jueves 22 de septiembre de 2011

Siestas Patrias, entre el miedo y la cobardía.




A Mohammed Nabbous y Li Xiang


Un poco de autobiografía. Empecemos con una anécdota. Una anécdota infantil. Mi hijo tenía 10 años y nos encontrábamos visitando Chile. Un medio día, en Coquimbo, nos vimos en el trance de probar un plato exótico de comida local. El plato, en sí era exótico, pero para mí no. Para mi hijo checo, sí. Exótico como el mar al que olía. Parecía exótico y peligroso. Y en cierto modo quizá lo era. Yo, estúpidamente, con la estupidez que sólo puede tener el proselitismo educativo de un padre, le impelía a probar el plato. No seas cobarde, le dije, a qué le temes. Mi hijo se negaba. Entonces mi hijo guardó silencio y se paró en seco y me abofeteó, no con las manos, si no que con el argumento. Me dijo, papá yo soy miedoso, pero no cobarde. Casi me largué a llorar de orgullo, de alegría. Del proselitismo pasé a un estado de temperancia y recordé los ya lejanos días en que en ese mismo país yo me moría de miedo. Era un miedo casi endémico, como el molusco que nos miraba desde el plato. Pero ese miedo, por muy grande que fuera, nunca fue lo suficiente como para huir a esconderme, como lo hacía la mayoría. Cuando mi hijo dijo eso, sentí que aquella vez yo tampoco había sido cobarde. Al menos eso quiero creer. Que a pesar del miedo había cumplido mi deber. Ese día, después del almuerzo, no hice otra cosa que edificar lo que me había dicho mi único hijo. El resto del viaje le dejé comer lo que se le antojara. Yo he seguido, todos estos años, armado de aquella extraña pero exacta dialéctica que hay entre el miedo y la cobardía.
Hasta aquí lo anecdótico.
Pensaba que bien este texto podría titularse “Crónica de un anonimato anunciado” o “Crónica de un silencio anunciado”, aludiendo así al título de la famosa novela, de ese escritor que antes de la fama era esencialmente periodista y de quien leí hace años un librito (periodístico) en cuyo título se elogiaba una época feliz e indocumentada. La palabra crónica recurre a la mínima distancia temporal, al acto de mirar, ya de soslayo, o bien, con todas las de la ley, hacia atrás. Y aunque el tema en cuestión aquí, sea en esencia una nota ácida, una diatriba más, acerca de las clases de periodismo, esto no es periodismo, si no más bien crónica. La crónica de un importunio. Lo de anonimato, refiere a que los hechos que inspiran este texto fueron idea de un amigo, que prefiere quedar en el anonimato.
Pasó el otro día. Conmemorábamos el 18 de septiembre en un boliche celebrador y fiestero, en las inmediaciones de la Plaza Vieja de Praga. Nos alistábamos a desenvolver -en medio de los habitúes y de una reducidísima comunidad de chilenos residentes- una gran pancarta de apoyo a la lucha de los estudiantes chilenos, cuando el amigo sin nombre formuló la idea. Irrumpir e interrumpir el coctelito patrio que el embajador de Chile ofrecía a una comunidad de gente linda, de políticos locales, de papagayos con terno, de divas y amantes, de residentes chilenos. De la palabra al plan hubo un par de chelas y del plan a su materialización, una sola noche. Quedamos acordados.
Al día siguiente, tras una mañana de mínimos preparativos, la cita tuvo lugar a las 12 en punto. Justo media hora antes del festejo. El lugar: el vestíbulo de la estación de Metro Hradčanská, a unas cuadras de la sede diplomática. Llegaron siete chilenos (dos de pura casualidad y dos de pura cepa), tres checos, una mexicana, un puertorriqueño. Repasamos criterios: la embajada es territorio chileno y no propiedad privada, el embajador y sus adláteres son funcionarios y no autoridades. Acordamos manifestarnos sin vulgarismos, y sin descortesías. Algunos documentarían. Total que partimos caminando bajo la garúa del lunes. Llegamos. La cita estaba repleta de autoridades de segunda categoría, colados e invitados, chupamedias y tinterillos y algunos rostros que no veía hace tiempo. Con algunos intercambié saludos, arqueos de cejas. Horas antes yo había tenido la deferencia o gentileza de enviar un aviso a un periodista del único medio de información en español del país.
Y lo hicimos. Acabados los himnos y los discursos anodinos, sobre todo el del embajador que entre otras cosas anunciaba una nueva visita de Klaus a Chile (probablemente un viaje con el objetivo de devolver el famoso lápiz robado o bien de hacerse de uno nuevo), extendimos nuestra gigantesca pancarta, gritamos un par de consignas de apoyo a los estudiantes y punto. Luego todo se calmó. Nadie nos echó, comimos de sus empanadas y bebimos de su vino y los amigos se acercaron a saludar y solidarizar. Para algunos otros, yo, o ya no estaba allí o yo ya no existía.
El embajador rondaba cerca, el cónsul rondaba cerca, los mozos rondaban cerca, sin embargo nadie pidió explicaciones y salvo la cara de disgusto y sorpresa del diplomático durante la acción, no hubo reproches. Hubo palmadas en el hombro, hubo conversaciones, hubo chistes, hubo risillas. Hubo exageraciones. Alguien bromeó y recordó la casona que aparece en la novela  Nocturno de Chile de Roberto Bolaño y anticipó mi pronto secuestro y tortura en los sótanos de la embajada al ritmo de las muelas mascando empanadas. Hubo muecas y risas. Hubo todo eso, pero no hubo exilio. No fui trasladado a la reja que separa el jardín de la vereda y que jurídicamente constituye la frontera de ese mínimo territorio chileno en Praga. Hubo sólo silencio, hubo ignoración, que es la forma más vil de ningunear.
Una vez en el coctelito pude ver que incluso el editor en jefe de ese medio de comunicación se encontraba entre los invitados. Me alegré. Más tarde vi llegar al periodista que probablemente haría la nota. Aunque tuve dudas, ya que llegó cuando ya todo había acabado. No obstante imaginé que su jefe era la garantía.
Luego nos retiramos, contentos y con una agradable sensación de responsabilidad. De más está decir que había acabado de lloviznar.
Al día siguiente, lo primero que hice fue buscar la noticia en Internet, en la página de ese único medio de comunicación. Como era de esperar la nota había sido escrita por el periodista tardío. Creo que hice bien en no esperar demasiado, porque cuando uno espera mucho y las expectativas no se cumplen, se corre el riesgo de la pena. Yo esperaba poco. Muy poco, casi nada, una simple línea. Una simple línea es verdaderamente muy poco. Pero no había nada. Y no sólo no había nada. La nota estaba llena de mentiras. El periodista había mencionado a autoridades que no fueron, a mayorías de chilenos que no fueron siquiera invitados. Pero lo que resultaba más penoso era lo servil y adulador del mínimo reportaje. Un reportaje que hablaba de copas y de empanaditas. Qué pretendía con tal actitud ese pobre periodista nunca lo sabré. Lo cierto es que a las mentiras del chupatintas se sumaron las ínfulas del embajador que decía descender directamente de un padre de la patria. Como si ese ilustre secretario y leguleyo de una histórica junta hubiera sido un padre de la patria. Pero si en algunos países la corrupción política y moral de la clase política cobra forma en el clientelismo (tal es el caso de la República Checa) en otros países, donde dicta más bien la plutocracia, se manifiestan las bajezas de los dirigentes en una conducta casi mafiosa, cuya cara es el nepotismo. Característica típica en los países latinoamericanos y también de Chile, no sólo en su historia. Así, descender directamente, o estar emparentado con un personaje histórico, y divulgarlo con pachorra y labia, más allá de querer participar en la fama y los dudosos méritos ajenos, es un acto que huele a nepotismo. Como es bien sabido, los países en vías de desarrollo se caracterizan por tener sus riquezas en manos de un puñado de familias históricas. Allí el manejo con los puestos públicos no es distinto. Pero al parecer el tatarabuelo patriota excitaba tanto al periodista del único medio informativo en español en Praga, que simplemente la nota patriotera no podía ni quería informar sobre nuestra manifestación de apoyo a los estudiantes. Es más que probable que el director de aquel medio, prefiera el codeo con el poder y los coctelitos a tener que informar la verdad.

¿Qué tienen en común personajes como Anna Stepanovna Politkóvskaya, Natalia Estemirova, Eugenio Lira Massi, David Seymour o el blogero libio Nabbous? Las dos primeras son mujeres y rusas, los otros tres son hombres y no son rusos. No. Lo que tienen en común estos cinco nombres es que todos eran periodistas y que todos ya están muertos, incluso Mohammed Nabbous que fue asesinado a sus 28 años por los hombres de Gadafi mientras informaba sobre la violación de este sátrapa al alto al fuego que declaraba una resolución de la ONU. Esto es lo que tienen en común: una muerte violenta, el asesinato. Los cinco periodistas arriba mencionados no tuvieron migas con el poder, no se achicaron. No sólo informaron, si no que denunciaron la injusticia y las barbaridades. Así con ellos, los poderosos de turno no tuvieron contemplaciones y los sicarios fueron eficientes. No me cabe duda que estas mujeres y hombres de letras conocieron el miedo, un miedo que superaron, un miedo que no se tradujo en cobardía.
Puestas  así las cosas queda decir obviedades, pero hay que decirlas una y otra vez. Hay muchas clases de periodismo, pero sobre todo hay dos clases de periodismo. Uno es el periodista valiente y honrado, que tiene miedo pero escribe, que no teme a la verdad y no se vende por dinero ni por migas con el poder, ese periodista que entiende su oficio como una forma de luchar por un mundo mejor. El otro es el periodista servil y pobre, ese esbirro ilustrado y escaso de valores morales que cuida su silla, que plagia cuando puede, que no investiga, que no se mete en las patas de los caballos, que está cagado de miedo en un rinconcito. Ese es el periodista cobarde.

Otro poco de autobiografía. Yo casi fui periodista.  
Tal vez me salvé de tener que optar entre el miedo y la cobardía.
Por allá por 1987, alcancé a estudiar un año de periodismo en una institución que la dictadura de Pinochet no acreditaba ni reconocía, pero sus egresados eran tan notables que no tenían problemas para encontrar trabajo. Educaban allí casi puros retornados del exilio, aquellos que habían tenido la suerte de no figurar ya más en las listas negras del dictador. Logré un par de buenas lecciones semiológicas, una par de ejercicios de estilo. Pero no logré convertirme en periodista. No logré más porque me llegó una beca para estudiar periodismo en un país bajo otra dictadura, más cruel aun. Una vez en Checoslovaquia salté -en medio de una preparatoria de checo- del periodismo a la arqueología, de la arqueología a la historia, de la historia a la historia del arte, y seguí saltando, como una rana sobre el hierro caliente, hasta que acabé atracando en el puerto de la filología. Oficio ingrato y ciertamente menos peligroso. Quizá en la lingüística y en las letras también se oculta la dualidad entre miedo y cobardía. Hoy no sé si fue o no un error no haber seguido en esa ruta. Donde no había nada de libertad de prensa, estudiar periodismo era probablemente una locura urgente.
Cuando por fin, primero los estudiantes y luego todo el pueblo checo y el eslovaco (pueblo que era entonces checoslovaco) derribó esa dictadura, yo ya no pensaba en volver al periodismo. Me consideraba (aun lo considero) demasiado lento o demasiado flojo para andar corriendo de aquí para allá.
Sin embargo la crónica siempre ha sido un paliativo oportuno. Y aquí acabo.
Esta crónica se la dedico al blogero muerto en Bengasi hace unos meses atrás y a un tal Li Xiang.
Li Xiang es un chino de 30 años. Li Xiang era un chino de 30 años. Li Xiang era un periodista chino que fue asesinado hace unos días atrás en Luoyang, en la provincia de Henan. Li Xiang investigaba el escándalo sobre el procesamiento ilegal de aceite de cocina por bandas criminales que recolectan el aceite de los restoranes y luego lo reprocesan y lo vuelven a vender. Li Xiang recibió 10 puñaladas la otra noche y le robaron su notebook. Li Xiang era un periodista valiente en un medio extremadamente hostil. Li Xiang no iba a coctelitos del Partido Comunista Chino, no celebraba las fiestas patrias chinas. Li Xiang hacía su trabajo. Li Xiang hacia un trabajo de hormiga. Como los cientos de actos por todo el mundo, actos casi nimios de apoyo a los estudiantes chilenos. Pero a Li Xiang le costó la vida y a nosotros en la embajada, a lo sumo, nos costará que no nos vuelvan a invitar.
Las hormigas nunca podrán vencer al elefante, pero sí pueden volverlo loco


1 comentarios:

Anónimo dijo...

Felicitaciones por la tan lograda nota que desde una anécdota tan íntima desarrolla una osada protesta sobre la que vuelve el tema de la cobardía y el miedo, enmarcado en la labor del periodista. Aunque parece un poco exagerado comparar a periodistas de investigación con aquellos que realizan notas para las páginas sociales, sin duda pones de relieve que para algunos es más importante mover la cola que hablar con la verdad.