lunes 16 de enero de 2012

Malos Aires. Parte final del Capítulo 4. Pág. 80 a pág. 84




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Ese día, La Chuuuta, antes de marcharse primero que nadie, nos llamó a mí y al compañero Gonzalo Gonzáles hacia un costado de la habitación para decirnos que esa noche sería conveniente que no durmiéramos en nuestras respectivas casas. Que algo importante sucedería. Y que sobre todo yo, por ningún motivo, ya que vivía ahí donde vivía. En ese mimuto no supe interpretar su hermético consejo, pero estaba dispuesto a seguirlo. Tampoco quise hacerle preguntas demás. La Chuuuta no era el tipo de mujer que contestaba preguntas. Su silencio intimidaba. Cuando yo me imaginaba la revolución, el día del triunfo, veía a La Chuuuta aparecer en un traje verde olivo y con un fusíl en la mano. Otras veces la imaginaba torturando a un contrarrevolucionario.
Le hice caso a la compañera. Y me fui a dormir a otra parte. Ese día, o esa tarde, era el 7 de septiembre de 1986. Era el día del atentado al General Augusto Pinochet durante su regreso a Santiago desde su casa de fin de semana en El Melocotón. Esa casa que quedaba en algún lugar al final de esa ruta que comenzaba en la Avenida La Florida, la calle donde yo vivía.  


Ese día domingo -les dije a los jóvenes argentinos-, tras la sugerencia, me fui a dormir a la casa de mi abuela Guacolda, quien por esa fecha vivía en Lo Errázuriz, una población nueva de casas enanas, vecina a la comuna de Maipú. Casas que repartía el dictador y donde lo único que cabía era el miedo de sus propietarios. Casas que eran cajitas de fósforos, pero los fósforos tenían la cabeza rota, porque ahí nunca pasaba nada. Atardecía y jugábamos carioca con mi abuela, que adoraba este juego de naipes y que le había costado su matrimonio, cuando oímos la noticia. Escuchábamos Radio Chilena y armábamos tríos y escalas sobre la mesa del diminuto living, con una frivolidad apabullante, como quien exponé  cadáveres de animalillos para una disección en la cuabierta de un laboratorio, cuando nos enteramos de lo acontecido. Me emocioné. Miraba las figuras en las cartas e intentaba imaginar al rey muerto. Luego aclararon que Pinochet no había muerto. Tuve miedo. Esto no va a quedar así no más. Pensé en irme de allí. Luego preferí quedarme. Yo en realidad no tenía nada que ver con el atentado, sin embargo, el sólo hecho de vivir en Avenida La Florida y de haberme ido a dormir a otra parte me hizo sentir cómplice. Mi abuela se levantó y fue a la cocina a lavar los escasos platos que habíamos utilizado. La seguí. De pronto me detuve a mirarla, me fijé en las manchas de lavaza, en los dibujos que hacía la espuma sobre el fondo del lavaplatos, como si el lavaplatos fuera un plano, la prefiguración de un mapa secreto. Pensé en los mapas secretos de las dictaduras. Le pedí a mi abuela que me hospedara unos días y que no me hiciera preguntas. La pobre vieja se puso seria y me aceptó. Luego imaginé a mi abuela Guacolda sobre la parrilla de metal de alguno de los sótanos de calle República, me imaginé a mi abuela tirada, desnuda, con sus chalchas decrépitas colgando mientras un oficial le aplicaba electricidad en sus viejos pezones. Vi a mi abuela gritando y recordando a sus hijos, mis tíos, los hermanos de mi madre y no sé por qué recordé aquella anécdota. Esa historia que ella contaba de vez en cuando y que era el relato de cómo, cuando niña, recién nacida, se la habían robado los gitanos para devolverla tiempo después, sin que nunca mi bisabuela recuperara la certeza de que su hija era su hija. Yo miraba a mi abuela y me preguntaba si era mi abuela. Mi abuela al final estaba contenta de que yo me quedara allí. Yo creo que estaba convencida de que yo tenía algo que ver en todo eso. Yo recordaba las palabras de advertencia de La Chuuuta horas atrás y en cierto modo, sí tenía que ver en todo eso. 
Pienso que estuve ausente como una semana de mi domicilio, asunto que encendió las sospechas de todos los habitantes del departamento de Avenida La Florida.  
Al cabo de unos días, cuando el dictador ya había cobrado su venganza y en esa cacería habían asesinado al periodista José Carrasco y a otros chilenos, y ante las insinuaciones de Natalia, opté por explicar que tan sólo había visitado a mi abuela, no obstante, nunca llegué a convencerla del todo (quizá tampoco a mis compañeros de vivienda) de que yo no había tenido nada que ver con el atentado.  
Casi de inmediato, el primero en reaccionar fue un militante trotskista de Filosofía de apellido Barraza.

Vi a Rodrigo Barraza parado en la boca del pasillo, intuí su tradicional mal olor: una mezcla de ropa vieja mal lavada y hedor a humo de cigarrillos baratos. Cerré la puerta, él se corrigió la chasquilla; una chasquilla ridícula que me recordaba a Che Copete; pero su rasgo más notorio no era la chasquilla, era una enorme mandíbula. Yo lo miraba a veces, no muchas, de soslayo y me lo imaginaba disfrazado de pelícano. Su mandíbula prefiguraba la jeta de los hocicones o la futura papada de un pesquisidor. Del pesquisidor que acumula argumentos, reproches, preguntas, condenas; del pesquisidor que él ya era por esos días.
Barraza había llegado a vivir hacía poco con nosotros, y lo cierto es que su presencia en el departamento no duró más de un par de meses. Barraza era un tipo asertivo y nos llevábamos pésimo. Fue él quien –preocupado- inquirió detalles. La tarde que aparecí en el depto tuve la deferencia de ignorarlo y no cagarlo a improperios ante tal patudez. Recuerdo haber encendido un cigarro y haberme servido un vaso de vino. Necesitaba calmarme.
Aquilatemos. Un trotskista equivalía a la perorata de sus argumentos. Éso eran los feligreses de don León: verborrea y citas; sobre todo citas. Barraza fondeaba los ríos ocultos de cada libro, como un silurio oculto en el barro dispuesto a destrozar a su presa. Leía como un Quijano, y quizá estaba loco como un Quijano. Los observaba de reojo o mejor dicho, los escuchaba de reoreja, si es que se puede decir así. A veces encandilaban y todos nos creíamos ciegos y abanzábamos con nuestros bastones tanteando las baldozas y los pastelones rotos de los pasillos del Peda, tropezando con sus anatemas. Sopesaba sus anatemas. Oía como se autoproclamaban la avanzada vanguardia del proletariado. Como si una vanguardia pudiera ubicarse en otro sitio que no fuera adelante.No importaba que ellos no fueran proletarios, ni hijos de proletarios, si no más bien simples dependientes de supermercados o de leguleyos de financieras o casas de empeño.  
Le escuché decir una tarde a un trotskista panzón y bastante torpe de Historia y Geografía que los revolucionarios –los verdaderos-, decía, optaban entre ser cabeza de ratón o cola de león. Por suerte, otro compañero de nombre Feliciano, le repuso aquella vez, que aquello sonaba bien, demasiado bien, pero que ellos no alcanzaban a ser ni los pelos del roedor en cuestión.
Juro que los trotskistas eran esencialmente, digamos que, unos simples huevones. Eso creo y sostengo, y huevones que metían la cuchara en todo e indagaban asuntos e información. Datos o chismes que constituían el peligro.  Peligro para medio mundo.
Tuve ganas de increpar a Barraza, pero decidí o preferí hacer como que no lo oía. Una práctica –por lo demás- común entre ellos y nosotros: los entonces dueños oficiales del leninismo.
Caminé en silencio hasta mi habitación para depositar mi bolso en mi camastro. Barraza me observaba y su mirada me hizo temer. Y si fuera sapo, pensé. Como era de esperar, mi ninguneo lo provocó aun más, la animadversión entre ambos creció como si en la cocina hubiera explotado una olla a presión. Pero esta vez el trotskista de Filosofía de mandíbula enorme parecía haber cambiado el tono. Hablaba con una entonación de respeto que no le conocía y que más bien me preocupaba.
-Este huevón pensará que yo tengo algo que ver en eso, (imaginaba yo ese día), eso me lo repetía una y otra vez en mi cabeza, -les dije a uno de los argentinos; creo que  fue al que le decían Samuray.
Lo único que faltaba era que empezara a contárselo en otro lado a medio mundo.
Sí, no estoy ya seguro de nada, pero creo que eso se lo dije al Samuray. 

Los trotskistas del Pedagógico, no sólo tenían mala fama, (qué mala), pésima fama.  Fama de estar infiltrados, de eso tenían fama estos incautos de la revolución. Algo que, por lo demás, nunca llegamos a corroborar y que –visto hoy, con lo simpatías que ha despertado el fundador del Ejercito Rojo- pudo ser particularmente injusto con ellos.

Todos nos manteníamos alejados de ellos. Tenían la peste, semejaban una banda de leprosos. Acercarse a ellos era sinónimo de problemas. Y en esos tiempos nadie confiaba. O en realidad, algunos sí confiaban. Yo por ejemplo. Yo una vez confié en ellos. Pero no era sólo el miedo lo que nos hacía evitarlos. Además, evadíamos a los sacristanes de León porque eran particularmente habladores, eran un río de improperios y mierda, una comunidad de charlatanes y correveidiles de la política estudiantil. Solían estar en todas las asambleas, no faltaban a una, tampoco en las mayores asambleas junto al casino, esa explanada en el medio del Peda donde un grifo solitario vigilaba al estudiantado como si fuera un extraño dispositivo, un enano de metal que fiscalizaba. Allí intervenían y sus intervenciones solían siempre causarnos desconfianza. No pasaban de ser tres o cuatro, a veces una media docena. Rodeados de otros estudiantes que los miraban con curiosidad, como si fueran unos animalitos escapados de un zoológico. Levantaban el índice, pedían la palabra y dejaban en claro que no estaban de acuerdo con nada. Aducían maximalismos revolucionarios y consignas de todo tipo y al final llegaban a posturas que dividían a los estudiantes. Solían terminar cargándose a Stalin, acusándonos de la invasión a Afganistán, y hasta del pioletazo con que el compañero catalán Ramón Mercader había asesinado a León Trotsky en Coyoacán el 21 de agosto de 1940. Con sus entreveros, los únicos favorecidos, a fin de cuentas, eran las autoridades. Entiéndase: el enemigo.  


Por aquellos tiempos los jóvenes comunistas no sospechábamos que nuestras opiniones no eran nada más y nada menos que una gotita más de los turbios y oscuros fluídos con los que el ala estalinista al interior del partido (digamos que el ala más fuerte). Un ala de ave rapaz cuyos aletazos podían aplastar las alas de los pajarillos indefensos que volaban o intentaban volar en la intrincada jerarquía clandestina; pajarillos anónimos, gorriones de provincia, cuyas cabezitas, esos incautos cerebros dogmatizados por el chantaje partidario, el mismo partido lavaba y restregaba en la vatea ideológica, imponiendo las prioridades, es decir, la urgencia de derrocar a Pinochet. Esa es la pura verdad. Por eso no se discutía, sólo se conversaba. En voz bajita se conversaba, se murmuraba. Siempre de acuerdo en todo, pero a veces se sugería.

Como decía, yo si confié una vez en los acólitos chilenos de Bronstein. Por eso, en lo que a mi respecta, la tirria de los trotskistas hacia mi persona provenía de una anécdota curiosa anterior. Y se las conté a los argentinos. Por suerte no había ningún trotskista entre ellos.

-Al ingresar en marzo de 1984 a la Academia Superior de Ciencias Pedagógicas, (así se llamaba el Pedagógico en esa época), fui rápidamente permanente objeto de un intento de reclutamiento que los diferentes colectivos políticos solían hacer hacia los que se suman de manera solitaria e independiente a las protestas; como si yo fuera la nueva loca del barrio tras los enfrentamientos callejeros con los pacos se acercaban los pretendientes, -les precisaba a los argentinos-.
Pero esa especie de licitación o subasta, no era por cerebros, qué va, la puja era por manos. Ser de oposición, tener la razón o estar de lado de la razón, eso era también una cuestión de número, de cantidades, de masas.  
-Se trataba de ser más que los otros, -intervino El Samuray.
-Sí, al principio se trataba de ser hartos. Lo que no es lo mismo que estar hartos. Y nos reímos…


 Así se reclutaba. Aun lo recuerdo. Acosando. Sin mediar demasiados protocolos. Ni hablar de medidas de seguridad. Los comunistas, los miristas, los trotskistas, los socialistas de Almeyda, los socialistas comandantes, los socialistas de Núñez, los socialistas de aquí y de allá, los MAPU, los MAPU OC, los de izquierda cristiana, protestante, o judía, los Lautaros, y tantos otros, pujaban y apostaban en la arena reclutadora, o en el reñidero, o en el palenque en que cada mes, cada semana, cada día, a cada rato, se transformaban las universidades chilenas. Así, como si se tratara de un remate público, todos buscaban alimentar sus filas, engrosarlas, alistando al máximo número de estudiantes.
Los primeros en acosarme fueron los trotskistas.