Maniqueísmo
La vida tiene vueltas extrañas. Al fotógrafo chileno Héctor Tapia Prieto lo conocí por casualidad en París, hace unos años. Pertenecía a esa raza de sabuesos que olfatean de lejos a su presa. La vigilan hasta el instante en que la acorralan, o bien, por medio de un extraño instinto, la dejan ir, para luego, igual atraparla.
Sucedió así.
Visitaba la llamada Ciudad Luz, gracias a la invitación a una exposición de pintura que me hizo llegar un pintor parisino. El artista vivía en la Rue des Solitaires, a pasos de Belleville. Así que quedamos en reunirnos por esos lados. Yo frecuentaba ese barrio chino por varias razones. Aunque hay que decirlo, sólo yo lo llamaba barrio chino, porque no era chino el barrio, más bien estaba plagado de chinos; de chinos chinos y de chinos franceses. Una de las razones para visitar ese barrio era el trajín multicultural de las calles y la quietud multicultural de Père Lachaise. Ese cementerio que quedaba en el boulevard contiguo y al que yo solía pasar a visitar tumbas, como la de Asturias, o la de Oscar Wilde o al maestro Perec, y sin duda la del gran Gustave Doré. Cada vez que podía, pasaba a visitar muertos.
Pero al barrio se lo conocía también como el barrio de los pintores, por lo tanto había cierta lógica en encontrarnos por ahí. Conocía el barrio gracias a reuniones pasadas con dos amigos que vivían allí. Y eso era otra razón para visitarlo. De esos amigos, uno de ellos era justamente pintor; el naive Nacho Carrasco. El otro no. El otro era el poeta José Velarde, un poeta peruano. Este poeta vivía a pasos de la esquina donde empalmaban el boulevard y la rue que llevan el mismo nombre, y en cuya esquina solía Velarde comprar algún periódico del país andino. Ignoro cuál. En esa esquina, supuestamente, vendían los periódicos de todos los países del mundo, indicaba el poeta. No me quedaba otra que creerle, mi francés era desastroso y no se me pasaba por la cabeza hacer la consulta o comprobar aquello mediante la adquisición de algún diario checo. Mucho menos comprar uno chileno. Por nombrar las únicas dos lenguas que me incumbían. Que se vendieran todos los diarios del mundo en un solo sitio me parecía algo digno de Borges, una suerte de aleph informativo. Sin embargo, me daba lo mismo y no iba a gastar mi escaso dinero en evidenciarlo.
El pintor parisino de Belleville del que hablo, resultó ser en realidad un chileno de Valparaíso. Según él, era en realidad un pintor latinoamericano. Se trataba de un tal Manes Juppé. Nos dimos una cita por señas en un boliche llamado Les Trois Chapeuax, ubicado sobre la Rue des Cascades. Juppé quería, nada más y nada menos, que yo asistiera a una vernissage auténtica, y aclaraba que la palabra vernissage solía ser, en muchas ocasiones, una ambigüedad. Juppé, como tantos otros pintores, solía participar, cada año, de las llamadas Aperturas de puertas. Esto, para quienes no tenían la suerte de abrirse camino en galerías era prácticamente la única oportunidad de dar a conocer sus trabajos al público, eso explicaba Juppé. No obstante, el pintor me invitaba a una auténtica exposición.
Juppé resultó ser un tipo grueso y bonachón, de semblante achacoso. Lucía una barba de tres días muy blanca y raleada que lo envejecía. Le estimé unos sesenta. A los sumo sesenta y cinco. Semanas antes me había hecho llegar una carta en papel de arroz y con bella letra, donde anunciaba -en un tono poco más o menos que generoso- su intención de por fin exponer en la bella Praga. Esto sonaba a desfachatez. Ese era el propósito de tanta invitación, concluí. La carta informaba de su plan. Tras una inminente visita a Dresde, proponía su muestra. Ya que iba a estar tan cerca, conjeturaba, Juppé deseaba exponer en la galería que entonces yo tenía a mi cargo.
A mí, que llevaba unos años montando exposiciones e invitando gente desde París, no me pareció mal la idea. Confieso que era para mí un verdadero misterio saber cómo diablos el tenaz y laborioso pintor se había enterado de mi galería en Praga. De la galería que yo tenía a mi cargo, para ser exactos. Después me puse al corriente de que Juppé pertenecía a un círculo de gente que yo conocía en París. Alguien le había pasado el dato.
Días más tarde del encuentro, Juppé me invitó a cenar a su casa una carne de cerdo al horno y pastelillos de tarana griego. Allí pude ver una variada producción de cuadros, de todos los tamaños imaginables. Juppé parecía poseído por algún tipo de inquietud megalómana. De todos los rincones de su casa salían telas y bastidores, algunos enormes. Juppé era algo así como la versión en pintura de un escritor enciclopédico, cuya obra completa, a la hora de su muerte, abarcaría una hilera considerable de varios tomos.
Juppé estaba casado con una profesora de arte, también chilena, con la que no tenían hijos. Según ellos, se negaban rotundamente a tener hijos en el exilio, eso confesaba la pareja. Decían que sus hijos eran sus cuadros. O sea, ese numeroso orfanato de obras que sonreían desde algunas paredes, o bien, lloraban y corrían por los rincones y pasillos de su casa. Algunos con las rodillas rotas, con los mocos colgando, otros ocultos haciendo maldades. Esto es una metáfora, obvio. Quise insinuarle que el exilio ya se había acabado hace rato, pero mejor callé.
En lo que a mí se refería, tenía diseñada una filosofía personal respecto al quehacer de la galería del Dogbar. En ningún caso podía aspirar a llevar a Praga, a algún artista famoso desde París. Eso jamás. Primero, porque la galería, en realidad, más parecía un comedor y sus paredes color azul, además de la escasa luz del lugar, estaban condenadas a la indiferencia de los críticos locales. La galería estaba muy lejos de ser lo que un buen artista deseaba. En segundo lugar, el objetivo no era el arte por el arte, sino que, más bien cumplía un rol decorativo. Era un espacio de arte para principiantes, experimentadores, aventureros e incluso artistas fracasados. Fuera como fuera, había que buscar artistas y yo era el encargado.
Dudaba, –por un lado- entre la inquietante y tentadora opción de hacer pasar en Praga por artistas de primera a esos artistas que encontraba en París -siempre consiente del inútil entusiasmo de ellos, y sin importar la eventual escasez de calidad-; o bien –por otro lado- la alternativa de dedicarme a una precaria tarea de descubridor de talentos, tipos en pañales, incomprendidos que algún día serían famosos.
Pero quién era yo para decir lo que era bueno y lo que era malo. Digamos que todo, en el fondo, era cuestión de gusto. Algunas cosas me gustaban, otras no. Lo que me gustaba, pensaba, era lo bueno y lo que no, lo consideraba malo. Con todo, yo valoraba la actitud de los malos que creían que eran buenos y les organizaba exposiciones en Praga, como si fueran famosos. A los buenos, también. Pero con estos, no había tanto cuestionamiento.
Pero no nos adelantemos y volvamos al asunto. Como decía, la primera vez vi a Juppé en Les Trois Chapeaux. Y resultó que Juppé, curiosamente, también conocía al Mono Trujillo y al Sordo Arias. El Mono llevaba ese apodo por peludo, Arias como secuela de la tortura. Imaginé que a través de ellos Juppé me había contactado. Juppé lo confirmó. Antes de ir al grano, trabamos una conversación plagada de lugares comunes, asuntos que no tenían nada que ver con pintura, ni con este relato, pero la vida era así. Un ejemplo: la leyenda del Mono Trujillo. Yo ya la conocía, pero escuché al pintor por cortesía. Se trataba del origen del apodo de Trujillo.
Fue después del golpe de estado de septiembre de 1973 en Chile; en un campo de prisioneros, en el campo de concentración de Ritoque. Según Juppé, cada vez que Trujillo se enfermaba, y lo hacía a menudo, dejaba éste de asistir por las mañanas al conteo de presos. Los militares sacaban a los reclusos muy temprano a cagarse de frío a la intemperie y los dejaban parados en fila delante de las barracas. Tras el conteo, a veces faltaba Trujillo. El soldado a cargo gritaba y un guardia partía a mirar si efectivamente Trujillo yacía en su cama dentro del galpón. Cada vez que aquella labor le tocaba a un pobre soldado raso, el muchacho salía de la barraca alarmado, anunciando que Trujillo no estaba y que en la cama de Trujillo había un preso nuevo. Juppé contaba que Trujillo tenía una curiosa particularidad: le crecía la barba tan rápido, que en cuestión de horas parecía ser otra persona. Otro preso. Esto causaba revuelo en todo el campo de concentración.
Indagué como sabía todo eso. Era una infidencia del Sordo Arias.
Padrastrería
Era una noche agradable el día de la inauguración, excepto por el ambiente premeditadamente calculado del vestíbulo de un moderno hotel de cinco estrellas, cubierto de lamparones y alfombras bermejas. Para ser sinceros, el hotel era feo y estaba en el corazón mismo del barrio de La Defensa. Un barrio también feo.
El pintor iba vestido como un dandy: unos zapatos ridículos de un curioso color vainilla, un chalequillo de tela verde nilo; en el cuello un llamativo pañuelo de seda de un brilloso azul cobalto con ribetes dorados. Manes Juppé, en medio de la sala, se asemejaba a un bailarín ruso a quien unos largos cogotes de cisnes le arrebataban tarjetas de presentación de las manos y que sacaba con encomiable destreza de nigromante, de un secreto bolsillín de su chalequillo.
Sorbía un trago en la barra del bar, cuando vi en plena vernissage la silueta de un hombre de unos cincuenta y cinco años o quizá algo más. Se acercaba y nadie lo notaba. Vestía una casaca verde olivo y unos jeans, botas negras y una boina, también negra. Sobre la boina, una estrellita. Puta, pensé, el Che Guevara en persona.
Una cohorte de tres tipos más se quedaron atracito. Como al aguaite. Me quedé mirando su caminar cansino con una extraña sospecha. Ahora por fin empieza lo bueno, pensé ya aburrido en una leve borrachera de coctelitos que iban por cuenta del hotel.
No pude evitar tener la alucinación de creer que quien entraba era algo así como un ajustador de cuentas, la versión anciana de un sicario. De improviso la música del piano se calló. Volteé la cabeza para mirarle la cara al camarero. Sospeché que el empleado haría algún gesto secreto a alguno de esos tipejos a sueldo que están en las recepciones de los hoteles y que suelen estar sentados en algún sillón leyendo el diario, mientras observan o quizá vigilan. Escudriñé con la mirada a ver quien llegaba a desalojarlo sin miramientos. Pero no se inmutó nadie. Los camareros siempre saben qué hacer con tipos como este, pensé. Pero no pasó nada. Si no hubiera dudado de todo lo que veía, debido a una incipiente ebriedad, hubiera creído que el trasunto de guerrillero, en cualquier momento iba a extraer una ametralladora y vociferaría algo. Hubiera asegurado que el sujeto que recorría la misma alfombra roja por donde caminaron minutos antes los invitados de Juppé, era el comandante en jefe de una nueva revolución armada. El patrón de una caterva de izquierdistas furiosos que acababa de triunfar en París, mientras yo baboseaba entre una gentuza falsamente distinguida. Ahora, el mismo comandante en jefe se apersonaba, allí, en La Defensa, tras la toma del poder, para comenzar los fusilamientos de rigor y acabar con esa farsa de mierda, imaginé. Mi entelequia iba demasiado lejos. Pero igual, yo miraba el espectáculo y conjeturaba una larga temporada del guerrillero en alguna sierra imaginaria o en el Bois de Vincennes o, por qué no, en el mismo Parque de Belleville. Estaba borracho y si seguía bebiendo, de seguro mi astucia mental me depararía muchas más visiones como esa. Rápidamente alcé la mano y le pedí al barman un vaso con agua
Con su pelo negro desordenado, y quizá hasta sucio, el caudillo llegó hasta el final de la alfombra roja. Me pregunté de súbito, cómo era posible que el pintor realizara su vernissage en un lugar así. Juppé sintió incomodidad al ver la facha del recién llegado.
Confieso que mi visita a esa exposición estaba, en buena parte, dada por mi búsqueda de nombres. Me había convertido en un cazador de datos, ladrón de contactos, cronista perdido, buscaba aventureros a bajo precio, mercenarios del arte, tipos dispuestos a jugar el falaz juego de la fama. Todos aquellos que deseaban irse conmigo, a cambio de poco dinero y de una popularidad fugaz y local; algo que más bien inspiraba una profunda tristeza. Gente hambrienta de una única noche de gloria en un país extraño, en una ciudad para ellos exótica y lujuriosa: Praga.
Cuando por fin vi los ojos del pintor al voltearse a ver al comandante que llegaba, sospeché que su mirada escondía un abrazo de aquellos que se llevan guardados por años. Miré de soslayo a mi costado. El más sorprendido de todos era mi acompañante, el Sordo Arias. El Sordo -al verlo-, se largó a reír. Hacía aspavientos exagerados. Cuando se volteó a verlo, se observaron o se midieron, a mí me pareció por un momento que ambos tenían algún tipo de cuentas pendientes y que nada bueno saldría del viento de ese encuentro.
Mi sed de diletantes colmaba su copa rancia, pensé. Miré al Sordo acercarse al comandante. Mientras yo le pedía un nuevo tequila al mozo, el Sordo, con un gesto amigable, me llamaba hasta ellos para presentarme. Héctor Tapia Prieto, fotógrafo, introdujo Arias.
La idea me vino al toque: una exposición en Praga con seminario incluido o una charla acerca de alguna nueva técnica o vanguardia contemporánea, cualquier payasada de esas le venía bien al Dogbar.
Tapia resultó ser un chileno amigo suyo que hablaba español de España. Más que amigo, habían sido convivientes en años de desahucio económico en Francia. Y aun más, para mi sorpresa, habían sido pretéritos amantes de una misma mujer, la cual nunca compartieron simultáneamente, aunque esto no quedaba cien por ciento claro en la conversación. Al ánimo de unos tragos pude enterarme que aquella historia de faldas compartidas tenía un extraño colofón. Tapia había asistido a la niñez de una de las hijas que mi amigo Arias nunca más había vuelto a ver. Al menos hasta el día en que la misma niña lo buscó, quince años más tarde. Pero eso era otra historia. Héctor Tapia había sido -por unos años- el padrastro de su hija.
Tuve la sensación extraña del signo, sospeché la idea de un cruce que podía convertirse en una suerte de condena o maldición; en algo que terminaría siendo el motivo central de toda esa búsqueda: esa extraña paternidad de los exiliados.
Total que, un pequeño grupo abandonamos a Juppé y nos fuimos a refugiar al barrio de Belleville, a un bolichito pequeño y acogedor llamado Lu Pascalu, un barcito de la Rue de Rigoles. Ambos sujetos, que llevaban una eternidad sin verse, procedieron a recordar tiempos pasados. Historias como la acaecida durante aquel duro invierno de exiliado, a mediados de los setenta, cuando todos ellos estaban recién llegados. Todos tiritando de miedo y de frío.
Corrían años de dolor y desilusión, años de penurias y de desesperanza. Acababan de matar en París a Eugenio Lira Massi; lo acababan de matar de tal manera que parecía que no lo habían asesinado. Parecía que se había muerto solo, de tristeza y en su casa. Pero todos sabían que había llegado un agente a París. Un agente chileno, un asesino a sueldo. Alguien les pasó la voz a alguien, alguien que trabajaba para los dos lados. Un colaborador, un agente doble. Nadie sabía cual de ellos era la misión del asesino. Muchos evitaban por esos días salir a la calle.
Por esos días, en el estrecho departamentito de refugiado latinoamericano de la Allée Jacques Cartier del barrio de Choisy le Roi, habitaban el Sordo Arias y Héctor Tapia. Una tarde, llegaron a tocar la puerta, lo que es un decir, ya que el nombre de los dos chilenos se podía leer en el timbre a los pies del edifico. Los convivientes tuvieron miedo y sacaron sus fierros. Pero no hubo tiros. Eran dos tipos. Dos chilenos que huían y pedían refugio. Dos huérfanos en busca de adopción. No me quedaba claro, de qué diablos huían esos dos. Pero eran refugiados pidiendo refugio. Eran refugiados al cuadrado. Se les concedió permiso de cama, recordó Tapia. Según los dos amigos, que ahora recordaban delante de mí, se vieron en la urgente necesidad de ensanchar los tísicos límites de la solidaridad del exiliado y les brindaron asilo y cabida a los dos sujetos. Al principio no les hicieron preguntas. Venían en una declarada indigencia. Los personajes eran un tal Gerardo Ochoa, al segundo, lo llamaban Negro Antolinez.
Semanas más tarde, pasaban una temporada de escasez de empleo y de soberana hambruna. Por aquel entonces el único que tenía trabajo de chofer de trailer en un supermercado y que mantenía a la curiosa familia era el Sordo Arias, como un padre, o un padrastro, abnegado y pobre. Algo que hacía con amor y entrega, aunque los bienes no fueran los suficientes para satisfacer las necesidades de aquellas otras tres bocas hambrientas. Contaban los reunidos en el bolichito de Belleville, que en una ocasión se encontraban realmente en la peor de las crisis alimenticias, cuando una buena mañana, uno de los alojados decidió tomar la iniciativa. Nadie sabía que diantre se traía entre manos el tal Gerardo Ochoa. El caso es que era el más apto en materia de idioma y –al parecer- su estrategia funcionaba a la perfección. Durante semanas, llegado el día jueves, Gerardo se levantaba de madrugada, se envolvía en un gamulán viejo y usado y se marchaba.
Gerardito, como lo llamaba el Sordo, se levantaba el cuello del sobretodo y lo amarraba con una bufanda. Se calzaba una gorra de lana chilota y salía temprano, secretamente, como si se tratara de un asunto de espionaje. Horas más tarde regresaba: el abrigo abierto, la serpiente de lana colgándole del cuello y el pompón de lana del gorro asomándose descuidado de uno de los bolsillos. En ambas manos portaba sendas bolsas plásticas con festines de mariscos, pescados y toda clase de monstruos marinos que brotaban como erupciones. Apenas hacía entrada, el penetrante aroma despertaba la poesía gástrica de los aun durmientes comensales, iniciándose así, un verdadero motín a bordo en el décimo piso del Sordo Arias. De inmediato el Negro Antolinez tomaba la iniciativa y asumía la crucial labor de preparar la comida. El Sordo se volcaba a la tarea de descorchar la botella de vino que nunca faltaba y que religiosamente escondía. Ninguno de ellos conocía el origen de tales privilegios y nadie quería romper el tabú de cada jueves, quizá por el miedo a que la suerte, con la que contaba Gerardito, de pronto se esfumara. El hambre causaba estragos y por semanas creyeron en aquella superstición, sin atreverse a preguntar nada.
Uno de esos tantos jueves, la curiosidad de los tres personajes llegó a su máxima expresión. Así la noche anterior, decidieron por unanimidad que, subrepticia y previamente complotados, tomarían cartas en el asunto. Dispuestos a adueñarse del misterio de Gerardo Ochoa, simularon esa mañana de jueves, un sopor absoluto. La tarde del miércoles lo habían hablado. Habían cenado como de costumbre, pasta con champiñones y un vino de dudosa calidad. Luego, como de costumbre, desarmaron el sillón del living del Sordo, estiraron unas colchonetas en el pasillo que daba al baño y se fueron todos a dormir. El Sordo y sus dos coludidos, sin que Gerardo lo notara, se acostaron vestidos. Concertados en el plan que darían curso, esperaron con paciencia. Al amanecer, lo oyeron salir. El golpe que hacía el ascensor al cerrar sus filudas puertas decretó el inicio de la persecución. Se fueron detrás de Ochoa. Lo vieron cruzar la plazoleta de aguas y chorros de la esquina. Gerardo cruzó la calle que separaba la plazoleta del mercado que se instalaba cada jueves. La peor sospecha de los indagadores se concentraba en la eventualidad de que el bueno de Gerardo estuviera cayendo en el delito del robo. Pero no fue así, no había tal fechoría. Muy por el contrario. El custodiado conviviente se había convertido en el nuevo galán de una rosada y corpulenta mujer de rasgos bretones, de grandes pechos y de –al ojo del Sordo- no menos de cien kilos.
Era una gorda impresionante, acotó Tapia y se zampó su copa de Corbiere al seco. La lechosa mujer bebía de las aduladoras palabras de Gerardo, probablemente extrañadísima de los adjetivos amorosos en el limitado francés del hambriento seductor chileno. Calificativos que Gerardo no dudaba, en lo más mínimo, en condimentar manualmente, con toda suerte de toqueteos y abrazos que se traducían en risitas detrás de una gigantesca bandeja de acero cubierta de barras de hielo y granizadas de hielo picado, donde dormía la más deliciosa zoología marina, un mar de ojos submarinos y muertos observaba al Don Juan Ochoa.
La orden de retirada a la tropa de marabuntas fue acatada con valentía y sentimentalismo. Volvieron a casa y decidieron que lo esperarían, como de costumbre, como cada jueves, pero esta vez con la mesa puesta, con una improvisada botella de vino y el concerniente saludo a la bandera, que era una pañoleta de un movimiento armado que usaban como mantel y que ellos creían, por unanimidad, que Gerardito Ochoa merecía con honores.
No pasó ni una hora y Gerardo cruzó la plazoleta, rodeó la pileta y subió en el ascensor con la nariz apretada, custodiando la caprichosa mezcolanza que propiciaban los hedores a orines del elevador del edificio del Sordo, los cuales, junto a la fragancia de las bestias marítimas, hacían del aparato un sitio irrespirable. El Don Juan chileno regresaba, nuevamente cargado de trofeos. Al entrar los encontró sonrientes, sentados en torno a la vieja y tajada mesa de madera de la cocina. Ahora abanderada. Sobre las tres letras del paño, cuatro copas y una botella de Chardonay. Sobre la estrella, un resto de pan, lo demás era la sonrisa cómplice del Sordo, que lo inquiría acerca del refinado menú de ese nuevo día. Más tarde alguien rompió el silencio.
Héctor intercambiaba temas con el Sordo, yo bebía mi copa. Pocas veces me tocó ver al Sordo guardar silencio, lo que tenía de sordo lo tenía de vocinglero. Aquella noche mi amigo quedó relegado a escuchar las narraciones del fotógrafo, que ya no sólo había perdido por completo el acento latino, sino que había terminado por mimetizarse en una constante de palabras como: chaval, joder, ostia y con anécdotas curiosas como la vez que –recién llegado a Madrid, que pronunciaba madriz- había invitado a una chica española a comer a su casa. La muchacha había entrado al baño a lavarse las manos para luego salir sonrojada y sorprendida de la obscenidad de la decoración nostálgica del exiliado chileno, Se trataba de un viejo cartel chileno que cubría la ventana rota de la puerta del baño y cuyo texto la invitaba, según ella, groseramente a follar. Tapia se estrujaba de la risa. El cartel pegado por dentro no invitaba a nada más que a comprar un numerito de la lotería chilena: “Gánese la Polla Chilena de Beneficencia” versaba el afiche. Nada de pollas, le había aclarado Tapia.
Héctor Tapia Prieto era sin duda la estrella de esa noche, y mi objetivo no era otro que comprometerlo. Quería llevarlo a Praga. Pero a lo único que el fotógrafo y yo atinamos esa noche fue a intercambiar nuestros respectivos correos electrónicos. Luego nos separamos. Pasaron unos días, y ya me encontraba de regreso en Praga.
Con Héctor Tapia iniciamos una inestable travesía virtual por medio de nuestros correos. Así transcurrieron varios meses. Juppé realizó su exposición en el Dogbar recién en mayo y vendió el cuadro donde pintaba a un acordeonista triste. Lo compró un holandés homosexual que visitaba Praga; un turista.
Idear la estrategia para que Tapia Prieto, -en esas fechas ocupadísimo en hacer un libro de tauromaquia para la Taschen-, cayera en mi trampa y expusiera sus trabajos en Praga, no era nada fácil. Tengo que volar a Chile, me escribía en un correo, unas semanas más tarde. Parto ahora, en unas pocas horas, y estaré algo más de un mes. La carta era escueta, simple, con un tono lacónico. Debajo del nombre: un número de celular y el número de un departamento en calle Santa Isabel. Según Tapia, acababa de contactarlo su pasado, para quienes, decía, haría un trabajito. Quedé intrigado. El escurridizo fotógrafo parecía tener una misión en Chile.
Orfandad
Las cosas no eran tan simples. Héctor Tapia viajaba a Chile después de dieciséis años de exilio y otros once de inercia. Llevaba en total veintiséis años sin ver a sus cuatros hijas: Gabriela, Carola, Brilda y Rocío.
Tocó que yo también volaba a Santiago. Exactamente tres semanas más tarde. Y esto por razones que valen para otra historia.
Tomé el vuelo 526 de Lufthansa, y pensé en buscar uno de esos hotelitos de mala muerte en el barrio céntrico de Santiago. Me sentía extraño. Tenía la sensación de parecerme a una suerte de informador, o de asesino a sueldo, un trasunto del asesino que viajó a París en junio de 1975 y mató a Lira Massi. Recordé la impresión que me había causado Tapia la primera vez que lo vi entrar a la vernissage del pintor chileno Manes Juppé.
Di con un hotel. Mi pasaporte tenía una nutrida colección de timbres raros, lo que provocó la mirada intrusa del recepcionista del Hotel Yungay. Me inscribí en el libro de huéspedes de ese sucucho con más pinta de hotel parejero que de pensión, ante la mirada fisgona del recepcionista guatón que atendía.
Si quiere usted llame por teléfono no más, pero no se lo recomiendo, le dije al casero, hablándole de una manera casi desequilibrada, como de cine negro, con la certeza de que todo recepcionista que se jacte de tal, ha visto esas películas baratas, donde los malos llegan a pocilgas oscuras, bromeaba. Perdón, hoteles, corregí, hoteles como este, dije con sorna. Para luego agarrarse a tiros con la ley, agregué. Donde los conserjes y porteros, por lo tanto también los recepcionistas, hice hincapié, mueren en tiroteos o de muertes horribles.
Sin esperar mucho de aquel tipo sudoroso, y sonriéndome, me largué a la calle para reencontrarme con Santiago. Me daba lo mismo lo que el tipo hiciera, yo estaba limpio. Completamente limpio. Sin embargo, recordaba el Chile de los años 80: los sapos, los interrogatorios, los macanazos. Pensé que de todos modos me tendría que mudar de allí.
Salí en dirección al mercado, llevaba una eternidad sin probar algo de las especialidades marinas del país. Comí como obispo, recordando la repetida expresión de mi amigo el Sordo Arias. Después busqué un teléfono público, pero todos estaban rotos, o bien me exigían una tarjeta prepagada que nadie vendía. Finalmente di con el único teléfono que quizá funcionaba en todo el centro de Santiago y marqué el número que me había dado Héctor Tapia Prieto. Mientras marcaba el número me di cuenta de algo. Era extraño que me lo hubiera dado, concluí. Como si esperara que yo fuera a necesitarlo. Aquella idea era absurda, pero real. Colgué el auricular y me senté en una banqueta un momento a pensar.
¿Qué pensaría Tapia de mí?, ¿Que lo había seguido hasta Chile?
Todo eso era ridículo. Yo había viajado por otras razones. Pero él no lo creería. Qué más daba. Finalmente marqué. El fotógrafo quedó mudo. Estaba sorprendido de lo que él llamó mi testaruda perseverancia.
Oye chaval, eres un cabrón, de los que se manda a la mierda o a los que se les confía la vida, me dijo, y propuso un encuentro en su dirección de calle Santa Isabel. Por el tono de su voz, supe que había dado en el clavo, que esta vez Tapia era mío y que me daría por fin una fecha para ir a exponer a Praga.
Nos encontramos finalmente en el décimo piso del departamento de calle Santa Isabel. El piso pertenecía a una de sus hijas, ya no recuerdo a cuál. El trabajito de Héctor Tapia era fotografiar un calendario para el grupo Illuni.
Ese día era domingo y contábamos con un par de horas para hablar de mis intenciones y de la exposición que quería que Tapia Prieto realizara en Praga. Salgamos a comprar un botellón de vino y algo para almorzar, le pedí con un fiero apetito. Tomamos el ascensor y descendimos. Me llamó la atención la manera convencida con la que saludaba a unos vecinos del edificio, quienes más bien se sorprendieron de su efusividad, reaccionando con un “buenos días” asustadizo y manso.
En la esquina de la calle nos hicimos de una botella de Carmen Margaux. Una cuadra más arriba, compramos unas empanadas de dudosa calidad, con algo que sugería carne y abundante cebolla. Héctor Tapia Prieto, a pesar de estar de vuelta en Chile, seguía hablando en madrileño (con todos sus gilipollas y machos correspondientes).
Bebimos el vino moderadamente, mordiendo con vocación las empanadas. Hablábamos mientras me mostraba una carpeta con algunos de sus trabajos; luego, empezó a contar su historia. Habló sobre los vericuetos de la casualidad. Del amplio desastre que podía ser la vida sin el azar, pontificó. Yo revisaba sus fotografías. Y mientras seleccionaba las que me gustaban, Tapia no paraba de hablar.
Veintiséis años, macho..., me dijo, mientras encendía un cigarrillo. Si tú supieras lo raro que me he sentido al venirme, al dejar allá todo tirado y partir. El tremendo miedo al reencuentro, veintiséis años sin ver a mis hijas, agregó Tapia.
El padre ausente, pensé en voz alta, mientras trataba de imaginarme al tipo que quizá había huido de la muerte, al militante, al refugiado, al sudaca, al fotógrafo que se había alejado lentamente de Chile hasta llegar a ser otro hombre. ¿Pero era todo eso verdad? Me detuve sobre un set de tres fotografías que representaban una reunión de clochards debajo de un puente. Los tipos bebían y discutían.
La patria ausente, aclaró, y traté de imaginar si era posible abandonar a los hijos por una ideología o por una causa o quizá por la fotografía. Si era posible pagar tal precio por salvar al mundo o por el arte o sus simulacros. Lo miraba allí delante de mí, con algo que era una mezcla de desprecio, pero también de compasión. Separé la foto de un niño con una barra de pan.
La extraña patria de los exiliados, dije con cierto temblor o miedo a ofenderlo.
La extraña paternidad de los exiliados, supuso, y yo me acordé haber pensado eso alguna vez. Luego dijo que ahora él estaba de vuelta. Él. Él, repitiendo sucesivamente el pronombre que lo sindicaba. Ese que se cagó en ellas por completo, el que anunció muchas veces venir y nunca vino, empezó a decir, agregando frases lacónicas, como si contarle a alguien su historia fuese una urgencia catártica. Yo guardaba silencio. Tapia Prieto hablaba.
Llamé a mi amigo Roberto Mercado desde París, dijo. Unos días después de que lo habían contactado para hacer un calendario, agregó. Yo no sabía de quién me hablaba. Que por favor lo fuera a buscar al aeropuerto, le había pedido.
¿Sabes quién es?, me preguntó.
Pues a decir verdad ni idea, le contesté y me alistaba a preguntarle por una cantante, una foto de hermosos colores, que parecía de otra época.
El vocalista y líder de Illuni, aclaró. Miraba al tipo que había encontrado en París, ahora sentado bebiendo el vino que acabábamos de comprar, sin saber si todo lo que me decía era cierto. Lo veía cubierto de un miedo atávico, me decía que no sabía si sus hijas irían al aeropuerto, o si esperarían el momento apropiado para mandarlo a la mierda. Estaba allí con su misma cara dura y corroída, quizá con la extraña simbiosis del orgullo y la vergüenza. Contándome, por una parte, como si fuera algo normal, que él conocía a aquellos músicos, y, por otra parte, aclarando que había olvidado a sus cuatro hijas, como quien deja algo de ropa en un armario o unos libros olvidados en un cajón.
Pasamos por tantas con Roberto que ésta sería una más, añadió. Una más, claro, pero tenía miedo, narraba Tapia con convicción. Tapia me alcanzó un pequeño ejemplar, era un catálogo de una exposición colectiva en Portugal, en la carátula había según él una foto suya. La foto representaba gente en un basural y me recordó las fotografías de Sebastián Salgado o del checo Josef Koudelka.
Qué majo saber que después de muchos años siguen existiendo los amigos, determinó Tapia. Yo era fotógrafo de la Dicap en tiempos de Allende. ¿Sabes lo que fue eso?, me inquirió.
No, le contesté, mintiéndole, haciéndome el que no sabía nada de nada.
Sacando fotos con ellos en el norte los conocí, con ellos viajé por todo Chile, por largos años fui uno más de ellos, todo lo repartíamos entre siete, ellos los Illuni y yo. Yo era el Illuni de afuera...
Héctor Tapia Prieto hablaba y yo buscaba ubicarlo en alguna dimensión real, saber si esos recuerdos, después de tantos años, eran el reflejo de lo vivido o el espejismo de lo que, ahora, en aquella distancia, él hubiese querido vivir. No entendía. Imaginaba a las hijas, a la madre. Me era imposible concebir el perdón. Lo miraba y sentía rencor, como si el abandonado fuera yo.
Yo solía tenerle miedo a la mentira ajena, la propia era siempre una mascota adiestrada, la de los otros, un animal salvaje. De algún modo yo encarnaba también la mentira o la ficción, sobre todo con toda la quimérica arquitectura del Dogbar y su galería. No me turbaba la farsa cotidiana del arte. Pero sí me debilitaba, hasta la rendición, la falsedad historicista y la idea de una orfandad gratuita. La de esas hijas. Un precio pagado que reconstruíamos de pronto en los meros recuerdos, manipulándolos en un acto de impúdica purificación; la mitificación del pasado a partir de simples reminiscencias de esos fracasos rotundos. Ahí estaba la mentira que se restablecía en sucesos y rostros, siempre cambiando el orden pretérito por gastados arquetipos oníricos. En eso la función de la fotografía podía ser devastadora, pensé.
Roberto Mercado era el jefe, me dijo, mientras terminábamos la botella del Margaux. Héctor Tapia no paraba de rememorar. Yo miraba fotos. Mientras lo hacía, era como si se transformara, como si el espacio de su memoria lo trasladara a una región dudosa, a un espacio perdido en su interior; allí volvía a preguntarse a sí mismo, quién era. Yo prefería callar.
Me estaban esperando en el aeropuerto, imagínate, todas ellas, las cuatro, incluso con sus maridos. Estaban irreconocibles. Macho, si este país está irreconocible, qué aeropuerto se gastan ahora los chilenitos. Para mí, Roberto Mercado era el único fantasma identificable, confesó. Hablaba como si el abandono de una paternidad fuera el resultado de la derrota de su generación y no la acción de una voluntad o de una opción canalla, mucho menos un acto de egoísmo disfrazado de altruismo, donde lo que contaba era una actitud mesiánica.
Salimos del aeropuerto en dirección a Santiago, Roberto Mercado prefirió no venir, prefería que nos encontráramos otro día, me dijo. Esto es asunto de ustedes, le había dicho el músico melenudo de los Illuni. Mercado se había retirado pasándole a él una copia de la llave de su casa. El corazón de Héctor Tapia de seguro iba a reventar en cualquier momento. Al menos eso afirmaba el fotógrafo. Sí, mi corazón, insistió. Yo dudaba si confiar en ese chileno peninsular que imitaba o hablaba como un Zelig desde una identidad prestada. Dudaba hasta de la originalidad de esa ruma de daguerrotipos sobre la mesa. Tapia me señaló que abrazó a Mercado, agradeciéndole la llave y de inmediato se marchó con las cuatro mujeres.
A la semana, una vez instalado en Santiago, Tapia se puso rápidamente a trabajar con los músicos. Viajaron por pueblos insignificantes, fueron aplaudidos por admiradores triviales. Aquellos seres pasmados en una vocación autómata de nostalgias anacrónicas, por allá, en pueblos al interior de Chile, o en galpones extraviados en los suburbios de la capital, ahí donde el tiempo se había quedado quieto, donde aún creían que gobernaba el país un tirano. En frente de gente anciana que aun vitoreaban a Allende y al Che. Desquiciados que se emborrachaban y levantaban coligües como si fueran fusiles y banderas con colores peligrosos. De una carpeta negra extrajo algunas muestras de aquel trabajo. En efecto, los rostros de quienes aplaudían, rememoraban otro tiempo. Había puños, ojos acuosos, gritos.
Tapia hizo todo los tipos de fotos para calendarios que los años de práctica le habían enseñado. Recordó todos aquellos trabajos sórdidos: fotos de quinceañeras desnudas, ayudantías a paparazis chantajistas, robos de planos, etc. Todo aquello que un sudamericano casi ilegal y con antecedentes políticos de dudosa veracidad era capaz de hacer para sobrevivir en Europa, por allá por los pesados años setenta. Pero Héctor Tapia estaba pendiente, desde que aterrizó su avión, de otra cosa más; de una llamada telefónica que tenía que hacer, de aquello que era su mayor secreto, me explicó. Algo que iba más allá de aquel pasado remoto, aquello que sus cuatro hijas ignoraban.
Tras la emoción de los primeros días, una tarde, confesó, no pudo esperar más. Eligió el día del primer asado. En medio de un espectáculo de bandejas repletas con tajadas de tomates y cebolla aliñada, rodeado de platillos de greda llenos con pebre, junto a aquella abundancia de botellones abiertos, confesó su secreto. Mientras los hermanos Mercado volteaban bifes sobre las brasas, habló. Primero se lo dijo a las hijas. Las llamó a un costado.
¿Qué, qué?, fue la gran exclamación a coro de las muchachas. Sí. Tenían otro hermano. Pero, ¿cómo?, ¿dónde?, ¿desde cuándo?, inquirieron las mujeres, desconcertadas.
Desde siempre, les dijo, quieta y atragantadamente, como si al hablar desaparecieran de su cabeza todos sus reproches internos y una extraña valentía lo inundara. Una valentía que anulaba toda impudicia. Las chicas enmudecieron.
Se llamaba Pablo, señaló el recién inaugurado padre. Pablo Tapia, como ustedes, y debe tener unos veintisiete años. Es algo menor que tú, Carola, y mayor que la Rocío, balbuceó. Luego dijo que nunca lo pudo ver (o que quizá no quiso verlo).
Al menos esa era la versión que Héctor me contaba en el décimo piso de ese departamento de calle Santa Isabel. De inmediato Tapia continuó el relato. Llevaba su apellido. Eso sí. La madre de Pablo había decidido contárselo justo unos días antes del golpe, pero algo lo impidió, eso dijo. Así había sido. Años más tarde se lo había confesado por carta.
No sabía si creer todo eso que Tapia Prieto me narraba. Luego el fotógrafo explicó que él marchó refugiado a Francia. Que saltó por el muro de una embajada y solicitó asilo a fines de septiembre del año 73. Para mí, que jugaba a ser cazador de artistas, o de historias, en aquel momento supuse que en cada parte de la verdad había siempre algo de mentira y que en toda parte de mentira tenía que esconderse agazapada y con vergüenza, la verdad. En ese instante sentí que mis artimañas habían dejado de ser un método didáctico con el cual se podía ir por la vida buscando artistas, sin correr el riesgo de toparse con tipos como Tapia.
Había encontrado otra cosa. No sabía qué.
Imagínate cómo se pusieron mis hijas, agregó. Estaban locas, me pidieron que lo ubicara de inmediato. Al tiro, como dicen acá. A los días (exactamente tres) Héctor llamó a casa de los padres de aquella lejana mujer. Ella, lloraba y reconocía del otro lado la antigua voz que ahora paladeaba otra jerga. Fue una conversación telefónica casi interminable. Héctor pidió hablar con Pablo. La voz le tembló. Los modismos peninsulares del extraño que le declaraba su paternidad por teléfono intimidaron a Pablo. El sello lejano de las palabras del muchacho fueron drogando al fotógrafo hasta que Tapia Prieto se armó de valor e interrumpió aquel diálogo por teléfono para pedirle a Pablo que se encontraran; para decirle que había cuatro hermanas que necesitaban conocerlo.
Las cuatro hermanas se volvieron locas, estaban fuera de sí. Todos sufrían aquélla refinada mezcla de alegría, reconciliación y dolor. Con todo, la amenaza de una impiedad coronaba el futuro encuentro. Se dieron cita en casa de Roberto Mercado, el Illuni. Pero allí sucedió algo que nadie imaginaba. Cuando Héctor le dictó la dirección al muchacho, Pablo Tapia Rojas, el hijo del fotógrafo, le insinuó que ese lugar le era familiar. Pero el muchacho no supo acordarse.
Mientras oía a Héctor Tapia Prieto, al famoso fotógrafo chileno de París, contarme aquella historia increíble, pensé en la manera de cómo imponer un giro en la conversación, de cómo volver a hablar de fotografías y exposiciones. Después me di cuenta que estaba siendo testigo de un laberinto de padecimientos, algo que estaba en medio de una vorágine, donde todo se hundía bajo una carga de infamia: Lira Massi, había muerto asesinado en París, lejos de sus tres hijas en Chile; el padre de Roberto Mercado era un detenido desaparecido; el hijo de Héctor Tapia era -en cierto modo- un desaparecido que aparecía ahora; el apodo de Arias en París, ese Sordo, hacía un guiño brutal a las secuelas de la tortura de aquellos días de su cautiverio en Ritoque. Manes Juppé, un pintor de Valparaíso pintaba cuadros en París como si fueran hijos. Todo era excesivo, desmesurado y a la vez desvergonzadamente normal.
El encuentro había tenido lugar justo una semana antes de mi encuentro con Héctor Tapia en el décimo piso de ese edificio de calle Santa Isabel; donde ya casi no teníamos qué beber. Tapia me contó, cómo Pablo llegó a la casa de los Mercado, que era también la casa de Pilar (no estoy seguro si ese era el nombre de la hija del Illuni Roberto, que mencionó Tapia). La supuesta Pilar era, o había sido en otra época, amiga íntima de Rocío, una de sus hijas, quizá la más uña y mugre de sus amigas.
Eran las dos de la tarde. Se olía el aroma del asado en el traspatio, describió Tapia. El joven se acercó con temor. Conocía esa casa. Había ido muchas veces sin nunca sospechar que esa hogar encerraba sombras ocultas de su padre; de ese padre que nunca había visto. Todo estaba dispuesto para aquel encuentro, para una supuesta reconciliación, para la borrachera infinita que un encuentro como ese prometía. Pilar, o como se llamara, era la encargada de recibirlo. La muchacha abrió la puerta que Pablo había golpeado tantas veces durante su juventud. Hubo quizá una sonrisa cómplice e incauta, yo nunca lo sabré, dijo Tapia y yo me preguntaba, por qué diablos el fotógrafo me narraba todo eso. Luego me dijo que sintió como si los cabos sueltos que el mismo Pablo ataba mientras caminaba, amenazaran transformarse en nudos ciegos. Esos cabos sueltos que, sin embargo, se ataban y desataban a una velocidad brutal, mientras se acercaba a la puerta de esa casa, justamente de esa casa; cabos que temía atar y que al final se desharían igual.
¿Quién podía creer algo así?
Pilar y Pablo se conocían. Habían sido compañeros de enseñanza secundaria del Colegio Latinoamericano, durante cuatros años. Cuatro largos años, en los que Pablo Tapia había visitado la casa de Pilar Mercado, hija del Illuni Roberto y sobrina de ese tío Héctor. Personaje que ellos recordaban de vez en cuando, gracias a los cuentos y las anécdotas que contaba su madre y gracias a esas fotografías que decoraban una sala de la casa y que testimoniaban, bajo una dictadura, la memoria de otra vida. Tanto a ella, como a sus amigos, esos daguerrotipos les traían al presente, la historia del aguerrido grupo folclórico chileno de su padre. En algunas fotos, muy pocas, siempre al margen, en una orilla, aparecía aquel amigo fotógrafo exiliado. Eran fotos de antes de la salida al exilio del grupo, fotos que las hijas y los familiares del grupo Illuni habían traído consigo al volver a Chile, varios años antes de que autorizaran por fin a los folcloristas.
Pablo temblaba. Pasó al comedor, donde una mesa con vinos y carnes a la parrilla congregaba a aquellos comensales que eran su nueva familia.
Él es Pablo, tío Héctor, anunció, la joven que había abierto la puerta; pongámosle que sí se llamaba Pilar. Héctor se levantó de su silla y avanzó unos pasos. Gimoteaba. Me contó que le temblaban las manos, quizá como a nosotros mientras nos bajábamos el último concho de la botella de Margaux. Me contó que se abrazaron, que fue como si ambos estuviesen por años esperando aquel momento. Aquello sonó cursi pero no dije nada. Imaginé el encuentro en medio de una multitud de rostros que eran testigos y público a la vez, pero que para Tapia Prieto eran la cuota de anestesia que aquel encuentro exigía. Algo que le permitía, a mi modo de ver, cobardemente camuflarse.
Tengo que presentarte a tus hermanas, Pablito, le había dicho Tapia a su hijo. El muchacho lo observaba. Las muchachas se acercaron y lo saludaron. Acababan de ganar un nuevo hermano. En el aire había alegría y bronca; una sensación que en ese momento les pareció inigualable. Héctor y Pablo enfrentaron un profundo silencio de miradas y preguntas no formuladas. Planearon encuentros y paseos, se sentaron a comer y a darse direcciones y teléfonos. Ellas se los peleaban. Tanto al padre como al hermano. Querían saberlo todo. Quién era, qué música escuchaba. Por quién había votado.
¿Cuantas veces había Pablo mirado las fotos que cubrían una de las paredes de la sala? ¿Cuantas veces había hecho el remilgo ante el alcance de apellido de Tapia, el fotógrafo?
Tampoco el folclorista Roberto Mercado inquirió nunca nada acerca de ese joven que visitaba, hacia años atrás, siempre por las tardes, a su hija. Joven que llevaba un apellido similar al de ese amigo lejano que había compartido el exilio y que no regresó a Chile y que quizá no habría de ver nunca más, porque así eran las cosas del destierro y del destino.
La vida tiene vueltas extrañas, me señaló Tapia.
Luego Tapia dijo que Pablo, su hijo, miraba a una de las hermanas. A su hermana, o más bien, hermanastra. Yo miraba a ese padre y fotógrafo y trasunto de comandante parisino en el décimo piso de una calle de Santiago de Chile. Tapia relataba, como un condenado a muerte o a vivir esa extraña paternidad que era como estar condenado a muerte o a la soledad.
Así que te llamas Rocío, le preguntó mi hijo Pablo, mientras todos los miraban, detalló Tapia.
Pero luego nadie oyó el resto. Yo tampoco, aclaraba Tapia. Rocío y Pablo sabían de qué se trataba todo eso. Yo imaginaba el incesto. Se conocían. Ese contacto latente y lejano, como un símbolo, estaba en el aire o en el smog de esa mañana. Perdí hace años una amante y hoy gano una hermana, imaginó Tapia, que le había dicho su hijo Pablo a su hija Rocío. Pero no lo sabía. Imagínate eso, me impelía el fotógrafo.
¿Crees en las coincidencias?, me preguntó Tapia.
No sé, le repliqué. ¿Cómo no creer?
Hay que creer, pontificó. Es lo único que a veces nos queda. Creer. Tú y yo somos una coincidencia, agregó. Chile era ese sitio donde estaban pasando todas esas cosas fortuitas, pero quizá, a la vez, severamente planeadas. Quizá porque yo había recorrido media Europa y medio mundo para atrapar a ese fotógrafo chileno, él, Héctor Tapia Prieto, me lo contaba.
Desolación
Me despedí de Héctor Tapia esa tarde de domingo. Ya no sentía la necesidad imperiosa de llevarlo a Praga. Dejé las fotografías que me habían interesado en un montículo aparte sobre la mesa. Tapia deseaba regalarme una foto. No acepté. Insinué que me la diera en Praga. Prefería llevarme su historia. Quedamos en escribirnos algunas letras electrónicas, lo llamaría día más tarde para desearle feliz viaje a París. Hacía un calor pegajoso. Quise hacerle a Tapia una última pregunta y mientras me acompañaba hasta la puerta del edificio pensaba en ella, la amasaba con pudor y malicia. La quería formular, más que nada como una broma o una ironía. Un mal chiste.
¿Imagino que no tienes más hijos?, bromeé.
Aunque no lo creas, sí, confesó con el mayor de los desparpajos. Pero de eso ya hacía mucho que no sabía nada. Hacía mucho que no la veía, precisó. Luego Tapia aseguro que creía que la muchacha vivía en California. La respuesta me aturdió. Una mezcla de molestia y sorpresa se apoderó de mí. Antes de que pudiera apostillar su confesión, Tapia Prieto me extendió su mano y se despidió. Luego se perdió en el vestíbulo del edificio. Yo puse un pie en la acera caliente de calle Santa Isabel y me fui. Se me pasó por la cabeza que apenas regresara a Praga, abandonaría mi trabajo en la galería del Dogbar, pero luego me arrepentí.
Al regresar al Yungay me esperaban dos aburridos agentes de Investigaciones. Lo que pasó después, poco importa.
De Héctor Tapia Prieto, no supe nunca más nada. Hasta el día que leí esa noticia en un diario español.
Parcela Salto del Agua, La Vega, entre Til Til y Olmué, Chile.
8 de octubre del 2000
Praga 2002-2011
2 comentarios:
El tema del relato es anodino, el lenguaje muy rebuscado para el relato, falta soltura en la escritura.Se hace tediosa su lectura por lo plano y falto de giros que aceleren la exigua prosa ritmica que se puede extraer del texto. Es pulcro, pero opaco.Insisto: mas soltura y menos correccion gramatica a la hora de escribir, se percibe un español neutro,falta mas oficio.:-)
Gracias
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