lunes 19 de diciembre de 2011

El otro Havel





Las experiencias que nos marcan siempre tienen algo paradojal.
Fue a fines de julio de 1989 cuando escuché su nombre por primera vez y en circunstancias del todo absurdas. Acababa de llegar a vivir a Praga tras terminar el ÚJOP o Centro de idiomas de Poděbrady, un pueblito balneario a orillas del Elba. Allí me habían internado en noviembre del año anterior con una única tarea: aprender checo. Empezaba el verano, y en vez de aceptar la invitación a visitar Grecia que me habían extendido mis compañeros de escuela, acepté una solicitud extrañísima del Partido Comunista. Se suponía que como había absuelto con éxito el idioma local, podía marchar con una delegación de hijos de exiliados chilenos provenientes de Suecia a un campamento internacional de pioneros que se realizaba cada año en los Tatras eslovacos. Allí ejercería de traductor. En ese momento ignoraba por completo que el eslovaco era otro idioma y que a pesar de ser similar o casi idéntico al checo para un extranjero era casi igual, o más trabado aun. Así que partí. A pesar de mi resquebrajada convicción ideológica respecto de qué era lo que realmente se estaba construyendo cuando se hablaba de colaborar con la edificación del socialismo, decidí aventurarme en la misión partidaria. Salvo algunas sospechas que lindaban en una desconfiada intuición, los primeros meses de vida en el socialismo eran idílicos; mi vida era objeto de una constante sorpresa y una fanática credulidad, pero sobre todo estaba sujeta a una denodada lucha por lograr un mínimo de alfabetismo. Fue en mayo de ese año, tras fotografiar una precaria manifestación en contra del régimen a los pies de la estatua de San Wenceslao -una manifestación en la que la policía cagó a palos a unos muchachos melenudos-, que las indicias pasaron a ser en mí, severa cautela y creciente decepción. No obstante, aun yo deseaba imaginar que el socialismo era la panacea. Salvo los conflictos, más bien de índole personal, con algunos estudiantes cubanos y nicaragüenses, yo no tenía aun razones que alentaran en mí mi posterior disidencia. Intentaba de vez en cuando dilucidar dudas y entablar algún tipo de vínculo con los aborígenes eslavos pero la desconfianza solía imponerse y no había espacio para preguntas. Menos para respuestas. A pesar de todo, yo sentía que había algo que no andaba bien. Incluso una tarde en Roma, a escasas horas de mi llegada a Europa, en la previa a mi viaje a la República Socialista Checoslovaca, un comunista italiano que me había acogido de manera transitoria y que tenía la misión de embarcarme en el aeropuerto de Fiumicino, me advirtió que por ningún motivo debía mencionar el nombre de Dubček. Por esos días yo no tenía idea quién era el tal Dubček. Mi ortodoxia manejaba sólo el nombre de Julius Fučík y su Reportaje al pie del patíbulo o contaba con cierto resquemor hacía Kundera. Hasta ahí llegaba mi conciencia de lo prohibido. Yo aun ignoraba todo. Incluso aquello que en ese mismo mes se nombraba con precaución y que si bien era el nombre de un famoso festival de música clásica, organizado cada año, poseía a su vez un significado trágico: la Primavera de Praga.
Una tarde a fines de julio, en el campamento de pioneros de la localidad Tatranská Lomnica, cuando mi labor estaba por acabarse, el conflicto estalló. No viene al caso entrar en detalles que en cierto modo eran banalidades; pero dónde sino en las banalidades podemos descubrir la medida de la verdadera libertad. Me encontraba en mi habitación con la muchacha que con los años se convertiría en la madre de mi hijo; charlábamos y planificábamos cómo volver a vernos durante el mes siguiente. Ella tenía recién 19, yo aun no cumplía 24, y la idea de volver a vernos parecía una locura. Su padre trabajaba en el Comité Central del Partido Comunista Checoslovaco, y yo, yo era un simple estudiante extranjero. Estudiábamos las posibilidades de continuar el romance, cuando irrumpió en la habitación uno de los jóvenes comunistas traductores con quien yo compartía la pieza y al cual yo le había arruinado el cortejo de la misma chica. Se llamaba Pavel Skřivánek y era checo, su pasión era coleccionar contactos con las delegaciones extranjeras y hablar idiomas. Era el traductor de la delegación finlandesa, aunque no hablaba finlandés. Pavel era un trepa como los suele haber en todos los sistemas. Su militancia en las juventudes era una manera de acomodarse y desde los primeros días del campamento nos caímos mal. Le gustaba dar órdenes, a mí desobedecerlas. El caso es que yo le había arrebatado a su presa y eso no se iba a quedar así. A penas entró a la habitación y vi su rostro supuse que algo no andaba bien. Traía la orden perentoria para que me presentara en la oficina del director. Durante la estadía había logrado entablar algunas efímeras relaciones con algunos eslovacos y eslovacas, por lo general estudiantes que parecían estar allí obligados. Cuando partí a la oficina del director, alguno de ellos en el pasillo me deseó suerte. Yo, azuzado por una valentía casi gregaria, por la costumbre e irreverencia que arrastraba conmigo desde el Chile de Pinochet, les sonreí sin darme cuenta que un conflicto con el director comunista podía tener serías consecuencias para mi futuro. Entré a un cubículo en donde un tipo gordo y mofletudo me esperaba sentado detrás de un escritorio. Yo lo había divisado en un par de ocasiones en los pasillos. La combinación de su calva y unos anteojos de montura gruesa que ocultaban una mirada severa, me hicieron de inmediato desconfiar. Lo acompañaban dos mujeres de pelo corto que se encontraban de pie junto a su mesa. Tenían la mirada dura. Por un momento pensé que una de ellas se me acercaría a intimidarme. Por un momento pensé que saldría de allí encadenado. La conversación fue tajante y no duró mucho. El tono fue perentorio. Mi checo a decir verdad era rudimentario y el funcionario no hablaba otro idioma. Por lo demás yo tampoco (salvo el español obviamente). El director se remitió a darme recomendaciones que yo no le entendía y consejos que más bien parecían advertencias. Yo casi no hablé. O si hablé, con toda probabilidad no se me entendió nada. Luego me insinuó que la reunión había terminado y volví caminando a mi habitación. Las cosas me habían quedado claras. Allí, bajo los Tatras, el socialismo me mostraba su verdadero rostro. Era en los procedimientos y modos de imponer obediencia y disciplina a los niños, en el ridículo culto al partido y a los símbolos, en el absurdo atraso y en la permanente falta de libertad de opinión donde quedaba de manifiesto la ignominia del sistema. Tuve rabia, luego miedo de haber descubierto por fin que todo era mentira, que todo estaba podrido y que el país estaba en manos de una casta de privilegiados y ceremoniosos ineptos, cuyo servilismo ideológico y corrupción moral eran similares a aquella de la cual yo venía huyendo. Antes de entrar a mi habitación me topé con los estudiantes eslovacos. Me di cuenta que me esperaban en unas escaleras para enterarse. Les conté lo que pude. Fue una muchacha gitana la que me llamó a un costado y me dijo cómo se llamaba el director. Yo no entendía por qué me lo decía. Minutos después me contó. Era la primera vez que escuchaba ese nombre. Me dio risa, en un principio la situación me pareció ridícula, tragicómica, paradojal. Me hizo sentido la sorna del director. Pensé que su obsecuencia era fruto de aquel alcance de nombre. Pensé que esa anécdota contradictoria tenía un sentido oculto. Que la encarnación del ejemplar moralmente opuesto de ese nombre tabú sentado detrás de un escritorio y amenazante era la extraña manera que elegía el destino para revelarme una verdad. Václav Havel, repetí después, en silencio, por mucho tiempo, como un karma. Era un nombre extraño a mis oídos. Tan extraño como aquel Dubček.        
Cuando por fin se acabó mi trabajo y comencé a gozar del verano en Praga, solía recordar al poderoso director comunista del campamento de pioneros y lo imaginaba preso detrás de ese nombre.
Así fue cómo supe de la existencia del dramaturgo que murió ayer a los setenta y cinco años. Por esos días de julio de 1989, recién estaba por cumplir 53 años, quizá estaba preso y no sospechaba que muy pronto sería el presidente del país de ese otro Havel. Tampoco yo imaginaba que algún día tendría la oportunidad de verle en persona y cruzar algunas palabras con él. Muy pocas. Pero eso es otra historia.