma allí que este Joseph Matza, perdido en esos trópicos colombianos, llegó a dirigir la filarmónica de la universidad, la que cada domingo tocaba en el Parque Bolívar.  Abad nos dice en su libro, que este checo perdido tocó todo lo que era posible tocar con aquella pobre orquesta colombiana y que acabó amargado y alcoholizado en las calles de Medellín. Desde donde lo recogían cada mañana sus discípulos. Bebía y vagabundeaba por las noches, e incluso los mendigos lo protegían y decían: “El maestro está borracho, déjenlo dormir”. Abad nos dice que el maestro Matza, en sus horas de educación musical, miraba con un amoroso odio su violín y les decía a sus alumnos: “es mi enemigo íntimo”.



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Busqué lo que fuera, cualquier dato, sobre este misterioso Joseph Matza. Y encontré. Estudió en Praga. En el conservatorio. Fue un alumno virtuoso y daba conciertos. En  1930 partió con éxito en gira por Latinoamérica. Pero la gira acabó siendo para siempre, ya que por todas partes los latinoamericanos le pedían conciertos al maestro. Algo poco raro de un continente aun en bruto. Tanto, que finalmente fue nombrado profesor en Colombia y pronto dirigente de la Filarmónica nacional. Joseph Matza cambió su apellido para evitar que fonéticamente se lo deformaran, como el nombre de Svetlana. No sé si el originario Josef Maca fuera o no padre de algún linaje de posteriores latinoamericanos de origen checo. Sin embargo, sé que era hijo y que cuando un día por fin se aprontó a visitar su querida Checoslovaquia natal y a su padre, o la tumba de su padre, justo su país fue ocupado por lo nazis. Josef Maca no retornó nunca a Praga. Aquí, nadie sabe nada sobre él. Es como si no hubiera existido nunca.
A Héctor Abad Faciolince ya nadie puede devolverle a su padre. Ya no existe. Fue asesinado. En lo que a mí respecta, puedo en cualquier momento volver a casa, al fin del mundo y visitar a mi olvidado y olvidadizo padre. ¿Y Svetlana? Svetlana también. Por eso lo hace y regresa regular y religiosamente a Ucrania a ver a su hija pequeña, y se queda un tiempo hasta que la reemplaza su madre. Siempre luchando por los putos papeles, los putos permisos de la policía de extranjería. Ni siquiera Svetlana parece aquí existir. Los checos olvidaron que ellos un día también fueron forasteros. Pero quizá no lo olvidaron y precisamente por eso, porque quizá es una forma de desquite.
A veces escucho la graciosa melodía de un violín, una melodía que me recuerda un péndulo permanente, que es la distancia o la cercanía entre padres e hijos, entre progenitores y descendientes. A veces siento a ese íntimo enemigo, su regaño.  

Praga 24 de junio del 2011 

2 comentarios:

Anónimo dijo...

El recuerdo hecho investigacion( muy checo por cierto) es interesante, sin embargo, el texto se estropea con tanta frase hecha, repetida, cliche, que no aporta nada,hace decaer la atencion y entorpece la vista.Es buena la propuesta, pero definitivamente hay que mejorar la prosa, fundamental para llegar a algo en literatura.:-)

Jorge Zuniga dijo...

Agradecido