domingo 10 de julio de 2011

Notas cuánticas a la inmortalidad de Facundo




“El día que yo me muera no habrá que usar la balanza porque para velar a un cantor con una milonga alcanza; doy la cara al enemigo y espalda al buen comentario, porque el que acepta una halago empieza a ser dominado, el hombre le hace caricias al caballo para montarlo.”
Facundo Cabral




Hay noticias que dan rabia. Pero hay coincidencias que juegan a ser circunstancia de esas noticias y que a uno lo dejan temblando en un rinconcito.
Cuando era un adolescente escuchaba decir a algunos trasuntos de místicos que el universo estaba relacionado y que -por ejemplo- si alguien, después de un brindis, lanzaba la copa en la boca de la chimenea, en el mismo instante en que los cristales reventaban en la piedra, quizá, en algún lugar del universo justo estallaba una estrella. No sé si eso sea o no así, algunos manuales popularizadores de física cuántica promueven metáforas similares.
Anoche, camino a un bar a ver a unos con los que me había puesto de acuerdo para beber, y para luego irnos a un sucucho colombiano donde trasmitían los partidos de la Copa América, iba sentado -quiera la coincidencia o no- en el tranvía, acabándome un libro que me hacía temblar. Se trataba de las últimas páginas de Desterrados de Alfredo Molano. En ese libro, unos breves relatos narran la tragedia colombiana, la tragedia del pueblo colombiano, azotado por los asesinatos impunes de los paracos como se le llama ahí a los paramilitares o a las brigadas de la muerte, o por los asesinatos impunes de los guerrillos. Iba en el tranvía y leía. Iba en el tranvía y un abismo de indignación se extendía por delante. Tras darme cita y beber algo con los susodichos, nos fuimos al barcito cerca de Újezd. Por supuesto partí sin miedo. Mis lecturas eran eso: sólo lecturas.
Apenas llegué vi caras conocidas. Algunas amistosas, otras menos. De entrada pasaron dos cosas: primero abrí una ventana, ya que el sitio era un cuchitril asquerosísimo y de baja estofa y el aire era irrespirable. La cerveza era pésima, y ya no servían nada para comer, pero las pantallas se veían nítidas y la gresca futbolística prometía una noche de gozo. Y ahí pasó la segunda cosa: antes de empezar el partido, apareció una leyenda en la televisión que notificaba el nombre del estadio: Malvinas argentinas. Me puse  a reír e hice el chiste de rigor. Dije: las Malvinas no son argentinas, son británicas, o mejor, las Malvinas son chilenas. Obviamente era una ironía, pero no faltó el argentino estúpido que miró feo. Luego para seguir con la misma sintonía y como iba acompañado de compatriotas bastante devotos de la parcelita nacional, me dio por hacerle barra al equipo contrario. Pero los que iban conmigo ya me conocen y eran mis amigos. Así que nada, sólo risas. Cuando terminó el partido, todos estábamos alegres, el resultado era encomiable: buen fútbol, lindos goles, un empate justo. Me apuraba a salir del antro a respirar aire fresco, cuando un tipo, que tenía una pinta entre de rockero drogadicto fracasado y entrenador de fútbol de tercera división, me alcanzó y habló con el inconfundible acento porteño. Primero me insultó y me dijo que no me quería ver más por allá. Yo suponía que el boliche era colombiano, así que no le di mucha mecha al che. Pero igual pensé que en una de esas, el tipo era algo del dueño: un socio, o amigo o quién sabe qué y le dije que bueno pero que al menos me dijera por qué. Al man no le gustó que yo me parara a pedirle explicaciones y se envalentonó. Cuestión que no le duró mucho, ya que los otros seis que iban conmigo no estaban dispuestos a que me cagaran a puñetazos. Entraron como a separarnos, pero yo no quería otra cosa, si bien estaba dispuesto a devolverle con creces cualquier pellizcón, yo sólo quería que me dijera por qué. Y me dijo. Me dijo que yo le caía mal, yo le dije que me dijera por qué le caía mal. El bruto no atinaba a otra cosa, más que a repetir lo mismo. Cuando le insistí, al final cambió la cancioncita y me dijo que le caía mal, porque yo me cagaba en todo. Me cagaba en Chile, me cagaba en Argentina, me cagaba en Perú, en todo. Me dio risa. La mediocridad con banderitas siempre me ha dado urticaria. Más de uno de mis acompañantes -amantes de las guaripolas, de las escarapelas y las charreteras- tomó palco. Le dije al porteño que en eso sí tenía razón y le dije que bueno que él a mí no me caía mal. Cuestión que fue como un paño rojo delante de un toro. Al final me fui y los que iban conmigo se fueron también. El altercado quedó en eso. Nada más. Como decía antes, el resultado de la gresca fue un empate. No para mi ropa que apestaba a antro de mala muerte. Pero eso no importaba.
A la mañana siguiente  me desperté con el hachazo, el de la cerveza, que era un hachazo mucho más aceptable que el hachazo que me querían dar los ojos del argentino del bar colombiano. Me hice un café, creo que colombiano, luego me lavé y desayuné, tiré toda mi ropa del día anterior a la ropa sucia, también bebí mucha agua.
Como ya era pasado el medio día, y era sábado y acababa de terminar el libro de Molano, tomé el libro que tenía preparado para leer a continuación: 77 de Guillermo Saccomanno. Leí la contraportada. Me llamó la atención la descripción de los personajes, suerte de enumeración. De todos, uno: Un estudiante secundario chupado en una clase sobre Facundo. Ese nombre me trajo a la memoria a Rosas, a Sarmiento y la ilustradora dualidad de América que el argentino planteó: Civilización o Barbarie. Pero también me acordé de Facundo Cabral. Me puse a leer y al ratito me agoté. Alcancé a leer en el prólogo con un subtítulo que prometía: “Acerca del espanto”, las siguientes líneas:

“Yo canto opinando que es mi modo de cantar”. Sé que lo mío suena a payador perseguido. Porque quien canta la justa será siempre payador y perseguido.

No seguí leyendo, el cansancio de la noche anterior era más fuerte. Encendí el computador y ahí como de costumbre revisé la prensa y ahí estaba la noticia. La descripción de cómo los sicarios guatemaltecos lo ultimaron esa misma mañana. Recordé mi único viaje a ese país. El miedo y la violencia a mediados de los noventa. Los contrastes de cosas muy agradables y temores que acosaban al atardecer. Los niños de la calle durmiendo en las mamparas y asediando a los despistados. Pero mi memoria fue ocupada por Facundo Cabral, por todas esas señales que se presentaron horas antes: la irreverencia de mis chistes que bebían en la letra de sus canciones y la prepotencia de un bebedor ofendido; la vileza de los asesinos omnipresentes en el libro de Molano; el modus operandi de los sicarios cobardes, y por último, el inicio del libro de Saccomanno. Todo era una anticipación cuántica de la barbarie.  
Y me puse a recordar.
 La única vez que lo oí o más bien lo vi en directo cantar fue en la televisión, cuando yo era un muchacho. Fue una noche de lunes o de martes en un programa de conversación de un tal Raúl Matas, que era un locutor obsecuente con la dictadura militar. El programa se llamaba Vamos a ver y se trasmitió en el Chile de Pinochet. Eran los años en que la televisión entretenía y embrutecía al mismo tiempo. En las calles de Santiago desaparecía gente, en las cárceles se torturaba y lentamente se institucionalizaba la maldad. Allí llegó una noche con su guitarra y una armónica un señor con pinta de sacerdote y una barba paleocristiana. De pura casualidad lo escuché cantar. Y me paralizó y pareció maravilloso. No entendía como no lo habían censurado, ya que cada una de sus canciones y máximas eran un palo al régimen, una clara incitación a la desobediencia. Por supuesto, su vocación de bardo iba condimentada de cierta religiosidad. Por esos días yo era un aprendiz de marxista y mi estupidez tuvo a bien (o a mal) meter al tal Matas y al trovador en el mismo saco. Es una alegría saberme curado, al menos de esas estulticias. Creo que Facundo Cabral me gustó por mis coqueteos de esos días con el siloismo y otras yerbas. Con el tiempo lo volví a descubrir y admiré su vozarrón, con aquellas citas inteligentes de Mark Twain o Walt Whitman o Tagore, como de otros grandes escritores.
Años más tardes sus canciones me parecían inspiradoras y compré algunos de sus discos. Hubo un tiempo en que lo escuchaba tanto que me terminó aburriendo, pero siempre volvía a oírlo o a paladearlo. Como las buenas y sanas comidas. Cantaba que lo que a uno le pasa le está pasando al mundo. Eso recitaba. Y así no más es. Lo que le pasó a él hoy en la mañana le está pasando al mundo hace rato. Pero no nos engañemos. Las cosas no pasan. A Facundo Cabral lo asesinaron vilmente y ahora veremos si hay autoridad en Guatemala; autoridad moral. Seguimos en la barbarie, Facundo.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Será que nunca fuimos civilización?, seremos bárbaros y nuestro complejo de inferioridad social nos hace creér que, quién vive en una civilización es civilizado? Es una pena que se pierda una vida humana, pero es aún un poco mas doloroso, cuando quién se va dejaba algo dentro nuestro o llenaba espacios vacios, también quizás decía cosas que en su momento no podiamos decir. Facundo, "bárbaramente" Adiós.

Anónimo dijo...

Adios, a un grande aun luchador a un idelista a una estrella que siempre quedaran sus cantos y poemas envueltos en lo mas grande que aha podido significar Facundo..

Anónimo dijo...

really?

Anónimo dijo...

Mejoro el lenguaje, pero hay que darle textura a los relatos, de lo contrario caen en esa rutina abismal de lo baladi...:-)

Jorge Zuniga dijo...

Se agradece