miércoles 11 de enero de 2012

Malos Aires. Extracto del Capítulo 2 de Malos Aires. Pág. 31 a pág. 34




...


Mintamos pues.
Era 1987. Corría el verano de 1987.
Desde comienzos de ese año, vi rodar nuestra piedra revolucionaria por la ladera de la historia. Desde el mismísimo primer día de ese año (la misma fecha en que celebrábamos cada año un aniversario más de la Revolución Cubana, ese escaso consuelo para nuestra derrota), desde esa mañana de jueves (porque era jueves) todo empezaba a convertirse para nosotros en relato, en mito, en leyenda: historia propiamente tal.
Quién lo iba a creer, pero todo, paradójicamente, también se transformaba en noche, pero en otra noche. No esa noche metafórica y trillada con la que el poeta o el escritor mediocre suele definir a una dictadura que parece no tener fin. No la noche de una lucha oscura que a los ojos de las luchas de hoy quizá se prolongaba innecesariamente. Aunque quién lo podía saber.
No esa noche. Sino más bien, esa noche real que nos había sido robada por tantos años. Las noches de carne y hueso. Esas noches que desde allí en adelante convertían las famosas fiestas de toque-a-toque en pasado; en un concepto legendario, en anécdota, en historia, en relato.
Sí. Fue con uno más de esos decretos con fuerza de ley con los que solía reinar. Un de sus decretos cambió las reglas de la noche. Ya no recuerdo qué número llevaba. Pero instauraba una fecha: el 2 de enero de 1987. Y pa más remate era justo un viernes. Desde esa fecha Pinochet levantaba –después de tantos años- el famoso toque-de-queda.
¿Qué chucha haríamos entonces con tanta noche?
Por aquellos tiempos, solíamos permanecer atascados al caer la madrugada esperando el alba. No había otra y nos reíamos y repetíamos con una risa petrificada el inclaudicable verso de un poeta chileno exiliado y casi desconocido. Omar Lara se llamaba el poeta. Nadie sabía quién diablos era este poeta. Ni en pelea de perros se había oído su nombre. Pero tenía un gran poema. Eran unas escuetas dos líneas. Eran seis palabras que eran todo un relato; eran la elipse de una historia implícita y que el poeta había dedicado al obsceno castigo del toque-de-queda, o a ese obsceno placer. Repetíamos con sedición y luguria ese pequeño poema que nos había dado por tantos años una excusa:  

“Quédate, le dije.
Y la toqué.”

Y nos quedábamos y la tocábamos y a veces, casi nunca, ellas también nos tocaban. O sino, si ellas no, por lo menos ella sí, la noche.
Había una paradoja indigna en aquello que ganábamos y en aquello que perdíamos, y nos importaba. Lo poco y nada que poseíamos, la esperanza de conquistar ese beso (o algo más que ese beso) en medio de una fiesta de viernes. Mientras escuchábamos a Los Prisioneros o a Soda Stereo, a Virus y algunas veces a Rubén Blades, se desvanecía ese verano del 87. Así, producto de un capricho, de ese menesteroso gesto de falsa apertura del dictador, ya no nos quedaba ni ese oscuro placer. La ilusión nocturna de todos los pretendientes se esfumaba con ese decreto. Ahora ellas, nuestras valkirias, se nos escabullirían en medio de la noche a sus domicilios. Sin más y mucho antes de lo planeado, mucho antes del amanecer. Ahora nos tocaba a nosotros quedarnos. Por quedados.
Desde ese día 2 de enero de 1987 (o desde esa noche), los chilenos recuperábamos el derecho a vagar a oscuras en medio de la bruma y la escarcha, esperando la aurora y la gota de rocío, como nos cantaba el cubano Silvio Rodríguez.
Pero 1987 fue mucho más que ese nuevo derecho nocturno. 1987 significó, significaba, un todo de nuevo.
Desde los primeros días de 1987, los jóvenes marxistas que soñábamos con hacer la revolución en Chile, comenzábamos desde cero. En todo sentido. Nuevamente. Una vez más.
Relatando y actuando.
Pero sobre todo relatando, contando.  
Desde cero.
¿Y esto? Esto porque el Partido Comunista de Chile, (del cual yo era parte, una parte diminuta: un tornillito, el diente de un engranaje, en realidad de sus juventudes), el Pe Ce (como se le conocía), había diagnosticado para Chile el fin de la dictadura y recetado la revolcuión, como si Chile fuera un enfermo (y sí que lo era), y como si estuviera acostado sobre un quirófano. Eso tenía que pasar el año 1986 -ese año que se había volatilizado con olor a polvora o a azufre, al azufre que dicen que se siente cuando el demonio anda cerca-, 1986 era (sería) el Año Decisivo. El año de la caída de Pinochet Ugarte. El año de la Sublevación Nacional. ¡Las huevas!
No fue así.
Pinochet Ugarte (Augusto José Ramón) no se había ido. No había caído, ni lo habíamos echado. 1986 no había sido el Año Decisivo, y punto. Aunque (hay que decirlo) de cierta manera, para mí, sí que lo fue.

Empecemos.
Propongo que mejor nos saltémonos enero. Porque todo el mes de enero de 1987 no había sido otra cosa que una seguidilla de reuniones, preparativos, conciliábulos, ampliados, comités, más reuniones, kilos de sensatos razonamientos, muchísimos y sesudos análisis de los por qué de esa derrota. De por qué no había caído Pinochet.
Lo único que queda claro es que en ese trance, enero se nos había evaporado con una rapidez inusitada. Con una rutina de preparativos y reuniones. Interminables reuniones. Elucubraciones, conclusiones, justificaciones, explicaciones y las famosas medidas. Medidas. Como si la política la gestionara una cuadrilla de agrimensores que han empeñados su brújulas y catetómetros. Medidas. Esa era la palabra que se suponía nos acercaba cada día más a la victoria, eso creíamos, porque no se nos pasaba por la cabeza que fuera al reves.
Nuevas medidas. Reformulaciones de la dialéctica. Ese  famoso paso adelante, esos famosos dos pasos atrás.
Dictábamos informes y luego nos sentábamos a abanicarnos como si Chile fuera una función, como si Chile fuera un cabaret precipitado. Levantábamos nuestros cigarrillos y con largas boquillas hacíamos observaciones que explicaban las causas de esa derrota. Pero había llegado la noche y el bailoteo estaba por comenzar mientras nosotros a lo sumo planchábamos de nuevo nuestras arrugadas camisas al borde de la gran pista de baile. Nos habían descalificado del baile. Una derrota -por supuesto- temporal, según la inclaudicable ortodoxia partidaria. El ajuste de la teoría y la línea, como la llamábamos.
La famosa línea. Otra palabra más. Y yo imaginaba esa línea, un reguero de polvora que yo miraba con una antorcha en la mano. O: las migas de pan de unos niños perdidos en un bosque oscuro. O una raya de cocaína.
A decir verdad, más parecíamos un auto viejo. Me lo imagino ahora como un cacharro que iba muy bien de bajadita camino a una boite en el puerto. ¿Cuál puerto? Da lo mismo: Valparaíso, Coquimbo, Talcahuano. Medio mundo enfiestado y vueltos locos hasta el instante en que al vehículo se le cortan los frenos, y todo el mundo se larga a chillar, unos de miedo, otros de pura locura y después -una vez ya detenido, casi al borde del despeñadero-, a los henchidos de adrenalina les daba por  intentar hacer andar de nuevo el cacharro. Pero eso ya es algo extraordinariamente difícil, nadie tiene ganas de bajarse a empujar.

Voy a empezar por febrero de 1987, un mes que llegó como si nada. Nosotros esperábamos el inicio de los Trabajos Voluntarios de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile; el resto del país esperaba la vigésima octava versión del Festival de Viña y a Raphael, aunque yo creo que algunos se morían de ganas de ver a Soda Stereo o a Tavares con su tema de moda Heaven Must Be Missing an Angel. A mí también me gustaban, pero de eso no se hablaba. También se hablaba de Air Supply, pero a estos los inflaban sólo los fachos. Pero lo que más se esperaba no eran músicos. Fueron estudiantes. A los trabajos a llegaron –como si nada- algunos jóvenes voluntarios argentinos y uruguayos. Jóvenes –marxistas, como nosotros-, jóvenes provenientes de otras partes del continente y que también –como nosotros- soñaban con hacer la revolución en el mundo. Jóvenes que venían a escucharnos, a oír nuestras historias; como si ellos fueran psicólogos o sacerdotes de sectas cercanas y nosotros los pacientes desquiciados tendidos sobre otomanas gastadas o fueramos pecadores inauditos ocultos tras las rejillas de los confesionarios de la revolución.  
Allí empieza esta historia. En esos Trabajos Voluntarios de la FECH. Fue allí donde comencé a armar este relato, allí yo les contaba a algunos visitantes extranjeros la historia de mi propia revolución.
En esos trabajos los conocí. Conocí primero a la porteña Gabriela Baldani, a la que le contaba algunas cosas, no muchas; conocí después a dos jóvenes rosarinos; a Ramón y a Roberto, alias El Samuray, a quienes también les narré anécdotas e historias. Pero en esos trabajos voluntarios conocí sobre todo a Fabiola Lanús, a esa delicada muchacha a quien le fui contando la mayor parte de todo esto. 


...