Las experiencias que nos marcan siempre tienen
algo paradojal.
Fue a fines de julio de 1989 cuando escuché su
nombre por primera vez y en circunstancias del todo absurdas. Acababa de llegar a
vivir a Praga tras terminar el ÚJOP o Centro de idiomas de Poděbrady, un pueblito balneario a orillas del Elba. Allí
me habían internado en noviembre del año anterior con una única tarea: aprender
checo. Empezaba el verano, y en vez de aceptar la invitación a visitar Grecia
que me habían extendido mis compañeros de escuela, acepté una solicitud
extrañísima del Partido Comunista. Se suponía que como había absuelto con éxito
el idioma local, podía marchar con una delegación de hijos de exiliados
chilenos provenientes de Suecia a un campamento internacional de pioneros que
se realizaba cada año en los Tatras eslovacos. Allí ejercería de traductor. En
ese momento ignoraba por completo que el eslovaco era otro idioma y que a pesar
de ser similar o casi idéntico al checo para un extranjero era casi igual, o
más trabado aun. Así que partí. A pesar de mi resquebrajada convicción
ideológica respecto de qué era lo que realmente se estaba construyendo cuando
se hablaba de colaborar con la edificación del socialismo, decidí aventurarme
en la misión partidaria. Salvo algunas sospechas que lindaban en una
desconfiada intuición, los primeros meses de vida en el socialismo eran idílicos;
mi vida era objeto de una constante sorpresa y una fanática credulidad, pero
sobre todo estaba sujeta a una denodada lucha por lograr un mínimo de alfabetismo.
Fue en mayo de ese año, tras fotografiar una precaria manifestación en contra del
régimen a los pies de la estatua de San Wenceslao -una manifestación en la que la
policía cagó a palos a unos muchachos melenudos-, que las indicias pasaron a
ser en mí, severa cautela y creciente decepción. No obstante, aun yo deseaba
imaginar que el socialismo era la panacea. Salvo los conflictos, más bien de
índole personal, con algunos estudiantes cubanos y nicaragüenses, yo no tenía
aun razones que alentaran en mí mi posterior disidencia. Intentaba de vez en
cuando dilucidar dudas y entablar algún tipo de vínculo con los aborígenes
eslavos pero la desconfianza solía imponerse y no había espacio para preguntas.
Menos para respuestas. A pesar de todo, yo sentía que había algo que no andaba
bien. Incluso una tarde en Roma, a escasas horas de mi llegada a Europa, en la
previa a mi viaje a la República Socialista Checoslovaca, un comunista italiano
que me había acogido de manera transitoria y que tenía la misión de embarcarme
en el aeropuerto de Fiumicino, me advirtió que por ningún motivo debía
mencionar el nombre de Dubček. Por esos días yo no tenía idea quién era el tal
Dubček. Mi ortodoxia manejaba sólo el nombre de Julius Fučík y su Reportaje al pie del patíbulo o contaba
con cierto resquemor hacía Kundera. Hasta ahí llegaba mi conciencia de lo
prohibido. Yo aun ignoraba todo. Incluso aquello que en ese mismo mes se
nombraba con precaución y que si bien era el nombre de un famoso festival de
música clásica, organizado cada año, poseía a su vez un significado trágico: la
Primavera de Praga.
Una tarde a fines de julio, en el campamento de
pioneros de la localidad Tatranská Lomnica, cuando mi labor estaba por
acabarse, el conflicto estalló. No viene al caso entrar en detalles que en
cierto modo eran banalidades; pero dónde sino en las banalidades podemos
descubrir la medida de la verdadera libertad. Me encontraba en mi habitación
con la muchacha que con los años se convertiría en la madre de mi hijo;
charlábamos y planificábamos cómo volver a vernos durante el mes siguiente. Ella
tenía recién 19, yo aun no cumplía 24, y la idea de volver a vernos parecía una
locura. Su padre trabajaba en el Comité Central del Partido Comunista
Checoslovaco, y yo, yo era un simple estudiante extranjero. Estudiábamos las
posibilidades de continuar el romance, cuando irrumpió en la habitación uno de
los jóvenes comunistas traductores con quien yo compartía la pieza y al cual yo
le había arruinado el cortejo de la misma chica. Se llamaba Pavel Skřivánek y era
checo, su pasión era coleccionar contactos con las delegaciones extranjeras y
hablar idiomas. Era el traductor de la delegación finlandesa, aunque no hablaba
finlandés. Pavel era un trepa como los suele haber en todos los sistemas. Su
militancia en las juventudes era una manera de acomodarse y desde los primeros
días del campamento nos caímos mal. Le gustaba dar órdenes, a mí
desobedecerlas. El caso es que yo le había arrebatado a su presa y eso no se
iba a quedar así. A penas entró a la habitación y vi su rostro supuse que algo
no andaba bien. Traía la orden perentoria para que me presentara en la oficina
del director. Durante la estadía había logrado entablar algunas efímeras
relaciones con algunos eslovacos y eslovacas, por lo general estudiantes que
parecían estar allí obligados. Cuando partí a la oficina del director, alguno de
ellos en el pasillo me deseó suerte. Yo, azuzado por una valentía casi
gregaria, por la costumbre e irreverencia que arrastraba conmigo desde el Chile
de Pinochet, les sonreí sin darme cuenta que un conflicto con el director
comunista podía tener serías consecuencias para mi futuro. Entré a un cubículo
en donde un tipo gordo y mofletudo me esperaba sentado detrás de un escritorio.
Yo lo había divisado en un par de ocasiones en los pasillos. La combinación de
su calva y unos anteojos de montura gruesa que ocultaban una mirada severa, me
hicieron de inmediato desconfiar. Lo acompañaban dos mujeres de pelo corto que
se encontraban de pie junto a su mesa. Tenían la mirada dura. Por un momento
pensé que una de ellas se me acercaría a intimidarme. Por un momento pensé que
saldría de allí encadenado. La conversación fue tajante y no duró mucho. El
tono fue perentorio. Mi checo a decir verdad era rudimentario y el funcionario
no hablaba otro idioma. Por lo demás yo tampoco (salvo el español obviamente).
El director se remitió a darme recomendaciones que yo no le entendía y consejos
que más bien parecían advertencias. Yo casi no hablé. O si hablé, con toda
probabilidad no se me entendió nada. Luego me insinuó que la reunión había
terminado y volví caminando a mi habitación. Las cosas me habían quedado
claras. Allí, bajo los Tatras, el socialismo me mostraba su verdadero rostro. Era
en los procedimientos y modos de imponer obediencia y disciplina a los niños,
en el ridículo culto al partido y a los símbolos, en el absurdo atraso y en la
permanente falta de libertad de opinión donde quedaba de manifiesto la
ignominia del sistema. Tuve rabia, luego miedo de haber descubierto por fin que
todo era mentira, que todo estaba podrido y que el país estaba en manos de una
casta de privilegiados y ceremoniosos ineptos, cuyo servilismo ideológico y
corrupción moral eran similares a aquella de la cual yo venía huyendo. Antes de
entrar a mi habitación me topé con los estudiantes eslovacos. Me di cuenta que
me esperaban en unas escaleras para enterarse. Les conté lo que pude. Fue una
muchacha gitana la que me llamó a un costado y me dijo cómo se llamaba el
director. Yo no entendía por qué me lo decía. Minutos después me contó. Era la
primera vez que escuchaba ese nombre. Me dio risa, en un principio la situación
me pareció ridícula, tragicómica, paradojal. Me hizo sentido la sorna del
director. Pensé que su obsecuencia era fruto de aquel alcance de nombre. Pensé
que esa anécdota contradictoria tenía un sentido oculto. Que la encarnación del
ejemplar moralmente opuesto de ese nombre tabú sentado detrás de un escritorio
y amenazante era la extraña manera que elegía el destino para revelarme una
verdad. Václav Havel, repetí después, en silencio, por mucho tiempo, como un
karma. Era un nombre extraño a mis oídos. Tan extraño como aquel Dubček.
Cuando por fin se acabó mi trabajo y comencé a gozar del verano en Praga, solía recordar al poderoso director comunista del campamento de pioneros y lo imaginaba preso detrás de ese nombre.
Cuando por fin se acabó mi trabajo y comencé a gozar del verano en Praga, solía recordar al poderoso director comunista del campamento de pioneros y lo imaginaba preso detrás de ese nombre.
Así fue cómo supe de la existencia del dramaturgo
que murió ayer a los setenta y cinco años. Por esos días de julio de 1989,
recién estaba por cumplir 53 años, quizá estaba preso y no sospechaba que muy
pronto sería el presidente del país de ese otro Havel. Tampoco yo imaginaba que
algún día tendría la oportunidad de verle en persona y cruzar algunas palabras
con él. Muy pocas. Pero eso es otra historia.

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