<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-18986682</id><updated>2012-01-28T00:01:57.832+01:00</updated><title type='text'>Ómnibůs</title><subtitle type='html'>Ejercicios literarios.
Neogéneros y Antigéneros. 
Entreparéntesis, Exabruptos, Diatribas y Virulencias; Folletines, Relatos, Crónicas y algunos bilbaísmos</subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://jorgezunigapavlov.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/18986682/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jorgezunigapavlov.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><link rel='next' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/18986682/posts/default?start-index=101&amp;max-results=100'/><author><name>Jorge Zuniga</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://4.bp.blogspot.com/-BciI-0LEMig/TY-qyhtoxTI/AAAAAAAAA0c/DQa4ykuZVMs/s220/DSCN6420.JPG'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>112</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-18986682.post-1427694401259848563</id><published>2012-01-16T23:38:00.000+01:00</published><updated>2012-01-27T12:23:37.759+01:00</updated><title type='text'>Malos Aires. Parte final del Capítulo 4. Pág. 66 a pág. 70</title><content type='html'>&lt;div dir="ltr" style="text-align: left;" trbidi="on"&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/-V3HNx_ZCaPk/TxSmvZm5v7I/AAAAAAAAA6M/8UhGvUsA94A/s1600/atentado.jpg" imageanchor="1" style="margin-left: 1em; margin-right: 1em;"&gt;&lt;img border="0" height="229" src="http://3.bp.blogspot.com/-V3HNx_ZCaPk/TxSmvZm5v7I/AAAAAAAAA6M/8UhGvUsA94A/s320/atentado.jpg" width="320" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 45.0pt;"&gt;&lt;span style="font-family: Garamond;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 45.0pt;"&gt;&lt;span style="font-family: Garamond;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 45.0pt;"&gt;&lt;span style="font-family: Garamond;"&gt;....&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 45.0pt;"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 45.0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Ese día, La Chuuuta, antes de marcharse primero que nadie,nos llamó a mí y al compañero Gonzalo Gonzáles&lt;b&gt;&lt;/b&gt;hacia un costado de la habitación para decirnos que esa noche seríaconveniente que no durmiéramos en nuestras respectivas casas. Que algoimportante sucedería. Y que sobre todo yo, por ningún motivo, ya que vivía ahídonde vivía. En ese mimuto no supe interpretar su hermético consejo, peroestaba dispuesto a seguirlo. Tampoco quise hacerle preguntas demás. La Chuuutano era el tipo de mujer que contestaba preguntas. Su silencio intimidaba. Cuandoyo me imaginaba la revolución, el día del triunfo, veía a La Chuuuta apareceren un traje verde olivo y con un fusíl en la mano. Otras veces la imaginabatorturando a un contrarrevolucionario. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Le hice caso a la compañera. Y me fui a dormir a otraparte. Ese día, o esa tarde, era el 7 de septiembre de 1986. Era el día delatentado al General Augusto Pinochet durante su regreso a Santiago desde sucasa de fin de semana en El Melocotón. Esa casa que quedaba en algún lugar alfinal de esa ruta que comenzaba en la Avenida La Florida, la calle donde yovivía. &amp;nbsp;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Ese día domingo -les dije a los jóvenes argentinos-, trasla sugerencia, me fui a dormir a la casa de mi abuela Guacolda, quien por esa fecha vivía en Lo Errázuriz, una poblaciónnueva de casas enanas, vecina a la comuna de Maipú. &lt;/span&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;Casas que repartía el dictador y dondelo único que cabía era el miedo de sus propietarios.&lt;/span&gt;&lt;span class="apple-converted-space"&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Casas que eran cajitas de fósforos, pero los fósforostenían la cabeza rota, porque ahí nunca pasaba nada. Atardecía y jugábamoscarioca con mi abuela, que adoraba este juego de naipes y que le había costado su matrimonio, cuando oímos lanoticia. Escuchábamos Radio Chilena y armábamos tríos y escalas sobre la mesadel diminuto living, con una frivolidad apabullante, como quien exponé&amp;nbsp; cadáveres de animalillos para una disecciónen la cuabierta de un laboratorio, cuando nos enteramos de lo acontecido. Meemocioné. Miraba las figuras en las cartas e intentaba imaginar al rey muerto.Luego aclararon que Pinochet no había muerto. Tuve miedo. Esto no va a quedar así no más. Pensé en irme deallí. Luego preferí quedarme. Yo en realidad no tenía nada que ver con elatentado, sin embargo, el sólo hecho de vivir en Avenida La Florida y de habermeido a dormir a otra parte me hizo sentir cómplice. Mi abuela se levantó y fue ala cocina a lavar los escasos platos que habíamos utilizado. La seguí. De prontome detuve a mirarla, me fijé en las manchas de lavaza, en los dibujos que hacíala espuma sobre el fondo del lavaplatos, como si el lavaplatos fuera un plano, laprefiguración de un mapa secreto. Pensé en los mapas secretos de las dictaduras.Le pedí a mi abuela que me hospedara unos días y que no me hiciera preguntas. Lapobre vieja se puso seria y me aceptó. Luego imaginé a mi abuela Guacolda sobrela parrilla de metal de alguno de los sótanos de calle República, me imaginé ami abuela tirada, desnuda, con sus chalchas decrépitas colgando mientras unoficial le aplicaba electricidad en sus viejos pezones. Vi a mi abuela gritandoy recordando a sus hijos, mis tíos, los hermanos de mi madre y no sé por qué recordé aquellaanécdota. Esa historia que ella contaba de vez en cuando y que era el relato decómo, cuando niña, recién nacida, se la habían robado los gitanos para devolverlatiempo después, sin que nunca mi bisabuela recuperara la certeza de que su hijaera su hija. Yo miraba a mi abuela y me preguntaba si era mi abuela. Mi abuelaal final estaba contenta de que yo me quedara allí. Yo creo que estabaconvencida de que yo tenía algo que ver en todo eso. Yo recordaba las palabrasde advertencia de La Chuuuta horas atrás y en cierto modo, sí tenía que ver en todoeso.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-family: Garamond;"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Pienso que estuve ausente como una semana de mi domicilio, asunto queencendió las sospechas de todos los habitantes del departamento de Avenida LaFlorida. &amp;nbsp;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Al cabo de unos días, cuando el dictador ya habíacobrado su venganza y en esa cacería habían asesinado al periodista JoséCarrasco y a otros chilenos, y ante las insinuaciones de Natalia, opté por explicarque tan sólo había visitado a mi abuela, no obstante, nunca llegué a convencerla deltodo (quizá tampoco a mis compañeros de vivienda) de que yo no había tenidonada que ver con el atentado. &amp;nbsp;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Casi de inmediato, el primero en reaccionar fue un militantetrotskista de Filosofía de apellido Barraza. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Vi a Rodrigo Barraza parado en la boca del pasillo, intuísu tradicional mal olor: una mezcla de ropa vieja mal lavada y hedor a humo decigarrillos baratos. Cerré la puerta, él se corrigió la chasquilla; unachasquilla ridícula que me recordaba a Che Copete; pero su rasgo más notorio noera la chasquilla, era una enorme mandíbula. Yo lo miraba a veces, no muchas,de soslayo y me lo imaginaba disfrazado de pelícano. Su mandíbula prefigurabala jeta de los hocicones o la futura papada de un pesquisidor. Del pesquisidor queacumula argumentos, reproches, preguntas, condenas; del pesquisidor que él yaera por esos días. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Barraza había llegado a vivir hacía poco con nosotros, y locierto es que su presencia en el departamento no duró más de un par de meses. Barrazaera un tipo asertivo y nos llevábamos pésimo. Fue él quien –preocupado- inquiriódetalles. La tarde que aparecí en el depto tuve la deferencia de ignorarlo y nocagarlo a improperios ante tal patudez. Recuerdo haber encendido un cigarro yhaberme servido un vaso de vino. Necesitaba calmarme. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Aquilatemos. Un trotskista equivalía a la perorata de susargumentos. Éso eran los feligreses de don León: verborrea y citas; sobre todocitas.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size: 12pt; text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Barrazafondeaba los ríos ocultos de cada libro, como un silurio oculto en el barrodispuesto a destrozar a su presa. Leía como un Quijano, y quizá estaba lococomo un Quijano.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-family: inherit; text-indent: 45pt;"&gt;Los observaba de reojo o mejor dicho, los escuchaba de reoreja, si esque se puede decir así. A veces encandilaban y todos nos creíamos ciegos yabanzábamos con nuestros bastones tanteando las baldozas y los pastelones rotosde los pasillos del Peda, tropezando con sus anatemas. Sopesaba sus anatemas.Oía como se autoproclamaban la avanzada vanguardia del proletariado. Como siuna vanguardia pudiera ubicarse en otro sitio que no fuera adelante.Noimportaba que ellos no fueran proletarios, ni hijos de proletarios, si no másbien simples dependientes de supermercados o de leguleyos de financieras ocasas de empeño. &amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Le escuché decir una tarde a un trotskista panzón ybastante torpe de Historia y Geografía que los revolucionarios –losverdaderos-, decía, optaban entre ser cabeza de ratón o cola de león. Porsuerte, otro compañero de nombre Feliciano, le repuso aquella vez, que aquellosonaba bien, demasiado bien, pero que ellos no alcanzaban a ser ni los pelosdel roedor en cuestión. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Juro que los trotskistas eran esencialmente, digamos que,unos simples huevones. Eso creo y sostengo, y huevones que metían la cuchara entodo e indagaban asuntos e información. Datos o chismes que constituían el peligro.&amp;nbsp;Peligro para medio mundo. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Tuve ganas de increpar a Barraza, pero decidí o preferí hacercomo que no lo oía. Una práctica –por lo demás- común entre ellos y nosotros:los entonces dueños oficiales del leninismo. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Caminé en silencio hasta mi habitación para depositar mibolso en mi camastro. Barraza me observaba y su mirada me hizo temer. Y sifuera sapo, pensé. Como era de esperar, mi ninguneo lo provocó aun más, la animadversiónentre ambos creció como si en la cocina hubiera explotado una olla a presión.Pero esta vez el trotskista de Filosofía de mandíbula enorme parecía habercambiado el tono. Hablaba con una entonación de respeto que no le conocía y quemás bien me preocupaba. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;-Este huevón pensará que yo tengo algo que ver en eso, (imaginabayo ese día), eso me lo repetía una y otra vez en mi cabeza, -les dije a uno delos argentinos; creo que &amp;nbsp;fue al que ledecían Samuray. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Lo único que faltaba era que empezara a contárselo enotro lado a medio mundo. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Sí, no estoy ya seguro de nada, pero creo que eso se lodije al Samuray.&amp;nbsp;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Los trotskistas del Pedagógico, no sólo tenían mala fama,(qué mala), pésima fama.&amp;nbsp; Fama de estarinfiltrados, de eso tenían fama estos incautos de la revolución. Algo que, porlo demás, nunca llegamos a corroborar y que –visto hoy, con lo simpatías que hadespertado el fundador del Ejercito Rojo- pudo ser particularmente injusto conellos. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Todos nos manteníamos alejados de ellos. Tenían la peste,semejaban una banda de leprosos. Acercarse a ellos era sinónimo de problemas. Yen esos tiempos nadie confiaba. O en realidad, algunos sí confiaban. Yo porejemplo. Yo una vez confié en ellos. Pero no era sólo el miedo lo que nos hacíaevitarlos. Además, evadíamos a los sacristanes de León porque eranparticularmente habladores, eran un río de improperios y mierda, una comunidadde charlatanes y correveidiles de la política estudiantil. Solían estar entodas las asambleas, no faltaban a una, tampoco en las mayores asambleas juntoal casino, esa explanada en el medio del Peda donde un grifo solitario vigilabaal estudiantado como si fuera un extraño dispositivo, un enano de metal quefiscalizaba. Allí intervenían y sus intervenciones solían siempre causarnosdesconfianza. No pasaban de ser tres o cuatro, a veces una media docena. Rodeadosde otros estudiantes que los miraban con curiosidad, como si fueran unosanimalitos escapados de un zoológico. Levantaban el índice, pedían la palabra ydejaban en claro que no estaban de acuerdo con nada. Aducían maximalismosrevolucionarios y consignas de todo tipo y al final llegaban a posturas quedividían a los estudiantes. Solían terminar cargándose a Stalin, acusándonos dela invasión a Afganistán, y hasta del pioletazo con que el compañero catalánRamón Mercader había asesinado a León Trotsky en Coyoacán el 21 de agosto de1940. Con sus entreveros, los únicos favorecidos, a fin de cuentas, eran lasautoridades. Entiéndase: el enemigo. &amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-family: Garamond;"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Por aquellos tiempos los jóvenes comunistas no sospechábamosque nuestras opiniones no eran nada más y nada menos que una gotita más de los turbiosy oscuros fluídos con los que el ala estalinista al interior del partido(digamos que el ala más fuerte). Un ala de ave rapaz cuyos aletazos podíanaplastar las alas de los pajarillos indefensos que volaban o intentaban volaren la intrincada jerarquía clandestina; pajarillos anónimos, gorriones deprovincia, cuyas cabezitas, esos incautos cerebros dogmatizados por el chantajepartidario, el mismo partido lavaba y restregaba en la vatea ideológica, imponiendo las prioridades, es decir, la urgencia de derrocar a Pinochet.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Esa es la pura verdad. Por eso no se discutía, sólo seconversaba. En voz bajita se conversaba, se murmuraba. Siempre de acuerdo entodo, pero a veces se sugería.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES" style="font-family: Garamond;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Como decía, yo si confié una vez en los acólitos chilenos deBronstein. Por eso, en lo que a mi respecta, la tirria de los trotskistas haciami persona provenía de una anécdota curiosa anterior. Y se las conté a losargentinos. Por suerte no había ningún trotskista entre ellos.&lt;/span&gt;&lt;span style="font-family: Garamond;"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;-Al ingresar en marzo de &lt;st1:metricconverter productid="1984 a" w:st="on"&gt;1984 a&lt;/st1:metricconverter&gt; la Academia Superiorde Ciencias Pedagógicas, (así se llamaba el Pedagógico en esa época), fui rápidamentepermanente objeto de un intento de reclutamiento que los diferentes colectivospolíticos solían hacer hacia los que se suman de manera solitaria eindependiente a las protestas; como si yo fuera la nueva loca del barrio tras losenfrentamientos callejeros con los pacos se acercaban los pretendientes, -les precisabaa los argentinos-. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Pero esa especie de licitación o subasta, no era porcerebros, qué va, la puja era por manos. Ser de oposición, tener la razón oestar de lado de la razón, eso era también una cuestión de número, decantidades, de masas. &amp;nbsp;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;-Se trataba de ser más que los otros, -intervino ElSamuray.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;-Sí, al principio se trataba de ser hartos. Lo que no eslo mismo que estar hartos. Y nos reímos…&lt;/span&gt;&lt;span style="font-family: Garamond;"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;o:p&gt;&amp;nbsp;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="text-indent: 45pt;"&gt;Así se reclutaba. Aun lo recuerdo. Acosando. Sin mediardemasiados protocolos. Ni hablar de medidas de seguridad. Los comunistas, losmiristas, los trotskistas, los socialistas de Almeyda, los socialistas comandantes,los socialistas de Núñez, los socialistas de aquí y de allá, los MAPU, los MAPUOC, los de izquierda cristiana, protestante, o judía, los Lautaros, y tantosotros, pujaban y apostaban en la arena reclutadora, o en el reñidero, o en elpalenque en que cada mes, cada semana, cada día, a cada rato, se transformabanlas universidades chilenas. Así, como si se tratara de un remate público, todosbuscaban alimentar sus filas, engrosarlas, alistando al máximo número deestudiantes.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Los primeros en acosarme fueron los trotskistas.&lt;/span&gt;&lt;span style="font-family: Garamond;"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/18986682-1427694401259848563?l=jorgezunigapavlov.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jorgezunigapavlov.blogspot.com/feeds/1427694401259848563/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=18986682&amp;postID=1427694401259848563&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/18986682/posts/default/1427694401259848563'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/18986682/posts/default/1427694401259848563'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jorgezunigapavlov.blogspot.com/2012/01/parte-final-del-capitulo-4-pag-66-pag.html' title='Malos Aires. Parte final del Capítulo 4. Pág. 66 a pág. 70'/><author><name>Jorge Zuniga</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://4.bp.blogspot.com/-BciI-0LEMig/TY-qyhtoxTI/AAAAAAAAA0c/DQa4ykuZVMs/s220/DSCN6420.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/-V3HNx_ZCaPk/TxSmvZm5v7I/AAAAAAAAA6M/8UhGvUsA94A/s72-c/atentado.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-18986682.post-4469782545475745592</id><published>2012-01-14T21:53:00.000+01:00</published><updated>2012-01-24T00:16:51.092+01:00</updated><title type='text'>Malos Aires. Extracto del Capítulo 4. Pág 58 a pág. 61</title><content type='html'>&lt;div dir="ltr" style="text-align: left;" trbidi="on"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="center" class="MsoNormal" style="text-align: center;"&gt;&lt;b&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;4&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 45.0pt;"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 45.0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Cuando ese verano de 1987 mirábamos hacia atrás en eltiempo, cuando escudriñábamos los meses, las semanas, los días pasados, hablandoy concluyendo nuevos planes, yo sentía de pronto, en medio de esa poblaciónmiserable en compañía de esos jóvenes trasandinos, que su presencia allíconstituía un misterio, algo como una señal; un aviso de que algo habíaempezado a cambiar inexorablemente. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Primero el fin del toque de queda, luego, la presencia deesos jóvenes, la autorización para que entraran a Chile. Nada calzaba en milectura de la realidad. Todo había resultado mal. Todo lo que nosotros habíamospontificado. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Incluso en Rusia, la madre patria de los comunistas, las cosas andaban mal. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Hoy pienso que todo lo que el Partido Comunistade la Unión Soviética había diseñado y mantenido por la fuerza durante largosdecenios, no era más que el fruto de un voluntarismo endémico, basado en larepresión y el crimen sistemático y cuyas causas no podían ser otra cosa que laapropiación por delincuentes de una doctrina delineada en mentiras dogmáticas ymesiánicas, acomodadas según los intereses de esa nomenclatura partidariapolicial corrupta y malvada, cuyos seguidores en Chile eran un puñado de vejetesclandestinos que creían a ciegas en esas mentiras, utilizando los encantadorespostulados que los jóvenes marxistas que soñábamos con hacer la revoluciónen Chile creíamos a pie juntillas y que aceptábamos como verdades absolutas&lt;b&gt;.&lt;/b&gt; Esas verdades que en Europa del Este eranel pretexto para mantenerse en el poder y tiranizar a otros pueblos. &lt;span style="color: maroon;"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Por esos días asumíamos con entereza nuestra derrotista condiciónlocal; la versión tercermundista de algo que se descomponía en otra parte delmundo y que los comunistas perdularios chilenos ignorábamos. Convicciones quedos años más tarde, a fines de 1989, mantendrían su vigencia con la misma precariadisposición que adopta el acólito al que besa por primera vez una muchachahermosa, ese beato que descubre escabrosamente una inevitable erección. El posibledesenmascaramiento de su dios. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Por esos días, para nosotros, ese nuevo y rejuvenecido diosse llamaba Michajl Gorbachov y la nueva teología era la Perestroika y laGlásnost. Sin embargo, algunos ya no teníamos enmienda y nos cuestionábamos.Dudábamos gracias al mismo Gorbachov, él mismo nos había enseñado a dudar, acriticar. Pero sobre todo, un tema era central: La invasión de Afganistán; ese temasalía a colación casi en cada discusión con otros jóvenes, sobre todo conaquellos jóvenes a quienes no les impresionaba en lo más mínimo los supuestos progresosy logros de Revolución Rusa. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Sin embargo, los jóvenes marxistas argentinos quesoñaban con hacer la revolución en el continente, más los jóvenes marxistas chilenosque soñábamos con hacer la revolución en Chile, sabíamos que lo que pasaraen la Unión Soviética -con Gorby o sin Gorby, poco tenía que ver con lo quepasaría pronto en Chile, y que ese país, Afganistán, estaba lejos y que nuestrodictador local estaba igual allí: intacto, furioso, casi invicto y malhumorado.Pero sobre todo, cerca. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Con toda su cara de morsa apaleada Pinochet gritaba aviva voz: “Vean, vean, los comunistas han intentado asesinarme, los comunistashan ingresado al país todas esas armas cubanas. Vean, vean, los subversivos…” &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Y veíamos. Cómo vociferaba la morsa apaleada ante un incontestablemar de pruebas. Evidencias que delataban nuestro arrojo, digo nuestro, porqueme sentía parte y en cierta medida era parte. Aunque el arrojo, lo que se dicearrojo, fuera de otros. Los hechos como pruebas corroboraban ese arrojo pero pordesgracia también nuestra ineficacia, nuestra negligencia: los errores. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Y ahí estábamos: pétreos, con una cara de palo total, comosi nada, como si no hubiera pasado nada, y lo cierto es que habíamos hechomucho durante todos esos años, desde 1983, pero lo más importante no. Lo queera verdaderamente importante no nos había resultado. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Los dos fracasos del Frente Patriótico, Carrizal y elatentado, dejaron ver que el partido aun no era capaz de derrocar al tirano.Mucho menos militarmente. Nada había resultado. Ni la proclamada Sublevación Nacionalpreconizada por el partido, ni el tiranicidio orquestado por el FrentePatriótico. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Nada. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Absolutamente nada. Ese era nuestro ánimo, ese verano. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Y para colmo, de Natalia, por esos día, yo casi ya no teníanoticias. Se la había tragado la tierra. Aunque -más bien-, quien se la había tragado,o fagocitado, en algún lugar de Santiago, era un tal Mario Moyano.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Moyano era un muchacho de la Juventud Demócrata Cristiana(la JDC) de la Escuela de Filosofía, con quien Natalia había entablado unafrugal relación intelectual -en un principio filosófica. Muy pronto la relaciónse redujo al prefijo de esta palabra: al simple “filo”. O sea, sexo, puro yduro. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Ese nuevo vínculo de Natalia –desde hace medio año atrás-había aniquilado toda esperanza de una nueva reconciliación entre nosotros, porfin la definitiva: la quinta o quizá la sexta reconciliación de nuestra cojeanteconcomitancia llamada pareja o pololeo y cuyos orígenes databan desde aquel díaa comienzos de 1984 en que a la salida de la casa de calle Suiza (la casa delos padres de Silvina), le pedí pololeo. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Lo chocante era que por esos días -en cambio- otra reconciliaciónse fraguaba en Chile. Era la llamada Reconciliación Nacional, una entelequiapacifista o pacificadora promovida por la Iglesia Católica, con Monseñor Fresnoa la cabeza, ese anticuado arzobispo de Santiago y que provenía de La Serena.Fresno era apoyado por sus aliados políticos de la Democracia Cristiana Chilena.&lt;/span&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;LaDemocracia Cristiana no encarnaba sólo la imagen de Moyano cogiéndose aNatalia. Odiábamos a la DC tanto como a Pinochet. Eran ellos, representados enun tal Aylwin, quienes habían golpeado los cuarteles militares instando algolpe de estado. Y era Aylwin quien se haría, muy pronto, con la bandapresidencial, esa que tanto había deseado y esperado tras la asonada militardel 73.&lt;/span&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Así, 1987 era el año de la reconciliación y -valga decirlo-yo ya no estaba ni ahí con reconciliarme. Ni con Natalia, ni con Pinochet. Perolo cierto es, que a fin de cuentas, todos ganábamos y perdíamos algo en el impúdicopóquer de esas nuevas alianzas. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Quizá habíamos fracasado en la alborotada aventura revolucionaria,a pesar de que el Frente Patriotico y el partido aun estrugaran la toallabuscándo sacarle algunas gotas de optimismo a nuestra lucha. Y nosotros, losestudiantes, éramos los encargados de apretar al máximo el torniquete en esatoalla. Nuestra revolución, sin embargo, parecía un boxeador que trastabillaba,cagado a moretones, con las cejas rotas y los ojos en tinta. ¿Y la toalla?,quizá la toalla era la única salida después de tanto alarde. De otro modo elknockout estaba cerca. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Ya habíamos fracasado y de seguro no lo sabíamos aun,pero al menos –eso esperábamos- ganábamos la flaca esperanza de no morir ametrallados&amp;nbsp;en una calle; de no terminar en una fosa común y de sufragar algún día. Esdecir, esa estúpida y repetitiva manía de introducir un pedacito de papel enuna urna cada equis cantidad de años y creer que eso era la libertad.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 45.0pt;"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 45.0pt;"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;...&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;div id="edn1"&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;div id="edn1"&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/18986682-4469782545475745592?l=jorgezunigapavlov.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jorgezunigapavlov.blogspot.com/feeds/4469782545475745592/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=18986682&amp;postID=4469782545475745592&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/18986682/posts/default/4469782545475745592'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/18986682/posts/default/4469782545475745592'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jorgezunigapavlov.blogspot.com/2012/01/extracto-del-capitulo-4-pag-58-pag-61.html' title='Malos Aires. Extracto del Capítulo 4. Pág 58 a pág. 61'/><author><name>Jorge Zuniga</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://4.bp.blogspot.com/-BciI-0LEMig/TY-qyhtoxTI/AAAAAAAAA0c/DQa4ykuZVMs/s220/DSCN6420.JPG'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-18986682.post-1434169371396011449</id><published>2012-01-11T20:46:00.000+01:00</published><updated>2012-01-24T22:56:05.785+01:00</updated><title type='text'>Malos Aires. Extracto del Capítulo 2 de Malos Aires. Pág. 31 a pág. 34</title><content type='html'>&lt;div dir="ltr" style="text-align: left;" trbidi="on"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 45.0pt;"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 45.0pt;"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;...&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 45.0pt;"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 45.0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Era 1987. Corría el verano de 1987. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Desde comienzos de ese año, vimos rodar nuestra piedra revolucionariapor la ladera de la historia. Desde el mismísimo primer día de ese año –lamisma fecha en que celebrábamos cada año un aniversario más de la Revolución Cubana(escaso consuelo para nuestra derrota)-, desde esa mañana de jueves todoempezaba a convertirse para nosotros en relato, en mito, en leyenda: historiapropiamente tal. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Quién lo iba a creer, pero todo, paradójicamente, tambiénse transformaba en noche, pero en otra noche. No esa noche metafórica ytrillada con la que se suele definir a las dictaduras que parecen no tener fin.No la noche de una lucha oscura que a los ojos de las luchas de hoy quizá seprolongaba innecesariamente. Aunque quién lo podía saber. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;No esa noche. Sino más bien, esa noche real que nos habíasido robada por tantos años. Las noches de carne y hueso. Esas noches que desdeallí en adelante convertían las famosas fiestas de toque-a-toque en pasado; en unconcepto legendario, en anécdota, en historia, en relato. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Sí. Un decreto con fuerza de ley cambiaba las reglas dela noche. Instauraba una fecha: el 2 de enero de 1987. Y era justo un viernes. Desdeesa fecha se levantaba –después de tantos años- el famoso toque-de-queda. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;¿Qué haríamos entonces con tanta noche? &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Por aquellos tiempos, solíamos permanecer atascados alcaer la madrugada esperando el alba. No había otra y nos reíamos y repetíamoscon una risa petrificada el inclaudicable el verso de un poeta chileno exiliadoy casi desconocido. Omar Lara se llamaba el poeta. Eran unas escuetas doslíneas que eran todo un relato. Eran seis palabras que eran la elipse de unahistoria implícita y que el poeta había dedicado al obsceno castigo del toque-de-queda,o a ese obsceno placer. Repetíamos con sedición y lugeria ese pequeño poema quenos había dado por tantos años una excusa: &amp;nbsp;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="center" class="MsoNormal" style="text-align: center;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;“Quédate, le dije.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="center" class="MsoNormal" style="text-align: center;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Y la toqué.”&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Y nos quedábamos y la tocábamos y a veces, casi nunca,ella nos tocaba. Ella la noche. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Había una paradoja indigna en aquello que ganábamos y en aquelloque perdíamos, y nos importaba. Lo poco y nada que poseíamos, la esperanza deconquistar ese beso (o algo más que ese beso) en medio de una fiesta de viernes.Escuchando a Los Prisioneros o a Soda Stereo, a Virus y algunas veces a RubénBlades, se desvanecía ese verano del 87. Así, producto de un capricho, de ese menesterosogesto de falsa apertura del dictador. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Ya no nos quedaba ni ese oscuro placer. La ilusión nocturnade todos los pretendientes se esfumaba con ese decreto. Ahora ellas, nuestrasvalkirias, se nos escabullían en medio de la noche a sus casas. Sin más Mucho antesdel amanecer. Ahora nos tocaba quedarnos, por quedados.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Desde ese día 2 de enero de 1987 (o desde esa noche), loschilenos recuperábamos el derecho a vagar a oscuras en medio de la bruma y laescarcha, esperando la aurora y la &lt;i&gt;gotade rocío&lt;/i&gt;, como nos cantaba el cubano Silvio Rodríguez. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Pero 1987 fue mucho más que ese nuevo derecho nocturno. 1987significó, significaba, un &lt;i&gt;todo de nuevo&lt;/i&gt;.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Desde los primeros días de 1987, los jóvenes marxistasque soñábamos con hacer la revolución en Chile, comenzábamos desde cero. Entodo sentido. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Nuevamente. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Una vez más. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Relatando y actuando. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Pero sobre todo relatando, contando. &amp;nbsp;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Desde cero. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Y esto porque el Partido Comunista de Chile, del cual yoera parte (de sus juventudes), había diagnosticado para Chile, que el año 1986 ibaa ser el Año Decisivo. El año de la caída del tirano. El año de la SublevaciónNacional.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Pero no fue así. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;El tirano no se había ido. No había caído, ni lo habíamosechado. 1986 no había sido el año decisivo, aunque de cierta manera, para mí, sílo fue. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Empecemos.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Pero mejor saltémonos enero. Porque todo el mes de enerode 1987 no había sido otra cosa que una seguidilla de reuniones, preparativos,conciliábulos, ampliados, comités, más reuniones, kilos de sensatosrazonamientos, muchísimos y sesudos análisis de los por qué de esa derrota. Depor qué no había caído Pinochet. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Lo único que queda claro es que en ese trance, enero se noshabía evaporado con una rapidez inusitada. Con una rutina de más preparativos ymás reuniones. Interminables reuniones. Elucubraciones, conclusiones, justificaciones,explicaciones y las famosas medidas. Esa palabra que se suponía nos acercaba cadadía más a la victoria, eso creíamos, porque no se nos pasaba por la cabeza quefuera al reves. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Nuevas medidas. Reformulaciones de la dialéctica. Ese &amp;nbsp;famoso paso adelante, esos famosos dos pasos atrás.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Dictábamos informes y luego nos sentábamos a abanicarnoscomo si Chile fuera una función, como si Chile fuera un cabaret precipitado.Levantábamos nuestros cigarrillos y con largas boquillas hacíamos observacionesque explicaban las causas de esa derrota. Una derrota -por supuesto- temporal,según la inclaudicable ortodoxia partidaria. El ajuste de la teoría y la línea,como la llamábamos. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;La famosa línea. Yo imaginaba esa línea, un reguero depolvora que yo miraba con una antorcha en la mano. O: las migas de pan de unosniños perdidos en un bosque oscuro. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;A decir verdad, más parecíamos un auto viejo. Un cacharroque iba muy bien de bajadita hasta el instante en que se le cortaban los frenos,y después -una vez ya detenido, casi al borde del despeñadero-, un cacharro alque se lo intentaba hacer andar. Pero eso ya era algo extraordinariamentedifícil. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Empiezo por febrero de 1987, un mes que llegó como sinada. Esperábamos el inicio de los Trabajos Voluntarios&lt;b&gt; &lt;/b&gt;de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile. Esostrabajos a donde habían llegado algunos jóvenes voluntarios argentinos yuruguayos. Jóvenes –también &lt;/span&gt;&lt;span lang="ES"&gt;marxistas, como nosotros-, jóvenes provenientes de otraspartes del continente y que también –como nosotros- soñaban con hacer larevolución en el mundo. Jóvenes que venían a escucharnos, a oír nuestrashistorias; como si ellos fueran psicólogos o sacerdotes de sectas cercanas ynosotros los pacientes desquiciados tendidos sobre otomanas gastadas o fueramospecadores inauditos ocultos tras las rejillas de los confesionarios de larevolución. &amp;nbsp;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Allí empieza estahistoria. En esos Trabajos&lt;/span&gt;&lt;span lang="ES"&gt; Voluntarios dela FECH. Fue allí donde comencé a armar este relato, allí yo les contaba aalgunos visitantes extranjeros la historia de mi propia revolución. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;En esos trabajos los conocí. Conocí primero a la porteña GabrielaBaldani, a la que le contaba algunas cosas, no muchas; conocí después a dosjóvenes rosarinos; a Ramón y a Roberto, alias El Samuray, a quienes también lesnarré anécdotas e historias. Pero en esos trabajos voluntarios conocí sobre todoa Fabiola Lanús, a esa delicada muchacha a quien le fui contando la mayor partede todo esto.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-family: Garamond;"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;...&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/18986682-1434169371396011449?l=jorgezunigapavlov.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jorgezunigapavlov.blogspot.com/feeds/1434169371396011449/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=18986682&amp;postID=1434169371396011449&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/18986682/posts/default/1434169371396011449'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/18986682/posts/default/1434169371396011449'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jorgezunigapavlov.blogspot.com/2012/01/extracto-del-capitulo-2-de-malos-aires.html' title='Malos Aires. Extracto del Capítulo 2 de Malos Aires. Pág. 31 a pág. 34'/><author><name>Jorge Zuniga</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://4.bp.blogspot.com/-BciI-0LEMig/TY-qyhtoxTI/AAAAAAAAA0c/DQa4ykuZVMs/s220/DSCN6420.JPG'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-18986682.post-2546036195448742834</id><published>2011-12-19T01:23:00.000+01:00</published><updated>2012-01-04T10:53:17.712+01:00</updated><title type='text'>El otro Havel</title><content type='html'>&lt;div dir="ltr" style="text-align: left;" trbidi="on"&gt;&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/-ByfT6BAGoZA/Tu6Dh0tUxbI/AAAAAAAAA6E/R6Et6MUiig0/s1600/havel2.jpg" imageanchor="1" style="margin-left: 1em; margin-right: 1em;"&gt;&lt;img border="0" height="223" src="http://2.bp.blogspot.com/-ByfT6BAGoZA/Tu6Dh0tUxbI/AAAAAAAAA6E/R6Et6MUiig0/s400/havel2.jpg" width="400" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="center" class="MsoNormal" style="text-align: center;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;Las experiencias que nos marcan siempre tienenalgo paradojal.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 72.0pt;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Fue a fines de julio de 1989 cuando escuché sunombre por primera vez y en circunstancias del todo absurdas. Acababa de llegar avivir a Praga tras terminar el ÚJOP o Centro de idiomas de Pod&lt;/span&gt;ě&lt;span lang="ES"&gt;brady, un pueblito balneario a orillas del Elba. Allíme habían internado en noviembre del año anterior con una única tarea: aprendercheco. Empezaba el verano, y en vez de aceptar la invitación a visitar Greciaque me habían extendido mis compañeros de escuela, acepté una solicitudextrañísima del Partido Comunista. Se suponía que como había absuelto con éxitoel idioma local, podía marchar con una delegación de hijos de exiliadoschilenos provenientes de Suecia a un campamento internacional de pioneros quese realizaba cada año en los Tatras eslovacos. Allí ejercería de traductor. Enese momento ignoraba por completo que el eslovaco era otro idioma y que a pesarde ser similar o casi idéntico al checo para un extranjero era casi igual, omás trabado aun. Así que partí. A pesar de mi resquebrajada convicciónideológica respecto de qué era lo que realmente se estaba construyendo cuandose hablaba de colaborar con la edificación del socialismo, decidí aventurarmeen la misión partidaria. Salvo algunas sospechas que lindaban en unadesconfiada intuición, los primeros meses de vida en el socialismo eran idílicos;mi vida era objeto de una constante sorpresa y una fanática credulidad, perosobre todo estaba sujeta a una denodada lucha por lograr un mínimo de alfabetismo.Fue en mayo de ese año, tras fotografiar una precaria manifestación en contra delrégimen a los pies de la estatua de San Wenceslao -una manifestación en la que lapolicía cagó a palos a unos muchachos melenudos-, que las indicias pasaron aser en mí, severa cautela y creciente decepción. No obstante, aun yo deseabaimaginar que el socialismo era la panacea. Salvo los conflictos, más bien deíndole personal, con algunos estudiantes cubanos y nicaragüenses, yo no teníaaun razones que alentaran en mí mi posterior disidencia. Intentaba de vez encuando dilucidar dudas y entablar algún tipo de vínculo con los aborígeneseslavos pero la desconfianza solía imponerse y no había espacio para preguntas.Menos para respuestas. A pesar de todo, yo sentía que había algo que no andababien. Incluso una tarde en Roma, a escasas horas de mi llegada a Europa, en laprevia a mi viaje a la República Socialista Checoslovaca, un comunista italianoque me había acogido de manera transitoria y que tenía la misión de embarcarmeen el aeropuerto de Fiumicino, me advirtió que por ningún motivo debíamencionar el nombre de Dubček. Por esos días yo no tenía idea quién era el talDubček. Mi ortodoxia manejaba sólo el nombre de Julius Fučík y su &lt;i&gt;Reportaje al pie del patíbulo&lt;/i&gt; o contabacon cierto resquemor hacía Kundera. Hasta ahí llegaba mi conciencia de loprohibido. Yo aun ignoraba todo. Incluso aquello que en ese mismo mes senombraba con precaución y que si bien era el nombre de un famoso festival demúsica clásica, organizado cada año, poseía a su vez un significado trágico: laPrimavera de Praga.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 72.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;Una tarde a fines de julio, en el campamento depioneros de la localidad Tatranská Lomnica, cuando mi labor estaba poracabarse, el conflicto estalló. No viene al caso entrar en detalles que encierto modo eran banalidades; pero dónde sino en las banalidades podemosdescubrir la medida de la verdadera libertad. Me encontraba en mi habitacióncon la muchacha que con los años se convertiría en la madre de mi hijo;charlábamos y planificábamos cómo volver a vernos durante el mes siguiente. Ellatenía recién 19, yo aun no cumplía 24, y la idea de volver a vernos parecía unalocura. Su padre trabajaba en el Comité Central del Partido ComunistaChecoslovaco, y yo, yo era un simple estudiante extranjero. Estudiábamos lasposibilidades de continuar el romance, cuando irrumpió en la habitación uno delos jóvenes comunistas traductores con quien yo compartía la pieza y al cual yole había arruinado el cortejo de la misma chica. Se llamaba Pavel Skřivánek y eracheco, su pasión era coleccionar contactos con las delegaciones extranjeras yhablar idiomas. Era el traductor de la delegación finlandesa, aunque no hablabafinlandés. Pavel era un trepa como los suele haber en todos los sistemas. Sumilitancia en las juventudes era una manera de acomodarse y desde los primerosdías del campamento nos caímos mal. Le gustaba dar órdenes, a mídesobedecerlas. El caso es que yo le había arrebatado a su presa y eso no seiba a quedar así. A penas entró a la habitación y vi su rostro supuse que algono andaba bien. Traía la orden perentoria para que me presentara en la oficinadel director. Durante la estadía había logrado entablar algunas efímerasrelaciones con algunos eslovacos y eslovacas, por lo general estudiantes queparecían estar allí obligados. Cuando partí a la oficina del director, alguno deellos en el pasillo me deseó suerte. Yo, azuzado por una valentía casigregaria, por la costumbre e irreverencia que arrastraba conmigo desde el Chilede Pinochet, les sonreí sin darme cuenta que un conflicto con el directorcomunista podía tener serías consecuencias para mi futuro. Entré a un cubículoen donde un tipo gordo y mofletudo me esperaba sentado detrás de un escritorio.Yo lo había divisado en un par de ocasiones en los pasillos. La combinación desu calva y unos anteojos de montura gruesa que ocultaban una mirada severa, mehicieron de inmediato desconfiar. Lo acompañaban dos mujeres de pelo corto quese encontraban de pie junto a su mesa. Tenían la mirada dura. Por un momentopensé que una de ellas se me acercaría a intimidarme. Por un momento pensé quesaldría de allí encadenado. La conversación fue tajante y no duró mucho. Eltono fue perentorio. Mi checo a decir verdad era rudimentario y el funcionariono hablaba otro idioma. Por lo demás yo tampoco (salvo el español obviamente).El director se remitió a darme recomendaciones que yo no le entendía y consejosque más bien parecían advertencias. Yo casi no hablé. O si hablé, con todaprobabilidad no se me entendió nada. Luego me insinuó que la reunión habíaterminado y volví caminando a mi habitación. Las cosas me habían quedadoclaras. Allí, bajo los Tatras, el socialismo me mostraba su verdadero rostro. Eraen los procedimientos y modos de imponer obediencia y disciplina a los niños,en el ridículo culto al partido y a los símbolos, en el absurdo atraso y en lapermanente falta de libertad de opinión donde quedaba de manifiesto laignominia del sistema. Tuve rabia, luego miedo de haber descubierto por fin quetodo era mentira, que todo estaba podrido y que el país estaba en manos de unacasta de privilegiados y ceremoniosos ineptos, cuyo servilismo ideológico ycorrupción moral eran similares a aquella de la cual yo venía huyendo. Antes deentrar a mi habitación me topé con los estudiantes eslovacos. Me di cuenta queme esperaban en unas escaleras para enterarse. Les conté lo que pude. Fue unamuchacha gitana la que me llamó a un costado y me dijo cómo se llamaba eldirector. Yo no entendía por qué me lo decía. Minutos después me contó. Era laprimera vez que escuchaba ese nombre. Me dio risa, en un principio la situaciónme pareció ridícula, tragicómica, paradojal. Me hizo sentido la sorna deldirector. Pensé que su obsecuencia era fruto de aquel alcance de nombre. Penséque esa anécdota contradictoria tenía un sentido oculto. Que la encarnación delejemplar moralmente opuesto de ese nombre tabú sentado detrás de un escritorioy amenazante era la extraña manera que elegía el destino para revelarme unaverdad. Václav Havel, repetí después, en silencio, por mucho tiempo, como unkarma. Era un nombre extraño a mis oídos. Tan extraño como aquel Dubček. &amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;Cuando por fin se acabó mi trabajo y comencéa gozar del verano en Praga, solía recordar al poderoso director comunista delcampamento de pioneros y lo imaginaba preso detrás de ese nombre. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 72.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;Así fue cómo supe de la existencia del dramaturgoque murió ayer a los setenta y cinco años. Por esos días de julio de 1989,recién estaba por cumplir 53 años, quizá estaba preso y no sospechaba que muypronto sería el presidente del país de ese otro Havel. Tampoco yo imaginaba quealgún día tendría la oportunidad de verle en persona y cruzar algunas palabrascon él. Muy pocas. Pero eso es otra historia.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-family: Garamond;"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/18986682-2546036195448742834?l=jorgezunigapavlov.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jorgezunigapavlov.blogspot.com/feeds/2546036195448742834/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=18986682&amp;postID=2546036195448742834&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/18986682/posts/default/2546036195448742834'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/18986682/posts/default/2546036195448742834'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jorgezunigapavlov.blogspot.com/2011/12/el-otro-havel.html' title='El otro Havel'/><author><name>Jorge Zuniga</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://4.bp.blogspot.com/-BciI-0LEMig/TY-qyhtoxTI/AAAAAAAAA0c/DQa4ykuZVMs/s220/DSCN6420.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/-ByfT6BAGoZA/Tu6Dh0tUxbI/AAAAAAAAA6E/R6Et6MUiig0/s72-c/havel2.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-18986682.post-7029786722793629327</id><published>2011-12-03T21:41:00.000+01:00</published><updated>2012-01-27T23:18:20.175+01:00</updated><title type='text'>Primer capítulo de Malos Aires. Pág. 3 a pág. 26</title><content type='html'>&lt;div dir="ltr" style="text-align: left;" trbidi="on"&gt;&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/-L2P31gYZcVI/TuVI_yALuXI/AAAAAAAAA58/Qnnu6cobXBM/s1600/pinochet2.jpg" imageanchor="1" style="margin-left: 1em; margin-right: 1em;"&gt;&lt;img border="0" height="320" src="http://2.bp.blogspot.com/-L2P31gYZcVI/TuVI_yALuXI/AAAAAAAAA58/Qnnu6cobXBM/s320/pinochet2.jpg" width="229" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: center;"&gt;&lt;b&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;1&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/b&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 45.0pt;"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 45.0pt;"&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;¿Y qué ocurrencias son esas mujer?, le repliqué aGabriela aquella noche. Era una noche extraña en que el pasado se hacáirepentinamente presente. Si ya no están en boga estos escabrosos temas, ledecía. ¿Quién diablos aquí quiere oír o hablar de algo así?, mujer, le dije.Menos aun oír prédicas. Ni siquiera mencionar mis reminiscencias, hoy ya están archivadas.Por ningún deseo motivo evocar aquello que (por esos días), nosotros, losentonces &lt;/span&gt;&lt;span lang="ES"&gt;jóvenes marxistas chilenos, soñábamos y&lt;/span&gt;&lt;span lang="ES"&gt; llamábamos (a secas y -por cierto-, no faltos degrandilocuencia): la revolución. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Pero ella quería. Ella me lo insinuó. Gabriela me loinsinuaba de vez en cuando. Y al final yo quise también. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;La revolución. Jajaja. La revolución. Y entonces le decíacosas sueltas y me reía y luego guardaba silencio, un silencio espeso. Nosotroslos de entonces, pensaba, y ella me miraba y sabía que yo pensaba. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Yo, le dije, yo. ¿Había sido yo parte de eso que llamaba larevolución?, me preguntaba. Sí. Yo fui parte, le dije. Yo fui parte de algo quellamábamos la revolución y que quién sabe si era la revolución. Entonces… &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Yo era ahora la representación de ese entonces, de eseextraño adverbio que señalaba la sazón de otra vida, eso que había sidocoyuntura (por utilizar el lenguaje que usábamos en esa época) y que ahora resumíanuestros anhelos de entonces de hacerla o de participar en ella, en larevolución. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Los de entonces, pensaba. Los entonces...&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;¿Sabías que ese adverbio es también una conjunciónconsecutiva?, le inquirí una tarde. Gabi sabía, ambos habíamos estudiado lasmismas materias, teníamos la misma profesión. Gabriela y yo nos habíamostitulado hace años de lingüistas. Hablar en claves filológicas algunas veces nosatraía, nos divertía. Solíamos adentrarnos en la realidad como si ella fuera untexto &lt;/span&gt;&lt;span lang="ES-TRAD"&gt;escrito. Buscábamos la ortografía, la sintaxis y lapuntuación de la vida. Escondrijos en que la realidad descubría sus faltas deortografía, sus onomatopeyas, sus perifrasis. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Sí, aun hoy, le insistía. Porque marxismo y revolución desprendenentre sí el ergo, el luego, el entonces. Hacemos la revolución luego (entonces)somos (o éramos) marxistas, o éramos marxistas luego hacíamos la revolución, oquizá, éramos simplemente jóvenes (nada más), luego o entonces, hacíamos larevolución, como dicen las famosas palabras de Churchill. Aunque Churchilldecía que eso era ser liberal y ser liberal no es lo mismo que hacer larevolución, me complementaba Gabriela. ¿Sabías que esa palabra tiene también unvalor de interjección?, le decía yo. Sí, lo sé, me replicaba. Lo sabía. Sí, yera como si la palabra entonces resumiera en toda sus acepciones aquello queéramos, porque (después de todo) la vida (esos días alegres y nefastos bajo unadictadura) era una interjección. En aquella época en que el lenguaje se resumíaen alaridos vivíamos como si todo fuera obvio, como si las cosas ocurrieran amodo de respuestas o bien de simples reafirmaciones. ¿Corroboraciones de algoque venía desde antes? Sí, yo asentía, desde mucho antes. Este entonces es hoysobre todo la locución que evoca un pasado remoto. Algo que con la perspectivadel presente, parecía una reliquia, un recuerdo. Ese tiempo pasado que ya hapasado, ese tiempo perdido. ¿Perdiste el tiempo?, me preguntaba ella. Y yo leexplicaba que no. Que no me refería a eso, que era como la búsqueda del tiempoperdido de &amp;nbsp;Proust. Es decir, era lamemoria misma. Cuéntame, me decía Gabriela. Y me preguntaba detalles, de manerasalpicada, mientras contemplábamos esos vídeos, los noticiarios en la red. Dime.Cómo que ahora mareas de estudiantes ocupan las calles de ese país lejano; esepaís del que yo provenía, allá donde yo nací y crecí. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Donde yo había muerto, le puntualizaba. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Las ocupan de nuevo, le corregía yo. Ahora, en el año2011, de nuevo se repletan las anchas avenidas, o esas anchas alamedas; las alamedasdel famoso discurso de Allende, o las anchas plazas, o las anchas playas, o losanchos shopping center. Nuevamente. Nuevamente brota aquel fantasma, tanparecido al famoso fantasma de los años 80; ese fantasma que en el fondo (paranosotros) era el mismo fantasma decimonónico anunciado por ese filósofo melenudo,judío y alemán. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;¿Por Marx?, preguntaba ella. Sí, le decía yo. CarlosMarx. ¿El fantasma que deambulaba por Europa y que salpicaba advertencias desdesu famoso manifiesto? Sí, ese mismo, le contestaba. ¿Lo leíste? No, refunfuñaba.Gabriela no lo había leído. Del mismo modo como nosotros habíamos obviado lostextos de religión o los textos de Fray Luis o los sonetos y letrillas deGóngora, ella había hecho caso omiso de las lecturas obligatorias de su país:la lectura obligada de Gorki o de Brecht o incluso del Neruda chileno. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Ahora aquí y allá, le decía. En El Cairo o en Madrid, enWall Street, o en Tel Aviv y nuevamente en Santiago de Chile. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;¿Pero no es el mismo fantasma?, me preguntaba. No. Noera, aunque para algunos sí. O sí, sí que lo es, le decía, quizá lo es. Quizálo era, sobre todo allá, en esa ciudad al sur del mundo que redescubría derepente esa palabra onírica, esa palabra tabú. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;¿La palabra revolución? &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Sí, esa palabra, le decía yo. Pero hoy la revolución yano es esa&lt;i&gt; &lt;/i&gt;revolución, replicaba ella.No, le respondía. No era esa; ésa que había sido también mi&lt;i&gt; &lt;/i&gt;revolución, y cuyos resabios (a pesar de los nuevos disfraces) hoyrevivían esos nuevos jóvenes, desempolvando los viejos trajes y las viejasbanderas. Hoy casi no pronuncian ese nombre, afirmaba Gabi. No. Pero esetérmino seguía allí, deambulando atractivamente como si fuera una núbildoncella, bella aunque contagiosa, fresca aunque enferma, y con toda esasupuesta inocencia, con esa letal maldad oculta, calculaba yo. Hoy no lallamaban así, hoy la llamaban primavera o revuelta, le insinuaba a Gabriela.Hoy, los que copan las calles son otros, decía Gabriela, aunque igual a los deentonces: inexpertos, ilusionados, ilusos…&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Son otros. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Los de entonces, o sea nosotros, hoy ya estamos más rancios,ahora tan sólo redescubrimos los recuerdos de aquel tiempo idealista queantecedió a todos estos años vacuos, ese tiempo que obligó a marcharse a esetirano títere, pero que nos dejó la solapada y larga embriaguez de los años 90y la modorra de la primera década de este nuevo milenio; esa borrachera queatesoraba una democracia de pirita y que no nos condujo a nada nuevo,reflexionaba yo. Hoy, con seguridad se repiensan y recuerdan esos días,adivinaba Gabriela. Hoy, yo también recuerdo esos días, le decía, y le dije queescribiría un libro. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Este libro. De esos recuerdos va este libro, le comenté. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Le decía a Gabriela que por esos días, a comienzo de los 80,la revolución era una urgente entelequia que podía ser muchas cosas, diríaseque era algo a gusto de ese consumidor social chileno. De ese consumidorrevolucionario, puntualizaba Gabriela. Sí, y que tenía mil facetas, milversiones, le repliqué. La revolución podía ser un plato a la carta en unrestorán caro allá en Las Condes, o bien una olla común en las fabelas del GranSantiago. Pero fuera lo que fuera, siempre era (al fin y al cabo) larevolución, a secas, ¿o no?, mascullaba Gabriela. Exacto, con la parquedad y lasimpleza que nos daba la juventud de ser veintiañeros, le replicaba. Con esobastaba. Todos éramos revolucionarios, o todos nos creíamos revolucionarios.Durante los 80, la revolución era el fantasma que recorría Chile. Nuevamente. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Y si no en el concepto, al menos en el vocablo habíaunanimidad, me sugería Gabi con acierto, porque estábamos plagados dereferencias mundiales que nos dispersaban. Cierto, dependía de qué lugar delorbe, del tipo de país; incluso del tipo de conflicto; la revolución era unconcepto plástico que podía esconderse tras muchas máscaras, algunas -incluso-griegas, máscaras teatrales que se nos aparecían como espectros trágicos detrásde las bambalinas de la vieja política; la revolución podía lucir infinidad deropajes, incluso de travesti, o esos ropajes traicioneros; o muchísimasindumentarias…&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;¿Las armas?, dudaba ella. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Las armas, el voto, un pasquín o quién sabe qué. Opciones(todas ellas) de lo más curiosas, por sus mutuas y declaradas animosidades. Aalgunos les quedaba grande el poncho, como se solía bromear, le acotaba. Aotros, grande la escopeta. A estos últimos incluso no les faltaba la ocasión dearrebujarse con trajes más bien encogidos, siempre o casi siempre bien vestidos,o bien, con boina y canana. Estuve cerca de ellos, lo vi, los olí. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Fuera como fuera, la revolución seguía siendo larevolución, sospechaba Gabriela, ¿a quién se le ocurre hoy hablar de ella,cuando ya estamos de vuelta de aquel engaño; del más duradero engaño de lahistoria? &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;¿Del comunismo soviético?, inquiría yo. Ella: sí. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;A mí, le dije. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Y yo le hablaba a Gabriela, pero desde aquí y no desde elotro lado del charco como solía llamarle Cortázar al Atlántico, no desde allá,donde el engaño triunfa y la ilusión sigue latente y viva. Allá donde elfantasma aun es colaboración y liga; allá donde las añejas Santas Alianzasrehacen sahumerios y donde las esquinas aun albergan a los polizones desiempre. Allá esos fantasmas aun asustan a los ricos, a sus coludidos estafadores,a esos especuladores que ahora –veinte años después- retoman el largo fundochileno. Con el miedo de sus doctrinas esos viejos espectros renacen, porqueallá los ricos son primitivos y voraces, torpes e inhumanos, le decía a ella.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;A mí se me antoja ahora hablar de aquellos díaslejanos,&amp;nbsp; le anuncié. Viendo la PrimaveraÁrabe, se me antoja. Viendo a los jóvenes estudiantes chilenos que persistíanen la educación y la utopía, se me antoja. Viendo a los jóvenes indignados deMadrid; a las mujeres de El Cairo. Observando y pensando en Siria. Evoco elrecuerdo de un saco de alfónsigo que me regaló una tarde de verano de 1995 enFargo un familiar de Nidal Suleiman (ese amigo y compañero de mi albergueestudiantil, allá por 1989 en Poděbrady). Su familia, siria y remota, habitantesaun allá, de ese pueblito olvidado y cristiano, un lugar perdido entre Aleppo yDamasco, en ese país al que mi amigo no ha vuelto aun. Un país donde losjóvenes hoy caen al suelo como moscas. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Como moscas muertas, constataba Gabriela. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Se viera como se viera, a todas luces, esa revolución queprofesábamos (la de aquellos años) ese magma cotidiano de entonces, era unmagma (antes que nada) mental o intelectual, precisaba, un magma que finalmentetrastabilló. Se derrumbó categóricamente. Cayó de bruces al suelo y se rompiólos dientes o cayó al fango de la historia a fines de los 80. Peor no comotropieza un simple cojo con muletas al que sin embargo una mano oportuna ayudaa tiempo a seguir &amp;nbsp;su camino; no como sedesvanece un anciano octogenario tras una cansina vejez, pero al que alguienofrece un asiento, una pausa, afirmaba yo. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;¿No? &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;No, qué va. Trastabillaba más bien…, y cuando le decíaestas cosas a Gabriela sobrevenía el silencio,… pero luego seguía mi monólogo…y le decía: …acaso por una ambiciosa, por una custodiada idea totalitaria yatlética del prójimo,… …como un muerto súbito. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Suena bien eso, corroboraba Gabriela, un muerto súbito. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;O debido al venenoso banquete de la mentira omnipresente.Esa que busca saciar el hambre mesiánico (ese típico apetito revolucionario),explicaba Gabriela. Como los falsos acróbatas circenses que eran. Sí, es cierto,los comunistas era también parte de un circo. Volaban por los aires sin redpara luego acabar mal, tras un impremeditado salto histórico que deveníamortal, con toda aquella musculatura de ojivas nucleares… &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Como un saltinbanque que vuela divisando desde el aire elabismo. El abismo de la historia, le sugería. ¿La historia?, ¿qué es lahistoria? Una ilusión. En una de esas los comunistas vuelven, murmurabaGabriela. Y yo pensaba y hablaba de la historia. De ese salto sin empacho yaudaz, pero fallido, en medio de un carnaval de náuseas y vómitos… …de llantosy muertos, de ojos ansiosos, nuestros ojos ansiosos, le decía a Gabriela, ansiososallá en los confines del mundo. Nosotros: los espectadores, la masa de siempredispuesta de tiempo en tiempo a actuar. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Pero justamente debido a aquel precipicio inminente quesiempre vuelve, –y cuyo borde aquella vez abandonamos, justo a tiempo, dando unpasito mustio hacia atrás, como si fuera una ridícula pirueta de bailarín, comosi se tratara de los escasos cinco minutos antes del campanazo final, justotras oír ese golpe seco; el de ese bulto anónimo que tocaba fondo allá en eloscuro sumidero de la historia-, vale la pena hoy recordar. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Y recordaba y le decía cosas a Gabriela, cosas quedespués pensaba que sería bueno escribir. Escribirlas y repasar aquí los ecos,hoy, como una suerte de cancioncitas para militantes nostálgicos; bolerosmelancólicos para altruistas cesantes, para izquierdistas parados y condenadosa quedar sin trabajo, sin recalificación ideológica; nosotros: la reservaestratégica (como la llamaban algunos) para alguna nueva causa perdida, o paraese nuevo sueño que seguimos y seguiremos esperando. Porque los sueños son eso:sueños, utopías a las que uno se acerca de noche y con los ojos cerrados.Temblando. Dormido, sonámbulo.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;¿Esperando qué?, preguntaba Gabriela. Yo guardabasielncio. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Le trataba de explicar a Gabriela que a fines de los 80,esa revolución (obviamente la versión marxista de ella) había finalmente caídoal suelo, ebria, con sus estatuas, con sus cultos y ocultos y con toda su flacaidea del progreso. Trastabillada, como esos atletas de salto largo que mientrassaltan y vuelan, miran a un público que menea banderitas y pancartas y al que sele promete y sonríe. Esos mismos falsos atletas que mientras vuelan oran paraque no les vaya a tocar a ellos -más tarde- el control antidoping. Esa pruebaque descubrirá la trampa. Vuelan mientras saltan largo, con los pies pordelante (como los pies de los militantes asesinados), al tiempo que semejan unsimple y desmadejado intento aéreo, ada más que una simple intención, ignorandopor completo cómo ha de resultar la caída. Porque lo que importa&amp;nbsp; es sólo la acción, el efecto. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Puestas así las cosas, esa caída se venía fea, -conveníaGabi. Esa caída fue fea, le dije.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;¿Qué era la revolución para nosotros, allá en ese canejoextremo del mundo? ¿En ese rinconcito de la cultura judeocristiana? ¿Allá enlas márgenes de un imperio? Aun me lo cuestiono. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Estábamos allá, era Chile. Digo estábamos y no digoestaba, porque el yo, la primera persona, casi no existía. Éramos nosotros,éramos el país, la patria, éramos el gentilicio, la masa. Allá en Chile, en esepaís-esquina-con-vista-al-mar, como lo han llamado. En ese terruñito en laperiferia del mundo con su fórmula criolla de hacer las cosas. Allá, larevolución había sido, fue o era, el recuerdo perenne del primer presidentesocialista chileno; del doctor Salvador Allende Gossens, más conocido por sualias: El Chicho. La revolución era el recuerdo del Chicho y de la u pe…, &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;¿La UP?, inquiría Gabi, mientras veía de soslayo. Sí, ledecía. La Unidad Popular, (la Punidad Opular, como me dijo una tarde un tal Pacheco,un mal poeta dadaísta que conocí muchos años después aquí en Praga). Larevolución era el recuerdo de aquel bosque tupido que representaba toda esavegetación de partidos: los radicales, los socialistas, los comunistas, lospopulares unidos de acción, los radicales de izquierda, los popularesindependientes, los cristianos de izquierda, los populares obreros y campesinosunidos de acción. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;¿Todos esos?, reía Gabriela. Sí. Y más. También larevolución eran los revolucionarios de izquierda, los infantiles de izquierda,como decían algunos, que eran más conocidos como los Miristas; y así, larevolución eran también la maleza, esa tildada hierba mala: la revolución eranlos trotskistas chilenos, los estalinistas chilenos, los anarquistas chilenos. Larevolución, querámoslo o no, éramos todos, le decía. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;La revolución era el recuerdo de las tomas de terrenos,de las ollas comunes, del desabastecimiento, de los cordones industriales; deesa publicidad en la televisión que yo recordaba cuando niño, en donde unagotera en una llave acusaba al derrochador; eran mis caminatas con un tarro deleche Nido forrado en papel mural a la casa de una señora a llenarlo con laazúcar que mi madre había logrado comprar en el mercado negro y que la mujernos escamoteaba; la revolución era el GAP, alias Grupo de Amigos delPresidente; eran los murales de la Brigada Ramona Parra, eran mis tíos, loshermanos de mi madre y sus historias: la detención y tortura de mi tío Marianoa días del golpe, por pertenecer a un grupo folclórico y conocer a Victor Jara;el mes que mi tío Vinko pasó escondido en una caja de medicamentos en unhospital. La revolución eran las pancartas, las banderas; la revolución era lavisita de Fidel Castro a Chile; la revolución era un fusil AK-47 condedicatoria. La revolución era el recuerdo de Pin Pón, de Víctor Jara y de lamascota del Canal 7: el perro Tevito. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;La revolución era el recuerdo de la famosa vía chilena alsocialismo. La revolución era una revolución con sabor a vino tinto yempanadas. Esa había sido la revolución, una revolución fracasada a palos losúltimos días de invierno de 1973; acribillada, torturada, suicidada, fusilada,ejecutada, bombardeada, desaparecida, electrocutada, tirada desde helicópterosal mar, acuchillada, violada, una revolución a la que le habían reventado lasmanos y las piernas o a la que le habían metido ratas por la vagina, unarevolución destazada, desangrada, exiliada, relegada. Esa revolución había sidoobjeto, o víctima, exactamente de lo mismo que otros, los revolucionarios,practicaban en otras latitudes del mundo en aras de la revolución. Algo que conseguridad también les hubieran hecho ustedes mismos a sus enemigos, acotabaGabriela, y acotaba con acierto, o al menos yo no lo descartaba. Porque larevolución era nuestro odio. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Esa había sido la revolución a comienzo de los años 70.Había durado 1000 días (horas más, horas menos). Hasta ese 11 de septiembre de1973, hasta las 8.30 de la mañana, cuando cuatro mamíferos uniformados orquestaronesa diana demencial y enseguida una jauría de desquiciados inició aquellainterminable locura criminal que hoy todos conocen e incluso muchos trataen deolvidar.&amp;nbsp; &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;La revolución era el recuerdo de una revoluciónsantiaguina, aunque no sólo santiaguina.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Pero muchos años después del golpe de estado del GeneralPinochet; una generación después de ese golpe, esa vieja revolución era ya otracosa. La revolución aun se ejercía en Santiago de Chile, pero ya no sólo ahí. ¿Allíte tocó a ti?, me preguntó Gabriela. Sí, aunque no sólo ahí, le dije. Sí, nosólo allí. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Estábamos allí, entonces, en Chile, en los años ochenta.Corrían los famosos años 80. Éramos la Generación de los 80, como cantaba poresos días un grupo musical nuevo, un grupo de música rock chilena, con unnombre simbólico: Los Prisioneros. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;La revolución por esos días ya no era sólo Allende, ni lau pe, ni Cuba. Ya no era el socialismo. La revolución significaba una solacosa: hacer caer la dictadura militar. Eso antes que nada. Hacer que cayera ladictadura del General Augusto Pinochet Ugarte, con su primera dama incluida. Unavieja de mierda que repartía sonrisas y mala leche. La dictadura. Esa dictaduraque el burro militar calificaba en ocasiones patéticas, en discursos patéticos,de dictablanda. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Esa era la prioridad. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Y así, los entonces &lt;/span&gt;&lt;span lang="ES"&gt;jóvenes marxistas quesoñábamos con hacer la revolución en Chile, ya&lt;/span&gt;&lt;span lang="ES"&gt; después veríamos qué haríamos con la revolución queanhelábamos. Cuando triunfemos, decían algunos camaradas comunistas mitad enbroma, mitad en serio, cuando estemos triunfando, dispararemos una bala haciaadelante y una pal costado, eso decían, le señalaba a Gabriela. Esa era lapintoresca idea de una promovida unidad nacional. Y yo me reía con ellos, y larisa no se me congelaba en la cara, no era una mueca congelada, porque algo enmí aceptaba tal posibilidad. ¿Era aquel chiste el reflejo de nuestro humornegro, o de un humor rojo imperante? ¿O era una simple filtración, un desliz,un secreto desenmascarado de las estructuras internas del partido que debía ala hora de los quiubos implementarse? &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Era. Sin duda lo era. Era la filtración de una intuicióno de una sospecha de que aquello por lo cual los entonces &lt;/span&gt;&lt;span lang="ES"&gt;jóvenes marxistas quesoñábamos con hacer la revolución en Chile&lt;/span&gt;&lt;span lang="ES"&gt; luchábamos, hacía ya rato que no existía (no podíaexistir) sin cumplir con el requisito de las cuotas de muertos, sin lasllamadas bajas, las víctimas, los caídos de siempre. ¿O era todo eso quizá lasimple sospecha de que tras un triunfo incierto, los próximos en la lista, bienpodrían ser nuestros propios aliados? ¿O bien ser nosotros mismos, losinquietos, los rebeldes, los soliviantados e ingenuos jóvenes de Chile que nosabíamos de nomenclaturas, ni de tácticas? ¿De que todo aquello podía simplementeestar ambientado bajo una versión autóctona del más que probable estalinismo criollo,o tal vez de ese neoestalinismo chileno que pesaba (que aun pesa) sobre lascabezas sudacas? Nuestras cabezas. O más bien sobre las cabezas de los que ahorasiguen allá dándole al organillo. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;A pesar de todo, los entonces &lt;/span&gt;&lt;span lang="ES"&gt;jóvenes marxistas que soñábamoscon hacer la revolución en Chile,&lt;/span&gt;&lt;span lang="ES"&gt; ahí estábamos,al pie del cañón, incluso dispuestos a ser la carne viva o la carne muerta deese cañón. Sin embargo, la revolución, nuestra revolución, no era sólo unacuestión social o una cuestión política. Esa parte era una cara de larevolución, quizá sólo aquella cara inminente. Había más, había un día a día,secreto y subterráneo. Había trabajo y entrega. Había también un noche a noche.Había de todo: sexo lujuria, pudor, amistad, fiesta, miedos, traiciones,indecisiones, drogas, poesía. De todo. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Con todo (con ese todo), le intentaba explicar aGabriela, que los entonces &lt;/span&gt;&lt;span lang="ES"&gt;jóvenes marxistas que soñábamos con hacer la revoluciónen Chile&lt;/span&gt;&lt;span lang="ES"&gt; creíamos que ser marxista erasinónimo de amor al prójimo y no el eufemismo que resultó ser a la postre. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;No el posterior descubrimiento de la implementación banalde un simple odio de clases, pontificaba Gabriela. Y yo le encontraba la razón,porque lo había vivido. Había sido testigo de un régimen encarnado en esasupuesta dictadura del proletariado acá, en otros confines del planeta, sitiosen donde en lugar de detenidos desaparecidos desaparecían pueblos enteros, endonde se torturaba a familias enteras, en donde se asesinaba y encarcelaba comoquien cuenta ovejas en el campo. Allá, o no, acá (porque escribo aquí enPraga). Esa fingida dictadura obrera era en realidad la fingida dictadura de lavanguardia del proletariado, no del proletariado, porque esos beben y duermen),&amp;nbsp;sino que del partido, de susfuncionarios. Aunque ni siquiera eso, ya que en realidad esa dictaduramesiánica resultaría a la postre ser la fingida dictadura dellumpenproletariado, convertido en policía política, en cuadrilla de cuatreros,filibusteros, matones y saqueadores. ¿Vale este resumen, esta cadena hoy comoposible definición de los hechos, aclaración que destape la verdad sobre quienesse apropiaron –primero- del proletariado y –luego- de la vanguardia delproletariado, y sin que nadie se diera bien cuenta de cómo?, me preguntaba a mímismo. En otras palabras: ¿no era esa dictadura obrera otra cosa en definitivaque la simple dictadura de la delincuencia humana en carne y hueso? ¿Constantey sonante? Exactamente igual (o peor) que nuestra dictadura local y chilena, ladel General Pinochet, autoesgrimido como el salvador de Chile. ¿Y era posibleotro camino?&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Difícil responder. Pero a principio de los 80, nosotrosno sabíamos nada de las cárceles y de los gulags rusos y soñábamos,terriblemente ebrios de materialismo y dialéctica sobre las dichas delcomunismo. Aun estaba lejos ese año 89 acá en Europa del Este, o el año 91 enla Unión Soviética, cuando Jeltzin desbancó a Gorbachov. A principios de losochenta, aun las mentiras surtían efecto.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;De esa fábula teórica que devenía en fiebre ideológica yque luego pasaría a fines de la década ochentera a transformarse (por fin) en unaepidemia erradicada, somos cosecha añeja hoy los entonces &lt;/span&gt;&lt;span lang="ES"&gt;jóvenes marxistas quesoñábamos un día con hacer la revolución en Chile&lt;/span&gt;&lt;span lang="ES"&gt;, aquellos que ahora –seguramente- observamos y apoyamoslas nuevas revoluciones. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Somos ahora herencia de una enfermedad erradicada,paradójicamente a fuerza de fracasos. Estamos ahora curados o quizá mejorados,pero llevamos ya aquel virus autoritario en la sangre. Ese ADN ideológico eirracional que ahora ya no nos permite concluir, elaborar, zanjar, y encontrarnuevas respuestas. Mejores respuestas. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;En cierto modo, la derrota había terminado siendo untriunfo, aunque en realidad también era derrota. O eran las dos cosas al mismotiempo, pronosticaba Gabi. ¿Quién quiere hoy, treinta años después de la granderrota, preconizar y vindicar&amp;nbsp; sobre lasvías al socialismo, sobre el socialismo real, sobre el socialismo irreal, sobreel socialismo con rostro humano, sobre el socialismo verde olivo, sobre elsocialismo bolivariano; sobre la teoría y la práctica, sobre si la Europa delEste había o no implantado el socialismo, o si Cuba, o si Nicaragua, o siChina, o si el soldado vuvuzela de Venezuela? ¿Sobre si Dubček era Allende o alrevés? ¿Quién se arriesgaba hoy en día -por ejemplo- a nombrar la locuraalbanesa, o a Pol Pot, o quizá al mismo Coronel Gadafi? ¿Quién podía nombrar altirano Ceausescu y a toda su cruenta demencia rumana sin sentir un escozor enla nuca? Nadie. Absolutamente nadie. O quizá algunos pocos. Los románticos desiempre. Los tontos de siempre. Tontos útiles que le llaman. Yo quierorecordar, le confesaba a Gabriela. Pero no por romanticismo. Yo quieroacordarme de los entonces &lt;/span&gt;&lt;span lang="ES"&gt;jóvenes marxistas que soñábamos con hacer la revoluciónen Chile&lt;/span&gt;&lt;span lang="ES"&gt;. Aquí estamos, recordándonos, lehabía dicho a la Gabi mostrándole el video. Luego la Gabi se iba y yo seguía,pegado a la pantalla, casi toda la noche. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Aquí estoy, de madrugada, abandonando el mayestáticoplural de la masa, del nosotros, en medio de un mar de olvido, viendo repetidasveces ese corto vídeo en YouTube mientras ya Gabriela duerme, estoy allí conellos, donde aparecen los entonces &lt;/span&gt;&lt;span lang="ES"&gt;jóvenes marxistas que soñaban con hacer larevolución en Chile. Van caminando y marchando y gritando consignas por esa queera mi escuela: el ex Instituto Pedagógico de Santiago. A&lt;/span&gt;&lt;span lang="ES"&gt;quí estoy, mirando una y otra vez el vídeo, sentadodelante de la pantalla de mi computador, acodado en un escritorio, o a veces enun bar, o en una biblioteca, o en una casa vieja en la ciudad más bella deBohemia del Sur, o bien, en la habitación de mi hijo que va y viene, un día sí,un día no, desde esta, la casa de su padre, a la casa de su madre en la teatralPraga. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Ahí estaba días atrás, mirándolos desde ese rincón endonde ese hijo nómada le había dado asilo a mi mesa y a mis papeles y a miordenador que ahora es un caleidoscopio de recuerdos en medio de un apartamentoluminoso y olvidado de Praga 6, mirando de vez en cuando por la ventana unclaustro de más de mil años. Ahí estaba, observando como si fuera un espía, alos protagonistas de mi pasado, le confesé a la mañana siguiente a Gabrieladurante el desayuno. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Se veían canosos. Avejentados padres de familia que trasun largo periodo de supuesta victoria, de supuesta democracia, quizá ahora (reciénahora), vueltos de nuevo oposición política ante el bruto de Piñera, hacen unalto, una pausa necesaria y se bajan del adormilado trencito victorioso, pararecordar los días de solidaridad, de amor y de miedo, allá en ese terruñito enlas márgenes del mundo, en ese país con su fórmula criolla de hacer las cosas.Paisito que consigue, que logra hoy –nuevamente- elegir a un presidente dederecha, a ese nuevo mando que otrora simpatizara con quienes fueron nuestrosenemigos pasados. Ese presidente que ha sido nuestro enemigo. Por eso Piñera noes Piñera, Piñera es otra cosa, le explicaba a Gabi. Es la encarnación de laflojera o de la desidia chilena, Piñera es el resumen, la ecuación, el fruto.Piñera es la traición de Chile. Los malos vuelven al poder, y los buenos, lossupuestamente incólumes, los entonces &lt;/span&gt;&lt;span lang="ES"&gt;jóvenes marxistas que soñaban con hacer larevolución en Chile&lt;/span&gt;&lt;span lang="ES"&gt; vuelven a la trinchera disidente, ala queja, al llanto… &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;A la revolución, acotaba Gabi. Habían o han vuelto a susalsa, acusaba yo y me preguntaba: ¿qué hicieron todos estos años aquellos queconstruían el nuevo Chile? Tenían que pasar más de veinte años para reunirse yrecordar, para poner una placa de metal conmemorativa a un costado de la puertade una pobre escuela pobre: la Escuela de Historia y Geografía del ex InstitutoPedagógico. Tenía que pasar el tiempo para que volvieran a sentarse sobre elcésped, para reunirse transitar por las diminutas callejuelas bordeadas por elverde de los pastos y los jardines o en una peña, y escuchar discursos, oírviejas canciones, apretar lejanas manos. Para volver a recordar o a imaginar larevolución derrotada. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;¿Dónde estaban todos estos años?, me pregunté. Gobernaban,añadió Gabreila. No gobernaban, corregía yo. Quién sabe.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Era la quimera, el sueño de una revolución la queconducía la propensión utópica de miles de jóvenes chilenos, trataba yo deexplicarle a Gabriela. Era la doctrina del mito de la igualdad humana y mundialla que implantaba la responsabilidad. Era el imperio de una enfermedad casiincurable en nuestras conciencias tercermundistas. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;¿El igualitarismo? &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Exacto. Soñábamos con que éramos otra cosa o con quellegaríamos a ser otra cosa, que nuestra época era la prehistoria del mundo ycon que un día, tras la revolución, nos convertiríamos en el hombre nuevo. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Y a la vuelta de los años, esa victoria efímera ysoliviantada que sobrevino en 1989, había derivado, en resumidas cuentas–primero-, en una amarga frustración, en aquella sensación de simple escamoteo(una vez más) por los viejos poderes, por los adultos, los políticos, losmacucos, y más tarde, cuando se descubría la farsa soviética, cuando se hacíaevidencia, sobrevenía una sensación de feliz capitulación, de certidumbreoportuna del abandono de esa concepción grotesca del ser humano, de esareducción a masa, a número, a clase, a eslabón anónimo en medio de las llamadasfuerzas productivas de la historia. Por eso, entonces, lo mejor fue irse parala casa, le aclaraba. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;¿Y que hubiera sucedido si hubiéramos triunfado? &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;La revolución. ¿Quién habla ahora de ella?, ¿quién seatreve a embadurnar la literatura con aquello de la lucha de clases? Hasta lapalabra, ese vocablo otrora poderoso y cargado de esperanza y buenasintenciones se ha anegado de malicia, de sinsabores, de sospechas y de unairrevocable hilera de datos: los anales del horror soviético amparados en esafilosofía de la prevaricación. La revolución. Esa mujer vieja abandonada en unasilo para viejas, reemplazada hoy por una muchacha joven y sin nombre, depiernas y senos contundentes, de clítoris aromático y anónimo. ¿Quién quiererealmente dormir con una vieja fea y patibularia, con una anciana bigotuda quenos recuerda a una abuela enferma o a una madre enferma y cuyos ronquidos nosatormentarían durante largas noches en vela?&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Nadie. Ninguno de los entonces &lt;/span&gt;&lt;span lang="ES"&gt;jóvenes marxistas de Chile&lt;/span&gt;&lt;span lang="ES"&gt; que se precie realmente de joven revolucionario querríarenunciar hoy a manipulear las deliciosas y núbiles mieles, a dejarse picarmetiendo la mano al dulce panal de una muchacha en flor. Nadie en su sanojuicio puede creer que lo que era joven ayer puede ser joven siempre. Sí losincautos, pontificaba Gabi. Sí, le corroboraba yo. Los fundamentalistas sí, yesos aun constituyen lo verdaderamente peligroso. Son los de siempre. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Así era la revolución. Una palabra hoy caída en un desusopasmoso. Y con razón. En buena hora. Por ahora. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Le dije a Gabriela que por esos días -cuando ya habíaacabado todo -al menos para mí-, cuando caminaba en noviembre de 1988 por unamanga de aeropuerto y abordaba un avión para abandonar con unas ganas locasChile (mi primer vuelo en avión)-, desaparecía todo para mí, repentinamente,como si se tratara de una tragedia antigua y ajena, como si todo fuera unarepresentación. Todo se esfumaba: las causas, las reivindicaciones, laspretensiones ideológicas, las interpretaciones de la historia, todo. Yo, (aquelex representante electo y efímero, ex dirigente público, ese ejemplar, eseespécimen de los entonces &lt;/span&gt;&lt;span lang="ES"&gt;jóvenes marxistas que soñábamos con hacer la revoluciónen Chile), me largaba. M&lt;/span&gt;&lt;span lang="ES"&gt;e embarcaba enun 747 de Alitalia con destino a Roma, para en seguida proseguir camino a unpaís socialista, a mirara el socialismo, le detallaba. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Sin sospechar en lo más mínimo que ese día dejabas de serlentamente quien eras y dejabas la revolución para siempre, corroborabaGabriela. No. No sospechaba que entonces volaba hacia la otra cara de laverdad, hacia el descubrimiento de por qué esa supuesta derrota (nuestraderrota) tenía finalmente un sentido, a pesar de su fealdad, a pesar dedescubrir que unos canallas reemplazaban a otros canallas. Pero no era eso loque realmente contaba, ya que en el fondo, lo que importaba era ver con lospropios ojos, reconocer la justicia (o injusticia) de lo que era posible, másallá de los experimentos sociales, plagados de dolor y sufrimiento, justo acá,al otro lado del planeta, en este lugar supuestamente paradisíaco al que yoviajaba. Acá en el entonces paraíso socialista. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Miré una y otra vez el vídeo en YouTube, miré susconsignas, versos cambiados. Decían que ellos sí eran los mismos. En algunaparte, no recuerdo dónde, leí una vez ese curioso verso, le expliqué a ella. Recordabasí a cabalidad quien había sido su autor, era un verso que suena a sentencia: &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="center" class="MsoNormal" style="text-align: center;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="center" class="MsoNormal" style="text-align: center;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;“Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos…”,&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Así reza el veredicto poético. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Trataba de decirle a Gabriela que con los años, alejadode mi pasado, alguien ya recóndito, -un fantasma, agazapado como un animalitoherido y asustado; un ser con ojos cerrados, apretados de espanto, comoqueriendo obviar la realidad bajo una falsa ceguera, acurrucado en una esquinaoscura, como buscando así borrar la existencia de un agresor repentino, lasupresión de ese victimario-, me apuntaba y me determinaba (a veces desde elespejo), como si yo fuera una sombra recortada en la luz exterior, el trasuntode un verdugo. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Ese alguien era la memoria de otra vida, elucubrabaGabriela. Era y es aun. Una memoria muerta que a ratos revivía. Una vida casiolvidada que era como leer un libro sin capítulos, una amalgama de retazos, uncaos propio y secreto, que se parecía a caminar por el borde de un precipiciovistiendo la ropa al revés. Una vida que era lo más similar a una epopeya, a unsueño, a algo indefinible: una mezcolanza, resultado de las circunstancias, dela supuesta excepcionalidad de una dictadura militar. Un estado de existenciacarente de singulares en que lo único que contaba era el nosotros. Entoncesnosotros, los de entonces: ¿éramos ahora o no éramos los mismos? El autor habíasido Neruda. Pablo Neruda, para aclarar. No Jan Neruda, de quien el chilenohabía tomado prestado el apellido, no aquel pesimista y a ratos antisemitapoeta decimonónico del país donde aterricé esa noche helada y nevada a fines denoviembre, por allá por 1988. Exactamente un año antes de que el mundo acabaradefinitivamente con la revolución oficial y con el socialismo oficial. Esanoche tenebrosa y despiadada de invierno europeo, el 21 de noviembre de 1988,cuando descendí de un avión, feliz y sin saber que el mundo aun le pertenecía aesos pistoleros que se observaban con odio sobre una calle nevada y fría, concharcos de barro y hielo. Seres haciendo del orbe la locación de una películade terror; allí, ambos a punto de desenfundar; allí, ambos con las cejasarqueadas. Como las cejas de Brézhnev por ejemplo, añadió ella. O con laposterior mueca varonil y pelotuda de Reagan, le decía yo. Un mundotétricamente quieto, en dimensiones temporales ajenas, disparándose balasfantasmas que siempre herían a otros. Allí, esos gobernantes advenedizos eranfisgoneados por sus barras de seguidores; de un lado unos banqueros timoratoscon sus mangas retomadas, con sus viseras de baquelita negra y sus anteojosculo de botella… O bien, de este otro, esta larga cantina atiborrada derevolucionarios borrachos y pletóricos, adoctrinados a más no poder. Y entreellos, nosotros, le exponía. Se suponía que los entonces &lt;/span&gt;&lt;span lang="ES"&gt;jóvenes marxistas quesoñábamos con hacer la revolución en Chile&lt;/span&gt;&lt;span lang="ES"&gt; éramos los mismos, y que aquello -que me había obligadoun día a involucrarme en la revolución chilena (aclaro: en el capítulo segundode la revolución chilena, allá en las márgenes del mundo)- era en su justamedida, idénticamente lo mismo que me obligaba exactamente un año más tarde asumarme a la llamada contrarrevolución; a otra revolución: a esa, la Revoluciónde Terciopelo, acá en el centro de Europa, no obstante esa revolución marcharabajo las banderas exactamente contrarias. Suponía entonces en otras ocasionesque no, que nosotros, los de entonces ya no éramos los mismos, porque lisa yllanamente habíamos dejado de tener el valor y la medida de ese pronombre: nosotros.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;¿Y el hombre?, me preguntaba yo. Qué absurdo resulta hoyla entonces anulación de lo individual. ¿No era el hombre nuestro destino, no esel hombre ante todo un singular? A pesar de todo, nos queda la certeza de quealgo indecible, inenarrablemente minúsculo y duro como un diamante en bruto sigueallí, asustado, en el fondo de nuestra caverna oscura llamada conciencia. Y queentonces los revolucionarios no éramos los verdugos, que éramos lareencarnación del dolor ajeno. Éramos nuestra propia esperanza. Eso que aunesperaba y aun espera.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Después pasó el tiempo, Gabriela me escuchaba, pasó, simplemente,como suele transcurrir el calendario; pasan los años, las décadas. Hubo cambiode siglo, incluso de milenio. Vinieron otras revoluciones. La vida se pobló deteléfonos, de pantallas, de píxeles. Desaparecieron las postales, los sellos ycasi desapareció el papel, murmuraba ella. Desapareció nuestro papel, constatabayo. Las distancias se acortaron y ese mundo azul se transformaba de a poco en unapelota gris girando locamente por el espacio. Tirando humo y desperdicios. Sesucedieron los gobiernos. Aquí y allá. Nacieron los hijos. -Tu hijo, acotó Gabi.Sí, mi hijo. Y la pregunta quedaba: ¿y que hubiera sucedido si hubiéramostriunfado? No hay respuesta. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;No hay respuesta.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Pero luego la pregunta pasó a ser olvido. Al igual queotra pregunta. Ese &lt;i&gt;odkud jsi&lt;/i&gt;? Aquellapregunta -tan típica y repetida que me hizo por primera vez un vietnamita conuna voz gutural y casi imposible en el baño público de mi internado enPoděbrady, apenas a un día de mi llegaba a Checoslovaquia-, esa otra preguntaperdía importancia:&lt;i&gt; odkud jsi&lt;/i&gt;?, medijo ese hombrecito minúsculo que encarnaba en ese instante a todo el pueblo deNguyen Van Troi, el único nombre vietnamita que yo conocía gracias a unacanción. Y ese, su: ¿de dónde eres?; esa consulta inofensiva que esedesconocido me hizo y que otros desconocidos me hacen cada cierto tiempo porfin había desaparecido. Un día la pregunta había cambiado, y ese cambio habíadesordenado todo. Tras el cambio se instalaba el vacío y la vieja pregunta seesfumaba. Sin embargo alguien había tenido la ocurrencia de innovar la preguntay preguntar otras cosas. Y entonces, a esa pregunta en franco desuso la sucedíacon los años, otra. En el huracán global, en la hibridez que me domaba ydefinía, los orígenes perdían toda importancia. Yo ya no era de algún lugar; yoya no provenía, ahora era de ningún lugar, porque ya no era posible ser de unsolo lugar. Así, más tarde, los mismos curiosos, los entonces &lt;/span&gt;&lt;span lang="ES"&gt;jóvenes marxistas quesoñaban con hacer la revolución en Chile&lt;/span&gt;&lt;span lang="ES"&gt;indagaban si yo pensaba algún día volver a ese terruñito en los confines delmundo con una fórmula criolla de hacer las cosas. Las preguntas ya no indagabanpor mis orígenes o por la identificación con un origen concreto. La preguntaahora pasaba del pasado al futuro. ¿Volverías a Chile algún día?, me preguntabaella misma. Gabriela también deseaba saberlo. Yo contestaba que no. Despuésdecía que no lo sabía, decía que eso uno nunca lo puede saber, pero que –alcontrario-, sí era capaz de verme enterrado bajo una lápida en Praga. Lo queera un decir, pues imaginar mi tumba, o ver mi tumba, era una ficción casiinaceptable. Una ficción peligrosa. Pero luego sobrevenía el por qué. Otrapregunta. Y no sabía a ciencia cierta qué responder. Hasta una tarde en que mihijo y yo caminábamos por el parque Stromovka (ese parque que ahora se llamabaStromovka, pero que había sido el parque de Julius Fučík) y me detuve a mirarcómo él -en medio de una inocencia apabullante-, seguía sobre el césped la rutaque hacía un caracol. Un caracol que cambiaba de ruta con una meticulosidad queme persuadía y que amenazaba con hacerme llorar. Un caracol que transportaba sucasa acuestas. Mi hijo miraba al gasterópodo y me hacía preguntas de niño. Yose las respondía con tontas respuestas de adulto. Esa tarde, minutos después medi cuenta que hacía ya meses que entre él y yo no hablábamos en español. Que sibien, él entendía mi idioma, ahora yo ya no era sólo su padre extranjero, queél ya empezaba la construcción lenta y ominosa de una nacionalidad. Y que sunacionalidad era su lengua. Y que yo lentamente me convertía en el ancestro desu genealogía extraña. El pasaba a ser el resultado de mi derrotero; el segundopeldaño de una genealogía que era en sí una apuesta y una promesa, y en la quemi hijo cumplía una suerte de posta, de relevo. Y que ese relevo era lento comoaquel caracol, pero que llevaba una casa a cuestas. Entonces sentí que con unpoco de suerte, algo sintomático y testimonial como nuestro apellido, unapellido a todas luces exótico en estas latitudes, sería, al cabo de cien años-o quizá menos- un cuestionamiento, la intriga de descendientes curiosos, y quequizá ese apellido se expandiría corriendo el riesgo de repetirse y que deseguro se multiplicaría y poblaría las guías de teléfonos o los perfiles defacebook o quién sabe qué cosas nuevas y inauditas. Entonces imaginé que algúndía alguien –un heredero lejano- sería contagiado por esa curiosidad de saberde dónde provenía ese (su) apellido y se atrevería a indagar y hasta quizá visitaríaun día mi tumba en algún cementerio perdido de Praga, el cementerio de Břevnovquizá, o el cementerio de Český Krumlov. Alguien, el bisnieto, el tataranietode mi hijo, o alguien mucho más lejano aun, quizá arropado de extrañasescafandras, en comunicación con sus parientes mediante extrañísimos instrumentos,sentiría la ineluctable vocación de desentrañar la historia secreta de susgenes. El pasado remoto, las razones, los motivos, pero sobre todo, los hechos,o tal vez su escabrosa ficción, dibareaba yo. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;¿Dije ficción? Sí. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Sí. Porque todo recuerdo es ficción y toda lectura de recuerdoslo es también, pontificaba Gabriela. Una escabrosa ficción. Así nacía tambiénesta idea, no sólo por la curiosidad de Gabriela, sino como una necesidadgenética y gregaria. También como una necesidad literaria, como una catarsis. Pero,¿era esa la única razón?, ¿la verdadera?, ¿era entonces contarle a mi hijo y asus hijos y a los hijos de sus hijos, y a los hijos de los hijos de sus hijos,quién había sido el primero en la cadena, el fundador de una estirpe, el remotoantepasado chileno que había emigrado a Praga por razones políticas? Eseemigrante que se había propuesto devolverle la mano a Europa como si se tratarade una conquista, como si fuera la versión sudaca e inversa de un conquistador,me preguntaba a veces en silencio. Por entonces, al arribar a Praga, yo medesafiaba a mí mismo, le narraba a Gabriela: integrarme o morir. Ese era ellema, esa suerte de nuevo guiño revolucionario. Con una acidez corrosiva se me aparecíacada cierto tiempo en la cabeza una idea; una imagen o un motico casi literario:un joven latinoamericano asustado y triste desembarcando en un aeropuertoeuropeo; caminando apresurado al baño del aeropuerto, como si llevara algoescondido; lo imaginaba lavándose el rostro; levantando la cabeza paracontrolar el reflejo en el espejo; sacando de un bolsillo un encendedor;extrayendo del interior de su abrigo de cotelé gastado y sucio, el pasaje deretorno; y luego le prendía fuego al boleto, como si fueran las naves delconquistador de México ardiendo en la bahía.&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Imaginaba algunas tardes mi tumba en el cementerio deBřevnov, con un epitafio que sintetizara mi opción ostracista. Imaginaba laspreguntas. ¿Qué extrañas peripecias había vivido y lo habían obligado aabandonar voluntariamente aquel sitio?, (un sitio tan lejano en aquella época,en el milenio anterior; ese sitio aun dominado por un sátrapa felón llamadoPinochet, un cruel dictador a punto de dar un pacito al lado). ¿Y para qué?Para trasladarse a un lugar, no menos exótico, acá en el centro de Europa,gobernado también por sátrapas pero de otra calaña, en condiciones sinoiguales, tal vez peores. ¿Qué lo había llevado a saltar del sarténlatinoamericano a las llamas centroeuropeas?; llegar a otro infierno, uninfierno bajo la barita mágica de una caterva de facinerosos que predicaban lasmentiras de un paraíso que era putrefacto y decadente, plagado de animalesmoribundos, frutos podridos y sobre todo hipocresía, pecado y culebrashumanas.&amp;nbsp; &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Así el libro resulta la única respuesta, la opción, concluí.Un libro encierra un cometido, un cinturón, un reguero de palabras que correráncon su fuego encendiendo la memoria, ilustrando el pasado y robando el abandonoy la ignorancia. Entonces decidí que la única manera de señalar si era o no erayo el mismo, era escribir y contar; decidí que dejar esa absurda cuestión sinrespuesta, o con respuesta, era, a lo sumo una opción más, ya que de todosmodos siempre es el punto de vista de los otros el que cuenta. El punto devista del lector, dictaminó Gabriela. La dictadura de la opinión. Entoncescontar. Contar quién había sido yo allá cuando era otro, cuando era un joven&lt;/span&gt;&lt;span lang="ES"&gt; marxista que soñabacon hacer la revolución en Chile&lt;/span&gt;&lt;span lang="ES"&gt;. Contarle aGabriela y contarle a mi hijo, cómo había llegado aquí, y en resumidas cuentas,gracias a qué acontecimientos y avatares allá en los confines del mundo;gracias a qué enlace de hechos fortuitos. Contar qué había antecedido ydeterminado que el que iba a ser su padre (ocho años, siete meses y diecinuevedías más tarde) aterrizaría la noche del 21 de noviembre de 1988 en elAeropuerto de Ruzyně en Praga. Contar. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Eso desde ya constituía un desafío, rezongaba Gabriela. Estedesafío. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Nosotros, los de entonces, los entonces &lt;/span&gt;&lt;span lang="ES"&gt;jóvenes marxistas quesoñábamos entonces con hacer la revolución en Chile,&lt;/span&gt;&lt;span lang="ES"&gt; entonces ya no somos los mismos. Pero eso no sólo se refierea un cambio, a una transformación. Ser el mismo tiene inclusive una acepciónmás: la idea de igualdad. De algún modo, aquí, no sólo está en juego dilucidarel pasado, exponerlo en una bandeja como quien diseña una maqueta que será despuésobservada para siempre en un museo. Una maqueta siempre falsa. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Una maqueta literaria. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Hay algo más, otra acepción, y ésta coquetea con aquellaidea del hombre que ha fracasado, con aquellos experimentos que son recuerdosde una derrota ideológica, derrota que es en el fondo una derrota filosófica,una derrota que es la hija bastarda de una violación, en donde el error haescalado las enredaderas, saltado al balcón, se ha colado por una ventana de lahistoria y a hurtadillas ha amordazado y fornicado a la voluntad hasta más nopoder. Le ha dado por el culo y por la boca, y después la ha penetrado yeyaculado, le ha inoculado esclavismo y obediencia. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Esa podía ser la historia de toda la segunda mitad delsiglo XX, se lamentaba Gabriela. Exacto. Al tiempo, habíamos aparecidonosotros, los entonces &lt;/span&gt;&lt;span lang="ES"&gt;jóvenes marxistas soñadores de la revolución en Chile,&lt;/span&gt;&lt;span lang="ES"&gt; los últimos militantes de esa utopía (aun así hayatodavía quienes aspiran a la revolución o al socialismo hoy). &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Esos, poco cuentan ya, dijimos al unísono Gabriela y yo. Así,nosotros éramos quienes promulgábamos entonces a ultranza que habían lugares enque todos éramos iguales, lo mismo, que cada cual era un clon, un igual, queéramos una seguidilla repetida de iguales y que eso era sinónimo de justicia.Pero eso no era así y a mí me tocó verlo por mis propios ojos y acá en Praga.Mejor así. ¿Qué son estas palabras entonces? ¿Un diario? No. ¿Unas memorias? Quizá.O tal vez tampoco. Resulta difícil recordar otra vida, como si la vida actualfuera el resultado de una reencarnación. Como si la vida anterior no teperteneciera, replicaba Gabi. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Instado por una necesidad propia, por esos fracasadosinterrogatorios a mi madre -tiempo atrás- en los que intentaba indagar osonsacar un pasado y conocer la propia estirpe me di a la tarea de recordar, deescribir. Una fuerza testimonial y ficcionadora se apodera religiosamente demí. Intenté hacer lo propio con mi padre, sin éxito alguno. ¿Quién era yo? Nolo sabía.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Luego intenté descubrir una pista que me hiciera saber sial menos ellos, los otros, esos de ahora, los que se paseaban por los pasillosy pastos de la que era mi escuela, por los píxeles de mi pantalla, son de algúnmodo los mismos de entonces. Sin embargo, ellos no están al comienzo de unaestirpe, ellos no son mucho más que un eslabón más en una cadena que haniniciado otros, en un tiempo casi remoto y de la que ellos casi nada saben. Y,como si fuera poco, por lo demás ahora viven aburridos y atrapados en ese mismolugar: en ese terruñito en los confines del mundo con una fórmula criolla dehacer las cosas. Los observo y siento que ellos, los entonces &lt;/span&gt;&lt;span lang="ES"&gt;jóvenes marxistas quesoñaban con hacer la revolución en Chile&lt;u&gt;,&lt;/u&gt;&lt;/span&gt;&lt;span lang="ES"&gt; no quieren, no aspiran a saber la verdad. No pueden, nobuscan, porque la verdad significa el fin. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Su fin, rezongaba ella. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="font-family: inherit;"&gt;Movido por el deseo de derrumbar una probable pared defutura ignorancia y olvido tuve la ocurrencia una noche de contarle a Gabrielalo que había sido mi paso por Santiago de Chile, lo que había sido mi paso porla revolución. Por y para mi hijo, o los hijos, por y para los nietos, por ypara una posible estirpe, por y para las eventuales indagaciones del futuro. Perotambién por y para el lector intruso y valiente que no le teme a la verdad, susurrabaGabriela. Sí. Pero sobre todo para contestar preguntas, las de ella, laspreguntas que sólo sabe poner una mujer. ¿Qué son estas palabras entonces aquí?No lo sabe nadie. Yo quizá sí. ¿Una novela?, me preguntaba ella en voz alta.¿Qué era una novela, sino una historia? Una novela, una novela plagada depersonajes reales, algunos históricos, otros ocultos en el anonimato de unapodo instrumental que se advierte y anuncia a sí mismo en su momento, traté deteorizarle a Gabriela una respuesta. ¿Hechos? Los hechos, aquello que llamamosel argumento, son siempre una mezcla de realidad y ficción, una argamasa deanécdotas y recuerdos. No hay en estas letras precisión, porque la precisióndestruye el movimiento y encarcela la metáfora, le insinuaba y ella consentía. ¿Quéhay entonces? Caos. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 45pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/18986682-7029786722793629327?l=jorgezunigapavlov.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jorgezunigapavlov.blogspot.com/feeds/7029786722793629327/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=18986682&amp;postID=7029786722793629327&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/18986682/posts/default/7029786722793629327'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/18986682/posts/default/7029786722793629327'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jorgezunigapavlov.blogspot.com/2011/12/primer-capitulo-de-malos-aires-libro.html' title='Primer capítulo de Malos Aires. Pág. 3 a pág. 26'/><author><name>Jorge Zuniga</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://4.bp.blogspot.com/-BciI-0LEMig/TY-qyhtoxTI/AAAAAAAAA0c/DQa4ykuZVMs/s220/DSCN6420.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/-L2P31gYZcVI/TuVI_yALuXI/AAAAAAAAA58/Qnnu6cobXBM/s72-c/pinochet2.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-18986682.post-5926193217455544738</id><published>2011-10-03T12:02:00.000+02:00</published><updated>2012-01-15T11:47:07.581+01:00</updated><title type='text'>Prometeo de Petr Pazdera Payne</title><content type='html'>&lt;div dir="ltr" style="text-align: left;" trbidi="on"&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/-rY4wg4XXkbI/TomIvgcDQYI/AAAAAAAAA5Q/l-wvRV73Kio/s1600/cancerbero.jpg" imageanchor="1" style="margin-left: 1em; margin-right: 1em;"&gt;&lt;img border="0" height="158" src="http://2.bp.blogspot.com/-rY4wg4XXkbI/TomIvgcDQYI/AAAAAAAAA5Q/l-wvRV73Kio/s200/cancerbero.jpg" width="200" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Lo sabía, perro. Hacetiempo que observo como me olfateas; siempre que me volteo a mirar, te veodesaparecer tras el final de esa larga muralla. Esa distancia me inquietaba, yaque no te conocía, pero ahora estás detestablemente cerca, pues me mordiste lapierna. Huí, pero ya no puedo respirar… Detrás de nosotros alguien más corría: Aquelque sedujo a todas mis chicas, aquel que me calumnió con mis amigos y que seburló de todos mis poemas. En compañía del psicólogo, ambos gesticularon hacíamí con sus paraguas y maletines. Las fachadas de los edificios se inclinaban hasta crecer por encima mío. Era como si estuviera nuevamente en casa, en mi urbe natal. Con pasoscortos y apurados&amp;nbsp; me alcanzaron, pasaronpor mi lado y desaparecieron tras una fábrica al final de la calle, adonde yano llegaré, porque te tengo ahora a ti en mi pierna, perro.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: right;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;o:p&gt;Traducción de Ómnibůs&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/18986682-5926193217455544738?l=jorgezunigapavlov.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jorgezunigapavlov.blogspot.com/feeds/5926193217455544738/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=18986682&amp;postID=5926193217455544738&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/18986682/posts/default/5926193217455544738'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/18986682/posts/default/5926193217455544738'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jorgezunigapavlov.blogspot.com/2011/10/prometeo-de-peter-pazdera-payne.html' title='Prometeo de Petr Pazdera Payne'/><author><name>Jorge Zuniga</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://4.bp.blogspot.com/-BciI-0LEMig/TY-qyhtoxTI/AAAAAAAAA0c/DQa4ykuZVMs/s220/DSCN6420.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/-rY4wg4XXkbI/TomIvgcDQYI/AAAAAAAAA5Q/l-wvRV73Kio/s72-c/cancerbero.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-18986682.post-1714370379164637270</id><published>2011-09-22T14:36:00.000+02:00</published><updated>2011-09-22T18:24:46.782+02:00</updated><title type='text'>Siestas Patrias, entre el miedo y la cobardía.</title><content type='html'>&lt;div dir="ltr" style="text-align: left;" trbidi="on"&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/-00_ZBve8Iw0/TnsrsuBPmZI/AAAAAAAAA5M/nrs7Xd8Np2Y/s1600/DSCN0772.JPG" imageanchor="1" style="margin-left: 1em; margin-right: 1em;"&gt;&lt;img border="0" height="240" src="http://4.bp.blogspot.com/-00_ZBve8Iw0/TnsrsuBPmZI/AAAAAAAAA5M/nrs7Xd8Np2Y/s320/DSCN0772.JPG" width="320" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="right" class="MsoNormal" style="text-align: right;"&gt;&lt;i&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="right" class="MsoNormal" style="text-align: right;"&gt;&lt;i&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="right" class="MsoNormal" style="text-align: right;"&gt;&lt;i&gt;&lt;span lang="ES"&gt;A Mohammed Nabbous y Li Xiang&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;b&gt;&lt;i&gt;&lt;u&gt;&lt;span lang="ES" style="font-size: 14pt;"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/u&gt;&lt;/i&gt;&lt;/b&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Unpoco de autobiografía. Empecemos con una anécdota. Una anécdota infantil. Mihijo tenía 10 años y nos encontrábamos visitando Chile. Un medio día, enCoquimbo, nos vimos en el trance de probar un plato exótico de comida local. Elplato, en sí era exótico, pero para mí no. Para mi hijo checo, sí. Exótico comoel mar al que olía. Parecía exótico y peligroso. Y en cierto modo quizá lo era.Yo, estúpidamente, con la estupidez que sólo puede tener el proselitismoeducativo de un padre, le impelía a probar el plato. No seas cobarde, le dije,a qué le temes. Mi hijo se negaba. Entonces mi hijo guardó silencio y se paróen seco y me abofeteó, no con las manos, si no que con el argumento. Me dijo,papá yo soy miedoso, pero no cobarde. Casi me largué a llorar de orgullo, dealegría. Del proselitismo pasé a un estado de temperancia y recordé los yalejanos días en que en ese mismo país yo me moría de miedo. Era un miedo casiendémico, como el molusco que nos miraba desde el plato. Pero ese miedo, por muy grande que fuera, nunca fue lo suficiente como para huir aesconderme, como lo hacía la mayoría. Cuando mi hijo dijo eso, sentí que aquellavez yo tampoco había sido cobarde. Al menos eso quiero creer. Que a pesar delmiedo había cumplido mi deber. Ese día, después del almuerzo, no hice otra cosaque edificar lo que me había dicho mi único hijo. El resto del viaje le dejécomer lo que se le antojara. Yo he seguido, todos estos años, armado de aquellaextraña pero exacta dialéctica que hay entre el miedo y la cobardía. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Hastaaquí lo anecdótico. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Pensabaque bien este texto podría titularse “Crónica de un anonimato anunciado” o“Crónica de un silencio anunciado”, aludiendo así al título de la famosanovela, de ese escritor que antes de la fama era esencialmente periodista y dequien leí hace años un librito (periodístico) en cuyo título se elogiaba unaépoca feliz e indocumentada. La palabra crónica recurre a la mínima distanciatemporal, al acto de mirar, ya de soslayo, o bien, con todas las de la ley,hacia atrás. Y aunque el tema en cuestión aquí, sea en esencia una nota ácida,una diatriba más, acerca de las clases de periodismo, esto no es periodismo, sino más bien crónica. La crónica de un importunio. Lo de anonimato, refiere aque los hechos que inspiran este texto fueron idea de un amigo, que prefierequedar en el anonimato. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Pasóel otro día. Conmemorábamos el 18 de septiembre en un boliche celebrador yfiestero, en las inmediaciones de la Plaza Vieja de Praga. Nos alistábamos adesenvolver -en medio de los habitúes y de una reducidísima comunidad dechilenos residentes- una gran pancarta de apoyo a la lucha de los estudianteschilenos, cuando el amigo sin nombre formuló la idea. Irrumpir e interrumpir elcoctelito patrio que el embajador de Chile ofrecía a una comunidad de gentelinda, de políticos locales, de papagayos con terno, de divas y amantes, deresidentes chilenos. De la palabra al plan hubo un par de chelas y del plan asu materialización, una sola noche. Quedamos acordados. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Aldía siguiente, tras una mañana de mínimos preparativos, la cita tuvo lugar alas 12 en punto. Justo media hora antes del festejo. El lugar: el vestíbulo dela estación de Metro Hradčanská, a unas cuadras de la sede diplomática.Llegaron siete chilenos (dos de pura casualidad y dos de pura cepa), treschecos, una mexicana, un puertorriqueño. Repasamos criterios: la embajada esterritorio chileno y no propiedad privada, el embajador y sus adláteres sonfuncionarios y no autoridades. Acordamos manifestarnos sin vulgarismos, y sindescortesías. Algunos documentarían. Total que partimos caminando bajo la garúadel lunes. Llegamos. La cita estaba repleta de autoridades de segunda categoría,colados e invitados, chupamedias y tinterillos y algunos rostros que no veíahace tiempo. Con algunos intercambié saludos, arqueos de cejas. Horas antes yohabía tenido la deferencia o gentileza de enviar un aviso a un periodista delúnico medio de información en español del país. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Ylo hicimos. Acabados los himnos y los discursos anodinos, sobre todo el delembajador que entre otras cosas anunciaba una nueva visita de Klaus a Chile(probablemente un viaje con el objetivo de devolver el famoso lápiz robado obien de hacerse de uno nuevo), extendimos nuestra gigantesca pancarta, gritamosun par de consignas de apoyo a los estudiantes y punto. Luego todo se calmó.Nadie nos echó, comimos de sus empanadas y bebimos de su vino y los amigos seacercaron a saludar y solidarizar. Para algunos otros, yo, o ya no estaba allí oyo ya no existía. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Elembajador rondaba cerca, el cónsul rondaba cerca, los mozos rondaban cerca, sinembargo nadie pidió explicaciones y salvo la cara de disgusto y sorpresa deldiplomático durante la acción, no hubo reproches. Hubo palmadas en el hombro,hubo conversaciones, hubo chistes, hubo risillas. Hubo exageraciones. Alguien bromeóy recordó la casona que aparece en la novela&amp;nbsp;&lt;i&gt;Nocturno de Chile&lt;/i&gt; de RobertoBolaño y anticipó mi pronto secuestro y tortura en los sótanos de la embajadaal ritmo de las muelas mascando empanadas. Hubo muecas y risas. Hubo todo eso,pero no hubo exilio. No fui trasladado a la reja que separa el jardín de lavereda y que jurídicamente constituye la frontera de ese mínimo territoriochileno en Praga. Hubo sólo silencio, hubo ignoración, que es la forma más vilde ningunear. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Unavez en el coctelito pude ver que incluso el editor en jefe de ese medio decomunicación se encontraba entre los invitados. Me alegré. Más tarde vi llegar alperiodista que probablemente haría la nota. Aunque tuve dudas, ya que llegócuando ya todo había acabado. No obstante imaginé que su jefe era la garantía. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Luegonos retiramos, contentos y con una agradable sensación de responsabilidad. Demás está decir que había acabado de lloviznar. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Aldía siguiente, lo primero que hice fue buscar la noticia en Internet, en lapágina de ese único medio de comunicación. Como era de esperar la nota habíasido escrita por el periodista tardío. Creo que hice bien en no esperardemasiado, porque cuando uno espera mucho y las expectativas no se cumplen, secorre el riesgo de la pena. Yo esperaba poco. Muy poco, casi nada, una simplelínea. Una simple línea es verdaderamente muy poco. Pero no había nada. Y nosólo no había nada. La nota estaba llena de mentiras. El periodista habíamencionado a autoridades que no fueron, a mayorías de chilenos que no fueronsiquiera invitados. Pero lo que resultaba más penoso era lo servil y aduladordel mínimo reportaje. Un reportaje que hablaba de copas y de empanaditas. Quépretendía con tal actitud ese pobre periodista nunca lo sabré. Lo cierto es quea las mentiras del chupatintas se sumaron las ínfulas del embajador que decíadescender directamente de un padre de la patria. Como si ese ilustre secretarioy leguleyo de una histórica junta hubiera sido un padre de la patria. Pero sien algunos países la corrupción política y moral de la clase política cobraforma en el clientelismo (tal es el caso de la República Checa) en otrospaíses, donde dicta más bien la plutocracia, se manifiestan las bajezas de losdirigentes en una conducta casi mafiosa, cuya cara es el nepotismo. Característicatípica en los países latinoamericanos y también de Chile, no sólo en suhistoria. Así, descender directamente, o estar emparentado con un personajehistórico, y divulgarlo con pachorra y labia, más allá de querer participar enla fama y los dudosos méritos ajenos, es un acto que huele a nepotismo. Como esbien sabido, los países en vías de desarrollo se caracterizan por tener susriquezas en manos de un puñado de familias históricas. Allí el manejo con lospuestos públicos no es distinto. Pero al parecer el tatarabuelo patriota excitabatanto al periodista del único medio informativo en español en Praga, que simplementela nota patriotera no podía ni quería informar sobre nuestra manifestación deapoyo a los estudiantes. Es más que probable que el director de aquel medio,prefiera el codeo con el poder y los coctelitos a tener que informar la verdad.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;¿Quétienen en común personajes como Anna Stepanovna Politkóvskaya, NataliaEstemirova, Eugenio Lira Massi, David Seymour o el blogero libio Nabbous? Lasdos primeras son mujeres y rusas, los otros tres son hombres y no son rusos.No. Lo que tienen en común estos cinco nombres es que todos eran periodistas yque todos ya están muertos, incluso Mohammed Nabbous que fue asesinado a sus 28años por los hombres de Gadafi mientras informaba sobre la violación de estesátrapa al alto al fuego que declaraba una resolución de la ONU. Esto es lo quetienen en común: una muerte violenta, el asesinato. Los cinco periodistasarriba mencionados no tuvieron migas con el poder, no se achicaron. No sóloinformaron, si no que denunciaron la injusticia y las barbaridades. Así con ellos,los poderosos de turno no tuvieron contemplaciones y los sicarios fueroneficientes. No me cabe duda que estas mujeres y hombres de letras conocieron elmiedo, un miedo que superaron, un miedo que no se tradujo en cobardía. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Puestas&amp;nbsp; así las cosas queda decir obviedades, perohay que decirlas una y otra vez. Hay muchas clases de periodismo, pero sobretodo hay dos clases de periodismo. Uno es el periodista valiente y honrado, quetiene miedo pero escribe, que no teme a la verdad y no se vende por dinero nipor migas con el poder, ese periodista que entiende su oficio como una forma deluchar por un mundo mejor. El otro es el periodista servil y pobre, ese esbirroilustrado y escaso de valores morales que cuida su silla, que plagia cuandopuede, que no investiga, que no se mete en las patas de los caballos, que estácagado de miedo en un rinconcito. Ese es el periodista cobarde. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Otropoco de autobiografía. Yo casi fui periodista. &amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Talvez me salvé de tener que optar entre el miedo y la cobardía. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Porallá por 1987, alcancé a estudiar un año de periodismo en una institución quela dictadura de Pinochet no acreditaba ni reconocía, pero sus egresados erantan notables que no tenían problemas para encontrar trabajo. Educaban allí casipuros retornados del exilio, aquellos que habían tenido la suerte de no figurarya más en las listas negras del dictador. Logré un par de buenas leccionessemiológicas, una par de ejercicios de estilo. Pero no logré convertirme enperiodista. No logré más porque me llegó una beca para estudiar periodismo enun país bajo otra dictadura, más cruel aun. Una vez en Checoslovaquia salté -enmedio de una preparatoria de checo- del periodismo a la arqueología, de laarqueología a la historia, de la historia a la historia del arte, y seguísaltando, como una rana sobre el hierro caliente, hasta que acabé atracando enel puerto de la filología. Oficio ingrato y ciertamente menos peligroso. Quizáen la lingüística y en las letras también se oculta la dualidad entre miedo ycobardía. Hoy no sé si fue o no un error no haber seguido en esa ruta. Donde nohabía nada de libertad de prensa, estudiar periodismo era probablemente unalocura urgente. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Cuandopor fin, primero los estudiantes y luego todo el pueblo checo y el eslovaco(pueblo que era entonces checoslovaco) derribó esa dictadura, yo ya no pensabaen volver al periodismo. Me consideraba (aun lo considero) demasiado lento odemasiado flojo para andar corriendo de aquí para allá. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Sinembargo la crónica siempre ha sido un paliativo oportuno. Y aquí acabo. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Estacrónica se la dedico al blogero muerto en Bengasi hace unos meses atrás y a untal Li Xiang. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;LiXiang es un chino de 30 años. Li Xiang era un chino de 30 años. Li Xiang era unperiodista chino que fue asesinado hace unos días atrás en Luoyang, en laprovincia de Henan. Li Xiang investigaba el escándalo sobre el procesamientoilegal de aceite de cocina por bandas criminales que recolectan el aceite delos restoranes y luego lo reprocesan y lo vuelven a vender. Li Xiang recibió 10puñaladas la otra noche y le robaron su notebook. Li Xiang era un periodistavaliente en un medio extremadamente hostil. Li Xiang no iba a coctelitos delPartido Comunista Chino, no celebraba las fiestas patrias chinas. Li Xianghacía su trabajo. Li Xiang hacia un trabajo de hormiga. Como los cientos deactos por todo el mundo, actos casi nimios de apoyo a los estudiantes chilenos.Pero a Li Xiang le costó la vida y a nosotros en la embajada, a lo sumo, noscostará que no nos vuelvan a invitar. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Lashormigas nunca podrán vencer al elefante, pero sí pueden volverlo loco&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/18986682-1714370379164637270?l=jorgezunigapavlov.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jorgezunigapavlov.blogspot.com/feeds/1714370379164637270/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=18986682&amp;postID=1714370379164637270&amp;isPopup=true' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/18986682/posts/default/1714370379164637270'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/18986682/posts/default/1714370379164637270'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jorgezunigapavlov.blogspot.com/2011/09/siestas-patrias-entre-el-miedo-y-la.html' title='Siestas Patrias, entre el miedo y la cobardía.'/><author><name>Jorge Zuniga</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://4.bp.blogspot.com/-BciI-0LEMig/TY-qyhtoxTI/AAAAAAAAA0c/DQa4ykuZVMs/s220/DSCN6420.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/-00_ZBve8Iw0/TnsrsuBPmZI/AAAAAAAAA5M/nrs7Xd8Np2Y/s72-c/DSCN0772.JPG' height='72' width='72'/><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-18986682.post-2703348304891159276</id><published>2011-07-23T14:11:00.001+02:00</published><updated>2011-07-25T21:47:18.998+02:00</updated><title type='text'>La extraña paternidad de los exiliados</title><content type='html'>&lt;div dir="ltr" style="text-align: left;" trbidi="on"&gt;&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/-YO0elfiiT_0/TiqqIHku46I/AAAAAAAAA5A/vt8btcpVzJk/s1600/Caminando.JPG" imageanchor="1" style="margin-left: 1em; margin-right: 1em;"&gt;&lt;img border="0" height="240" src="http://3.bp.blogspot.com/-YO0elfiiT_0/TiqqIHku46I/AAAAAAAAA5A/vt8btcpVzJk/s320/Caminando.JPG" width="320" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="center" class="MsoNormal" style="text-align: center;"&gt;&lt;u&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/u&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="center" class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: center;"&gt;&lt;u&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt; &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/u&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="center" class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: center;"&gt;&lt;u&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/u&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="center" class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: center;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;u&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Maniqueísmo&lt;/span&gt;&lt;/u&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 4.0cm;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;La vida tiene vueltas extrañas. Al fotógrafo chileno Héctor Tapia Prieto lo conocí por casualidad en París, hace unos años. Pertenecía a esa raza de sabuesos que olfatean de lejos a su presa. La vigilan hasta el instante en que la acorralan, o bien, por medio de un extraño instinto, la dejan ir, para luego, igual atraparla. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Sucedió así.&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Visitaba la llamada Ciudad Luz, gracias a la invitación a una exposición de pintura que me hizo llegar un pintor parisino. El artista vivía en la Rue des Solitaires, a pasos de Belleville. Así que quedamos en reunirnos por esos lados. Yo frecuentaba ese barrio chino por varias razones. Aunque hay que decirlo, sólo yo lo llamaba barrio chino, porque no era chino el barrio, más bien estaba plagado de chinos; de chinos chinos y de chinos franceses. Una de las razones para visitar ese barrio era el trajín multicultural de las calles y la quietud multicultural de Père Lachaise. Ese cementerio que quedaba en el boulevard contiguo y al que yo solía pasar a visitar tumbas, como la de Asturias, o la de Oscar Wilde o al maestro Perec, y sin duda la del gran Gustave Doré. Cada vez que podía, pasaba a visitar muertos.&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Pero al barrio se lo conocía también como el barrio de los pintores, por lo tanto había cierta lógica en encontrarnos por ahí. Conocía el barrio gracias a reuniones pasadas con dos amigos que vivían allí. Y eso era otra razón para visitarlo. De esos amigos, uno de ellos era justamente pintor; el naive Nacho Carrasco. El otro no. El otro era el poeta José Velarde, un poeta peruano. Este poeta vivía a pasos de la esquina donde empalmaban el boulevard y la rue que llevan el mismo nombre, y en cuya esquina solía Velarde comprar algún periódico del país andino. Ignoro cuál. En esa esquina, supuestamente, vendían los periódicos de todos los países del mundo, indicaba el poeta. No me quedaba otra que creerle, mi francés era desastroso y no se me pasaba por la cabeza hacer la consulta o comprobar aquello mediante la adquisición de algún diario checo. Mucho menos comprar uno chileno. Por nombrar las únicas dos lenguas que me incumbían. Que se vendieran todos los diarios del mundo en un solo sitio me parecía algo digno de Borges, una suerte de&amp;nbsp;&lt;i&gt;aleph&lt;/i&gt;&amp;nbsp;informativo. Sin embargo, me daba lo mismo y no iba a gastar mi escaso dinero en evidenciarlo.&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;El pintor parisino de Belleville del que hablo, resultó ser en realidad un chileno de Valparaíso. Según él, era en realidad un pintor latinoamericano. Se trataba de un tal Manes Juppé. Nos dimos una cita por señas en un boliche llamado Les Trois Chapeuax, ubicado sobre la Rue des Cascades. Juppé quería, nada más y nada menos, que yo asistiera a una vernissage auténtica, y aclaraba que la palabra&amp;nbsp;&lt;i&gt;vernissage&lt;/i&gt;&amp;nbsp;solía ser, en muchas ocasiones, una ambigüedad. Juppé, como tantos otros pintores, solía participar, cada año, de las llamadas&amp;nbsp;&lt;i&gt;Aperturas de puertas&lt;/i&gt;. Esto, para quienes no tenían la suerte de abrirse camino en galerías era prácticamente la única oportunidad de dar a conocer sus trabajos al público, eso explicaba Juppé. No obstante, el pintor me invitaba a una auténtica exposición.&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Juppé resultó ser un tipo grueso y bonachón, de semblante achacoso. Lucía una barba de tres días muy blanca y raleada que lo envejecía. Le estimé unos sesenta. A los sumo sesenta y cinco. Semanas antes me había hecho llegar una carta en papel de arroz y con bella letra, donde anunciaba -en un tono poco más o menos que generoso- su intención de por fin exponer en la bella Praga. Esto sonaba a desfachatez. Ese era el propósito de tanta invitación, concluí. La carta informaba de su plan. Tras una inminente visita a Dresde, proponía su muestra. Ya que iba a estar tan cerca, conjeturaba, Juppé deseaba exponer en la galería que entonces yo tenía a mi cargo.&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;A mí, que llevaba unos años montando exposiciones e invitando gente desde París, no me pareció mal la idea. Confieso que era para mí un verdadero misterio saber cómo diablos el tenaz y laborioso pintor se había enterado de mi galería en Praga. De la galería que yo tenía a mi cargo, para ser exactos. Después me puse al corriente de que Juppé pertenecía a un círculo de gente que yo conocía en París. Alguien le había pasado el dato.&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Días más tarde del encuentro, Juppé me invitó a cenar a su casa una carne de cerdo al horno y pastelillos de tarana griego. Allí pude ver una variada producción de cuadros, de todos los tamaños imaginables. Juppé parecía poseído por algún tipo de inquietud megalómana. De todos los rincones de su casa salían telas y bastidores, algunos enormes. Juppé era algo así como la versión en pintura de un escritor enciclopédico, cuya obra completa, a la hora de su muerte, abarcaría una hilera considerable de varios tomos. &amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Juppé estaba casado con una profesora de arte, también chilena, con la que no tenían hijos. Según ellos, se negaban rotundamente a tener hijos en el exilio, eso confesaba la pareja. Decían que sus hijos eran sus cuadros. O sea, ese numeroso orfanato de obras que sonreían desde algunas paredes, o bien, lloraban y corrían por los rincones y pasillos de su casa. Algunos con las rodillas rotas, con los mocos colgando, otros ocultos haciendo maldades. Esto es una metáfora, obvio. Quise insinuarle que el exilio ya se había acabado hace rato, pero mejor callé.&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;En lo que a mí se refería, tenía diseñada una filosofía personal respecto al quehacer de la galería del Dogbar. En ningún caso podía aspirar a llevar a Praga, a algún artista famoso desde París. Eso jamás. Primero, porque la galería, en realidad, más parecía un comedor y sus paredes color azul, además de la escasa luz del lugar, estaban condenadas a la indiferencia de los críticos locales. La galería estaba muy lejos de ser lo que un buen artista deseaba. En segundo lugar, el objetivo no era el arte por el arte, sino que, más bien cumplía un rol decorativo. Era un espacio de arte para principiantes, experimentadores, aventureros e incluso artistas fracasados. Fuera como fuera, había que buscar artistas y yo era el encargado.&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;Dudaba, –por un lado- entre la inquietante y tentadora opción de hacer pasar en Praga por artistas de primera a esos artistas que encontraba en París -siempre consiente del inútil entusiasmo de ellos, y sin importar la eventual escasez de calidad-; o bien –por otro lado- la alternativa de dedicarme a una precaria tarea de descubridor de talentos, tipos en pañales, incomprendidos que algún día serían famosos. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Pero quién era yo para decir lo que era bueno y lo que era malo. Digamos que todo, en el fondo, era cuestión de gusto. Algunas cosas me gustaban, otras no. Lo que me gustaba, pensaba, era lo bueno y lo que no, lo consideraba malo. Con todo, yo valoraba la actitud de los malos que creían que eran buenos y les organizaba exposiciones en Praga, como si fueran famosos. A los buenos, también. Pero con estos, no había tanto cuestionamiento.&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Pero no nos adelantemos y volvamos al asunto. Como decía, la primera vez vi a Juppé en Les Trois Chapeaux. Y resultó que Juppé, curiosamente, también conocía al Mono Trujillo y al Sordo Arias. El Mono llevaba ese apodo por peludo, Arias como secuela de la tortura. Imaginé que a través de ellos Juppé me había contactado. Juppé lo confirmó. Antes de ir al grano, trabamos una conversación plagada de lugares comunes, asuntos que no tenían nada que ver con pintura, ni con este relato, pero la vida era así. Un ejemplo: la leyenda del Mono Trujillo. Yo ya la conocía, pero escuché al pintor por cortesía. Se trataba del origen del apodo de Trujillo.&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;Fue después del golpe de estado de septiembre de 1973 en Chile; en un campo de prisioneros, en el campo de concentración de Ritoque. Según Juppé, cada vez que Trujillo se enfermaba, y lo hacía a menudo, dejaba éste de asistir por las mañanas al conteo de presos. Los militares sacaban a los reclusos muy temprano a cagarse de frío a la intemperie y los dejaban parados en fila delante de las barracas. Tras el conteo, a veces faltaba Trujillo. El soldado a cargo gritaba y un guardia partía a mirar si efectivamente Trujillo yacía en su cama dentro del galpón. Cada vez que aquella labor le tocaba a un pobre soldado raso, el muchacho salía de la barraca alarmado, anunciando que Trujillo no estaba y que en la cama de Trujillo había un preso nuevo. Juppé contaba que Trujillo tenía una curiosa particularidad: le crecía la barba tan rápido, que en cuestión de horas parecía ser otra persona. Otro preso. Esto causaba revuelo en todo el campo de concentración.&amp;nbsp;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Indagué como sabía todo eso. Era una infidencia del Sordo Arias.&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="center" class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: center;"&gt;&lt;u&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;Padrastrería&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/u&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Era una noche agradable el día de la inauguración, excepto por el ambiente premeditadamente calculado del vestíbulo de un moderno hotel de cinco estrellas, cubierto de lamparones y alfombras bermejas. Para ser sinceros, el hotel era feo y estaba en el corazón mismo del barrio de La Defensa. Un barrio también feo.&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;El pintor iba vestido como un&amp;nbsp;&lt;i&gt;dandy&lt;/i&gt;: unos zapatos ridículos de un curioso color vainilla, un chalequillo de tela verde nilo; en el cuello un llamativo pañuelo de seda de un brilloso azul cobalto con ribetes dorados. Manes Juppé, en medio de la sala, se asemejaba a un bailarín ruso a quien unos largos cogotes de cisnes le arrebataban tarjetas de presentación de las manos y que sacaba con encomiable destreza de nigromante, de un secreto bolsillín de su chalequillo. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Sorbía un trago en la barra del bar, cuando vi en plena&amp;nbsp;&lt;i&gt;vernissage&lt;/i&gt; la silueta de un hombre de unos cincuenta y cinco años o quizá algo más. Se acercaba y nadie lo notaba. Vestía una casaca verde olivo y unos jeans, botas negras y una boina, también negra. Sobre la boina, una estrellita. Puta, pensé, el Che Guevara en persona.&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Una cohorte de tres tipos más se quedaron atracito. Como al aguaite. Me quedé mirando su caminar cansino con una extraña sospecha. Ahora por fin empieza lo bueno, pensé ya aburrido en una leve borrachera de coctelitos que iban por cuenta del hotel.&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;No pude evitar tener la alucinación de creer que quien entraba era algo así como un ajustador de cuentas, la versión anciana de un&amp;nbsp;&lt;i&gt;sicario&lt;/i&gt;. De improviso la música del piano se calló. Volteé la cabeza para mirarle la cara al camarero. Sospeché que el empleado haría algún gesto secreto a alguno de esos tipejos a sueldo que están en las recepciones de los hoteles y que suelen estar sentados en algún sillón leyendo el diario, mientras observan o quizá vigilan. Escudriñé con la mirada a ver quien llegaba a desalojarlo sin miramientos. Pero no se inmutó nadie. Los camareros siempre saben qué hacer con tipos como este, pensé. Pero no pasó nada. Si no hubiera dudado de todo lo que veía, debido a una incipiente ebriedad, hubiera creído que el trasunto de guerrillero, en cualquier momento iba a extraer una ametralladora y vociferaría algo. Hubiera asegurado que el sujeto que recorría la misma alfombra roja por donde caminaron minutos antes los invitados de Juppé, era el comandante en jefe de una nueva revolución armada. El patrón de una caterva de izquierdistas furiosos que acababa de triunfar en París, mientras yo baboseaba entre una gentuza falsamente distinguida. Ahora, el mismo comandante en jefe se apersonaba, allí, en La Defensa, tras la toma del poder, para comenzar los fusilamientos de rigor y acabar con esa farsa de mierda, imaginé. Mi entelequia iba demasiado lejos. Pero igual, yo miraba el espectáculo y conjeturaba una larga temporada del guerrillero en alguna sierra imaginaria o en el Bois de Vincennes o, por qué no, en el mismo Parque de Belleville. Estaba borracho y si seguía bebiendo, de seguro mi astucia mental me depararía muchas más visiones como esa. Rápidamente alcé la mano y le pedí al barman un vaso con agua&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Con su pelo negro desordenado, y quizá hasta sucio, el caudillo llegó hasta el final de la alfombra roja. Me pregunté de súbito, cómo era posible que el pintor realizara su&amp;nbsp;&lt;i&gt;vernissage&lt;/i&gt;&amp;nbsp;en un lugar así. Juppé sintió incomodidad al ver la facha del recién llegado.&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Confieso que mi visita a esa exposición estaba, en buena parte, dada por mi búsqueda de nombres. Me había convertido en un cazador de datos, ladrón de contactos, cronista perdido, buscaba aventureros a bajo precio, mercenarios del arte, tipos dispuestos a jugar el falaz juego de la fama. Todos aquellos que deseaban irse conmigo, a cambio de poco dinero y de una popularidad fugaz y local; algo que más bien inspiraba una profunda tristeza. Gente hambrienta de una única noche de gloria en un país extraño, en una ciudad para ellos exótica y lujuriosa: Praga.&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;Cuando por fin vi los ojos del pintor al voltearse a ver al comandante que llegaba, sospeché que su mirada escondía un abrazo de aquellos que se llevan guardados por años. Miré de soslayo a mi costado. El más sorprendido de todos era mi acompañante, el Sordo Arias. El Sordo -al verlo-, se largó a reír. Hacía aspavientos exagerados. Cuando se volteó a verlo, se observaron o se midieron, a mí me pareció por un momento que ambos tenían algún tipo de cuentas pendientes y que nada bueno saldría del viento de ese encuentro.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;Mi sed de diletantes colmaba su copa rancia, pensé. Miré al Sordo acercarse al comandante. Mientras &amp;nbsp;yo le pedía un nuevo tequila al mozo, el Sordo, con un gesto amigable, me llamaba hasta ellos para presentarme.&amp;nbsp;Héctor Tapia Prieto, fotógrafo, introdujo Arias.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;La idea me vino al toque: una exposición en Praga con seminario incluido o una charla acerca de alguna nueva técnica o vanguardia contemporánea, cualquier payasada &amp;nbsp;de esas le venía bien al Dogbar.&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Tapia resultó ser un chileno amigo suyo que hablaba español de España. Más que amigo, habían sido convivientes en años de desahucio económico en Francia. Y aun más, para mi sorpresa, habían sido pretéritos amantes de una misma mujer, la cual nunca compartieron simultáneamente, aunque esto no quedaba cien por ciento claro en la conversación. Al ánimo de unos tragos pude enterarme que aquella historia de faldas compartidas tenía un extraño colofón. Tapia había asistido a la niñez de una de las hijas que mi amigo Arias nunca más había vuelto a ver. Al menos hasta el día en que la misma niña lo buscó, quince años más tarde. Pero eso era otra historia. Héctor Tapia había sido -por unos años-&amp;nbsp;el padrastro de su hija.&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;Tuve la sensación extraña del signo, sospeché la idea de un cruce que podía convertirse en una suerte de condena o maldición; en algo que terminaría siendo el motivo central de toda esa búsqueda: esa extraña paternidad de los exiliados. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Total que, un pequeño grupo abandonamos a Juppé y nos fuimos a refugiar al barrio de Belleville, a un bolichito pequeño y acogedor llamado Lu Pascalu&lt;i&gt;,&lt;/i&gt;&amp;nbsp;un barcito de la Rue de Rigoles. Ambos sujetos, que llevaban una eternidad sin verse, procedieron a recordar tiempos pasados. Historias como la acaecida durante aquel duro invierno de exiliado, a mediados de los setenta, cuando todos ellos estaban recién llegados. Todos tiritando de miedo y de frío.&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Corrían años de dolor y desilusión, años de penurias y de desesperanza. Acababan de matar en París a Eugenio Lira Massi; lo acababan de matar de tal manera que parecía que no lo habían asesinado. Parecía que se había muerto solo, de tristeza y en su casa. Pero todos sabían que había llegado un agente a París. Un agente chileno, un asesino a sueldo. Alguien les pasó la voz a alguien, alguien que trabajaba para los dos lados. Un colaborador, un agente doble. Nadie sabía cual de ellos era la misión del asesino. Muchos evitaban por esos días salir a la calle.&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Por esos días, en el estrecho departamentito de refugiado latinoamericano de la Allée Jacques Cartier del barrio de Choisy le Roi&lt;i&gt;,&lt;/i&gt;&amp;nbsp;habitaban el Sordo Arias y Héctor Tapia. Una tarde, llegaron a tocar la puerta, lo que es un decir, ya que el nombre de los dos chilenos se podía leer en el timbre a los pies del edifico. Los convivientes tuvieron miedo y sacaron sus fierros. Pero no hubo tiros. Eran dos tipos. Dos chilenos que huían y pedían refugio. Dos huérfanos en busca de adopción. No me quedaba claro, de qué diablos huían esos dos. Pero eran refugiados pidiendo refugio. Eran refugiados al cuadrado. Se les concedió permiso de cama, recordó Tapia. Según los dos amigos, que ahora recordaban delante de mí, se vieron en la urgente necesidad de ensanchar los tísicos límites de la solidaridad del exiliado y les brindaron asilo y cabida a los dos sujetos. Al principio no les hicieron preguntas. Venían en una declarada indigencia. Los personajes eran un tal Gerardo Ochoa, al segundo, lo llamaban Negro Antolinez.&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Semanas más tarde, pasaban una temporada de escasez de empleo y de soberana hambruna. Por aquel entonces el único que tenía trabajo de chofer de trailer en un supermercado y que mantenía a la curiosa familia era el Sordo Arias, como un padre, o un padrastro, abnegado y pobre. Algo que hacía con amor y entrega, aunque los bienes no fueran los suficientes para satisfacer las necesidades de aquellas otras tres bocas hambrientas. Contaban los reunidos en el bolichito de Belleville, que en una ocasión se encontraban realmente en la peor de las crisis alimenticias, cuando una buena mañana, uno de los alojados decidió tomar la iniciativa. Nadie sabía que diantre se traía entre manos el tal Gerardo Ochoa. El caso es que era el más apto en materia de idioma y –al parecer- su estrategia funcionaba a la perfección. Durante semanas, llegado el día jueves, Gerardo se levantaba de madrugada, se envolvía en un gamulán viejo y usado y se marchaba.&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Gerardito, como lo llamaba el Sordo, se levantaba el cuello del sobretodo y lo amarraba con una bufanda. Se calzaba una gorra de lana chilota y salía temprano, secretamente, como si se tratara de un asunto de espionaje. Horas más tarde regresaba: el abrigo abierto, la serpiente de lana colgándole del cuello y el pompón de lana del gorro asomándose descuidado de uno de los bolsillos. En ambas manos portaba sendas bolsas plásticas con festines de mariscos, pescados y toda clase de monstruos marinos que brotaban como erupciones. Apenas hacía entrada, el penetrante aroma despertaba la poesía gástrica de los aun durmientes comensales, iniciándose así, un verdadero motín a bordo en el décimo piso del Sordo Arias. De inmediato el Negro Antolinez tomaba la iniciativa y asumía la crucial labor de preparar la comida. El Sordo se volcaba a la tarea de descorchar la botella de vino que nunca faltaba y que religiosamente escondía. Ninguno de ellos conocía el origen de tales privilegios y nadie quería romper el tabú de cada jueves, quizá por el miedo a que la suerte, con la que contaba Gerardito, de pronto se esfumara. El hambre causaba estragos y por semanas creyeron en aquella superstición, sin atreverse a preguntar nada.&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Uno de esos tantos jueves, la curiosidad de los tres personajes llegó a su máxima expresión. Así la noche anterior, decidieron por unanimidad que, subrepticia y previamente complotados, tomarían cartas en el asunto. Dispuestos a adueñarse del misterio de Gerardo Ochoa, simularon esa mañana de jueves, un sopor absoluto. La tarde del miércoles lo habían hablado. Habían cenado como de costumbre, pasta con champiñones y un vino de dudosa calidad. Luego, como de costumbre, desarmaron el sillón del living del Sordo, estiraron unas colchonetas en el pasillo que daba al baño y se fueron todos a dormir. El Sordo y sus dos coludidos, sin que Gerardo lo notara, se acostaron vestidos. Concertados en el plan que darían curso, esperaron con paciencia. Al amanecer, lo oyeron salir. El golpe que hacía el ascensor al cerrar sus filudas puertas decretó el inicio de la persecución. Se fueron detrás de Ochoa. Lo vieron cruzar la plazoleta de aguas y chorros de la esquina. Gerardo cruzó la calle que separaba la plazoleta del mercado que se instalaba cada jueves. La peor sospecha de los indagadores se concentraba en la eventualidad de que el bueno de Gerardo estuviera cayendo en el delito del robo. Pero no fue así, no había tal fechoría. Muy por el contrario. El custodiado conviviente se había convertido en el nuevo galán de una rosada y corpulenta mujer de rasgos bretones, de grandes pechos y de –al ojo del Sordo- no menos de cien kilos.&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Era una gorda impresionante, acotó Tapia y se zampó su copa de&amp;nbsp;&lt;i&gt;Corbiere&lt;/i&gt;&amp;nbsp;al seco. La lechosa mujer bebía de las aduladoras palabras de Gerardo, probablemente extrañadísima de los adjetivos amorosos en el limitado francés del hambriento seductor chileno. Calificativos que Gerardo no dudaba, en lo más mínimo, en condimentar manualmente, con toda suerte de toqueteos y abrazos que se traducían en risitas detrás de una gigantesca bandeja de acero cubierta de barras de hielo y granizadas de hielo picado, donde dormía la más deliciosa zoología marina, un mar de ojos submarinos y muertos observaba al Don Juan Ochoa.&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;La orden de retirada a la tropa de marabuntas fue acatada con valentía y sentimentalismo. Volvieron a casa y decidieron que lo esperarían, como de costumbre, como cada jueves, pero esta vez con la mesa puesta, con una improvisada botella de vino y el concerniente saludo a la bandera, que era una pañoleta de un movimiento armado que usaban como mantel y que ellos creían, por unanimidad, que Gerardito Ochoa merecía con honores.&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;No pasó ni una hora y Gerardo cruzó la plazoleta, rodeó la pileta y subió en el ascensor con la nariz apretada, custodiando la caprichosa mezcolanza que propiciaban los hedores a orines del elevador del edificio del Sordo, los cuales, junto a la fragancia de las bestias marítimas, hacían del aparato un sitio irrespirable. El Don Juan chileno regresaba, nuevamente cargado de trofeos. Al entrar los encontró sonrientes, sentados en torno a la vieja y tajada mesa de madera de la cocina. Ahora abanderada. Sobre las tres letras del paño, cuatro copas y una botella de Chardonay. Sobre la estrella, un resto de pan, lo demás era la sonrisa cómplice del Sordo, que lo inquiría acerca del refinado menú de ese nuevo día. Más tarde alguien rompió el silencio. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Héctor intercambiaba temas con el Sordo, yo bebía mi copa. Pocas veces me tocó ver al Sordo guardar silencio, lo que tenía de sordo lo tenía de vocinglero. Aquella noche mi amigo quedó relegado a escuchar las narraciones del fotógrafo, que ya no sólo había perdido por completo el acento latino, sino que había terminado por mimetizarse en una constante de palabras como: chaval, joder, ostia y con anécdotas curiosas como la vez que –recién llegado a Madrid, que pronunciaba madriz- había invitado a una chica española a comer a su casa. La muchacha había entrado al baño a lavarse las manos para luego salir sonrojada y sorprendida de la obscenidad de la decoración nostálgica del exiliado chileno, Se trataba de un viejo cartel chileno que cubría la ventana rota de la puerta del baño y cuyo texto la invitaba, según ella, groseramente a follar. Tapia se estrujaba de la risa. El cartel pegado por dentro no invitaba a nada más que a comprar un numerito de la lotería chilena: “Gánese la Polla Chilena de Beneficencia” versaba el afiche. Nada de pollas, le había aclarado Tapia.&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Héctor Tapia Prieto era sin duda la estrella de esa noche, y mi objetivo no era otro que comprometerlo. Quería llevarlo a Praga. Pero a lo único que el fotógrafo y yo atinamos esa noche fue a intercambiar nuestros respectivos correos electrónicos. Luego nos separamos. Pasaron unos días, y ya me encontraba de regreso en Praga.&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Con Héctor Tapia iniciamos una inestable travesía virtual por medio de nuestros correos. Así transcurrieron varios meses. Juppé realizó su exposición en el Dogbar recién en mayo y vendió el cuadro donde pintaba a un acordeonista triste. Lo compró un holandés homosexual que visitaba Praga; un turista.&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Idear la estrategia para que Tapia Prieto, -en esas fechas ocupadísimo en hacer un libro de tauromaquia para la Taschen-, cayera en mi trampa y expusiera sus trabajos en Praga, no era nada fácil. Tengo que volar a Chile, me escribía en un correo, unas semanas más tarde. Parto ahora, en unas pocas horas, y estaré algo más de un mes. La carta era escueta, simple, con un tono lacónico. Debajo del nombre: un número de celular y el número de un departamento en calle Santa Isabel. Según Tapia, acababa de contactarlo su pasado, para quienes, decía, haría un trabajito. Quedé intrigado. El escurridizo fotógrafo parecía tener una misión en Chile.&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="center" class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: center;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="center" class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: center;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;u&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Orfandad&lt;/span&gt;&lt;/u&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 4.0cm;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 4.0cm;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&amp;nbsp;Las cosas no eran tan simples. Héctor Tapia viajaba a Chile después de dieciséis años de exilio y otros once de inercia. Llevaba en total veintiséis años sin ver a sus cuatros hijas: Gabriela, Carola, Brilda y Rocío.&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Tocó que yo también volaba a Santiago. Exactamente tres semanas más tarde. Y esto por razones que valen para otra historia.&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Tomé el vuelo 526 de Lufthansa, y pensé en buscar uno de esos hotelitos de mala muerte en el barrio céntrico de Santiago. Me sentía extraño. Tenía la sensación de parecerme a una suerte de informador, o de asesino a sueldo, un trasunto del asesino que viajó a París en junio de 1975 y mató a Lira Massi. Recordé la impresión que me había causado Tapia la primera vez que lo vi entrar a la&amp;nbsp;&lt;i&gt;vernissage&lt;/i&gt;&amp;nbsp;del pintor chileno Manes Juppé.&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Di con un hotel. Mi pasaporte tenía una nutrida colección de timbres raros, lo que provocó la mirada intrusa del recepcionista del Hotel Yungay. Me inscribí en el libro de huéspedes de ese sucucho con más pinta de hotel parejero que de pensión, ante la mirada fisgona del recepcionista guatón que atendía.&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Si quiere usted llame por teléfono no más, pero no se lo recomiendo,&amp;nbsp;le dije al casero, hablándole de una manera casi desequilibrada, como de cine negro, con la certeza de que todo recepcionista que se jacte de tal, ha visto esas películas baratas, donde los malos llegan a pocilgas oscuras, bromeaba. Perdón, hoteles, corregí, hoteles como este, dije con sorna. Para luego agarrarse a tiros con la ley, agregué. Donde los conserjes y porteros, por lo tanto también los recepcionistas, hice hincapié, mueren en tiroteos o de muertes horribles.&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Sin esperar mucho de aquel tipo sudoroso, y sonriéndome, me largué a la calle para reencontrarme con Santiago. Me daba lo mismo lo que el tipo hiciera, yo estaba limpio. Completamente limpio. Sin embargo, recordaba el Chile de los años 80: los sapos, los interrogatorios, los macanazos. Pensé que de todos modos me tendría que mudar de allí. &amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Salí en dirección al mercado, llevaba una eternidad sin probar algo de las especialidades marinas del país. Comí como obispo, recordando la repetida expresión de mi amigo el Sordo Arias. Después busqué un teléfono público, pero todos estaban rotos, o bien me exigían una tarjeta prepagada que nadie vendía. Finalmente di con el único teléfono que quizá funcionaba en todo el centro de Santiago y marqué el número que me había dado Héctor Tapia Prieto. Mientras marcaba el número me di cuenta de algo. Era extraño que me lo hubiera dado, concluí. Como si esperara que yo fuera a necesitarlo. Aquella idea era absurda, pero real. Colgué el auricular y me senté en una banqueta un momento a pensar.&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;¿Qué pensaría Tapia de mí?, ¿Que lo había seguido hasta Chile?&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;Todo eso era ridículo. Yo había viajado por otras razones. Pero él no lo creería. Qué más daba. Finalmente marqué. El fotógrafo quedó mudo. Estaba sorprendido de lo que él llamó mi testaruda perseverancia. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;Oye chaval, eres un cabrón, de los que se manda a la mierda o a los que se les confía la vida, me dijo, y propuso un encuentro en su dirección de calle Santa Isabel. Por el tono de su voz, supe que había dado en el clavo, que esta vez Tapia era mío y que me daría por fin una fecha para ir a exponer a Praga. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;Nos encontramos finalmente en el décimo piso del departamento de calle Santa Isabel. El piso pertenecía a una de sus hijas, ya no recuerdo a cuál. El trabajito de Héctor Tapia era fotografiar un calendario para el grupo Illuni. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Ese día era domingo y contábamos con un par de horas para hablar de mis intenciones y de la exposición que quería que Tapia Prieto realizara en Praga. Salgamos a comprar un botellón de vino y algo para almorzar, le pedí con un fiero apetito. Tomamos el ascensor y descendimos. Me llamó la atención la manera convencida con la que saludaba a unos vecinos del edificio, quienes más bien se sorprendieron de su efusividad, reaccionando con un “&lt;i&gt;buenos días”&lt;/i&gt;&amp;nbsp;asustadizo y manso.&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;En la esquina de la calle nos hicimos de una botella de Carmen Margaux. Una cuadra más arriba, compramos unas empanadas de dudosa calidad, con algo que sugería carne y abundante cebolla. Héctor Tapia Prieto, a pesar de estar de vuelta en Chile, seguía hablando en madrileño (con todos sus &lt;i&gt;gilipollas&lt;/i&gt;&amp;nbsp;y&amp;nbsp;&lt;i&gt;machos&lt;/i&gt;&amp;nbsp;correspondientes). &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Bebimos el vino moderadamente, mordiendo con vocación las empanadas. Hablábamos mientras me mostraba una carpeta con algunos de sus trabajos; luego, empezó a contar su historia. Habló sobre los vericuetos de la casualidad. Del amplio desastre que podía ser la vida sin el azar, pontificó. Yo revisaba sus fotografías. Y mientras seleccionaba las que me gustaban, Tapia no paraba de hablar.&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Veintiséis años, macho..., me dijo, mientras encendía un cigarrillo. Si tú supieras lo raro que me he sentido al venirme, al dejar allá todo tirado y partir. El tremendo miedo al reencuentro, veintiséis años sin ver a mis hijas, agregó Tapia.&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;El padre ausente, pensé en voz alta, mientras trataba de imaginarme al tipo que quizá había huido de la muerte, al militante, al refugiado, al&amp;nbsp;&lt;i&gt;sudaca&lt;/i&gt;, al fotógrafo que se había alejado lentamente de Chile hasta llegar a ser otro hombre. ¿Pero era todo eso verdad? Me detuve sobre un set de tres fotografías que representaban una reunión de &lt;i&gt;clochards&lt;/i&gt;&amp;nbsp;debajo de un puente. Los tipos bebían y discutían.&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;La patria ausente, aclaró, y traté de imaginar si era posible abandonar a los hijos por una ideología o por una causa o quizá por la fotografía. Si era posible pagar tal precio por salvar al mundo o por el arte o sus simulacros. Lo miraba allí delante de mí, con algo que era una mezcla de desprecio, pero también de compasión. Separé la foto de un niño con una barra de pan.&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;La extraña patria de los exiliados, dije con cierto temblor o miedo a ofenderlo.&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;La extraña paternidad de los exiliados, supuso, y yo me acordé haber pensado eso alguna vez. Luego dijo que ahora él estaba de vuelta. Él. Él, repitiendo sucesivamente el pronombre que lo sindicaba. Ese que se cagó en ellas por completo, el que anunció muchas veces venir y nunca vino, empezó a decir, agregando frases lacónicas, como si contarle a alguien su historia fuese una urgencia catártica. Yo guardaba silencio. Tapia Prieto hablaba.&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Llamé a mi amigo Roberto Mercado desde París, dijo. Unos días después de que lo habían contactado para hacer un calendario, agregó. Yo no sabía de quién me hablaba. Que por favor lo fuera a buscar al aeropuerto, le había pedido.&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;¿Sabes quién es?, me preguntó.&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Pues a decir verdad ni idea, le contesté y me alistaba a preguntarle por una cantante, una foto de hermosos colores, que parecía de otra época.&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;El vocalista y líder de Illuni, aclaró. Miraba al tipo que había encontrado en París, ahora sentado bebiendo el vino que acabábamos de comprar, sin saber si todo lo que me decía era cierto. Lo veía cubierto de un miedo atávico, me decía que no sabía si sus hijas irían al aeropuerto, o si esperarían el momento apropiado para mandarlo a la mierda. Estaba allí con su misma cara dura y corroída, quizá con la extraña simbiosis del orgullo y la vergüenza. Contándome, por una parte, como si fuera algo normal, que él conocía a aquellos músicos, y, por otra parte, aclarando que había olvidado a sus cuatro hijas, como quien deja algo de ropa en un armario o unos libros olvidados en un cajón.&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Pasamos por tantas con Roberto que ésta sería una más, añadió. Una más, claro, pero tenía miedo, narraba Tapia con convicción. Tapia me alcanzó un pequeño ejemplar, era un catálogo de una exposición colectiva en Portugal, en la carátula había según él una foto suya. La foto representaba gente en un basural y me recordó las fotografías de Sebastián Salgado o del checo Josef Koudelka.&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Qué majo saber que después de muchos años siguen existiendo los amigos, determinó Tapia. Yo era fotógrafo de la Dicap en tiempos de Allende. ¿Sabes lo que fue eso?, me inquirió.&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;No, le contesté, mintiéndole, haciéndome el que no sabía nada de nada.&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Sacando fotos con ellos en el norte los conocí, con ellos viajé por todo Chile, por largos años fui uno más de ellos, todo lo repartíamos entre siete, ellos los Illuni &amp;nbsp;y yo. Yo era el Illuni de afuera...&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Héctor Tapia Prieto hablaba y yo buscaba ubicarlo en alguna dimensión real, saber si esos recuerdos, después de tantos años, eran el reflejo de lo vivido o el espejismo de lo que, ahora, en aquella distancia, él hubiese querido vivir. No entendía. Imaginaba a las hijas, a la madre. Me era imposible concebir el perdón. Lo miraba y sentía rencor, como si el abandonado fuera yo.&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Yo solía tenerle miedo a la mentira ajena, la propia era siempre una mascota adiestrada, la de los otros, un animal salvaje. De algún modo yo encarnaba también la mentira o la ficción, sobre todo con toda la quimérica arquitectura del Dogbar y su galería. No me turbaba la farsa cotidiana del arte. Pero sí me debilitaba, hasta la rendición, la falsedad historicista y la idea de una orfandad gratuita. La de esas hijas. Un precio pagado que reconstruíamos de pronto en los meros recuerdos, manipulándolos en un acto de impúdica purificación; la mitificación del pasado a partir de simples reminiscencias de esos fracasos rotundos. Ahí estaba la mentira que se restablecía en sucesos y rostros, siempre cambiando el orden pretérito por gastados arquetipos oníricos. En eso la función de la fotografía podía ser devastadora, pensé.&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Roberto Mercado era el jefe, me dijo, mientras terminábamos la botella del Margaux. Héctor Tapia no paraba de rememorar. Yo miraba fotos. Mientras lo hacía, era como si se transformara, como si el espacio de su memoria lo trasladara a una región dudosa, a un espacio perdido en su interior; allí volvía a preguntarse a sí mismo, quién era. Yo prefería callar.&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Me estaban esperando en el aeropuerto, imagínate, todas ellas, las cuatro, incluso con sus maridos. Estaban irreconocibles. Macho, si este país está irreconocible, qué aeropuerto se gastan ahora los chilenitos. Para mí, Roberto Mercado era el único fantasma identificable, confesó. Hablaba como si el abandono de una paternidad fuera el resultado de la derrota de su generación y no la acción de una voluntad o de una opción canalla, mucho menos un acto de egoísmo disfrazado de altruismo, donde lo que contaba era una actitud mesiánica.&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&amp;nbsp;Salimos del aeropuerto en dirección a Santiago, Roberto Mercado prefirió no venir, prefería que nos encontráramos otro día, me dijo. Esto es asunto de ustedes, le había dicho el músico melenudo de los Illuni. Mercado se había retirado pasándole a él una copia de la llave de su casa. El corazón de Héctor Tapia de seguro iba a reventar en cualquier momento. Al menos eso afirmaba el fotógrafo. Sí, mi corazón, insistió. Yo dudaba si confiar en ese chileno peninsular que imitaba o hablaba como un Zelig desde una identidad prestada. Dudaba hasta de la originalidad de esa ruma de daguerrotipos sobre la mesa. Tapia me señaló que abrazó a Mercado, agradeciéndole la llave y de inmediato se marchó con las cuatro mujeres.&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;A la semana, una vez instalado en Santiago, Tapia se puso rápidamente a trabajar con los músicos. Viajaron por pueblos insignificantes, fueron aplaudidos por admiradores triviales. Aquellos seres pasmados en una vocación autómata de nostalgias anacrónicas, por allá, en pueblos al interior de Chile, o en galpones extraviados en los suburbios de la capital, ahí donde el tiempo se había quedado quieto, donde aún creían que gobernaba el país un tirano. En frente de gente anciana que aun vitoreaban a Allende y al Che. Desquiciados que se emborrachaban y levantaban coligües como si fueran fusiles y banderas con colores peligrosos. De una carpeta negra extrajo algunas muestras de aquel trabajo. En efecto, los rostros de quienes aplaudían, rememoraban otro tiempo. Había puños, ojos acuosos, gritos.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;Tapia hizo todo los tipos de fotos para calendarios que los años de práctica le habían enseñado. Recordó todos aquellos trabajos sórdidos: fotos de quinceañeras desnudas, ayudantías a&amp;nbsp;&lt;i&gt;paparazis&lt;/i&gt;&amp;nbsp;chantajistas, robos de planos, etc. Todo aquello que un sudamericano casi ilegal y con antecedentes políticos de dudosa veracidad era capaz de hacer para sobrevivir en Europa, por allá por los pesados años setenta. Pero Héctor Tapia estaba pendiente, desde que aterrizó su avión, de otra cosa más; de una llamada telefónica que tenía que hacer, de aquello que era su mayor secreto, me explicó. Algo que iba más allá de aquel pasado remoto, aquello que sus cuatro hijas ignoraban.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Tras la emoción de los primeros días, una tarde, confesó, no pudo esperar más. Eligió el día del primer asado. En medio de un espectáculo de bandejas repletas con tajadas de tomates y cebolla aliñada, rodeado de platillos de greda llenos con pebre, junto a aquella abundancia de botellones abiertos, confesó su secreto. Mientras los hermanos Mercado volteaban bifes sobre las brasas, habló. Primero se lo dijo a las hijas. Las llamó a un costado.&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;¿Qué, qué?, fue la gran exclamación a coro de las muchachas. Sí. Tenían otro hermano. Pero, ¿cómo?, ¿dónde?, ¿desde cuándo?, inquirieron las mujeres, desconcertadas. &amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Desde siempre, les dijo, quieta y atragantadamente, como si al hablar desaparecieran de su cabeza todos sus reproches internos y una extraña valentía lo inundara. Una valentía que anulaba toda impudicia. Las chicas enmudecieron.&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Se llamaba Pablo, señaló el recién inaugurado padre. Pablo Tapia, como ustedes, y debe tener unos veintisiete años. Es algo menor que tú, Carola, y mayor que la Rocío, balbuceó. Luego dijo que nunca lo pudo ver (o que quizá no quiso verlo).&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Al menos esa era la versión que Héctor me contaba en el décimo piso de ese departamento de calle Santa Isabel. De inmediato Tapia continuó el relato. Llevaba su apellido. Eso sí. La madre de Pablo había decidido contárselo justo unos días antes del golpe, pero algo lo impidió, eso dijo. Así había sido. Años más tarde se lo había confesado por carta.&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;No sabía si creer todo eso que Tapia Prieto me narraba. Luego el fotógrafo explicó que él marchó refugiado a Francia. Que saltó por el muro de una embajada y solicitó asilo a fines de septiembre del año 73. Para mí, que jugaba a ser cazador de artistas, o de historias, en aquel momento supuse que en cada parte de la verdad había siempre algo de mentira y que en toda parte de mentira tenía que esconderse agazapada y con vergüenza, la verdad. En ese instante sentí que mis artimañas habían dejado de ser un método didáctico con el cual se podía ir por la vida buscando artistas, sin correr el riesgo de toparse con tipos como Tapia.&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Había encontrado otra cosa. No sabía qué.&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Imagínate cómo se pusieron mis hijas, agregó. Estaban locas, me pidieron que lo ubicara de inmediato. Al tiro, como dicen acá. A los días (exactamente tres) Héctor llamó a casa de los padres de aquella lejana mujer. Ella, lloraba y reconocía del otro lado la antigua voz que ahora paladeaba otra jerga. Fue una conversación telefónica casi interminable. Héctor pidió hablar con Pablo. La voz le tembló. Los modismos peninsulares del extraño que le declaraba su paternidad por teléfono intimidaron a Pablo. El sello lejano de las palabras del muchacho fueron drogando al fotógrafo hasta que Tapia Prieto se armó de valor e interrumpió aquel diálogo por teléfono para pedirle a Pablo que se encontraran; para decirle que había cuatro hermanas que necesitaban conocerlo.&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Las cuatro hermanas se volvieron locas, estaban fuera de sí. Todos sufrían aquélla refinada mezcla de alegría, reconciliación y dolor. Con todo, la amenaza de una impiedad coronaba el futuro encuentro. Se dieron cita en casa de Roberto Mercado, el Illuni. Pero allí sucedió algo que nadie imaginaba. Cuando Héctor le dictó la dirección al muchacho, Pablo Tapia Rojas, el hijo del fotógrafo, le insinuó que ese lugar le era familiar. Pero el muchacho no supo acordarse.&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Mientras oía a Héctor Tapia Prieto, al famoso fotógrafo chileno de París, contarme aquella historia increíble, pensé en la manera de cómo imponer un giro en la conversación, de cómo volver a hablar de fotografías y exposiciones. Después me di cuenta que estaba siendo testigo de un laberinto de padecimientos, algo que estaba en medio de una vorágine, donde todo se hundía bajo una carga de infamia: Lira Massi, había muerto asesinado en París, lejos de sus tres hijas en Chile; el padre de Roberto Mercado era un detenido desaparecido; el hijo de Héctor Tapia era -en cierto modo- un desaparecido que aparecía ahora; el apodo de Arias en París, ese Sordo, hacía un guiño brutal a las secuelas de la tortura de aquellos días de su cautiverio en Ritoque. Manes Juppé, un pintor de Valparaíso pintaba cuadros en París como si fueran hijos. Todo era excesivo, desmesurado y a la vez desvergonzadamente normal.&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;El encuentro había tenido lugar justo una semana antes de mi encuentro con Héctor Tapia en el décimo piso de ese edificio de calle Santa Isabel; donde ya casi no teníamos qué beber. Tapia me contó, cómo Pablo llegó a la casa de los Mercado, que era también la casa de Pilar (no estoy seguro si ese era el nombre de la hija del Illuni Roberto, que mencionó Tapia). La supuesta Pilar era, o había sido en otra época, amiga íntima de Rocío, una de sus hijas, quizá la más uña y mugre de sus amigas.&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Eran las dos de la tarde. Se olía el aroma del asado en el traspatio, describió Tapia. El joven se acercó con temor. Conocía esa casa. Había ido muchas veces sin nunca sospechar que esa hogar encerraba sombras ocultas de su padre; de ese padre que nunca había visto. Todo estaba dispuesto para aquel encuentro, para una supuesta reconciliación, para la borrachera infinita que un encuentro como ese prometía. Pilar, o como se llamara, era la encargada de recibirlo. La muchacha abrió la puerta que Pablo había golpeado tantas veces durante su juventud. Hubo quizá una sonrisa cómplice e incauta, yo nunca lo sabré, dijo Tapia y yo me preguntaba, por qué diablos el fotógrafo me narraba todo eso. Luego me dijo que sintió como si los cabos sueltos que el mismo Pablo ataba mientras caminaba, amenazaran transformarse en nudos ciegos. Esos cabos sueltos que, sin embargo, se ataban y desataban a una velocidad brutal, mientras se acercaba a la puerta de esa casa, justamente de esa casa; cabos que temía atar y que al final se desharían igual.&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;¿Quién podía creer algo así?&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Pilar y Pablo se conocían. Habían sido compañeros de enseñanza secundaria del Colegio Latinoamericano, durante cuatros años. Cuatro largos años, en los que Pablo Tapia había visitado la casa de Pilar Mercado, hija del Illuni Roberto y sobrina de ese tío Héctor. Personaje que ellos recordaban de vez en cuando, gracias a los cuentos y las anécdotas que contaba su madre y gracias a esas fotografías que decoraban una sala de la casa y que testimoniaban, bajo una dictadura, la memoria de otra vida. Tanto a ella, como a sus amigos, esos daguerrotipos les traían al presente, la historia del aguerrido grupo folclórico chileno de su padre. En algunas fotos, muy pocas, siempre al margen, en una orilla, aparecía aquel amigo fotógrafo exiliado. Eran fotos de antes de la salida al exilio del grupo, fotos que las hijas y los familiares del grupo Illuni habían traído consigo al volver a Chile, varios años antes de que autorizaran por fin a los folcloristas.&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Pablo temblaba. Pasó al comedor, donde una mesa con vinos y carnes a la parrilla congregaba a aquellos comensales que eran su nueva familia.&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Él es Pablo, tío Héctor, anunció, la joven que había abierto la puerta; pongámosle que sí se llamaba Pilar. Héctor se levantó de su silla y avanzó unos pasos. Gimoteaba. Me contó que le temblaban las manos, quizá como a nosotros mientras nos bajábamos el último concho de la botella de Margaux&lt;i&gt;.&lt;/i&gt;&amp;nbsp;Me contó que se abrazaron, que fue como si ambos estuviesen por años esperando aquel momento. Aquello sonó cursi pero no dije nada. Imaginé el encuentro en medio de una multitud de rostros que eran testigos y público a la vez, pero que para Tapia Prieto eran la cuota de anestesia que aquel encuentro exigía. Algo que le permitía, a mi modo de ver, cobardemente camuflarse.&amp;nbsp; &amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Tengo que presentarte a tus hermanas, Pablito, le había dicho Tapia a su hijo. El muchacho lo observaba. Las muchachas se acercaron y lo saludaron. Acababan de ganar un nuevo hermano. En el aire había alegría y bronca; una sensación que en ese momento les pareció inigualable. Héctor y Pablo enfrentaron&amp;nbsp;un profundo silencio de miradas y preguntas no formuladas. Planearon encuentros y paseos, se sentaron a comer y a darse direcciones y teléfonos. Ellas se los peleaban. Tanto al padre como al hermano. Querían saberlo todo. Quién era, qué música escuchaba. Por quién había votado.&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;¿Cuantas veces había Pablo mirado las fotos que cubrían una de las paredes de la sala? ¿Cuantas veces había hecho el remilgo ante el alcance de apellido de Tapia, el fotógrafo?&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Tampoco el folclorista Roberto Mercado inquirió nunca nada acerca de ese joven que visitaba, hacia años atrás, siempre por las tardes, a su hija. Joven que llevaba un apellido similar al de ese amigo lejano que había compartido el exilio y que no regresó a Chile y que quizá no habría de ver nunca más, porque así eran las cosas del destierro y del destino.&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;La vida tiene vueltas extrañas, me señaló Tapia.&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Luego Tapia dijo que Pablo, su hijo, miraba a una de las hermanas. A su hermana, o más bien, hermanastra. Yo miraba a ese padre y fotógrafo y trasunto de comandante parisino en el décimo piso de una calle de Santiago de Chile. Tapia relataba, como un condenado a muerte o a vivir esa extraña paternidad que era como estar condenado a muerte o a la soledad.&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;Así que te llamas Rocío, le preguntó mi hijo Pablo, mientras todos los miraban, detalló Tapia. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Pero luego nadie oyó el resto. Yo tampoco, aclaraba Tapia. Rocío y Pablo sabían de qué se trataba todo eso. Yo imaginaba el incesto. Se conocían. Ese contacto latente y lejano, como un símbolo, estaba en el aire o en el smog de esa mañana. Perdí hace años una amante y hoy gano una hermana, imaginó Tapia, que le había dicho su hijo&amp;nbsp;Pablo a su hija Rocío. Pero no lo sabía. Imagínate eso, me impelía el fotógrafo. &lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;¿Crees en las coincidencias?, me preguntó Tapia.&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;No sé, le repliqué. ¿Cómo no creer?&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;Hay que creer, pontificó. Es lo único que a veces nos queda. Creer. Tú y yo somos una coincidencia, agregó. Chile era ese sitio donde estaban pasando todas esas cosas fortuitas, pero quizá, a la vez, severamente planeadas. Quizá porque yo había recorrido media Europa y medio mundo para atrapar a ese fotógrafo chileno, él, Héctor Tapia Prieto, me lo contaba.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="center" class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: center;"&gt;&lt;u&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;Desolación&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/u&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Me despedí de Héctor Tapia esa tarde de domingo. Ya no sentía la necesidad imperiosa de llevarlo a Praga. Dejé las fotografías que me habían interesado en un montículo aparte sobre la mesa. Tapia deseaba regalarme una foto. No acepté. Insinué que me la diera en Praga. Prefería llevarme su historia. Quedamos en escribirnos algunas letras electrónicas, lo llamaría día más tarde para desearle feliz viaje a París. Hacía un calor pegajoso. Quise hacerle a Tapia una última pregunta y mientras me acompañaba hasta la puerta del edificio pensaba en ella, la amasaba con pudor y malicia. La quería formular, más que nada como una broma o una ironía. Un mal chiste.&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;¿Imagino que no tienes más hijos?, bromeé.&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Aunque no lo creas, sí, confesó con el mayor de los desparpajos. Pero de eso ya hacía mucho que no sabía nada. Hacía mucho que no la veía, precisó. Luego Tapia aseguro que creía que la muchacha vivía en California. La respuesta me aturdió. Una mezcla de molestia y sorpresa se apoderó de mí. Antes de que pudiera apostillar su confesión, Tapia Prieto me extendió su mano y se despidió. Luego se perdió en el vestíbulo del edificio. Yo puse un pie en la acera caliente de calle Santa Isabel y me fui. Se me pasó por la cabeza que apenas regresara a Praga, abandonaría mi trabajo en la galería del Dogbar, pero luego me arrepentí.&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Al regresar al Yungay me esperaban dos aburridos agentes de Investigaciones. Lo que pasó después, poco importa.&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify; text-indent: 1.0cm;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;De Héctor Tapia Prieto, no supe nunca más nada. Hasta el día que leí esa noticia en un diario español.&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="right" class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: right; text-indent: 216.0pt;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;i&gt;&lt;span lang="ES" style="font-size: 10pt;"&gt;Parcela Salto del Agua, La Vega, entre Til Til y Olmué, Chile.&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;span style="font-size: 10pt;"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="right" class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: right;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;i&gt;&lt;span lang="ES" style="font-size: 10pt;"&gt;&amp;nbsp;8 de octubre del 2000&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;span style="font-size: 10pt;"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="right" class="MsoNormal" style="line-height: 18.0pt; text-align: right;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;i&gt;&lt;span lang="ES" style="font-size: 10pt;"&gt;Praga 2002-2011&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;span style="font-size: 10pt;"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;br style="mso-special-character: line-break;" /&gt; &lt;br style="mso-special-character: line-break;" /&gt; &lt;span lang="ES"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/18986682-2703348304891159276?l=jorgezunigapavlov.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jorgezunigapavlov.blogspot.com/feeds/2703348304891159276/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=18986682&amp;postID=2703348304891159276&amp;isPopup=true' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/18986682/posts/default/2703348304891159276'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/18986682/posts/default/2703348304891159276'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jorgezunigapavlov.blogspot.com/2011/07/la-extrana-paternidad-de-los-exiliados_23.html' title='La extraña paternidad de los exiliados'/><author><name>Jorge Zuniga</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://4.bp.blogspot.com/-BciI-0LEMig/TY-qyhtoxTI/AAAAAAAAA0c/DQa4ykuZVMs/s220/DSCN6420.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/-YO0elfiiT_0/TiqqIHku46I/AAAAAAAAA5A/vt8btcpVzJk/s72-c/Caminando.JPG' height='72' width='72'/><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-18986682.post-6231737220369789144</id><published>2011-07-10T00:42:00.018+02:00</published><updated>2011-07-11T11:00:18.011+02:00</updated><title type='text'>Notas cuánticas a la inmortalidad de Facundo</title><content type='html'>&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/-LR1wbeKUyFE/ThjYJZ7DS-I/AAAAAAAAA4s/hpg8Gdjhd8M/s1600/facundo.jpg" imageanchor="1" style="margin-left: 1em; margin-right: 1em;"&gt;&lt;img border="0" height="212" src="http://2.bp.blogspot.com/-LR1wbeKUyFE/ThjYJZ7DS-I/AAAAAAAAA4s/hpg8Gdjhd8M/s320/facundo.jpg" width="320" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 108.0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 108.0pt;"&gt;&lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;&lt;span lang="ES" style="font-size: 11pt;"&gt;“El día que yo me muera no habrá que usar la balanza porque para velar a un cantor con una milonga alcanza; doy la cara al enemigo y espalda al buen comentario, porque el que acepta una halago empieza a ser dominado, el hombre le hace caricias al caballo para montarlo.” &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 108.0pt;"&gt;&lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Facundo Cabral&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 108.0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 108.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Hay noticias que dan rabia. Pero hay coincidencias que juegan a ser circunstancia de esas noticias y que a uno lo dejan temblando en un rinconcito. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 108.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Cuando era un adolescente escuchaba decir a algunos trasuntos de místicos que el universo estaba relacionado y que -por ejemplo- si alguien, después de un brindis, lanzaba la copa en la boca de la chimenea, en el mismo instante en que los cristales reventaban en la piedra, quizá, en algún lugar del universo justo estallaba una estrella. No sé si eso sea o no así, algunos manuales popularizadores de física cuántica promueven metáforas similares. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 108.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Anoche, camino a un bar a ver a unos con los que me había puesto de acuerdo para beber, y para luego irnos a un sucucho colombiano donde trasmitían los partidos de la Copa América, iba sentado -quiera la coincidencia o no- en el tranvía, acabándome un libro que me hacía temblar. Se trataba de las últimas páginas de &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;Desterrados&lt;/i&gt; de Alfredo Molano. En ese libro, unos breves relatos narran la tragedia colombiana, la tragedia del pueblo colombiano, azotado por los asesinatos impunes de los &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;paracos&lt;/i&gt; como se le llama ahí a los paramilitares o a las brigadas de la muerte, o por los asesinatos impunes de los &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;guerrillos&lt;/i&gt;. Iba en el tranvía y leía. Iba en el tranvía y un abismo de indignación se extendía por delante. Tras darme cita y beber algo con los susodichos, nos fuimos al barcito cerca de Újezd. Por supuesto partí sin miedo. Mis lecturas eran eso: sólo lecturas. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 108.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Apenas llegué vi caras conocidas. Algunas amistosas, otras menos. De entrada pasaron dos cosas: primero abrí una ventana, ya que el sitio era un cuchitril asquerosísimo y de baja estofa y el aire era irrespirable. La cerveza era pésima, y ya no servían nada para comer, pero las pantallas se veían nítidas y la gresca futbolística prometía una noche de gozo. Y ahí pasó la segunda cosa: antes de empezar el partido, apareció una leyenda en la televisión que notificaba el nombre del estadio: Malvinas argentinas. Me puse&amp;nbsp; a reír e hice el chiste de rigor. Dije: las Malvinas no son argentinas, son británicas, o mejor, las Malvinas son chilenas. Obviamente era una ironía, pero no faltó el argentino estúpido que miró feo. Luego para seguir con la misma sintonía y como iba acompañado de compatriotas bastante devotos de la parcelita nacional, me dio por hacerle barra al equipo contrario. Pero los que iban conmigo ya me conocen y eran mis amigos. Así que nada, sólo risas. Cuando terminó el partido, todos estábamos alegres, el resultado era encomiable: buen fútbol, lindos goles, un empate justo. Me apuraba a salir del antro a respirar aire fresco, cuando un tipo, que tenía una pinta entre de rockero drogadicto fracasado y entrenador de fútbol de tercera división, me alcanzó y habló con el inconfundible acento porteño. Primero me insultó y me dijo que no me quería ver más por allá. Yo suponía que el boliche era colombiano, así que no le di mucha mecha al che. Pero igual pensé que en una de esas, el tipo era algo del dueño: un socio, o amigo o quién sabe qué y le dije que bueno pero que al menos me dijera por qué. Al man no le gustó que yo me parara a pedirle explicaciones y se envalentonó. Cuestión que no le duró mucho, ya que los otros seis que iban conmigo no estaban dispuestos a que me cagaran a puñetazos. Entraron como a separarnos, pero yo no quería otra cosa, si bien estaba dispuesto a devolverle con creces cualquier pellizcón, yo sólo quería que me dijera por qué. Y me dijo. Me dijo que yo le caía mal, yo le dije que me dijera por qué le caía mal. El bruto no atinaba a otra cosa, más que a repetir lo mismo. Cuando le insistí, al final cambió la cancioncita y me dijo que le caía mal, porque yo me cagaba en todo. Me cagaba en Chile, me cagaba en Argentina, me cagaba en Perú, en todo. Me dio risa. La mediocridad con banderitas siempre me ha dado urticaria. Más de uno de mis acompañantes -amantes de las guaripolas, de las escarapelas y las charreteras- tomó palco. Le dije al porteño que en eso sí tenía razón y le dije que bueno que él a mí no me caía mal. Cuestión que fue como un paño rojo delante de un toro. Al final me fui y los que iban conmigo se fueron también. El altercado quedó en eso. Nada más. Como decía antes, el resultado de la gresca fue un empate. No para mi ropa que apestaba a antro de mala muerte. Pero eso no importaba. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 108.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;A la mañana siguiente&amp;nbsp; me desperté con el hachazo, el de la cerveza, que era un hachazo mucho más aceptable que el hachazo que me querían dar los ojos del argentino del bar colombiano. Me hice un café, creo que colombiano, luego me lavé y desayuné, tiré toda mi ropa del día anterior a la ropa sucia, también bebí mucha agua. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 108.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Como ya era pasado el medio día, y era sábado y acababa de terminar el libro de Molano, tomé el libro que tenía preparado para leer a continuación: &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;77&lt;/i&gt; de Guillermo Saccomanno. Leí la contraportada. Me llamó la atención la descripción de los personajes, suerte de enumeración. De todos, uno: Un estudiante secundario chupado en una clase sobre &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;Facundo&lt;/i&gt;. Ese nombre me trajo a la memoria a Rosas, a Sarmiento y la ilustradora dualidad de América que el argentino planteó: Civilización o Barbarie. Pero también me acordé de Facundo Cabral. Me puse a leer y al ratito me agoté. Alcancé a leer en el prólogo con un subtítulo que prometía: “Acerca del espanto”, las siguientes líneas: &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 108.0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin-bottom: .0001pt; margin-bottom: 0cm; margin-left: 45.0pt; margin-right: 30.6pt; margin-top: 0cm; tab-stops: 414.0pt; text-align: justify; text-indent: 108.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;“Yo canto opinando que es mi modo de cantar”. Sé que lo mío suena a payador perseguido. Porque quien canta la justa será siempre payador y perseguido. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 108.0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 108.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;No seguí leyendo, el cansancio de la noche anterior era más fuerte. Encendí el computador y ahí como de costumbre revisé la prensa y ahí estaba la noticia. La descripción de cómo los sicarios guatemaltecos lo ultimaron esa misma mañana. Recordé mi único viaje a ese país. El miedo y la violencia a mediados de los noventa. Los contrastes de cosas muy agradables y temores que acosaban al atardecer. Los niños de la calle durmiendo en las mamparas y asediando a los despistados. Pero mi memoria fue ocupada por Facundo Cabral, por todas esas señales que se presentaron horas antes: la irreverencia de mis chistes que bebían en la letra de sus canciones y la prepotencia de un bebedor ofendido; la vileza de los asesinos omnipresentes en el libro de Molano; el &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;modus operandi&lt;/i&gt;&amp;nbsp;de los sicarios cobardes, y por último, el inicio del libro de Saccomanno. Todo era una anticipación cuántica de la barbarie. &amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 108.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Y me puse a recordar. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 108.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;o:p&gt;&amp;nbsp;La&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&amp;nbsp;única vez que lo oí o más bien lo vi en directo cantar fue en la televisión, cuando yo era un muchacho. Fue una noche de lunes o de martes en un programa de conversación de un tal Raúl Matas, que era un locutor obsecuente con la dictadura militar. El programa se llamaba &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;Vamos a ver&lt;/i&gt; y se trasmitió en el Chile de Pinochet. Eran los años en que la televisión entretenía y embrutecía al mismo tiempo. En las calles de Santiago desaparecía gente, en las cárceles se torturaba y lentamente se institucionalizaba la maldad. Allí llegó una noche con su guitarra y una armónica un señor con pinta de sacerdote y una barba paleocristiana. De pura casualidad lo escuché cantar. Y me paralizó y pareció maravilloso. No entendía como no lo habían censurado, ya que cada una de sus canciones y máximas eran un palo al régimen, una clara incitación a la desobediencia. Por supuesto, su vocación de bardo iba condimentada de cierta religiosidad. Por esos días yo era un aprendiz de marxista y mi estupidez tuvo a bien (o a mal) meter al tal Matas y al trovador en el mismo saco. Es una alegría saberme curado, al menos de esas estulticias. Creo que Facundo Cabral me gustó por mis coqueteos de esos días con el siloismo y otras yerbas. Con el tiempo lo volví a descubrir y admiré su vozarrón, con aquellas citas inteligentes de Mark Twain o Walt Whitman o Tagore, como de otros grandes escritores.&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 108.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Años más tardes sus canciones me parecían inspiradoras y compré algunos de sus discos. Hubo un tiempo en que lo escuchaba tanto que me terminó aburriendo, pero siempre volvía a oírlo o a paladearlo. Como las buenas y sanas comidas. Cantaba que lo que a uno le pasa le está pasando al mundo. Eso recitaba. Y así no más es. Lo que le pasó a él hoy en la mañana le está pasando al mundo hace rato. Pero no nos engañemos. Las cosas no pasan. A Facundo Cabral lo asesinaron vilmente y ahora veremos si hay autoridad en Guatemala; autoridad moral. Seguimos en la barbarie, Facundo.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 108.0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/18986682-6231737220369789144?l=jorgezunigapavlov.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jorgezunigapavlov.blogspot.com/feeds/6231737220369789144/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=18986682&amp;postID=6231737220369789144&amp;isPopup=true' title='5 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/18986682/posts/default/6231737220369789144'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/18986682/posts/default/6231737220369789144'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jorgezunigapavlov.blogspot.com/2011/07/notas-cuanticas-la-inmortalidad-de_10.html' title='Notas cuánticas a la inmortalidad de Facundo'/><author><name>Jorge Zuniga</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://4.bp.blogspot.com/-BciI-0LEMig/TY-qyhtoxTI/AAAAAAAAA0c/DQa4ykuZVMs/s220/DSCN6420.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/-LR1wbeKUyFE/ThjYJZ7DS-I/AAAAAAAAA4s/hpg8Gdjhd8M/s72-c/facundo.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>5</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-18986682.post-275893522698590030</id><published>2011-06-24T23:44:00.005+02:00</published><updated>2011-07-05T11:49:25.842+02:00</updated><title type='text'>El olvido, nuestro íntimo enemigo (pequeño homenaje a Joseph Matza)</title><content type='html'>&lt;div dir="ltr" style="text-align: left;" trbidi="on"&gt;&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/-dF0Ah-vvO28/TgUEx8qDJYI/AAAAAAAAA4Y/iTcFUESDnGI/s1600/Matza.jpg" imageanchor="1" style="margin-left: 1em; margin-right: 1em;"&gt;&lt;img border="0" height="262" src="http://3.bp.blogspot.com/-dF0Ah-vvO28/TgUEx8qDJYI/AAAAAAAAA4Y/iTcFUESDnGI/s400/Matza.jpg" width="400" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="right" class="MsoNormal" style="text-align: right;"&gt;&lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;&lt;span lang="ES" style="font-size: 10pt;"&gt;para Světlana&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;1&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Hace muy poco. Hace un par de días. Se celebró el Día del padre. Un acontecimiento más bien sin importancia, si lo comparamos con el Día de la madre (otro acontecimiento sin importancia). No sólo no llamé a mi padre sino que preferí telefonear a mi hijo de catorce años.&amp;nbsp; Más bien para hacer chiste de todo esto que para exigir un saludo o una congratulación. Este ni me cogió el teléfono. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Casi el mismo día, y como si lo hubiera pedido, o como si fuera un símbolo, acabé la lectura de un excelente y a la vez triste libro, del escritor colombiano Héctor Abad Faciolince. Este libro relata muchas cosas importantes, pero sobre todo habla del amor entre un padre y un hijo. También narra o da testimonio de una tierra envuelta en la violencia y en el crimen contumaz. Ese país es Colombia, sitio en donde tiene lugar la relación entre Héctor Abad padre y Héctor Abad hijo. Este libro es muy probable que nunca sea traducido aquí en Praga al checo. Una lástima. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;2&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;La figura del padre como tópico literario, es decir la relación o la visión desde el punto de vista del hijo, no es nada nuevo en la literatura. Incluso ya hay críticos que sitúan estos libros en un género particular que han denominado “confesión”. Puedo nombrar aquí algunos. Al menos los que conozco, he leído o bien, de los que sé algo: &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;The Invention of Solitude&lt;/i&gt; (1982) de Paul Aster, &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;My Father and Myself&lt;/i&gt;&amp;nbsp; (1968) de J. R. Ackerley, &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;My Ear at his Heart&lt;/i&gt; (2004) de Hanif Kureishi, &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;Between Fater and Son: Family Letters&lt;/i&gt; (1999)&amp;nbsp; de V. I. Naipul, &amp;nbsp;&lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;L´Africain&lt;/i&gt; (2004) de J. M. C. Le Clezio, o la excelente obra &amp;nbsp;&lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;Tiempo de vida&lt;/i&gt; (2010) de Marcos Giralt Torrente, en donde me enteré de la mayoría de los títulos.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;En&amp;nbsp;estas latitudes checas, hace poco también apareció una obra excepcional que retoma esta cuestión del padre. Se trata de &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;Zeptej se táty&lt;/i&gt; (Pregúntale a tu padre) de Jan Balabán. Y por lo demás Praga está íntimamente ligada a la figura de Kafka, y hoy todos saben cuan fuerte fue el rol de la relación con su padre en su creación. Basta leer &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;Brief an der Vater&lt;/i&gt; (1919)&lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;.&lt;/i&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;3&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;La obra de Abad Faciolince es un texto sincero y extraordinario que también va sobre la familia latinoamericana culta, en cuya cabecera se situaba un hombre, el padre del autor, quien nunca dejó de luchar por los derechos humanos. Por todos los derechos humanos. Esos que pisotean con una increíble frecuencia la derecha y la izquierda política. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Héctor Abad Faciolince narra de una manera descarnada la historia de su padre. Pero no es sólo la historia de su padre, sino que narra una tragedia humana; centro del relato y argumento de todo el libro son las circunstancias de cómo fue asesinado su padre, Héctor Abad Gómez, por manos de las derechistas brigadas de la muerte en la ciudad de Medellín. Este asunto nos es informado desde el mismo inicio del libro. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;El libro funciona como novela o como saga o, por qué no, como novela negra, en la que el criminal queda impune, e incluso, ni siquiera sabemos quien perpetra ese crimen, aunque lo sospechemos. En el trasfondo de esta violencia tiene lugar una relación de amor entre padre e hijo. Alrededor de esta relación hay gente que muere como moscas. Pero son mucho más que gente. Son personajes y héroes y aquí viene lo más trágico del libro, porque el lector no espera que los personajes principales y los personajes secundarios más cercanos al personaje principal vayan a morir y el narrador parezca quedar en la más horrenda soledad. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Héctor Abad ha escrito un libro valiente y su literatura, su escritura, es el único instrumento de un intelectual en la lucha contra la injusticia y el olvido. Y la palabra olvido aquí no es casual ni gratuita, pues el libro se titula con un verso de Borges que al momento de morir su padre lleva en el bolsillo y que va sobre la muerte y que ha escrito hace poco o bien esa misma mañana: &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;El olvido que seremos&lt;/i&gt;. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;4&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;El tema del padre es un tema fuerte y atractivo, sobre todo cuando tenemos la poderosa sensación de que tenemos algo que contar. Incluso, de un tiempo a esta parte, mi propia reflexión casi diaria, -a veces incluso verdadera meditación-, sobre mi padre y sobre la necesidad de escribir acerca de él, y la duda sobre si algún día seré capaz de eso, me ha acercado considerablemente a este tipo de libros.&amp;nbsp;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Todos estos libros tienen un aspecto común: los escribieron hijos. Cada uno de ellos, a su manera, tuvo la necesidad de hacer cuentas con la relación con su progenitor. Esta relación fue siempre un asunto latente de distancia o cercanía hacia él. Y todos estos libros tienen otro aspecto común: un contexto histórico y social.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Desde que la última vez hablé por teléfono con mi padre, por desgracia hace ya meses, -conversación en la que le pedí que escribiera algo sobre sí mismo y donde me contestó que sí lo estaba haciendo, cada noche, a lo que yo le repuse casi en broma, que por lo menos unas mil páginas,&amp;nbsp; y a&amp;nbsp; lo que de inmediato él me replicó que, qué va, que serían unas quince mil-, me dije a mí mismo que aun no era el momento para escribir sobre él, que no debía aun. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Obviamente no tengo la pretensión de situarme al lado de los escritores que nombré más arriba. No obstante, nuestros ancestros siempre están presentes en lo que amamos. Y si amamos la literatura, estarán allí. La vida aun no ha escrito el colofón de la historia de mi olvidado y olvidadizo anciano padre. Yo he ido tomando conciencia de que en mi vida juega un rol importante aquel aspecto de la relación entre padre e hijo y que llamé "distancia". Mi jubilado padre, un ex profesor universitario vive y escribe en los confines del mundo, en el país más austral del mundo. Su hijo un día emigró y eligió vivir en otro lugar. Eligió la distancia. Eligió corroborar esa distancia que ya entonces existía entre ambos. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Podría afirmarse que, en los libros arriba mencionados, encontramos un abanico de matices, desde una distancia cero, es decir, una cercanía total, que es el caso de Héctor Abad Faciolince (por lo mismo la tragedia es mayor), hasta una distancia abismal, tal es por ejemplo el caso de Kafka. Como quiera que sea, la necesidad de hacer cuentas con el padre, con su vida o con su muerte, es siempre la razón fundamental de estos escritores. Poco importa cual sea la distancia. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Pero la distancia no es un asunto del destino o de la casualidad. Posee sus causas y azares y estas son con frecuencia sociales. A pesar de esa distancia cero, presente en el libro de Héctor Abad, la relación con su padre se realiza en un contexto social determinado que se interpone. En el caso de &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;El olvido que seremos&lt;/i&gt; es Colombia azotada por una guerra sucia entre el gobierno y la guerrilla. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;5&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Los trasfondos literarios suelen al final ser el resultado de un conflicto mayor. Estos conflictos son de orden cultural, político, incluso ideológico y a veces hasta religioso. Con frecuencia ese conflicto se materializa en una distancia generacional. Y con frecuencia esa distancia se convierte en una distancia real y material entre el progenitor y su descendiente, instalando entre ellos una barrera de miles de kilómetros. Con frecuencia la propia existencia de unos, ya sean padres o hijos, depende justamente del esfuerzo o de los sacrificios de los otros. Llamamos a eso de muchas maneras. Le llamamos emigración, escape, exilio, asilo, etc.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Y aquí pido permiso para lentamente empezar a volver al libro de Abad Faciolince y al mismo tiempo doblo en una esquina y luego me detengo un instante sobre esa cuestión de la distancia real. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Primero que nada me permito compartir un pequeña y cotidiana historia de Praga. Conozco un bar en el centro de Praga donde trabaja Svetlana. Ella afirma que su nombre es Svitlana, pero allí se acostumbraron a la variación checa. Svetlana es ucraniana y se levanta todas las mañanas y va a ese bar a lavar los baños, luego se va y vuelve a eso del medio día a ayudar al cocinero a preparar el almuerzo y lavar los platos sucios que dejan los clientes, luego se va de nuevo y se lleva una ruma de cartones, más alta que ella, y que deposita en los contenedores de reciclaje. Luego Svetlana nuevamente regresa a ese bar al atardecer y nuevamente ayuda al cocinero a lavar y limpiar hasta medianoche. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Svetlana es joven, está casada y su trabajo es duro. Pero lo más duro de la vida de Svetlana no es su trabajo. Lo más duro es que ella tiene que pasar largos meses, a veces tres o cinco, sin su pequeña hija, a la que ama y a la que suele telefonear casi a diario por no poco dinero. En ese bar trabaja otra gente, también tienen hijos, pero los ven cada noche cuando llegan exhaustos a sus casas y la vida de Svetlana poco o nada les concierne. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Se afirma que la República Checa está en crisis (un poco), sin embargo es un país próspero. La época en que eran los checos los que emigraban ya hace mucho que pasó. Por lo demás, aquellos que por aquellos tiempos no lo hicieron y se quedaron aquí, más bien envidiaban y sentían rencor por quienes se aventuraron a huir y cruzar la frontera, esa línea donde algunos murieron a balazos o despedazados por los perros. Por los perros comunistas, se entiende.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Cada vez que voy a ese bar y hablo con Svetlana tomo conciencia de que son miles y miles por todo el mundo. Que esto sucede a diario. Que son distintas diásporas que trabajan i viven en otros lugares. Son, sobre todo, hijos y padres (o madres). Están lejos de sus padres o niños y quizá en algunos años alguien escriba un libro similar sobre ellos.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;6&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Pero dije hace un instante, que deseaba volver sobre el libro de Héctor Abad. Y esto porque la cuestión del emigrante también allí está presente. Antes de que su padre fuera asesinado, tanto el mismo Abad, como el personaje principal, su padre (y los amigos de su padre), debieron varias veces huir de Colombia. Así, la migración es otro fuerte tópico de este libro. La migración que salva vidas. La propia o la de los familiares. Y ahora debo confesar que no sólo escribo esto debido a la importancia de la figura del padre como personaje en la literatura, si no por la migración y también porque Svetlana está la próxima semana de cumpleaños y por fin viajará después de tres meses a casa a ver a su hija. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Pero tengo otra razón más (o pretexto). Esa razón es un personaje casi ínfimo y casi sin importancia en el libro de Abad Faciolince. Es un simple detalle, una circunstancia en el relato, una bambalina de la narración. Y debido a que todos los personajes del libro son gentes reales. Hombres de carne y hueso. También este personaje insignificante debe ser verdadero. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;El libro que acabé de leer casi para el Día del padre es parte de la edición Booket de la editorial Seix Barral. Es el número 2310 de la colección. En la página 151, al comienzo del capítulo 27 se narra que Marta, la hermana del autor, cuando era niña, era la estrella de la familia. Era inteligente, alegre y vivaz. Se narra que desde sus cinco años tocaba el violín y frecuentaba cada tarde las clases del instrumento en el conservatorio de la ciudad, donde la esperaba el profesor checo y violinista Joseph Matza. Dice Abad Faciolince, que se decía que este profesor checo había sido miembro de la Opera de Freiburg y que había emigrado a Colombia. El libro dice que este Joseph Matza, no sólo, le afirmaba al viejo Héctor Abad Gómez, al padre asesinado del autor, que en mucho tiempo no se había topado con tanto talento, sino que se afirma allí que este Joseph Matza, perdido en esos trópicos colombianos, llegó a dirigir la filarmónica de la universidad, la que cada domingo tocaba en el Parque Bolívar.&amp;nbsp; Abad nos dice en su libro, que este checo perdido tocó todo lo que era posible tocar con aquella pobre orquesta colombiana y que acabó amargado y alcoholizado en las calles de Medellín. Desde donde lo recogían cada mañana sus discípulos. Bebía y vagabundeaba por las noches, e incluso los mendigos lo protegían y decían: “El maestro está borracho, déjenlo dormir”. Abad nos dice que el maestro Matza, en sus horas de educación musical, miraba con un amoroso odio su violín y les decía a sus alumnos: “es mi enemigo íntimo”.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;7 &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Busqué lo que fuera, cualquier dato, sobre este misterioso Joseph Matza. Y encontré. Estudió en Praga. En el conservatorio. Fue un alumno virtuoso y daba conciertos. En&amp;nbsp; 1930 partió con éxito en gira por Latinoamérica. Pero la gira acabó siendo para siempre, ya que por todas partes los latinoamericanos le pedían conciertos al maestro. Algo poco raro de un continente aun en bruto. Tanto, que finalmente fue nombrado profesor en Colombia y pronto dirigente de la Filarmónica nacional. Joseph Matza cambió su apellido para evitar que fonéticamente se lo deformaran, como el nombre de Svetlana. No sé si el originario Josef Maca fuera o no padre de algún linaje de posteriores latinoamericanos de origen checo. Sin embargo, sé que era hijo y que cuando un día por fin se aprontó a visitar su querida Checoslovaquia natal y a su padre, o la tumba de su padre, justo su país fue ocupado por lo nazis. Josef Maca no retornó nunca a Praga. Aquí, nadie sabe nada sobre él. Es como si no hubiera existido nunca. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;A Héctor Abad Faciolince ya nadie puede devolverle a su padre. Ya no existe. Fue asesinado. En lo que a mí respecta, puedo en cualquier momento volver a casa, al fin del mundo y visitar a mi olvidado y olvidadizo padre. ¿Y Svetlana? Svetlana también. Por eso lo hace y regresa regular y religiosamente a Ucrania a ver a su hija pequeña, y se queda un tiempo hasta que la reemplaza su madre. Siempre luchando por los putos papeles, los putos permisos de la policía de extranjería. Ni siquiera Svetlana parece aquí existir. Los checos olvidaron que ellos un día también fueron forasteros. Pero quizá no lo olvidaron y precisamente por eso, porque quizá es una forma de desquite.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;A veces escucho la graciosa melodía de un violín, una melodía que me recuerda un péndulo permanente, que es la distancia o la cercanía entre padres e hijos, entre progenitores y descendientes. A veces siento a ese íntimo enemigo, su regaño.&amp;nbsp;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: right; text-indent: 54pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;i&gt;Praga 24 de junio del 2011&amp;nbsp;&lt;/i&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/18986682-275893522698590030?l=jorgezunigapavlov.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jorgezunigapavlov.blogspot.com/feeds/275893522698590030/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=18986682&amp;postID=275893522698590030&amp;isPopup=true' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/18986682/posts/default/275893522698590030'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/18986682/posts/default/275893522698590030'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jorgezunigapavlov.blogspot.com/2011/06/el-olvido-nuestro-intimo-enemigo.html' title='El olvido, nuestro íntimo enemigo (pequeño homenaje a Joseph Matza)'/><author><name>Jorge Zuniga</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://4.bp.blogspot.com/-BciI-0LEMig/TY-qyhtoxTI/AAAAAAAAA0c/DQa4ykuZVMs/s220/DSCN6420.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/-dF0Ah-vvO28/TgUEx8qDJYI/AAAAAAAAA4Y/iTcFUESDnGI/s72-c/Matza.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-18986682.post-1949192350362097135</id><published>2011-05-19T17:14:00.054+02:00</published><updated>2011-05-29T21:14:19.124+02:00</updated><title type='text'>Perro muerto</title><content type='html'>&lt;div dir="ltr" style="text-align: left;" trbidi="on"&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/-h5fCmN9U99o/TdWJA3izsNI/AAAAAAAAA3Y/EqATvcWmtz0/s1600/pinochet.jpg" imageanchor="1" style="margin-left: 1em; margin-right: 1em;"&gt;&lt;img border="0" height="265" src="http://3.bp.blogspot.com/-h5fCmN9U99o/TdWJA3izsNI/AAAAAAAAA3Y/EqATvcWmtz0/s400/pinochet.jpg" width="400" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;div style="text-align: left; text-indent: 0px;"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="center" class="MsoNormal" style="text-align: center;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;A las 6.03 PM, hora europea, del domingo 10 de diciembre del 2010, Ingeborg Wagnerová -soltera sin compromiso, metro sesenta y cinco, 38 años, pelo castaño claro, aproximadamente 80 kilos- lo llama para indicarle que compre &amp;nbsp;las entradas, que sí llegará a tiempo, que al final ha tomado un taxi y que en cuestión de unos diez -a lo sumo- quince minutos, llega a la Plaza de la República. Exactamente al mismo sitio, por donde él en ese momento va camino al cine, acompañado de gente otoñalmente escondida en sus abrigos, y que, sin saber por qué, él supone que indudablemente marcha al mismo lugar, al cine al interior del centro comercial Slovanský Dům, sito en calle Na přikopě número 22.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Seis minutos más tarde, a las 6,09 PM, Bilbao ingresa al hall del multicine para hacer una indigna fila que serpentea desde la puerta hasta las ventanillas y por fin hacerse con las dos entradas. Luego, mientras espera a su arrendataria Ingeborg Wagnerová, piensa en sentarse en el cafecito de la entrada y pedir una cerveza, pero imagina la posterior e inoportuna carrerita a los inodoros, justo en medio de la película. Por esto opta por rendirse a la frivolidad dominical y pasearse por los pasillos contiguos del centro comercial. Vitrinea los escaparates de una relojería: lo sorprende un reloj a un precio inaudito; un precio equivalente a su salario mensual de conserje. Ve la hora en el reloj y la imagina exacta: las 6,15 PM, hora europea. La compara con su reloj. La hora es la misma. Más allá, otra vitrina expone muñecos con ropa, pero Bilbao se clava en unos zapatos de lujo con un aspecto inquietante; imitan el cuero de un anfibio o quizá están fabricados con la piel del animal. Son unos zapatos en punta que -imagina- bien podría calzar un narcotraficante como un ministro checo o chileno. Los zapatos de un cafiche, piensa Bilbao. Más allá, se fija en una tienda de juguetes de marca, seguramente para hijos de diplomáticos o para los hijos de algún político o quizá de arribista local o bien los hijos de alguna otra casta similar. Circula sin plan hasta detenerse en un cristal, donde echa a volar su imaginación erótica al ver tras un ventanal una diminuta colección de prendas de ropa interior sobre una esbelta diva de plástico semidesnuda y de metro ochenta; un simulacro de modelo que, con una perdida mirada y de acuarela, exhibe unos portaligas blancos, cien por ciento algodón, similares a los que exhibe una chica rubia en una afiche, justo detrás de la espalda del maniquí y que Bilbao le arrancaría sin piedad con los dientes a la conocida modelo que evidentemente ostenta y publicita, -toda en cueros- la fina marca. En eso Ingeborg Wagnerová aparece y le toca el hombro. El mira su reloj. Son las 6.25 PM. Ingeborg mira con displicencia la vitrina, como si allí hubiera una ferretería o bien una tienda de pipas. El se percata de su indiferencia y en cierto modo la entiende, porque su casera Ingeborg Wagnerová es gorda, tetona y -para colmo- fea. Por un instante Bilbao se le cruza por la cabeza una explosión y ve todos aquellos escaparates hechos añicos, pero en seguida piensa en otra cosa, como si se arrepintiera. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&amp;nbsp;A instancias de Ingeborg, la que necesita urgente ir al lavabo, ingresan minutos antes de la función al cine, programada para las 6.45 PM. Ingeborg está sorprendida &amp;nbsp;y feliz de que él haya aceptado la invitación. Ella no haya la hora de darse por enterada de las artes varoniles de Daniel Craig, su actor favorito. Un actor que él desconoce y que encarna la novísima y última versión de James Bond. Él acepta ir al cine por amistad y por una controlada lástima hacia Ingeborg que se queja con frecuencia de su escasa suerte con los hombres. Lo de la amistad es un asunto que él deja desde un comienzo en claro; lo de esa cierta lástima, eso lo prefiere ocultar. Entra al biógrafo junto a la mujer, con la contradictoria convicción de que verá una mala película; pero que, al ritmo de la opiática música original de Monty Norman, al ritmo del inigualable segmento de la banda sonora en medio de las mejores escenas, al menos, rememorará aquellos días juveniles en que su padre le daba un par de monedas para que fuera con el Guatón Valencia al Teatro Centenario en La Serena a ver al gigante ogro Richard Kiel darse de golpes con esa antigua versión del agente secreto británico, entonces encarnada por el empaquetado Roger Moore. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Con el pesar de esa convicción patética y con todas esas sensaciones a cuestas, entran por fin a la sala de cine. Son las 6.35 PM. Se alegra de que al menos Ingeborg Wagnerová deteste el pop corn, aunque sí se percata de que es una sólida bebedora y que trae unas latas de cervezas que ha procurado antes de subirse al taxi a toda prisa en la tiendita frente al domicilio, en el cual él arrienda el ático de la casi cuarentona señorita Ingeborg Wagnerová. Las cervezas son unas cuantas latas cuyo contenido -con toda seguridad en el momento menos apropiado- se convertirá en unas insoportables ganas de salir a mear a unos baños ubicados justo al otro extremo de un pasillo alfombrado y lleno de muñecos de cartón piedra que anuncian otras películas, probablemente igual de malas. &amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Con la poco supuesta y dócil curiosidad del que vive en el país donde ese mismo año se han filmado algunas escenas del celuloide que en cosa de segundos va a empezar -de esa última versión del ilustre personaje de Fleming-, se apoltrona en su butaca sin dudarlo mucho más. A fin de cuentas, al menos verá otra Praga, una Praga a la americana, discurre. Consulta un comentario en una revistita y con sorpresa descubre que alguien allí reseña cierta moda del último tiempo en Hollywood, pues la cinta no es en rigor la continuación temporal de las películas pasadas, sino que, más bien el regreso a los inicios de la serie del famoso agente 007. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Antes de que apaguen las luces repite el indispensable ritual de revisar su celular y comprobar que esté sin sonido. Lo está, al menos el suyo. Ve la hora. Son las 6.40 PM. Y mientras Ingeborg guarda en su cartera el propio, la pantallita de su aparato se ilumina nuevamente con ese silencio luminoso de falso milagro, ese silencio imperturbable y banal de los mensajes telefónicos.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Justo llega un mensaje y pasa lo que tenía que algún día pasar. Justo allí, justo en ese instante. Exactamente a las 6,41 PM de ese domingo 10 de diciembre del año 2010. El 10 del 12 del 2010. El 10122010, un número que lo consterna.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Sabe, desde hace años, que la noticia lo va a sorprender, que la espera y que -a pesar de haber ensayado alguna vez alguna histriónica reacción de alegría o de poner en práctica la automática alerta de ejecución de aquel plan que han acordado con los muchachos para tal ocasión: ese afán de juntarse a celebrar de inmediato en el bolichito del coquimbano Pacheco-, la noticia va a llegar así, de repente, imprevista e impostergable. Como un fruto maduro o podrido, un fruto exacto que cae inexorablemente; sin más ni más. Como una hoja seca. Como aquellas hojas secas que hace muchos años atrás, el dictador afirmaba que no caían sin su conocimiento, sin que él lo supiera.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;Y la noticia llega ahora y punto. A las 6,41 PM de ese domingo 10. Justo en un momento así, en el momento menos pensado. En uno de esos momentos inapelables y burdos que de nuevo -por un mínimo instante- vuelven a transformarlo en quien fue un día. Vuelve a renacer en él eso que, hace casi una veintena de años atrás, él era y que se asemejaba casi a un torpe vegetal, a una planta anterior a los injertos, algo anterior a los cambios del mundo, a nuevos albedríos, a las rasmilladuras que ejerce sobre la memoria y las antiguas falacias ideológicas o religiosas la presencia de otro idioma o de toda una babel, anterior a los estudios, anterior a los hijos y nietos extranjeros, anterior a esas otras voces y tierras que invaden inapelablemente el paraíso cerebral, un paraíso que se coloniza día a día, con un presente que taladra cotidianamente bajo un concierto de voces, susurros, gritos ajenos y que un buen día, sin siquiera dar aviso, apropia y transforma.&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;La noticia llega y ya. A las 6,41 PM. Así no más. Piensa que quizá algunos lavan la loza después de un almuerzo en Valparaíso, otros tal vez se inyectan alguna droga en una bocacalle de Estocolmo, alguien reza en una misa en Madrid, o quizá –como él en Praga- alguien está en el medio de un cine. Todos en el ostracismo del tiempo, todos en cientos de rincones por todas partes del mundo, a distintas horas: de día, de noche, a media tarde; algunos abrigados con abrigos y bufandas, otros en traje de baño en alguna contaminada playa caribeña. Así. En el momento menos pensado y en los lugares menos imaginados.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;El mensaje que llega es de Rodrigo Tejo y dice: &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;Uno menos, ahora sólo falta el Mamo…&lt;/i&gt; En ese instante se da cuenta que ha llegado el momento. Ha muerto por fin. ¿A qué hora?&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Aun con unos minutos en la penumbra y con la mirada fisgona e irreverente de la gorda Ingeborg, alcanza a telefonear a alguno que pueda confirmarle la noticia. Para variar, Pacheco no contesta su teléfono, cosa que le consta que jamás hace, menos aun los domingos, algo que no le extraña. Rápidamente marca el número de Quiroz, quien tampoco responde. Dan las 6,44 PM. Y finalmente envía un mensaje de texto al mismo Rodrigo Tejo, quien tampoco acusa recibo. Le hastía la situación y aun con unos exiguos segundos escribe otro texto al mismo Quiroz, con la esperanza de que se encuentre en casa con el computador encendido y conectado a la red. Anhela la ojeada &amp;nbsp;a&amp;nbsp; algún diario del mundo que le compruebe todo. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;-¿Es posible? ¿Ha muerto por fin?, -se interroga.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&amp;nbsp;Con un extraño escozor en las sienes, que puede ser de alegría o de bronca, se acomoda en el asiento y se larga a elucubrar hipótesis. A la gorda Ingeborg -que en su vida ha oído hablar de dictaduras, ni de asesinatos, ni de torturados, ni desaparecidos, y que es mucho más joven que él y probablemente a pesar de su sobrepeso menos esmirriada que él-, le explica brevemente y en bisbiseos que necesita unos minutos de soledad, que ha muerto alguien muy odiado por él y por mucha otra gente, y que -mientras respiran allí ese tufillo a asiento de autobús interprovincial en medio de una sala de cine repleta de gente más bien lerda y hueca que mastica pop corn y sorbetea refrescos-, él tiene razones más que suficientes para pellizcarse el muñón y confirmar que no es un sueño, que está vivo y que pertenece al bando de los sobrevivientes; al bando de los que salieron al exilio hace casi un cuarto de siglo; al bando de esos que desde ahora en adelante, desde las 6,41 PM (para él) lograrán día tras día, cada nueva mañana, vivir, un día, una semana, un mes, un año, muchos años más que el tirano muerto. ¿Desde qué hora? Confirmar que mientras él se alista a ver esa tonta película que acaba de empezar (en la que los muertos son la comparsa de una historia) el cuerpo hinchado del dictador se descompone inexorablemente sobre la bandeja de acero de una funeraria o de una morgue, al otro lado del mundo, en Santiago de Chile. Probablemente en medio de un hedor a formol o a coronas florales; olores a muerte, olores lentos e inevitables. Que mientras esperan a James Bond, en esos mismos instantes, sus malvados familiares lo visten con su formidable uniforme de guerra. De esa guerra que tuvo una primera batalla voraz y terrible en que los prisioneros morían indefensos y amordazados y otros, como él, después, mucho después, huían mutilados al exilio. De esa guerra que inmediatamente después el dictador empezó a perder, porque la vida no es una película y al final se cobra todo. De esa guerra declarada con la que el dictador defecó en convenciones internacionales y tratados. De esa guerra siguiente, en la que parapetado acechó artero a sus víctimas por tantos años. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Cuando formula la palabra odiado en vez de la palabra querido, Ingeborg se lo queda mirando estupefacta, como si las defunciones fueran siempre razones de congoja. Al instante ella hace una mueca muy parecida a una sonrisa, se calza sus lentes de carey negro e insiste en hablar. Él le exige que guarde silencio de una vez, un silencio que ella intenta negar y que no es de luto, pero que, de no ser en realidad por la peli, lo reglamenta y atenaza. No tiene ganas de atender a Ingeborg y se siente como si fuera el recepcionista lisiado de un hotel de mala muerte al que le acaban de cortar el agua y cuyos huéspedes acosan con lenguas que parecen tijeras podadoras. La gorda Ingeborg, sumamente inquieta, parece estar en todas las butacas que lo rodean. Lo único que desea es silencio y hundirse en sus especulaciones, en esa nueva soledad. Y así pasa. Se deja llevar por los créditos y por la película que empieza con un fascinante recreo de trucos animados, gráficos de juegos de azar y naipes y sangres y tiros y sobretodo muchísimos puñetazos. Poco después, unos minutos después, digamos unos cinco minutos, trata de acostumbrarse a la cara del tal Craig -supuestamente el primer Bond, porque si hay algo que puede el cine es hacerle creer a los que están allí sentados que antes del famoso Bond Connery hubo un hipotético Bond Craig, (que más parece un patotero mala leche, aunque bien vestido, y en cierto modo convincente, una especie de boxeador alemán malas pulgas con cierto disimulado altruismo; una pose con la que el privilegiado agente de su majestad la reina de Inglaterra se pavonea e intimida). &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;El celuloide empieza “orsonwellesianamente”. O sea, casi a oscuras. Con el señor Bond que espera en plena noche a su víctima en una oficina de Praga, una oficina que bien puede ser una oficina en Santiago de Chile, o la habitación a oscuras de una clínica. Bond espera a un tipo al cual -unos minutos más tarde- caga a silenciosos balazos.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;Bilbao trata sin éxito de seguir el hilo de la historia y a la vez entender la noticia que acaba de recibir, justo unos minutos antes del comienzo de una apoteósica y africana persecución de personajes canguros que acaba con el ahora Tarzán Bond &amp;nbsp;que atrapa y se carga de un tiro o más a un negro impresentable en el patio de su mismísima embajada (embajada que de paso demuele).&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Y, ¿por qué él siente esa bronca subliminal e inesperada con la noticia de esa muerte?. Y claro. No tarda mucho en descubrirlo.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;-Vaya que despropósito de este hijo de puta, -pondera en voz baja en español, por lo que Ingeborg no entiende -. Hasta para morirse es un cretino, -conviene-. No podía esperarse un poquito más, -rezonga. ¿Y ahora? ¿Qué harán con tanto expediente abierto?, -especula en seguida. Luego se hunde en la película, al menos hasta el momento en que al impúdico pre-007 (ya que se supone –según el argumento- que aun no lleva ese código famoso) lo putea e increpa la viejuja Judi Dench, que hace ahí las veces de ese personaje que se conoce sólo con la letra M, su jefecita, -que por un lado parece la versión lésbica del personaje (en realidad) masculino del libro de Fleming, y por otra, una parecida versión rubia (igual de poco atractiva) de la personalidad de hierro de la famosa Margaret Thatcher. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Dench vitupera a Craig, sorprendentemente en serio, con ese evidente estilo de los agentes secretos. Como si fuera un trasunto de la antigua dama de hierro, la ex directora máxima de la F2 (que fuera o es aun, esa suerte de DINA chilena o CNI chilena) que la severa primer ministro Thatcher crea por allá por 1974, para seguir los pasos y aplicar los asertivos consejos que le da por esos días -vía teléfono-, su héroe y amigo, el dictador y paladín chileno Augusto Pinochet Ugarte, ahora a las 6,59 PM, muerto. Por aquel entonces, c&lt;/span&gt;ada semana, los telefonazos van y vienen. Toda vez que la dama de hierro se atornilla más y más en el 10 de Downing Street. Por aquel entonces, los disociados, como suele llamarlos su titán sudaca, no son ni en lo más mínimo, una versión británica de los rojos marxistas perversos chilenos. No son mucho más que los desordenados rosados laboristas de clase baja, no le llegan ni a los talones, conjetura Bilbao allí sentado. Y esto porque por aquellos días de la decada de los 70, los elípticos laboristas de clase alta, toman su té de las cinco, leen &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;The Sun&lt;/i&gt; y escuchan las noticias del alborotado operativo militar que la dama de hierro ordena en Heathrow, sin aullar y con la convicción de que los laboristas de clase baja la verán negra.&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&amp;nbsp;Escenas más, escenas menos, la M le muestra un matutino a Craig donde aparece su foto y le larga encima una perorata al agente acerca de las relaciones internacionales y el estado del derecho. En ese instante Bilbao se siente iluminado. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;-Vaya, vaya, lo tengo, -le susurra a Ingeborg que bebe de una lata de cerveza y le comenta la lógica del agente secreto-. Si estos sujetos son los malos, entonces, es valido molerlos a tiros, -corrobora, y piensa entonces en los imperativos de un imperio, y señala entonces que el derecho es una galletita que se sopea en una tasa de té. Ingeborg -esta vez- lo hace callar y él se calla. Pero un golpe de estado no es una película en que luego los achicharrados negros se levantan del suelo a tomarse un cafecito al camión del catering y donde aquellos que ya no aparecen en el reparto se van muy campantes para sus casas, espiando de reojo el trailer de Craig, por si le pueden sacar una firmita, concluye. &amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;La M se pasea impunemente ante la mirada incompatible del arriero James Bond que le hace darse cuenta a él, que todo el derecho no es más que una vaca sagrada camino al matadero, y que todo eso no es otra cosa que una ficción o el argumento de una pobre película de tiros. Las revoluciones y los golpes de estado son la misma cosa, se dice a sí mismo Bilbao. Un cencerro ruidoso que cuelga de esa vaca sagrada que va al matadero acompañada de James Bond, imagina. Ambas matanzas tienen tanto de ilegales como de legítimas, cavila. Ambas se pasan por buena parte las leyes vigentes, ambas se invocan en el nombre de urgentes premisas ideológicas o de premisas fílmicas. Así, concluye, Craig puede seguir arrastrando cadáveres de vacas o de negros muertos o de chilenos muertos y ellos allí, él e Ingeborg, pagando las entradas del espectáculo. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Ingeborg bebe de su lata y él nuevamente controla su celular. Son las 7,16 PM. Entremedio de sus desvaríos íntimos mira la pantallita para ver si por fin ha llegado el mensaje que confirme la noticia. Hasta ese momento nada, pero si alguien le ha escrito algo así, debe ser cierto, supone. No puede tratarse de otra falsa alarma o de la infaltable broma del infaltable idiota de turno. Mientras la película se convierte en una aburrida y casi incoherente pegatina de persecuciones, vuelve a redactar un mensaje y lo expide a algunos amigos. Al menos a aquellos que está convencido que se juntaran o quizá ya se están convocando para tomarse un par de cervezas. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Como está acordado, se juntarán todos donde lo del joven Pacheco. Así, lo único que falta es que los involucrados confirmen la noticia, avisen a los otros y ratifiquen&amp;nbsp; su presencia, concluye i de reojo mira a su acompañante. T&lt;/span&gt;ienen un método que han ideado hace años. Lo denominan “El abecedario de La muerte. Consiste en que los apellidos con A contactan a los que empiezan con la letra B o en su defecto la letra siguiente y así sucesivamente hasta dar la vuelta completa; cadena en la que un tal Zúñiga se lleva la peor parte, porque su apellido es el único apellido con zeta y le toca avisarle a los hermanos Acevedo, al viejito Andrade y al Animita, que no es chileno, pero es un trotskista boliviano, lo que es bastante similar, un indio calladito que promete pagar una ronda completa de pisco y a quien han decidido dejar su apodo, ya que posee un apellido indígena impronunciable. El método es imperfecto. Todos lo saben. No importa, por ejemplo, que Rodrigo Acevedo y el viejito Andrade le avisen -ambos- al Flaco Benavides o a él. Si sobran llamadas, bien. Pero no pueden faltar. Eso no.&amp;nbsp;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Ingeborg expone un gesto de sensiblería social y como la peli se ha puesto aburrida se atreve a preguntarle un poco borracha, qué sucede con lo del muerto. Él le dice, que al parecer ya se enfría el hombrón y que es cuestión de horas para que una brigada de gusanos comunistas empiecen a hacer justicia con el podrido cadáver. Ingeborg pega un alarido de risa y un cinéfilo, unos asientos más allá -que al parecer sí goza con la cinta-, les reclama silencio. A los pocos minutos, a las 7,25, un mensaje de Quiroz le ratifica todo. Augusto José Ramón Pinochet Ugarte, ex dictador y asesino de Chile está definitiva y rotundamente muerto, y además, para siempre. Piensa en salir corriendo del cine, pero, a fin de cuentas, se queda. No va a dejar que el dictador muerto le estropee ni siquiera esa versión mala del malo de Bond, película donde lo único que se salva es la cara de salta tapias de Craig y el acierto creativo de que el malo de la película, el memorable Mads Mikkelsen, luzca sangre en el ojo. En ese momento, cuando la cinta es lo suficientemente mala, en ese instante de aburrimiento colosal, se le ocurre una ficción propia. Piensa que quizá han sido los ingleses. Que quizá ellos -después de todo- han tenido el buen gusto de enviar a James Bond a Santiago de Chile, y que, así, han reparado el chascarro del pelmazo de Straw. Ese ministro al cual -no por casualidad- alguien -en un matutino- ha tenido el acierto de recordarle el significado de su apellido en español, dando así con otra buena razón para entender una cómplice y pusilánime sentencia. Por lo pronto, M, la imagen de la Dench, putea de nuevo a Craig y éste le hace a él pensar nuevamente en aquello del derecho internacional: la masturbadora entelequia –valga la redundancia- de las institucionalidades.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&amp;nbsp;¿Qué es lo que más le molesta de todo esto?, se pregunta Bilbao. Por un momento piensa que mientras él está sentado en el cine, los demás están ya reunidos donde Pacheco y que, copas más, copas menos, todos se emborrachan y beben a destajo a nombre del tirano. Todos menos él que se banca esa película y las chalchas sudadas de Ingeborg a su lado. Con un gesto le pide a Ingeborg que le alcance una de las cervezas que ella automáticamente saca de una bolsa plástica. Ella saca dos latas y él inicia una suerte de festejo particular. Tiene la sensación -y no disimula su cavilación- de que la historia de un país bien puede ser no más que eso: una película de espionaje escrita por un novelista y luego contada cien veces por otros. Que poco cuenta como son en realidad las cosas si de todas maneras siempre son subsidiarias de algún narrador ajeno. Después piensa en todos los que mueren en las calles de un país exótico y lejano, como si fueran simples extras de una película mucho más real, y que no cuentan con los beneficios de levantarse después del “corten, se graba”, limpiarse el ketchup o el látex, o lo que sea de la ropa, sino que más bien quedan tirados en estadios, en fosas comunes, o los avientan destazados al mar desde helicópteros militares. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;¿Qué haría él si fuera comandante en jefe de las fuerzas armadas y le tocara dar un golpe?, se asusta con la pregunta. Cree que ejecutaría el golpe de estado, piensa. La sensación de lo inevitable se cuela entre las butacas de su ficción íntima, como el ineludible encuentro entre el malo Mikkelsen y el malo Craig en Karlovy Vary, ciudad que en el celuloide interpreta a Montenegro; el encuentro de los dos machos acerca casi el final de la película, encuentro que lo turba lo suficiente como para sospechar que hay algo en el final del dictador que lo obliga a permanecer ajeno. Luego Bilbao piensa que en definitiva el gran argumento, el argumento primero que la historia esgrime en contra del tirano, ahora muerto, no es otro, sino la traición. Que en Chile, ese país-esquina-con-vista-al-mar, un día hay unas instituciones muy sagradas y muy vacunas y muy antiguas que el soldadote decide, en las postrimerías de un invierno, a instancias de un imperio, pasárselas por su militar culo. Unas instituciones raquíticas y timoratas que al final de todas las cuentas, una vez recuperadas, terminan traicionándose a sí mismas y tampoco son capaces de juzgarlo. La traición como motor de la historia, reflexiona Bilbao, y recuerda a Judas, al mismo tiempo que sospecha de una flaca esbelta que fornica con Craig. Está claro, si Craig Bond mata o si Mikkelsen roba, o al revés, si un delincuente lo hace y no lo reconoce, entonces se impone la prueba como requisito, intuye él allí sentado. Pero luego conjetura que no hay juicios, ni acusaciones. Sólo las secuelas de las traiciones. Que lo que hay en el fondo es pura diversión, como si la historia fuera una película mala. ¿Y hay pruebas? se pregunta. Como que las hay, asevera en silencio. La traición se parece tanto a la tradición, sopesa Bilbao en silencio. La letra "d"; como el día "d" podría ser símbolo oportuno de tal diferencia. Entonces con mayor razón asevera y redime ficciones y pontifica para sí mismo, como si fuera un crítico de cine. Entonces calcula que todas las caras de la impostura chilena no son más que las malas actuaciones de una mala película. Una cinta sobre el profundo nihilismo de la hipocresía o quizá sobre la profunda hipocresía del nihilismo. Sobre la tradición de los traidores y la traición de las tradiciones. A la hora de la guerra de los hombres contra los hombres, concluye, las reglas las dicta la moda, el mercado, los jefes de protocolo o la moral de un mal crítico de cine. Concluye Bilbao que todo aquello no es más que espectáculo puro, y que quizá a la hora de las conclusiones no hay nada más que un gran vacío: el silencio. En el fondo el gran argumento respecto de las intachables instituciones, de las tradiciones institucionales parece una simple payasada, como la sonrisa mesiánica de M, se dice, y trata de volver a la película. Y lo que más temor le da a Bilbao, es pensar que quizá eso es, lisa y llanamente, todo lo que son capaces de ser y hacer los seres humanos de origen chileno. Ser capaces de tan sólo intuir la verdad pero no aplicar justicia. Bilbao intenta concentrarse nuevamente en la pantalla. Pero no puede.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Aquella vanagloria de un estado que funciona -de vez en cuando a bayonetazos- desde 1818, no es más que una triste ilusión patriótica inventada por diseñadores de banderas y escarapelas, finiquita y le da un sorbo a la lata de cerveza. La verdad deviene otra. Chile quizá no existe, quizá es una simple ficción, quizá no es más que un nombre en la boca común de una determinada cantidad de gente; gente que se debe y somete a cierta marginalidad geográfica; e imagina que sin duda Chile es una convención, una tradición que traiciona, un país de mentira gracias al goce de una &amp;nbsp;historia menos desordenada que en otras partes, advierte y mira de reojo a Ingeborg Wagnerová.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&amp;nbsp;-¿Sabes lo que hay debajo de las piedras de Chile?, -le preguntó un día Quiroz. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;-¿Sabes lo que hay debajo de la mitad de las piedras de Chile?, -le replicó él. Y ambos amigos se largaron a reír. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;-Poetas e historiadores, de eso está hecha la chilenidad. Siempre ha habido dos Chile, y quizá siempre lo habrá, -le trata de explicar una noche a Ingeborg-. Un Chile es descendiente de los colonizadores y el otro de los colonizados.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Piensa seriamente en salirse de la cinta, no sabe si ya está por terminar, pero tanta escena romántica en medio de una película en donde él viene a ver golpizas y extras pateándose los riñones, le parece extraño. Mira el reloj. Son las 8,45 PM. El juego del cine es ese, hacerles creer que hay buenos, hacerles creer que hay malos. Hacerles olvidar durante algo más de dos horas que -en el fondo-, todos son buenos y todos son malos. Como un asesino que un día tiene su sangrita en el ojo y da un golpe de estado, igualito de malo que Mads Mikkelsen, que al parecer no aguanta llevar todo el tiempo su peinadito a lo Hitler y se peina de otro modo. Le dice Ingeborg que, Mikkelsen también filmó en Praga una peliculita muy original danesa llamada "Praga", hecha casi al mismo tiempo que el bodrio este del casino. Ingeborg, que sobre seguro no la ha visto, le dice sin embargo que era muy buena. Tan buena que ni en Praga la han visto, ni han escuchado hablar de ella aun, piensa él. Él prefiere volver a sus desvaríos de espectador aburrido y reconstruye.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;Un día un general de ejército toma la decisión de matar a unos cuantos, una crucifixión; luego mata a unos cuantos. Se conjura la traición, pasto de historiadores, poetas. Luego, cuando se encuentran los cuerpos de unos cuantos crucificados en sepulturas que esconden dos o tres cadáveres de más, el dictador tiene el desparpajo de hacer una nota de hacienda y decir: miren, qué economía más grande. Y así el general nihilista asevera y admite una original filosofía de la historia: entre asegurar los derechos de unos 10.000 disociados o garantizar los de diez millones, no tenemos duda, ratifica el traidor. Y he allí todo, he allí el gato encerrado, el perro enterrado de los checos, el meollo de la historia del general, de la historia general del Reino de Chile y hasta de la historia del hombre, filosofa Bilbao, allí sentado tragando la cerveza. La traición y la tradición implican y prefiguran el crimen. He allí la explicación del crimen, intuye. Los males menores, el mal menor, el malvado menor. Porque los crímenes cuando son concebidos como castigos resultan una hipocresía bien montada. Eso es entonces lo que más arde en Bilbao: el crimen, la delincuencia pura y sórdida, la impunidad. No la tradición, para nada la traición, eso cree. Y como si fuera un historiador nihilista en potencia quiere creer que un general nihilista y gagá es capaz –antes de morir- de un acto de valentía. Es capaz de callar la boca de todos y decirlo todo en voz alta. Capaz de ese acto que significa decirlo de una vez por todas:&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;-A esos desgraciados yo los mandé matar. ¿Y qué? No me arrepiento, no creía en otra alternativa. Los quería muerto, no exiliados, no relegados, no en cárceles. Dije muertos. Estábamos en una guerra fría, una guerra de morgues y la perdieron, punto. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Hay tipos así, pacta Bilbao siguiendo la pantalla. Y enumera: Calígula, Cortéz, Enver, Hitler, Stalin, Videla, Karadic. Hay lugares así: Roma, Tenochtitlán, Siria, Osvetin, Siberia, Buenos Aires, Sebrenica. Lugares con sus asesinos. Tipos que no parecen pertenecer a la especie, concluye Bilbao. Porque simplemente no tienen problema en matar a alguien y después con la misma mano lavarse los dientes. Tipos que lo hacen y luego duermen tranquilos. Tipos que ponen en aprietos a la civilización, a los fundamentos de ella. Porque además logran arrastrar gente, logran apoyo, o sea: votos. Incluso entre los que no se atreverían a acostar a una mujer desnuda en una parrilla y meterle 220 voltios en la vagina, como quien riega el pasto con una manguerita. Tipos que jamás le cortarían la cabeza a un disidente, ni le pondrían una bomba en la espalda a una estudiante, pero que aplauden de pie. !Cómo aplauden! Esos que les tiembla la mano al matar una rata. Esos despercudidos que gozan de un asado de bife, pero no se atreven a faenar al animal, cavila Bilbao mientras la película está por acabarse. &amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Seguramente todo depende del punto de vista, evalúa. Chile sin duda no es el mismo para todos. Entonces si M, a la larga en la película, como buena dama de hierro, se pasa por buena parte el escándalo internacional, esto será porque de algún modo -que difícilmente alcanza él a percibir- hacer volar una embajada de un país africano o apoyar un golpe de estado, son también capítulos de la misma historia, de una misma película. ¿Que hubiera pasado con todos ellos si el cobarde dictador hubiera muerto como un valiente? ¿Irían a festejar su muerte? Pero nada de eso, repasa, el dictador ha muerto huyendo, colándose por las ventanas de los baños de los palacios de justicias del mundo. Burlándose. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;A fin de cuentas entre ellos y Pirro, ¿qué diferencia hay?, certifica.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Cuando la cinta pasa del espionaje a telenovela centroamericana y Craig el Guapo se envuelve en una bata de policlínica en una camilla en medio de un jardín para drogadictos millonarios, cuando se recupera de una madriza en que el del ojo sangriento ha demostrado las malas artes de los más destacados agentes de la CNI pinochetista, a Bilbao le sobreviene allí, en la incomoda butaca, un sueño terrible. La sensación de que pronto debe ir a evacuar la cerveza se traduce en otra tortura. Mira de reojo a Ingeborg y jura que si la ve babeando con el romanticismo de baquelita de los actores se despedirá de ella a la salida del cine. Cuando ve a Craig dedicado a besuquearse en la arena con una famélica yegua de turno (por lo demás una yegua exquisita que ya quisiera él en lugar de la gorda Ingeborg), -restoranes y caviar incluido- siente un sopor irresistible. La cerveza, piensa, y sin más se duerme y sueña.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES"&gt;En el sueño está en una habitación de paredes blancas y por todos lados hay máquinas y un olor dulzón a vainilla. Él mira desde algún lugar en lo alto de una pared, pero no sabe como. No sabe si él es alguien o algo que mira; un ojo, uno de esos televisores de habitación de enfermo, o incluso hasta el cuadro de una estampita del Divino Corazón de Jesús. El caso es que mira desde arriba, como un angelito o como un demonio. El hombre que yace es un general anciano, reconvaleciente, recuperándose -como Craig de una reciente paliza. En su sueño, él ve todo y nadie le ve a él. Y sueña, un sueño profundo y nítido, un sueño de película de espionaje. Piensa dentro de su sueño que el moribundo atado al marcapaso es el mismo Ian Fleming de cincuenta y seis años, avejentado y agónico en el hospital de Canterbury. Pero sueña y sueña, hasta cuando el moribundo habla y se da cuenta y el postrado no es Fleming. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;-¿Y usted general es ateo o cree en Dios?, -le pregunta una enfermera, una vez que un médico abandona la habitación. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;-No sea bruta señorita, -dice el postrado. Claro que creo en Dios, Dios es mi aliado principal. El me ha salvado siempre. ¿Qué no se acuerda usted de la virgencita en la ventana del auto?, esa que dejaron los impactos de los subversivos. Mi gran amigo Raúl, un curita, siempre me ha confirmado con certeza que Dios era y es de los nuestros. Incluso ese muchachito de la Unión. ¿Cómo se llama? Pablito se llama. Sí, me mandó un recado hace unos añitos. Había estado rezando y se le había aparecido Jaimito. Que grande era Jaime. Qué perdida para Chile. Jaimito le había dicho muchas cosas bonitas a este muchacho, pero que lo más importante era que no me preocupara por nada, que todavía no era recibido por Dios, pero que estaba en una lista de espera. Que la cosa del otro lado era fascinante y que encontrarse con Dios no era tan fácil. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;-Sabe mi general, -le interrumpe la enfermera-, mi abuelita que pasaba por épocas muy creyentes, me decía que al otro lado nos encontrábamos sólo con aquellos con quienes habíamos vivido en la misma época y hablábamos el mismo idioma y que para más remate había que irse con paciencia de santo, ya que la cosa iba para largo. Que Dios tenía una especie como de oficinas y que en una de ellas recibía a los ateos que habían sido malos. Usted entiende, esos que no creían en Él y que habían hecho de un tutti cuanti. Usted entiende; zamba canuta, como decía mi abuelita, que en paz descanse. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;-¿Cómo se llamaba su abuelita? &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;-Mi abuelita se llamaba Margarita, general. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;-Ah, ya veo. Ahh, ¿Qué será de la Margarita? ¿Estará rezando por mí ahora? Ella ya pasó los ochenta. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;-Oiga general, ¿Quiere que le deje la ventana junta o se la cierro? &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;-Déjela junta mejor, ya al ratito viene la Lucy y seguro que la cierra. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;-General, mire. Yo estaba pensando si usted no sería tan amable de firmarme este libro suyo. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;-Bueno déjelo por aquí y le escribo algo luego, -agrega sorprendido el general-. ¿Y cómo se llama usted?&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;-Yo me llamo Magy.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;-Como las salsas de tomate.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;-Bueno en realidad me dicen Magy, pero me llamo Margaret. No sé por qué. Tengo una amiga aquí a la que también le dicen así, aunque prefiere que le digan Magaly, y eso que se llama Magdalena. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;-¿Querrá decir usted que su nombre es Margarita?, -rezonga el general. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;-No, no, mi general. Me llamo Margaret, así como lo oye, en inglés. Margaret Espinoza.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;-Ahh. ¿Qué será de Margarita?, mi buena amiga, -dice balbuceando el general-. En este mundo debería haber más mujeres como ella. Me acuerdo cuando era ministra, una simple ministra. Le cortó la leche gratis a los flojos, a todos esos extremistas de las escuelas que luego salían a gritar a las calles. Yo tenía mucho trabajo cauterizando el cáncer marxista de este lado del mundo, pero me encantaba cuando me llamaban por teléfono. Era la preferida de Eduardito. Sabe usted que Eduardito Heath fue de los primeros en reconocer mi gesta. En una carta, que luego se me perdió, Margarita me decía que yo era su &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;tory&lt;/i&gt; latinoamericano. Me llamaban todas las semanas. Margarita tenía su manera de ver las cosas y la verdad es que yo la prefería a ella. Sobretodo porque siempre intentaba hablar un poquito de español. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;-¿Usted habla inglés, mi general? &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;-Algo, mijita, algo. Lo suficiente. Después de que le compramos unos aviones a los &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;torys&lt;/i&gt;, traté de tomar unas clasecitas. Pero usted sabe como es eso. Nunca hay tiempo, y menos cuando hay que andar cazando rojos. Eduardito no la tuvo fácil con esos marxistas asquerosos. Yo seguía las noticias por esos años, claro, mucho más que ahora.&amp;nbsp; Los estudiantes jodiendo en las calles, los mineros en huelga. Un día le dije. Saqué a los militares a la calle y listo. Ya habían decretado el estado de emergencia, imagínese, justo para septiembre. Una pura coincidencia, ¿no cree? Se lo recordé a Margarita años después. Le dije: ¿Te acuerdas de Heath? Y ella: &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;My dear.&lt;/i&gt;&amp;nbsp;¿Cómo no me voy a acordar de él? Mire señorita, avíseme si viene la Lucy, mire que ella siempre ha estado muy celosa de Margarita. Y si me escucha hablando de ella se va a poner furiosa. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;-No se preocupe general, dijo que venía más tarde, que quería comprarse un sombrero. A su señora le encantan los sombreros. ¿Verdad? Nos mostró a mí y a la otra enfermera de turno unas fotos de un traje de dos piezas muy sobrio que quiere comprarse. Todo negro y con unos ribetes claritos en las costuras. Nosotras le dijimos que era demasiado oscuro, que estaba empezando a hacer calor. Y ella nos miró y no dijo nada.&amp;nbsp; &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;-Es que usted mijita no entiende, parece que me voy a morir, -rezonga el paciente. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;-Lo más probable, mi general, todos, pero eso de comprarse un traje como de funeral en pleno diciembre no me hace mucha gracias. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;-Usted ya verá, -agrega el general. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;-Oiga general, por qué no me sigue contando aquello de doña Margarita. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;-Bueno, usted me pasa esa agüita de la mesita y yo le sigo contando. Saca a los militares a la calle, hombre, le sugerí a Heath. Imagínese. ¿Se ha puesto a pensar alguna vez?, bueno usted es una simple enfermera y de estas cosas no sabe pero los comunistas tenían un plan para conquistar el mundo. A como diera lugar querían armar una batahola como la de París unos añitos antes. Yo le dije a Heath: de Latinoamérica ni te preocupes. Por acá todo bajo control. Si prefieres pégale una llamadita a Henry. Y Heath me decía que Henry con lo del Nobel se había vuelto pacífico. Que Kissinger le había dicho que no sacara a los militares a la calle, que London no era Santiago. Que si le parecía poco como estaban las cosas en Belfast. ¿Cómo estaban las cosas en Belfast? Maduras estaban, pues, Belfast era un bastión de rabiosos. Por qué cree usted que esos terroristas se pusieron ese nombre: IRA. Pues porque eso es lo que eran, unos rabiosos, unos iracundos.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;-¿Dónde queda Belfast, general?, -le pregunta la enfermera.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;-En Gran Bretaña, pues, dónde va a quedar. Lo dije hace años, los gringos no le han ganado una guerra a nadie. La segunda guerra mundial la ganaron los rusos. Y Heath me dijo que en realidad no era tan fácil. Lo primero que le dije, creo que por ahí por enero, imagínese, yo llevaba solo cuatro meses de gobernante y la mano dura ya estaba dando frutos. Le dije: invéntense una ley de emergencia y listo. Armen una juntita, si quiere pónganle un nombre bonito y listo. Y ahí ve usted: a los días ya tenía un consejito. El Consejo Privado de la Casa de los Lores. Y después les dije: sáquenle fotos a todos esos mugrientos que andan tirando piedras y partiendo ladrillos y me las mandan, yo se las paso al Manolito y él me dirá de inmediato a quien hay que agarrar. El Manolito, ahora es un bocón, pero siempre fue en estas cosas muy eficiente. El Manolito tenía talento, agarró a muchos que a otros se les habrían escapado. Ah, qué tiempos aquellos. Los ingleses sin embargo no actuaban como habría actuado yo. Un día me pusieron a Margarita al teléfono. Fue nuestro primer encuentro. Y con ella sí que daba gusto hablar. Ella sí entendía, pero claro era una simple ministra y con el pleito de la leche, no iba a andar hablando de esas cosas. Pero ella tenía las cosas claras. Luego me aburrí y le pasé esos asuntos a José Toribio. Prefería encargarle esos asuntos a Joselito. Tu sí eres un &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;tory&lt;/i&gt;. Tori, así le decía yo, hazte cargo mejor tú de esto. Tori, así le decíamos en la Junta, pero sólo cuando estábamos a solas los cuatro, entre nosotros tú eres más Tori que nadie, y nos cagábamos de la risa. De estas payasadas te haces cargo y me cuentas después. Pero Tori no tenía muchas ideas y usted sabe, le terminó gustando el whisky que los ingleses le mandaban cada semana. Al final, le tenía que decir todo yo. Explícales Toribio a estos ingleses como se hacen las cosas. A Tori le fascinaba el asunto, decía que él así ensayaba inglés. Que cualquier cosa que se me ocurriera, él se las decía. Y así era como se telefoneaban. Lo hacían los martes, muy temprano.Quizá por eso que le quedaron gustando los martes a Tori. A veces contestaba el teléfono ese inútil de Carr, que era un junior de Heath. El tipo en realidad estaba siempre de acuerdo con nosotros. Pero, cuando luego empezaron los periodistas a investigar y a preguntarle, también resultó bastante boca floja el hombre. Mire tenían todo listo para instalar un gobierno militar y se echaron para atrás. Al final, ¿qué hicieron? Lo mismo que acá: otro consejo superior de seguridad del estado. Y allí sí estaban todos: defensa, la policía, el Scotland Yard. Todos en alerta, como si hubiera amenaza nuclear. Al menos disolvieron ese parlamento inútil. Pero Eduardo, le dijo en una ocasión el Tori. ¿Quién cresta manda allí? ¿Tu gobierno o esos sindicatos? Qué sorpresa se llevó el Tori cuando le llegaron las fotos de las elecciones y el slogan de Heath era la preguntita que él mismo le había hecho. Me defraudó con eso de hacer elecciones. Y sabe que, le voy a decir que las fotitos sí que sirvieron. Oiga y qué era eso que usted decía mijita hace un rato. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;-De qué sería mi general. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;-Eso de los ateos…&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;-Ah, lo de mi abuelita. Bueno, le decía mi general que, según mi abuelita -que pasaba por épocas de ser muy creyente e iba todos los domingos a misa-, en el cielo los ateos malos las ven negra. Y que van a parar al mismo sector donde mandan a los creyentes malos. Que luego hay una sección para los ateos buenos y que la que está más cerca de Diosito es la de los creyentes buenos. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;-Mire las cosas que decía su abuelita. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;-Oiga general, ¿le puedo hacer una pregunta delicada?&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;-Diga, hable no más, no tenga miedo.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;-Sí pero usted no se va a enojar, ¿ya? Yo le juro que es no más que una cuestión que con la Magaly siempre hablamos. Sabe que todo el hospital sólo habla de usted. Sabe que en este Hospital también hay gente que no lo quiere. Pero usted no se preocupe. Esos caballeros allá afuera dan bastante susto le diré. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;-Ah, ¿qué será de ellos cuando yo ya no esté?&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;-Ay mi general, no diga eso. A usted lo estamos cuidando bien y todas estas maquinitas, que no tengo idea para que son, va a ver usted que de algo sirven.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;-Mire Margarita. ¿Le puedo decir así? ¿Margarita?&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;-A usted le cae bien esa señora ¿verdad?&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;-La única que sabía hacer las cosas bien. La única que me apoyó en los momentos difíciles, la única que me fue a ver a esa casona en Virginia Waters. Ah, esos ingleses, son unos ingratos. ¿Querían información sobre la armada argentina? Ahí les di toda la información que necesitaban. ¿Qué si los podía apoyar con telecomunicaciones? Ahí todo. Hasta mapas del Atlántico sur les enviamos con el Tori y mire usted, como me pagaron. Pero sabe usted. Yo iba a London a ver a unos médicos también, pero no sólo a eso. Dígame: ¿Qué cree usted que puede hacer un general retirado? ¿De qué puede vivir un general retirado? &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;- Uy, no sé pus mi general, de su pensión, ¿no?&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;- Un general retirado vive de sus batallas, de sus luchas, de sus hombres, de sus contactos, mijita, pero sobretodo vive de los buenos negocios con los amigos. Yo sabía que las cosas se podían complicar, tenía una ineludible intuición. Más aún con la invitación a cenar de Martínez. A ese usted no lo conoce, muchos grandes hombres de la patria pasan sin pena ni gloria. Como ustedes las enfermeras. Toda la gloria se la llevan los doctores.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;-Uy, sí mi general, tiene usted toda la razón, una se quema las pestañas.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;-Fíjese no más, yo &amp;nbsp;no iba a London a operarme, iba a hacerles una comprita. Tres fragatitas bastante cagonas y usadas. Martínez me llamó una tarde antes del viaje: si José Toribio estuviera vivo, me dijo, le habría dado esta carpetita mi general, y estiró la mano y sonrió. Y ahí yo supe que Martínez pensaba en todo. Esa noche nos comimos unos faisanes al jerez que estaban de chuparse los dedos, aun lo recuerdo. Que salga bien la operación mi general, dijo Martínez a mi salida y me cerró un ojo. Y me llevé la carpetita, y quién iba a pensarlo. Ahí estaban esas fotos viejas que le habíamos recomendado sacar a Heath cuando lo de las revueltas del 74, esas que le habíamos confiado al Manuelito y fíjese se las muestro a Margarita, mi gran amiga Margarita, mi amiga de siempre. Y allí estaban esas imágenes en las que un tipo igualito a John Whitaker Straw lanzaba piedras, en las que John Whitaker&amp;nbsp;&lt;/span&gt;encapuchado&amp;nbsp;rompía &amp;nbsp;vitrinas, quebraba ladrillos, incendiaba neumáticos. Allí estaba el mismísimo doble de Straw, fotografiado como un subversivo, ahí estaban el asesor político en las revueltas. Muéstraselas a tus amigos, publícalas en &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;The Sun&lt;/i&gt;, le dije y Margarita se las llevó.&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;-Y ¿le sirvieron las fotos general?, -insiste la enfermera.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;-Se demoraron, pero estoy seguro que sirvieron. Estoy seguro que Tori se frotaba las manos en el cielo. Seguro de que nos íbamos a salir con la nuestra. Claro que sirvieron, pero cuando Margarita me vino a ver de nuevo, allí a Wentworth le dije: Margarita contáctate con los amigos de la British Aeroespace y de la Royal Ordnance. Pero se quedó media confundida, yo le decía que le echaran una miradita a esos pelafustanes laboristas, que les encontraran alguna yayita. Que él tenía muchas cosas que contar de algunos negocitos con Sudáfrica, con Irak. Fíjese que a&amp;nbsp; Margarita&amp;nbsp; eso no le gustó mucho. Estás loco, me dijo, estás loco. Y yo me reí, porque la escuchaba y se me ocurría que eso sí era una buena idea. Estar loco. Pasar por demente y engañar a todos.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;-Oiga mi general, me parece super interesante estas cosas que usted cuenta, pero me tengo que ir.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;-Bueno, cumpla con su deber, pues. Y si llega la Lucy cuando esté durmiendo dígale que se quede sentadita acá.&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;-Oiga mi general, ¿y usted le tiene miedo a la muerte? &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Pero el anciano general se queda dormido y la enfermera abre una puerta para irse. Luego él se gira en la butaca y oye en el sueño una apoteósica balacera que puede venir de las afueras de la pieza del hospital y ve a alguien con la cara de un tipo que lleva unos lentes de sol, a lo pirata, con un solo cristal parchado. No, él sueña efectivamente la presencia del super agente británico en Santiago de Chile que viene a &amp;nbsp;reivindicar la vergüenza mundial de Straw. Pero todo resulta ser la película que lo saca del limbo y le sitúa en medio de una escena en Venecia. Acaban de hacer tonto de nuevo a Bond Craig, al que más encima, y como si fuera poco, se le ahoga la nena. Minutos después un edificio se desploma digitalmente y él le dice a Ingeborg que ese edificio es el sinónimo de todo. La metáfora de todo. Es el edificio de la tradición desplomándose, pero así, de mentiritas. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Se reacomoda en la butaca y mira a Ingeborg. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;-Buenos días, -le dice sonriendo-, no te has perdido de nada. Vengo a ver a tipos romperse la crisma con música de fondo, -agrega hastiada-, y me sirven una suculenta porción de besuqueos y romance. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;-Esta peli está podrida de romanticismo, -retruca él-. Trata de buscar una postura menos somnífera y retoma la trama. En el momento en que Craig encuentra el celular de su segunda mina muerta, esta vez la cuota de difuntas al menos bajó de tres a dos muertas, piensa. A Bilbao se le ocurre revisar el teléfono, el cual ha exitosamente logrado olvidar. Son las 9,00 PM de la noche de ese domingo 10 de diciembre del año 2010. Hay once mensajes, cinco llamadas perdidas y otros dos mensajes de voz en un buzón. Lee un par de ellos. Todas coinciden: el encuentro es en el bar de Pacheco. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;-La tradición, claro, no es quizá más que un falso mito, -le asegura Ingeborg esa noche a la salida del cine. Ya que a la hora de las verdades, pues a nadie realmente le importa eso que hoy llamas la perfidia, la alevosía o la trastada de tu general. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;-Quizá, quizá, -escudriña. Mira el celular, son las 9. 22 PM. Caminan. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Quizá sea lo menos importante, piensa, y lo único importante sean los cuerpos, los cuerpos torturados, los cuerpos acuchillados, los cuerpos baleados, los cuerpos espoleados. Esos que el dictador llamó disociados, esos que sobraban y que no sólo sobraban en el país, sino que sobraban en la faz de la tierra. Los mismos cuerpos de esos negros que quieren filetear a machetazos a Bond Craig y que 007 ejecuta y esconde debajo de una escalera para luego llamar por su celular al proxeneta de turno para que pasen por contaduría a cobrar. Porque al fin y al cabo Craig es un profesional de su majestad la reina, un súbdito del concepto de limpieza de un imperio, o de un ex imperio, de una potencia con una islitas de más, o de menos, allá en el sur, un profesional con pinta de Gorka rubio y que está en guerra. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Siente que todo no es más que un gran show, una gran película que será contada y recontada hasta el día en que el Bond de pelo negro llegue a ser rubio y M se convierta en mujer. Que Augusto José Ramón tenga su calle, su plaza, y por qué no hasta un acantilado con su nombre. O. ¿Por qué no? Un cementerio o una morgue con su nombre. Imagina que llegará el día en que poetas e historiadores volverán a las andadas. Entonces inquiere: ¿Qué es lo que él debe celebrar? Aquí no hay mucho que celebrar. ¿Que murió? Sí, murió. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Todos nos vamos a morir. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;La fiesta, la reunión o lo que fuera, está en marcha y al bar han llegado todos. Son las 10.25 PM del domingo 10 de diciembre del 2010. Asisten los convocados, los improvisados y los curiosos. Ve en el rincón de una pared aquella foto en blanco y negro en la que sale Pinochet días después del golpe, durante el Te Deum, y que Pacheco ha colgado junto al afiche del Che Guevara, a modo de broma, unos años atrás. Se queda mirando el lúgubre y criminal aspecto del dictador y recuerda la tarde -tiempo atrás- en que bebe unas cervezas y conversa con Pacheco y Quiroz y al bar entran dos checas y un tipo raro. El tipo los escucha hablar y se acerca. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;-Ustedes son chilenos, -dice casuísticamente orgulloso. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;-Más o menos, -le contesta típicamente Pacheco-, depende de que día de la semana. Él se ríe, porque le basta escuchar al tipo para darse cuenta que también es chileno. De aquellos que tienen una toalla de playa con los colores nacionales y que lloran con el himno patrio. Habla con un acento de marmota con labio leporino y se nota su rancio abolengo. Pacheco, que suele ser el rey de la impertinencia, finalmente le estrecha una mano blanda. El sujeto se llama o dice llamarse José Ignacio, el apellido lo repite dos veces y las dos veces él lo olvida. Luego tiene la ocurrencia de preguntarles por un topless y preguntar por qué no se sirve allí pisco sour. Le basta ver la mirada de Pacheco para darse cuenta que la cosa no va por buen camino. Las dos pinturitas de botitas blancas con flequillos y hormas en punta que lo acompañan, son mayores que él, y desde la corona de sus cabellos teñidos de rubio se asoman las raíces de un castaño sucio. Cuando el chileno pregunta quién es el tipo de la gigantesca foto de Nicanor Parra sobre la alacena de los cigarros, Pacheco pierde la paciencia y secamente se lo aclara. Sin embargo agrega algo más. Le dice que allí también está la foto del hijo de puta, por si le interesa. José Ignacio se gira conmocionado hacía la fotito de Pinochet, vuelve la vista a ellos y luego coloca el vaso sobre la barra. Gesticula como si fuera a sacar un revolver.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;-El tipo que está detrás de mi general es el hermano de mi padre, -afirma el desconocido. Pacheco lo queda mirando. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;-Pues, es cosa tuya lo que pienses, pero el tipo que está sentado delante de tu tío, no es &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;mi&lt;/i&gt; general, y a parte de eso, en este lugar es conocido como ya te dije: un hijo de puta. Con todo el perdón que se merecen las dos damas aquí presentes, -le dice Pacheco. El desconocido chileno José Ignacio se levanta de la silla, estira un billete sobre la barra, le hace una seña al par de meretrices y se larga. Ellos se largan a reír. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Mira los rostros de cada uno del grupo. Está Rodrigo, Quiroz, el viejito Andrade, los Acevedo, el boliviano silencioso. Está Pacheco. Todos los conjurados están allí, todos quienes saben muy bien hace meses, qué hacer en caso de la defunción del tirano jubilado. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Luego él vuelve la mirada sobre el rostro de Pinochet en el cuadrito. Mira los lentes oscuros y la cara de perro sonámbulo del mayor criminal chileno. Las botellas de vino se descorchan y las jarras de cerveza parecen esqueletos de cristal cubiertos de espuma. Los presentes beben a destajo y conversan largas horas. Ingeborg los mira desconcertada. Una mueca de indecencia, de obscenidad, se cuela en los rostros. Creo que en algún rincón del rostro de Ingeborg él lee una confusión, que de algún modo es la propia. Unos momentos más tarde Pacheco, el dueño del local, se acerca a la mesa. Levanta pesadamente una copa pero no dice nada. Todos lo quedan mirando. Ingeborg asiste cómplice y silenciosa. Al rato se le acerca y le dice que está cansada, que son más de las 11,55 PM y que prefiere irse. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;-Está bien, -le dice-, yo no pienso quedarme mucho más, por lo demás no pienso alegrarme de la impunidad. Toman sus abrigos y se despiden de todos. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;-Espera, -lo retiene Ingeborg-. No hemos pagado aun. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;-Déjalo así, -ordena él-. Sólo nosotros, sólo este grupo, sólo en este lugar, hoy, justamente hoy y sólo hoy, hacemos un perro muerto.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;-¿Perro muerto?&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;-Sí, perro muerto. Y Bilbao se gira y sigue su marcha. Luego mira su reloj, son unos minutos pasado la media noche y Bilbao le corrobora una vez más a Ingeborg lo dicho. Sí, perro muerto, dice, ayer. Pero Ingeborg Wagnerová, que lo sigue, no entiende lo que él quiere decir y se retira murmurando sola.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES"&gt;¿Perro muerto?&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/18986682-1949192350362097135?l=jorgezunigapavlov.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jorgezunigapavlov.blogspot.com/feeds/1949192350362097135/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=18986682&amp;postID=1949192350362097135&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/18986682/posts/default/1949192350362097135'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/18986682/posts/default/1949192350362097135'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jorgezunigapavlov.blogspot.com/2011/05/perro-muerto.html' title='Perro muerto'/><author><name>Jorge Zuniga</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://4.bp.blogspot.com/-BciI-0LEMig/TY-qyhtoxTI/AAAAAAAAA0c/DQa4ykuZVMs/s220/DSCN6420.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/-h5fCmN9U99o/TdWJA3izsNI/AAAAAAAAA3Y/EqATvcWmtz0/s72-c/pinochet.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-18986682.post-3865439886034741196</id><published>2011-04-25T02:46:00.011+02:00</published><updated>2011-04-25T13:13:43.536+02:00</updated><title type='text'>Grigor el boticario sedentario y los sabios nómades.</title><content type='html'>&lt;div dir="ltr" style="text-align: left;" trbidi="on"&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/-fXHdygkez68/TbTD5Bo2XPI/AAAAAAAAA2A/VHziJ1x8oGM/s1600/FortyDaysofMusa_DaghCover.jpg" imageanchor="1" style="margin-left: 1em; margin-right: 1em;"&gt;&lt;img border="0" height="320" src="http://3.bp.blogspot.com/-fXHdygkez68/TbTD5Bo2XPI/AAAAAAAAA2A/VHziJ1x8oGM/s320/FortyDaysofMusa_DaghCover.jpg" width="200" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="center" class="MsoNormal" style="text-align: center;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Garamond;"&gt;&lt;b&gt;&lt;br /&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="right" class="MsoNormal" style="text-align: right; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;i&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Times, 'Times New Roman', serif;"&gt;A la memoria de Soghomon Tehlirian (q.e.p.d.)&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="right" class="MsoNormal" style="text-align: right; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;i&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Times, 'Times New Roman', serif;"&gt;&amp;nbsp;absuelto por el asesinato del Gran Vizir Talat Pasha &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="right" class="MsoNormal" style="text-align: right; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;i&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Times, 'Times New Roman', serif;"&gt;el 15 de marzo de 1921 en Berlin. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="right" class="MsoNormal" style="text-align: right; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;i&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Times, 'Times New Roman', serif;"&gt;También al legado de su mentor el gran&amp;nbsp; Shahan Natali,&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="right" class="MsoNormal" style="text-align: right; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;i&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Times, 'Times New Roman', serif;"&gt;que le dijo a Tehlirian lo siguiente: &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="right" class="MsoNormal" style="text-align: right; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Times, 'Times New Roman', serif;"&gt;“…le vuelas el cráneo al número uno de los asesinos de nuestro pueblo&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="right" class="MsoNormal" style="text-align: right; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Times, 'Times New Roman', serif;"&gt;&amp;nbsp;y no intentes escapar. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="right" class="MsoNormal" style="text-align: right; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Times, 'Times New Roman', serif;"&gt;Te quedas allí, &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="right" class="MsoNormal" style="text-align: right; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Times, 'Times New Roman', serif;"&gt;pones un pie sobre el cadáver &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="right" class="MsoNormal" style="text-align: right; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Times, 'Times New Roman', serif;"&gt;y esperas a la policía, &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="right" class="MsoNormal" style="text-align: right; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Times, 'Times New Roman', serif;"&gt;que llegara a arrestarte”&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="right" class="MsoNormal" style="text-align: right; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="right" class="MsoNormal" style="tab-stops: 222.55pt; text-align: right; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;i&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Times, 'Times New Roman', serif;"&gt;¿Dónde está tu hermano Abel?&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="right" class="MsoNormal" style="tab-stops: 222.55pt; text-align: right; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Times, 'Times New Roman', serif;"&gt;Franz Werfel&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="right" class="MsoNormal" style="tab-stops: 222.55pt; text-align: right; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="right" class="MsoNormal" style="tab-stops: 222.55pt; text-align: right; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;i&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Times, 'Times New Roman', serif;"&gt;El que actua no tiene conciencia; &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="right" class="MsoNormal" style="tab-stops: 222.55pt; text-align: right; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;i&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Times, 'Times New Roman', serif;"&gt;conciencia tiene sólo el que contempla.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="right" class="MsoNormal" style="tab-stops: 222.55pt; text-align: right; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Times, 'Times New Roman', serif;"&gt;Goeth&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Times, 'Times New Roman', serif; font-size: x-small;"&gt;e&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;El m&lt;span lang="ES"&gt;ás grande escritor para los armenios no es el más grande escritor armenio. Ese para muchos podría ser el desarraigado y huérfano William Saroyan, el famoso autor de la conocida novela &lt;i&gt;Tracy´s Tiger&lt;/i&gt;, como también de su menos leída &lt;i&gt;The Human Comedy&lt;/i&gt;. Saroyan por cierto era californiano de nacimiento, aunque, ojo, eso sí, como se sabe palmariamente, de origen y alma un incontestable armenio. Un armenio insólito y particular si se considera que se casó y divorció dos veces con la misma mujer, y ésta señora no era cualquier mujer si se tiene en cuenta que esta Carol Grace inspiró a Capote su Holly Golightly, personaje de &lt;i&gt;Breakfast at Tiffany&lt;/i&gt;´&lt;i&gt;s&lt;/i&gt;. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES" style="font-family: inherit;"&gt;O quizá podría ser otro el más grande escritor armenio: el extravagante y frívolo &amp;nbsp;Michael Arlen, autor de una controvertida novela titulada &lt;i&gt;The Green Hat&lt;/i&gt;, publicada en 1924 en Londres, a sus 29 años. Una novela polémica y censurada y antivictoriana. A propósito de ese año, hoy por hoy, 1924 es el año en que en Kierling muere Kafka a sus escasos 41 años. Justo cuando Saroyan, al otro lado del mundo, en un sitio llamado Fresno, con sólo 16 años, lee unos textos de su padre muerto trece años atrás, y se propone –de la noche a la mañana- ser escritor. Para tal fin, y como si su vocación fuera algo urgente y resoluta -y quizá por lo mismo- el jovenzuelo de origen armenio lleva ya un año desde que abandonó la escuela en donde durante otros dos más aprendió el oficio de mecanógrafo. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES" style="font-family: inherit;"&gt;El verdadero nombre de Michael Arlen es, a decir verdad, Dikran Kouyoumdjian, un nombre y un apellido rarísimo e impronunciable. Este jovial emigrante y dandy rebautizado cultivó la novela gótica, escribió textos escalofriantes o que quisieron serlo, lo mismo que cultivó la novela de suspenso psicológico, todo con la misma agudeza e incisión como cuando su prosa rozaba con lo social, incluso lo político, es decir, esas otras variantes cotidianas de lo tenebroso. Kouyoumdjian no hubiera nacido en Bulgaria de no ser por la decisión u obligación de salir corriendo del Imperio Otomano lo antes posible de Sarkis K., su padre, y esto debido a las continuas persecuciones y masacres que de tiempo en tiempo les propinaban sin misericordia los turcos a los armenios. Suerte de guerras floridas de la Anatolia y sus regiones aledañas. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES" style="font-family: inherit;"&gt;Y aquí sí nos acercamos a los grandes escritores armenios, que eran también grandes armenios. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES" style="font-family: inherit;"&gt;La mayor de esas carnicerías en contra de los armenios tuvo lugar en abril de 1915. Para ser exactos el 24 de abril. Ese día empezó un largo genocidio, el primer genocidio oficial de la historia. La primera en escurrirse por las cloacas de los jóvenes fascistas turcos fue la sangre de los escritores. Durante los siguientes cuatro años detracito los siguieron cientos de miles de armenios que fueron borrados de la faz de la tierra.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES" style="font-family: inherit;"&gt;Pero ni Saroyan ni Arlen se enteran de nada. Aunque sí, sí se enteran, pero no ese día, sino mucho tiempo después. Puede que ambos sean grandes escritores armenios, o escritores de origen armenio. Sin embargo para mí, mucho más grande fue la valentía y la tragedia de los escritores caídos. Aquellos que fueron citados esa tarde nefasta de abril de 1915 a comparecer –como que no quiere la cosa- a la comisaría turca más cercana para ser luego arrestados, torturados y ejecutados. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES" style="font-family: inherit;"&gt;¿Y después? &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES" style="font-family: inherit;"&gt;Después desaparecieron (como si fueran judíos alemanes el año 38 o el 39 o el 40 o el 41, y así sucesivamente; o como si fueran la elite polaca ejecutada en el tenebroso bosque de Katyñ por órdenes de Stalin durante la Segunda Guerra; o como si fueran los desventurados jóvenes chilenos en 1973, o 1974 o 1975 y así sucesivamente), porque así lo determinaba Enver Pasha o Talat Pasha o Cemal Pasha, o de manera unánime ese triunvirato de carniceros y energúmenos de primera. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES" style="font-family: inherit;"&gt;Pero en 1915 Saroyan tiene sólo 7 años y ni siquiera sospecha allá en California qué es eso de ser armenio, mucho menos qué es ser un armenio asesinado. Por su lado en las calles de Londres, Arlen, bastante más mundano y fútil (no por eso menos crítico) ya sabe demasiado bien qué es ser armenio. Arlen en 1915 cumple los 20, con cierta tendencia a la banalidad, viviendo de juerga en juerga, las que comenzaban a enmarcar su extraña personalidad. Pero como Arlen es un modernista, sus muertos son a ratos imaginarios, y a ratos reales, siempre espectrales. Algo -por lo demás- estimable de alguien que se codeaba con la perturbadora Nancy Cunard.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES" style="font-family: inherit;"&gt;Ni Saroyan ni Arlen, estos gloriosos descendientes de la lengua del gran Raffi pero que hablan y escriben en inglés, son los más grandes escritores armenios, y no por no correr la oscura suerte de los autores armenios caídos en 1915. Aunque pensándolo bien, en cierto modo sí, ya que un escritor asesinado, es un escritor asesinado, y eso cuenta a la hora de la historia. Como cuenta la lengua. Aquella que los escritores muertos le sacaban día a día al gran turco. Eso hacían y eso cuenta. Porque la literatura no es sólo una cuestión patética, sino también es la risa y la burla que envalentona a los quedados. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES" style="font-family: inherit;"&gt;¿Eran esos? Sí. Entonces, ¿el más grande escritor armenio tal vez sea el valiente endilgador Krikor Zohrab, ejecutado sin juicio?; ¿o bien el melancólico autor de &lt;i&gt;El cazador herido&lt;/i&gt;, Rupen Zartarian?, traductor de Wilde y Hugo, que muere de un alfanjazo o de un balazo por un trasunto de Arellano Stark con fez y babuchas y que como Kafka sólo tiene a la fecha 41 años. ¿O bien, Erukhan?, asesinado a las afueras de Elazig, como quien mata a un perro. La lista es larga y dolorosa, hay muertes que duelen más cuando en ellas se bate el futuro de la poesía de un pueblo. Matar a un joven poeta, por poeta, no es ya un crimen, es la inauguración del infierno. ¿Era tan urgente para los jóvenes turcos el asesinato de Daniel Varujan de sólo 31 años? Sí, el autor de &lt;i&gt;Canciones paganas&lt;/i&gt; era un peligro inminente, como toda evocación de un pasado pletórico que desea proyectarse en el futuro suele serlo. Este García Lorca caucásico era peligroso y la orden era destazarlo a la sombra de un ciprés o de una pícea. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES" style="font-family: inherit;"&gt;¿Y si el más grande escritor armenio, bien fuera el lúgubre y tétrico Siamanto?, él que quizá con sus versos plagados de calles sangrientas, de gente colgada, de pillaje en bucólicas aldeas (quién si no él), que con el miedo rondaba las metáforas y presagiaba no sólo su propia y temprana muerte. Siamanto nos evoca al gran Tumanyan y recupera además para la literatura la figura de Mesrob Mashtos, lo que no es poco, ese monje lingüista que inventara la lengua armenia a fines del siglo IV, la lengua de los que morirían como moscas. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES" style="font-family: inherit;"&gt;Si estos no son los más grandes escritores armenios, autores caídos, escritores exterminados, acuchillados, abatidos, reventados, pulverizados. Autores en cierto modo suicidas y valientes, autores realistas o románticos, con trazos de una curtiembre expresionista y realista y romántica cuya lectura a veces causa urticaria, amén de una dosis de inocencia suficiente para también hacer llorar y temblar. Autores hasta el tuétano hombres buenos. Si no ellos, entonces ¿quiénes? &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES" style="font-family: inherit;"&gt;¿Quién sino el asesinado poeta Ruben Sevak, o el asesinado poeta Harutunian? &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES" style="font-family: inherit;"&gt;¿O el editor y novelista Smbat Byurat? &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES" style="font-family: inherit;"&gt;La respuesta es nadie. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES" style="font-family: inherit;"&gt;Hasta aquí los más grandes escritores armenios. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES" style="font-family: inherit;"&gt;De la larga lista de poetas oficiales de la República Socialista Soviética de Armenia, esos escritores ostentadores de premios estalinistas, esos payasos con carné y porras que vinieron después, poco vale hoy hablar.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES" style="font-family: inherit;"&gt;Ahora bien insertemos una proposición a la pregunta original. ¿Y quién es el más grande escritor &lt;b&gt;&lt;i&gt;para&lt;/i&gt;&lt;/b&gt; los armenios?&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES" style="font-family: inherit;"&gt;Hay efectivamente uno. Voto por uno. No es un antojo ni un capricho literario. Es un escritor al que los armenios quieren y nombran a media voz, como si se tratara de una plegaria o una deuda. Ese escritor tuvo la fortuna de nacer y vivir en Praga, cuando la ciudad de las cien torres, (enumeración que no he tenido el honor de corroborar) era la capital mundial de las letras. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES" style="font-family: inherit;"&gt;Se llamaba Franz Werfel y era judío. Un judío muy especial. Un judío inquieto y curioso. Werfel es -natalmente hablando- un decimonónico, y en 1915 -cuando su tocayo y amigo ocasional, ese solitario bicho raro de las letras llamado Franz Kafka (siete años mayor que él) publica &lt;i&gt;La metamorfosis&lt;/i&gt;-, recién hace los votos de poeta con 25 años de edad, y, embutido en un estrecho uniforme de soldado se las bate de telefonista en el frente ruso de la Primera Guerra Mundial. En un hueco llamado Galitzia, tierra de nadie y de todos. Tras la guerra, Werfel no retorna a Praga y se instala en Viena. Para alegría de la viuda de Mahler y congoja del entonces marido de la viuda de Mahler, el gran Gropius, fundador del Bauhaus (a eso le llamaría yo codearse). Quién sabe cuando se vio con el otro Franz por última vez. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES" style="font-family: inherit;"&gt;Sí. El más grande escritor para los armenios no es armenio, ni siquiera es descendiente de armenios. A los sumo habrá conocido peregrinamente a uno que otro. O a gente que trabó cuitas con armenios vivos y con armenios muertos, como Johannes Lepsius (y si es que). Comparte sí algo con los armenios. Algo que trasciende a los armenios, del mismo modo como lo trasciende a él. Ese algo es la pertenencia a un pueblo diseminado, a un idioma arcaico y secreto y a la historia. Esa historia viva que a veces es infernal y abismal. Ese algo que es también cierta complicidad con los orígenes de occidente. Algo que es a su vez la vivencia de la diáspora, con la frecuente inculpación por otros, léase: los implacables pretextos necesarios y malignos que de tiempo en tiempo esgrimen dementes de turno para puntualmente inaugurar o reanudar el infierno. Ese algo es ser un &lt;i&gt;dhimmah&lt;/i&gt;, o sea, ser un súbdito desigual. Se diría en lo religioso: un extraviado, aunque por lo menos no un infiel. Para los musulmanes, los judíos y los cristianos son simples ovejas descarriadas.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES" style="font-family: inherit;"&gt;Su carrera como novelista se inicia el año de la muerte de Kafka. La conjetura se impone: cuando desaparece un gran escritor, otro inicia actividades. En 1924 Werfel cuenta sólo 31 años y acaba de publicar una pasable biografía novelada de Verdi. No es poca cosa, pero la estrella de seis picos apunta sus puntas en otra dirección. El carpetazo de Werfel llega en 1933, tras un viaje con Alma Mahler por el Levante. Allí Werfel decide destapar la olla del genocidio armenio con la que será su famosa novela &lt;i&gt;Los cuarenta días de Musa Dagh&lt;/i&gt; y como es de esperar, en seguida los turcos ponen el grito en el cielo. Así el mundo se entera de una vez por todas. Desde entonces Werfel es motivo de devoción para los armenios, los turcos en cambio no logran&amp;nbsp; pronunciar su nombre, el cual olvidan meticulosamente. A modo de curiosidad valga decir que ese mismo año Michael Arlen da un medio giro y publica &lt;i&gt;Man´s Mortality&lt;/i&gt;, una obra fuera de su obra, una novela distópica y premonitora que lo aleja de la banalidad anterior y cuya trama está ambientada en 1983. El futuro se ve negro, según Arlen. Pero no sólo el futuro, ya que la novela es comparada con la de su amigo Aldous Huxley &lt;i&gt;Brave New World&lt;/i&gt;, publicada justo el año anterior De Saroyan en Fresno: aun nada, afila su lápiz o las teclas de su Fox. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;i&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Los cuarenta días de Musa Dagh &lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;span lang="ES"&gt;ha sido erráticamente comparada y medida por algunos críticos con una novela similar pero muy posterior, &lt;i&gt;El relato del último pensamiento&lt;/i&gt; del alemán Edgar Hilsenrath, publicada en 1989. Me pregunto, ¿a quién se le puede ocurrir comparar la novela de Werfel con una obra escrita 50 años más tarde? Sólo un idiota puede hacerlo. Y que conste que no considero a Alexander von Bormann precisamente un idiota. Von Bormann prefiere el libro del autor del &lt;i&gt;El nazi y el peluquero&lt;/i&gt;. No he leído la novela de Hilsenrath. Me basta saber que los dos escritores judíos, a pesar del lapso de tiempo que separa sus novelas, hoy gozan de los favores armenios. Aunque prefiero creer que el praguense Werfel, tiene un lugar más privilegiado en el partido corazón armenio. Porque el tocayo amigo de Kafka la escribió primero. Y, qué va, eso cuenta a la hora del género. Los estilos y las modas no son objeto de comparación.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;i&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Los cuarenta días de Musa Dagh &lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;span lang="ES"&gt;es la realidad hecha ficción del sufrimiento y de la resistencia armenia. Es a su vez una interminable colmena de personajes que circulan por sus tenebrosas y desesperantes páginas. Pero de todos aquellos ponzoñosos aguijones, de esos&amp;nbsp; caracteres y detalles que no nos dejan un instante quieto y que nos van estremeciendo de una manera sistemática y lenta, como una centrífuga que arroja muertos y almas en pena, de todos aquellos detalles del crimen contumaz, hay un dato que me quita el sueño, que me inquieta. Es un personaje –un personaje secundario- que lacónicamente anticipa la pesadilla. Insisto, de todos ellos, hay uno cuya descripción me resulta particularmente significativa. Se trata del boticario de Yoghunluk, el pueblo novelado donde acontecen las cosas. Su nombre curiosamente es Grigor, y digo curiosamente porque ese nombre me guiña un ojo, un ojo morado, un ojo en tinta. Este farmacéutico es uno de los notables de esa aldea bajo la sombra del monte de Musa o monte de Moisés con quienes Gabriel Bagradjan, el inmigrante personaje principal, entabla una relación ocasional en la que se discurren todo tipo de reflexiones y conjeturas y en las cuales estos lugareños practican una pomposa intelectualidad carente de toda efectividad pero que no es óbice de nobleza. El boticario Grigor no me parece un personaje casual. Este sesentón y misterioso herbolario se diferencia del resto de personalidades del pueblo, no sólo en su manera oriental de vestir, que deja de manifiesto que a diferencia de los otros el nunca ha viajado a Europa. Sus rasgos: una barbilla blanca de cabra, unos ojos asiáticos, una piel tersa y amarillenta, una voz de ultratumba. No obstante, lo más llamativo de Grigor es su gala de conocimientos enciclopédicos y la posesión de una biblioteca inigualable en toda Siria, pero en lenguas que el boticario no lee. Su supuesta omnisapiencia es compensada por el amor a los libros. Un amor metafísico en donde la lectura de un libro no es más importante que la mera existencia misma del libro. Grigor es pobre, y como suele suceder lee como leen los pobres (los pobres que leen evidentemente), es decir, lee lo que pasa por sus manos y no a la inversa. Grigor tiene admiradores y adeptos que desde Antioquia, desde Alejandreta o desde Aleppo le envían cajas con libros, revistas, catálogos, prospectos, periódicos, novelas en francés, todo tipo de maculaturas, es decir todo lo que está impreso. Lee y guarda todo. Pero la curiosa sabiduría del farmacéutico abarca mucho más que el índice de sus libros. Tal provecho se hace alcanzable sólo a través de la imaginación del boticario. Así, lo que Grigor ignora lo inventa con la sutilidad de un poeta creacionista. Grigor es así un trasunto de mago o de pitoniso, un sibilo al cual una corte de neófitos escucha aquí y allá. Pasea como un socrático, indaga con una mayéutica carnavalesca. Pero su ansiedad enciclopédica se desborda entre los peñascos y espinos y Grigor corrobora su ciencia a punta de una truculenta correspondencia con sabios de la época, aquí una carta de Flammarion, allá otra de Voltaire o Raffi. Cartas que no son simples aseveraciones fraudulentas, cartas que en ocasiones especiales Grigor redacta y se envía a sí mismo. Las quimeras de Grigor sobrepasan el tiempo y el espacio. Pero la fábula genial del farmacéutico adquiere una dimensión simbólica y crucial, a la hora en que el lector se entera de que Grigor&amp;nbsp; nunca ha salido de la aldea de Yoghunluk. Ni siquiera a la aldea más cercana. Es aquí en donde Grigor cobra una significación mayor. Veamos. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES" style="font-family: inherit;"&gt;A mi manera de ver, Werfel recurre a un motivo kafkiano para situarnos dentro de una disyuntiva superior: la dialéctica oscura entre el miedo y la muerte. Dentro del conflicto entre un lugar y todos los lugares. O todo el resto. Que es en cierto modo un tic al Aleph borgiano, sólo que antes que Borges escribiera tan memorable texto. &amp;nbsp;Todos (o casi todos, ya no lo recuerdo) los notables de la aldea de Yoghunluk tienen algo en común: han regresado de algún sitio, han conocido el exilio. Todos llevan en sus biografías ese dato cierto y presuntuoso que busca avalar medias verdades dichas al pasar. Grigor no. Grigor simboliza una sabiduría diferente, incluso mágicamente diferente. Me llama demasiado la atención de que si existe algo que tuvieron en común todos o casi todos los escritores y literatos armenios asesinados, fue su calidad de exiliados y de retornados que canjearon, años antes, la comodidad de sus desarraigos por una muerte incómoda y segura, por una sospechosa e incauta ilusión. Por nombrar de nuevo a los nombrados: Krikor Zohrab regresa de París, Rupen Zartarian lo hace desde Bulgaria, Erukhan lo propio desde Egipto, el joven poeta Daniel Varujan, regresó de Gent en 1909, Siamanto retorna de Ginebra en 1908, el poeta Harutunian desde algún lugar de Francia, el editor y novelista Smbat Byurat desde El Cairo. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;El praguense Johannes Urzidil, ese colega&amp;nbsp;&lt;/span&gt;(de las letras)&amp;nbsp;de Werfel , ilustrado y culto por antonomasia, un colega bastante más joven, nacido cuando el siglo se quebraba, -parroquiano de los cafés a donde acudía Franz Kafka (tarde mal y nunca) y Franz Werfel y otros magníficos escritores de aquella desconocida generación (desconocida para chilenos y latinoamericanos), como parte de esa generación hay que incluir a Max Brod y a Paul Leppin, a Paul Kornfeld y al criticador Willy Haas, y por cierto al “reportero furioso” Egon Erwin Kisch-, en su libro &lt;i&gt;Ese era Kafka&lt;/i&gt;, nos explica ese extrañísimo y diminuto cuento, ese párrafo parabólico de Kafka titulado “La aldea vecina” y publicado por el preclaro Kurt Wolf (un Herralde de la época). El narrador del cuento (Kafka o no, poco importa) cita a su abuelo o el espanto de su abuelo, quien reprocha sin comprensión a los jóvenes que salen a caballo a la aldea vecina, sin temer a que el tiempo de la vida misma no les alcance para tal excursión. Urzidil arroga luz al texto desde una perspectiva epistémica citando la máxima 80 de Lao Tsé en la que el filósofo chino resume una de las vías de la sabiduría en la austeridad y el sedentarismo. Ojo, este último rasgo no era para nada compartido por Kafka. Kafka mediante esta parábola vuelve sobre el tema del miedo, pero no cualquier miedo, un miedo que es consuetud. ¿Qué otra razón es la que mueve o bien paraliza a un emigrante sino el miedo? ¿Miedo a la muerte, al dolor?, ¿miedo a la vergüenza o a la ignominia? Kafka, o el abuelo de Kafka, sugiere sin aseverarlo que para esos jóvenes la distancia puede ser inconmensurable y el tiempo, la vida, por el contrario, inconmensurablemente corta, como para alcanzar a ir y volver. Pero ni el tiempo ni el espacio son el núcleo de esta parábola, sino la actitud de los jóvenes, su intrepidez, su imprudencia, su irreflexión y temeridad. La diáspora armenia, la intelectual y culta, esos escritores asesinados, lo mismo que algunos personajes de la novela de Werfel, en su mayoría decidieron en algún momento emigrar y en su misma mayoría decidieron luego retornar a sus aldeas de origen (esto tras la revolución de los Jóvenes Turcos de 1908 contra el sultán), a esas mismas aldeas en donde encontrarían después la muerte, una muerte turca y por lo mismo una muerte sultanescamente cruel.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES" style="font-family: inherit;"&gt;Por comparar, el padre de Arlen, un hombre de negocios, fue obviamente de otra opinión; al campesino vitivinícola padre de un Sorayan recién nacido, probablemente ni se le pasó por la cabeza eso de retornar a la Turquía Otomana. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES" style="font-family: inherit;"&gt;Según Urzidil el relato de Kafka refiere al concepto de responsabilidad. Kafka parece sentir admiración (y tal vez envidia) ante la existencia de gente que actúa sin miedo ni cálculo, sin temor a las consecuencias. Cabría entonces preguntarse: ¿Quién se esconde detrás del boticario Grigor en la novela de Werfel? ¿Un trasunto del aterrorizado escritor judío de Praga? Sea como sea, los notables de la aldea de Yoghunluk, incluido ese extrañísimo boticario Grigor, nos imponen un cuestionamiento que nos invita a optar, pero no nos obliga. Al parecer los caminos hacia la sabiduría que se nos presentan son como los caminos a Roma: variados. En lo referente al genocidio que los lideres turcos de la época perpetraron a los armenios, todos los personajes, eso sí, terminan de diversas maneras más o menos mal. Como si ese fuera por lo demás el destino de los que leen o el destino de los que escriben, así se trate de una epistolografía fantástica e imaginaria; con la ventura o desventura de los que van con los ojos abiertos mirando el horror humano. Prueba de ellos son los escritores muertos, prueba de ello es el final de Grigor. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES" style="font-family: inherit;"&gt;Valga decir por último que Urzidil no deja de complicarnos la opción, al citar al gran ácrata H. D. Thoreau quien sostiene que incluso el anhelo de conocimiento más grande se puede satisfacer en el sitio más pequeño: “conozco bien el mundo porque he viajado muchos años por Concord”. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Nos queda el cuestionamiento acerca de la búsqueda de la verdad y la sabiduría de los sedentarios que nunca salen de sus tierras y creen que lo saben todo, y quizá lo saben todo, o quizá saben todo lo que necesitan saber y el cuestionamiento acerca de&amp;nbsp;&lt;/span&gt;las cabezas de los exiliados, de los exiliados libertarios, de los próceres en&amp;nbsp;búsqueda de la verdad y la sabiduría, esos que por el contrario se marchan, de los que se marchan y nunca vuelven y de los que se marchan y vuelven a morir.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES" style="font-family: inherit;"&gt;Aquí termino, hoy es San Jorge y se cumplen 96 años y brindo por los escritores muertos. Queda claro entonces que para mí, el más grande escritor para los armenios, es el tocayo y coterráneo de Kafka, Franz Werfel. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES" style="font-family: inherit;"&gt;Hay que leer &lt;i&gt;Los cuarenta días de Musa Dagh&lt;/i&gt;. No hay otra. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: inherit;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/18986682-3865439886034741196?l=jorgezunigapavlov.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jorgezunigapavlov.blogspot.com/feeds/3865439886034741196/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=18986682&amp;postID=3865439886034741196&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/18986682/posts/default/3865439886034741196'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/18986682/posts/default/3865439886034741196'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jorgezunigapavlov.blogspot.com/2011/04/grigor-el-boticario-sedentario-y-los.html' title='Grigor el boticario sedentario y los sabios nómades.'/><author><name>Jorge Zuniga</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://4.bp.blogspot.com/-BciI-0LEMig/TY-qyhtoxTI/AAAAAAAAA0c/DQa4ykuZVMs/s220/DSCN6420.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/-fXHdygkez68/TbTD5Bo2XPI/AAAAAAAAA2A/VHziJ1x8oGM/s72-c/FortyDaysofMusa_DaghCover.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-18986682.post-2982240104452539730</id><published>2011-04-15T00:44:00.007+02:00</published><updated>2011-04-15T10:50:24.187+02:00</updated><title type='text'>"Kafkárna"</title><content type='html'>&lt;div dir="ltr" style="text-align: left;" trbidi="on"&gt;&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/-VPsOjsxXHIY/Tad4oqA4uQI/AAAAAAAAA10/q8FwQ8gU8mY/s1600/kafka.jpg" imageanchor="1" style="margin-left: 1em; margin-right: 1em;"&gt;&lt;img border="0" height="320" src="http://3.bp.blogspot.com/-VPsOjsxXHIY/Tad4oqA4uQI/AAAAAAAAA10/q8FwQ8gU8mY/s320/kafka.jpg" width="224" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: justify;"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;En la ruidosa avenida, cuyo nombre conmemora al ejército checoslovaco, justo en diagonal al juzgado de Praga 6, hay un café-panadería, o si se quiere textual, una panadería-café. Está ubicada a escasos metros de la circunvalación de Dejvice, la misma que en otra época albergara la majestuosa e intimidatoria estatura metálica de V.I. Lenin y que hoy exhibe ese pedestal vacío, como prueba palpable y metafórica de la libertad o de la pluralidad o tal vez de la imaginación, ya que ese pedestal alberga una estatua invisible, como si fuera una sospecha o una simple intuición. Hoy, con un poco de voluntad, cada quien puede imaginar la estatua que mejor le parezca. O que mejor padezca. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Los niños skatebordistas, hoy, sin miedos a cultos obligados, utilizan las aristas cóncavas del pedestal para hacer chocar sobre la mole de piedra sus patinetas y luego saltar haciendo piruetas, amenazados sólo por la dureza del pavimento. Esos niños corren y se deslizan ignorando la otrora sombra metálica que subyugaba&amp;nbsp; la ciudad. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;El nombre de la panadería-café en checo es “Pekárna-Kafárna”. El repetido sufijo de lugar “arna” me suena aun en el oído como si se tratara de un verso inconcluso. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;De ambos vocablos me resultaba la palabra “kafárna” la más misteriosa y encantadora. La mayoría de los transeúntes que pasa delante del pequeño ventanal, casi ignora este pequeño establecimiento, pero por suerte, no todos, y a pesar de un escaso tráfico de clientes, el bolichito aun sobrevive. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Hace unos años atrás, yo venía a sentarme aquí cada vez que me tocaba esperar a mi hijo a que saliera de su hora de chino en una salita en los altos de la Escuela Básica de Ema Destinova. La hora en realidad duraba 45 minutos y más allá de su escasa proporción temporal, lo que realmente contaba era la idea de espacio que podía otorgarle a mi hijo, la existencia misma de China, su lingüístico e infantil vuelo mental. Las alas que su niñez adquiría en escasos 45 minutos. Además, y no es poco, la profesora era una frágil muchacha china. A veces me preguntaba qué lo había movido –tan niño- a inscribirse en esas horas gratis del idioma oriental; si acaso la fotografía sonriente de un tibetano que otrora teníamos pegada detrás de la puerta de calle en un antiguo departamento a unas cuantas cuadras de aquí, allí donde vivíamos, o era quizá la promesa de que un día visitaríamos la muralla china. Fuera como fuera, yo tenía por aquellos días el convencimiento de que mis anhelos de que él realmente algún día hablara el idioma mandarín, no eran más que un deseo piadoso o bien un falso orgullo paternal. La verdad es que no contaba con eso. Sin embargo, mi hijo visitaba de algún modo cada miércoles por la tarde el Reino del medio, como suelen denominar equívocamente a China algunos periodistas hoy. &amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;¿Y yo? &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Yo me sentaba a esperarlo y a leer en la “kafárna”, y eso me bastaba y me hacía lo suficiente y sustancialmente feliz. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Elegí ese cafecito casi desapercibido por casualidad y debido a su nombre, que sin duda yo miraba y releía una y otra vez, reordenando sus letras, como si se tratara de un anagrama. Entusiasmado solía cada miércoles ejecutar una mezcolanza, un ejercicio de signos, del mismo modo como mi hijo en ese momento jugaba con otros signos; fanáticamente reordenaba las letras hasta curiosamente construir el apellido de un escritor judío nacido en esta ciudad y fallecido tempranamente de tuberculosis. Combinaba las letras y creaba un novologismo que hacía de ese pequeño escondite un lugar secreto, un sitio donde solía ordenar un gran tazón de té negro y un pastelito salado de tomate, mozarella y orégano. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;La palabra rezaba así: “kafkárna”. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Solía llevar un libro y sentarme a leer en mi “kafkárna”; a esperar, no sin cierta angustia y temor a que mi hijo aun demasiado pequeño abandonara su clase y cruzara solo la plazoleta en donde un monolito enumeraba a los pilotos caídos (a los pilotos checoslovacos) durante la Segunda Guerra Mundial; un memento que semejaba un abanico de hélices rotas, o quizá una flor, un pimpollo de pétalos de acero que eran hélices deshojadas y que recordaban los huesos de esos pilotos que desaparecieron primero en las frías aguas del Canal de la Mancha o después en los fríos campos de concentración de la oscura Checoslovaquia comunista; una Checoslovaquia mucho más lóbrega, mucho más tenebrosa que las negras aguas del Paso de Calais o mucho más tétricas que las tenebrosas callejuelas del barrio judío o los sombríos recovecos oficinescos; la asfixiante angustia del escritor judío nacido en esta ciudad y fallecido tempranamente de tuberculosis.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;El recordatorio de los mártires simbolizaba un vuelo y un desastre, una epopeya y una tragedia. Como la sospecha de que algo ha sucedido cuando en medio de una caminata nos sorprenden un puñado de plumas.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Este café era un paréntesis los días miércoles, y el miércoles era así un día casi neutral, un día medio, un día que se comprometía cercano tanto al comienzo abrumante de cada semana, como al fin de semana que se aproximaba. Era un día chino y por lo mismo un día kafkiano. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Tras dejar a mi hijo en la escuelita, llegaba y solicitaba a una obesa mujer que atendía cada miércoles exactamente lo mismo, siempre esperando que me sonriera, siempre con la esperanza de que me preguntara si tomaría mi tazón de té negro y ese pastelito salado de tomate, mozarella y orégano que consumía religiosamente. Pero en su rostro la sonrisa escaseaba, y yo estaba recién divorciado, y por lo mismo tampoco mi rostro sonreía. Por lo demás había jurado jamás volver a involucrarme con una sudamericana y la mujer se parecía a una sudamericana, aunque era checa. Yo miraba cada miércoles a esa mujer que atendía, con cierta complicidad, sin embargo ella me miraba como si yo fuera un extraño, con la mirada innoble del que mira a alguien por primera vez. Me saludaba cortésmente al entrar y se limitaba a inquirirme lo que deseaba. Mi frustración crecía cada miércoles proporcionalmente a mi desidia o a mi desencanto. Pero me gustaba ese diminuto café. Obviaba su posible lapso desmemorioso e imaginaba que quizá me reconocería de inmediato por mi voz, una voz&amp;nbsp; lijosa, rasposa como pocas. Pero nada, ella no me recordaba, menos mi usual y repetido pedido, el té y el pastelillo. Y cuando me lo servía, cada miércoles, yo le regresaba los dos sobrecitos de azúcar, no con la desesperanza del olvidado, sino que con la angustia del que no ha sido siquiera recordado. Ni mi exacerbada carencia de esa dulzura constituía para la mujer un referente que estableciera un tejido silencioso y anónimo entre nosotros. Algo que le diera un sentido a volver cada miércoles a ese pequeño local. Una -aunque fuera- falsa amistad. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;No había caso, yo había cambiado el nombre de esa pequeña panadería-café y esa extraña lógica se imponía como si se tratara de un conjuro. Así, el único consuelo era la lectura. &amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;La pausa chinesca era una oquedad, una rendija por donde me escapaba y yo me sentaba a leer libros que me suspendían y que llenaban las tardes de miércoles de un clima proteico. Por aquellos días, mi hijo chino recién se aventuraba a caminar las dos cuadras que separaban sus clases de la “kafkárna” sin mi compañía adulta. Mi hijo crecía y yo asustado hacía todo el recorrido mentalmente con él, los peldaños del portal de la escuela, la esquina, la cebra, la vereda, la entrada a un garaje contiguo a donde yo lo esperaba y la puerta del café. A ratos lo esperaba aterrado y sugestionado por los temores contemporáneos. A veces leía libros afines al nuevo refugio kafkiano y la espera era una pesadilla. Imaginaba que lo atropellaba un auto, que lo secuestraba un pedófilo, que se perdía y negociaban sus riñones o su corazón o su hígado en el mercado negro de órganos. Ese mercado en donde son disecados tantos niños secuestrados cada año en Europa. Pero me quedaba allí, intacto a sabiendas de que mi hijo crecía y volaba, leyendo en medio del pánico, con los ojos abiertos en esa ventana oscura que eran los libros, cuya luna de letras me laceraba, lanzando una mirada de soslayo al reloj y otra hacia el ventanal que daba al juzgado, ese edificio que realzaba el clima kafkiano de mis lecturas y mis miedos. Mis lecturas tenían una coherencia atroz, una recalcitrante y torturadora lógica. En ese momento, -sobretodo los cortos y opacos días de invierno, en que anochecía muy rápido y los cuervos en las plazas coronaban con sus horribles graznidos absolutamente todo aquel terrible y paranoico presentimiento-, yo temía lo peor y leía. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Recuerdo algunos libros. Recuerdo por ejemplo el libro de cuentos de Vila-Matas &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;Hijos sin hijos&lt;/i&gt;, las continuas referencias al escritor judío nacido en esta ciudad y fallecido tempranamente de tuberculosis; tan acordes con el lugar que había elegido y rebautizado y donde tomaba mi tazón de té negro y ese pastelito de tomate, mozarella y orégano; recuerdo la cadencia dolorosa en la cita del escritor español a un pasaje del diario del escritor judío el año 1914: “Hoy Alemania ha declarado la guerra a Rusia. Por la tarde fui a nadar”. Recuerdo también la lectura de &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;Kosmos&lt;/i&gt; de Witold Gombrowicz, recuerdo mis miradas a la avenida que buscaban a mi hijo y que hacían otra lectura del hombre que acababa de pasar por el ventanal o del automóvil que aceleraba y desaparecía, al igual que los personajes del libro que interpretaban los signos y señales en Zakopané. Recuerdo aquel miércoles en que la novela llegó a un pasaje en que un gorrión muerto colgaba de un árbol y era el símbolo final que el personaje Witold descubría y señalaba al personaje Fuks como un indicio, como una clave irrestricta de que algo estaba sucediendo, de que un plan ajeno se estaba concretando; recuerdo ese miércoles haber depositado un billete sobre la mesita y haber salido corriendo a la calle en dirección a la escuelita, angustiado al haber atisbado en la palabra cuervo, en la traducción del apellido del escritor judío nacido en esta ciudad y fallecido tempranamente de tuberculosis, la prueba o el aviso de un mal inminente. De que algo le sucedería en ese mismo momento a mi hijo. Pero nada sucedió. &amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Han pasado de veras muchos años desde aquellas tardes de miércoles, mucho tiempo desde la última vez que estuve sentado aquí. Mi hijo ya no estudia chino, dejó un día aquella marcopoliana aventura oriental. Como si nada. Con la misma facilidad con la que un día empezara a moverse solo por las calles de esta ciudad. Quizá lo único que emparienta esta mañana ventosa de abril, tantos años después -en que espero sentado (en la misma panadería-café, sorbiendo el mismo tazón de té negro y devorando el mismo pastelillo de siempre, atendido por la misma aburrida mujer) a que llegue la hora en que debo ingresar al juzgado ubicado sobre la vereda de enfrente, justo en diagonal al ventanal, para hacer un trámite rutinario-, con aquellos miércoles chinos, es que hoy también es miércoles y también ahora leo un libro de cuentos, y que el cuento posee los mismos atributos que hacían de este diminuto sitio una "kafkárna". Atributos simbólicos ocultos en el libro de Sergio Pitol, como la extensa introducción de Vila-Matas, o mi casual lectura del cuento &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;Cementerio de tordos&lt;/i&gt;, en que se impone la imagen de un personaje niño que crece viendo los atributos de la muerte: la descomposición.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;/span&gt;Nada es gratuito en la vida, pienso. Quizá todo sea resultado de este pequeño café a unos cuantos pasos de un monumento a unos pilotos muertos, de una estatua invisible, de un juzgado y sobretodo bajo la omnipresencia de un escritor judío nacido en esta ciudad y fallecido tempranamente de tuberculosis&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Me quedan diez, quizá quince minutos, bebo mi té y cuando las veo entrar, ambas vestidas estrictamente de negro, las imagino como dos cuervos que vienen por mí. Deposito conmovido el libro sobre la mesa y las observo. Algo me inquieta y me consuela. Las dos muchachas son jóvenes y delgadas. Se detienen en frente de la vitrina y dialogan, piden algo y sus rasgos asiáticos me intranquilizan y agradan. Son bellas y me dan la espalda, yo les observo las protuberancias de sus nalgas. Qué más. Subo disimuladamente el libro de Pitol hasta el borde de mi nariz que intuye la nubilidad de las dos orientales. Adivino algún país, una estepa inconmensurable. Intento oírlas. Hablan ruso. Me siento como la máquina soltera Pitol. Una de ellas me mira de reojo y con curiosidad, yo descaradamente le vuelvo a mirar el trasero y en seguida mido sus pechos. Luego las imagino desnudas en un nido de pájaros. Y los pájaros somos todos cuervos refocilando, mientras uno de ellos nos observa y es el escritor judío nacido en esta ciudad y fallecido tempranamente de tuberculosis. No entiendo lo que murmuran. Pero de seguro nada de lo que sucede es casualidad. Los pájaros, pienso. Me levanto, tengo ya que partir al juzgado, me voy con la imagen del cuento de Pitol, el cadaver de un tordo enterrado por un niño en una caja de zapatos, el posterior desentierro y los gusanos. Quiero telefonear a mi hijo que camina a esta hora con sus amigos de escuela por algún lugar de esta ciudad. Su teléfono no contesta. Ubico el libro de Pitol debajo del brazo, como si fuera una zobaquera cargada. Les dedico una mirada lujuriosa a las dos muchachas de negro, y oigo a una de ellas decirle a la otra “hispansky” Yo les sonrío y salgo. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Afuera el viento arrecia y el juzgado espera. Mi hijo vuela. Yo también.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/18986682-2982240104452539730?l=jorgezunigapavlov.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jorgezunigapavlov.blogspot.com/feeds/2982240104452539730/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=18986682&amp;postID=2982240104452539730&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/18986682/posts/default/2982240104452539730'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/18986682/posts/default/2982240104452539730'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jorgezunigapavlov.blogspot.com/2011/04/kafkarna.html' title='&quot;Kafkárna&quot;'/><author><name>Jorge Zuniga</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://4.bp.blogspot.com/-BciI-0LEMig/TY-qyhtoxTI/AAAAAAAAA0c/DQa4ykuZVMs/s220/DSCN6420.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/-VPsOjsxXHIY/Tad4oqA4uQI/AAAAAAAAA10/q8FwQ8gU8mY/s72-c/kafka.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-18986682.post-9019356215758790469</id><published>2011-04-02T21:54:00.000+02:00</published><updated>2011-04-02T21:54:45.350+02:00</updated><title type='text'>Helena y los partisanos</title><content type='html'>&lt;div dir="ltr" style="text-align: left;" trbidi="on"&gt;&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/-Tpw44kh9DG4/TZd1OfvDZfI/AAAAAAAAA1Y/fv8YfJyNyzQ/s1600/partisanas.jpg" imageanchor="1" style="margin-left: 1em; margin-right: 1em;"&gt;&lt;img border="0" height="212" src="http://4.bp.blogspot.com/-Tpw44kh9DG4/TZd1OfvDZfI/AAAAAAAAA1Y/fv8YfJyNyzQ/s320/partisanas.jpg" width="320" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Helena es una amiga de la universidad. Ella estudió lo mismo que yo: una maestría en letras españolas, pero además –como si fuera poco- estudió una maestría en ese idioma llamado esloveno, que no es otra cosa que una reverberación del espíritu inquieto de esos eslavos meridionales, hoy duchos en establecer los límites de su lenguaje, realzándolo cada vez que pueden. Tarea a la que se abocaron religiosamente los filólogos de Ljubljana tras la independencia de 1991. Bien por ellos. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;El esloveno es, en todo caso, una lengua con todas las de la ley, incluso antes de la desaparición de Yugoslavia. Motivo de no poco orgullo de los eslavos sureños, aunque, hay que decirlo, &lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;siempre ha sido una lengüita diminuta, plagada de otras lengüitas más chicas, de unas 30 o 40 variaciones locales, asunto que no deja de ser peculiar en un país que mide un poco más que la provincia del Elqui. O sea, ni la tercera parte de la región de Coquimbo. Tómese nota. A pesar de todo, los lingüistas eslovenos se han quemado las pestañas y el esloveno está allí, en pie, dando resultados. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Con Helena solemos –una o dos veces al año, quizá tres- salir a beber algunas cervezas y a conversar de libros, recapitulamos lo que hemos leído y los libros que nos adeudamos mutuamente, ya que solemos también intercambiarlos. El último libro que le presté a Helena fue la novela &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;Tengo miedo torero&lt;/i&gt; del gran Pedro Lemebel, una novela particularmente atrevida, que se viene a sumar a la larga lista de obras que los escritores latinoamericanos le han dedicado a las siniestras dictaduras latinoamericanas. Una lista básica para principiantes, podría ser aquella en la que hay que ubicar por supuesto a la santa trinidad, el triunvirato básico. Estos tres libros: &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;Yo, el Supremo&lt;/i&gt; de Roa Bastos, &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;El otoño del patriarca&lt;/i&gt; de García Márquez y &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;El recurso del método&lt;/i&gt; de Alejo Carpentier. A esta lista debemos sumarle y no debe faltar por ningún motivo un cuarto libro:&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;&lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;El Señor Presidente&lt;/i&gt; de Asturias; tampoco un quinto, una novela mucho menos conocida, pero no por eso menos importante, que incluso resulta doblemente crucial, por anticiparse a todas estas otras novelas dictatoriales y en sí por ser la abuela de las novelas con esta temática, o bien la madre patria novela, ya que su autor fue el villanovense y magnífico Ramón del Valle Inclán, se trata de &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;Tirano Banderas&lt;/i&gt;, una novela imaginaria y futurista, una novela vaticinadora de este maestro gallego que se anticipa y pronostica y que data de 1926. De las novelas más recientes, hay que decirlo sin duda, que la de Pedro Lemebel merece una seria consideración, lo mismo que &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;Respiración Artificial&lt;/i&gt;, de Ricardo Piglia. Una novela mayor. Alta literatura. Yo le presto libros en español a Helena y ella, a cambio, me presta libros de autores checos, tal es el caso -por ejemplo- de libros de Bohumil Hrabal. Gracias a Helena han pasado por mis manos libros imposibles de conseguir en Praga, tales como la trilogía &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;Bodas en casa&lt;/i&gt;, &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;Vita nuova&lt;/i&gt; y &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;Sitios eriazos&lt;/i&gt;. &lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;Publicados tras la Revolución de Terciopelo, y cuya circulación como &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;samizdat&lt;/i&gt; tiene un origen que se pierde en las estanterías de la legendaria editorial del exilio checo, casa editorial obra de los escritores Josef &lt;/span&gt;&lt;span style="mso-ansi-language: CS;"&gt;Škvorecký y Zdena Salivarova, se trata de la &lt;/span&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;68 publishiers de Toronto. También me presta algunos libros de Iván Klima. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Con Helena solemos hablar también de música o simplemente hablar de hombres o de mujeres, gente que ambos conocemos. No obstante, por alguna razón casi &lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;inexplicable siempre hablamos del escritor esloveno Vladimir Bartol. En una época en que yo era capaz de inventar lo que fuera para acostarme con Helena, siempre sacaba a colación a Bartol, incluso llegué a mentirle y la primera vez que le hablé del escritor le dije que solía ir a leer la única edición en esloveno que había en la biblioteca nacional checa. Asunto que era una mentira flagrante y descarada y que Helena se ha encargado de enrostrarme en más de una ocasión. Yo no leía ni hablaba esloveno. Sólo estaba interesado en la lengua; en la lengua de Helena, evidentemente. Pero de eso ya hace mucho. Hoy somos amigos. Yo sentía admiración por el escritor y me parecía un pretexto incomparable, un recurso inigualable en mis afanes seductores. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Bartol fue un personaje fascinante, un excéntrico, visionario y valiente escritor nacido en Trieste, la ciudad cuna de Boris Pahor y del gran Italo Svevo, esloveno uno, judio italiano el otro; es decir en una región que siempre estuvo marcada por la discordia. Un rato la región era italianizada, otro no. Una región bajo la dictadura permanente de la disputa nacional. Bartol nació allí, junto a Istria, tierra de nadie y tierra de todos. Bartol era un hombre curioso. Quiero decir, no es que fuese un tipejo deforme ni mucho menos, Bartol era un soberano entrometido. No hubo área del conocimiento en que no haya metido su cuchara. Es decir, un tipo inquieto, donde los haya. Durante la Segunda Guerra Mundial, Bartol, eso sí, cambió la pluma por un rifle y se sumó a los partisanos eslovenos que luchaban en Istria contra los camisas negras del Cuerpo de Ejercito de Campaña número XI, dirigidos por el mariscal fascista Graziani. Por cierto, no logro imaginarme cómo diablos le hicieron estos guerrilleros para esconderse y burlar a las tropas de los falangistas en un territorio tan cagón. El caso es que Bartol anduvo en esos trotes. Probablemente hoy nadie le conozca, salvo algunos estudiantes de esloveno o alguien como yo, que se haya topado con la figura del escritor, casi por casualidad. En mi caso, aquella vez cuando escudriñaba la vida de Josip Plečnik, el arquitecto esloveno de la corte del presidente checo Masaryk. Pero esa es otra historia. El caso es que quienes han leído a Vladimir Bartol, seguramente han leído la desconcertante novela &lt;i&gt;Alamut. &lt;/i&gt;Esta novela&amp;nbsp;narra la magnífica historia de los nizaríes, en las montañas de Elburz (hoy Irán). La novela narra la historia del Viejo de la Montaña, cuyos &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;hashashines&lt;/i&gt; (de esa extraña palabra proviene la palabra asesino), sinónimo de consumidores de hachís, eran sus Tonton Macoutes, los Arellano Stark, los matones de la KGB o de la G2; una suerte de sicarios de elite, de verdaderos matarifes de todo tipo de adversarios políticos del viejo. En pocas palabras una suerte de terrorismo medieval. En cierto modo el Viejo de la Montaña, era también un dictador. Un tirano: como Banderas; como el dictador Zacarías; como el Primer Magistrado -que era Batista tanto como Castro-; como Estrada Cabreras; como Rosas; Y como Pinochet. Pero también como Benito Mussolini, como Hitler, o como Stalin. Como Tito y como Franco. Como Gadafi.&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Fue ese gran embustero italiano llamado Marco Polo, quien se encargó de que occidente conociera la historia de la fortaleza Alamut, y la historia del Viejo de la Montaña, y como buen italiano, la historia adquirió jardines paradisíacos y estados de éxtasis narcotizados, amén de mujeres y divas, y quien sabe que otras obnubilaciones más. Otros escritores, como el negro norteamericano Frank Yerby o el libanés Maalouf, también escribieron sobre el tema.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Hace unos días nos dimos cita con Helena para ir a la facultad a ver una película. Llevábamos ya casi dos años sin vernos. Pero esta vez, y no sé por qué, con Helena no tocamos para nada el tema Bartol. Raro. A veces los temas se agotan, a veces cuando un tema se agota y uno se sigue juntando con esa persona eso quizá quiere decir que ya hay una amistad sólida. O quizá no. Vaya a saber uno. El caso es que camino a la escuela, sin ir más lejos, Helena me contó que ahora vivía en un &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;squat&lt;/i&gt;, que es el término para denominar acá a los &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;okupas&lt;/i&gt;. &lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;Y que allí habitaban con ellas algunos yonkis. Yo me sorprendí, pero Helena se encargó de aclararme que todos eran drogadictos intelectuales, gente que leía bastante, que no se inyectaba demasiado y que trabajaban. Las explicaciones de Helena me dejaron de una pieza. Me acordé de Alamut, pero no dije nada. Además Helena me aclaró que antes de aceptarla a ella en la casa tomada, primero la sometieron a un sondeo, querían saber si ella era compatible con ellos. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;La película que entramos a ver a la cátedra de esloveno en la facultad se llamaba &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;Piran-Pirano&lt;/i&gt;, una película multilingüe. Con un título doble. Como algunas calles en la región hungara de Eslovaquia, o como algunas calles belgas, o como los nombres de las calles cuando los nazis ocuparon Praga. Nombres bilingües. &amp;nbsp;la cinta era un trabajo del director esloveno, de Goran Vojnovic, un joven que también es escritor. Pirano o Piran es un pequeño poblado costero sobre el Adriático, y su particularidad es estar en Istria, en la región de la discordia. La película narra los recuerdos de la guerra de un viejo ex partisano bosnio que le teme al mar,&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp;y&amp;nbsp;&lt;/span&gt;que al finalizar la guerra acaba afincado en Pirano. Ya viejo recibe una extraña visita en su casa: un turista avejentado como el, que resulta ser el muchacho italiano que habitaba esa casa donde ahora vive, el hijo de fascistas locales ejecutados por los partisanos, y que, en los días de la toma del pueblo por los guerrilleros, logra escapar a nado a Trieste; esto ayudado por el partisano bosnio y por Anica, la mujer que los une y los divide, con la que el muchacho italiano oculto y muerto de miedo se encama, o mejor dicho se alfombra, la noche de la victoria guerrillera, mujer con la que el viejo partisano contrae matrimonio. En la película, el viejo ex partisano le habla al turista en esloveno y el turista a él en italiano, configurando una extraña babel que sintetiza el drama de tantos pueblos. Durante esos días de finales de la guerra, tras ser finalmente descubierto, el muchacho italiano -que deleita a la fuerza al jefe del batallón vencedor tocando el piano de su casa-, luego es condenado -no más por que sí, por hijo de fascista-, a ejecución sumaria. Una ejecución como todas las ejecuciones en tiempo de guerra: ignominiosa y triste, un fusilamiento despiadado. En ese momento quien debe cumplir la orden es el ex partisano, quien desacata y huye con él y Anica. Ahora allí ambos ya viejos recuerdan, el partisano le recuerda al turista que el pudo haberlo ajusticiado y que tras desobedecer las órdenes pasó cinco años en prisión, cinco largos años bajo la Yugoslavia de Tito, de los que no se pudo escabullir por no saber nadar como él. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Le menciono a Helena la existencia del mismo motivo en un cuento de Roberto Bolaño, que es también el motivo principal de &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;Soldados de Salamina&lt;/i&gt;, la exitosa novela de Javier Cercas. Le digo que me consta que quien se había salvado de morir&lt;span style="mso-spacerun: yes;"&gt;&amp;nbsp; &lt;/span&gt;a manos de un soldado republicano, o más bien, a quien el miliciano republicano le perdona la vida, era Rafael Sánchez Maza, el mismísimo fundador de la falange española y padre del otro Rafael Sánchez, el autor de &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;El Jarama&lt;/i&gt;. Helena ignora todo aquello, no ha leído ni el libro de Cercas, ni el cuento de Bolaño, mucho menos sabe quienes son la dinastía Sánchez. Lo que sí, me confiesa Helena, es que ese es un motivo que se repite en la literatura eslovena. Me sorprendo. De verás, le pregunto, y ella insiste. No sé si me lo dice por decir algo o si es efectivamente así, el caso es que el delgado hilo que separa la vida y la muerte, la voluntad de matar o de perdonar es quizá un cotidiano del infierno de toda guerra. Antes de media noche nos despedimos, yo me largo a mi casa, Helena a su &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;squat&lt;/i&gt; de drogadictos. Yo de pronto me acuerdo de Libia, pienso en algún partisano que quizá está en ese momento perdonándole la vida a algún mercenario de Gadafi, allá en los polvorientos desiertos de Libia. Pienso en el Miralles, el personaje de Cercas, ese miliciano republicano en la frontera franco catalana, pienso en su otra versión, en el otro extremo de Europa, en el joven Veljko, el partisano bosnio, cuyo nombre significa grande en la lengua de los Balcanes. Pienso en los dictadores del mundo, odiando, con ese Viejo de la Montaña a la cabeza y pienso en los milicianos del mundo, cargando un arma al borde del infierno, enfrentados a asesinos de verdad.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/18986682-9019356215758790469?l=jorgezunigapavlov.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jorgezunigapavlov.blogspot.com/feeds/9019356215758790469/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=18986682&amp;postID=9019356215758790469&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/18986682/posts/default/9019356215758790469'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/18986682/posts/default/9019356215758790469'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jorgezunigapavlov.blogspot.com/2011/04/helena-y-los-partisanos.html' title='Helena y los partisanos'/><author><name>Jorge Zuniga</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://4.bp.blogspot.com/-BciI-0LEMig/TY-qyhtoxTI/AAAAAAAAA0c/DQa4ykuZVMs/s220/DSCN6420.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/-Tpw44kh9DG4/TZd1OfvDZfI/AAAAAAAAA1Y/fv8YfJyNyzQ/s72-c/partisanas.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-18986682.post-6383081684808771076</id><published>2011-03-30T18:16:00.008+02:00</published><updated>2012-01-14T23:59:11.462+01:00</updated><title type='text'>Anti-Neruding</title><content type='html'>&lt;div dir="ltr" style="text-align: left;" trbidi="on"&gt;&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/-ruUpwnGiBts/TZNXU7_TFyI/AAAAAAAAA1I/t4m0yEnKWLE/s1600/pablo_neruda_400.jpg" imageanchor="1" style="margin-left: 1em; margin-right: 1em;"&gt;&lt;img border="0" height="224" src="http://3.bp.blogspot.com/-ruUpwnGiBts/TZNXU7_TFyI/AAAAAAAAA1I/t4m0yEnKWLE/s320/pablo_neruda_400.jpg" width="320" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Este texto iba a llamarse primero &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;Neruda versus Neruda&lt;/i&gt;, luego imaginé que podía llamarse &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;El fascismo nerudiano&lt;/i&gt;, o quizá &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;La paradoja nerudiana&lt;/i&gt;, o bien, &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;Todos los Nerudas, Neruda&lt;/i&gt;, o tal vez &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;Viaje al fondo de Neruda&lt;/i&gt;, buen título hubiera sido &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;La cabeza de Neruda&lt;/i&gt;. En fin.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Todos los biógrafos del poeta chileno concuerdan en los motivos que llevaron a Neruda a adoptar este extraño, por no decir, exótico alias checo. Aunque no coinciden del todo, ya que la acentuación hace al Neruda chileno, grave, allí donde reina la esdrujulidad del decimonónico cuentista praguense. Así en checo viene a ser Néruda y no Neruda, para aclarar. Aunque ciertamente Neftalí Reyes no tenía cómo saberlo. Menos aún en un clima familiar desfavorable a escabrosas averiguaciones de orden morfológicas. A veces los progenitores tienen planes para sus hijos y los hijos se las deben rebuscar para salirse con las suyas, tal fue el caso del premiado bardo estalinista chileno. Lo de estalinista no es gratuito, hay odas al zar comunista que prueban esto. Casi todo el mundo conoce de aquella apropiación del apellido checo por parte de poeta chileno. Los checos también lo saben, me refiero a la opción clandestino familiar del chileno, como, por lo demás también, a la condición proselitista de ese Neruda segundo, al que los checos tuvieron (junto a Brecht, Mayakovski o Erenburg y tantos otros), por lecturas obligatorias. Leer obligado en la secundaria, ¿hay algo más ignominioso? &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Así los checos leían al chileno Neruda, probablemente del mismo modo como los chilenos debíamos leer a Góngora o a Fray Ruiz, al matón Cela, quizá. Imagino que los checos verán quizá en el Neruda chileno un lector apasionado del Neruda checo. Los biógrafos y las pomposas y tergiversadas memorias del poeta lo corroboran. Pero, ¿en qué condiciones se enteró el joven poeta austral de la obra del checo?, eso es algo menos conocido. Se sabe que la primera vez que optó por el apodo no-mineral fue por allá por 1920, dizque cuando colaboraba con &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;Selva Austral&lt;/i&gt;. Al margen de todo, ruda en checo significa mineral, neruda, todo lo otro, es decir su negación, lo que no deja de ser curioso y contradictorio, considerando la fuerte impronta mineral de los versos del chileno. Pero la contradicción nerudiana, como veremos, es un espolón que va por su vida de lo más que hay: un mascarón de proa, con diversas caras. &amp;nbsp;El caso es que ese fue el apodo checo que le gustó. Neruda, el chileno cuenta haber leído un cuento del checo. Pudo ser algo de &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;Los cuentos de la Malá Strana&lt;/i&gt;, probablemente el libro más conocido del autor checo. La edición más conocida en español, y al parecer la primera, es la del año 1922 de Calpe y la de Espasa-Calpe de 1943, con traducción de W. F. Reisner. A cuál tuvo acceso el pueril Neftalí queda claro. A los dieciséis años el joven Neruda hablaba sólo español, quizá chapurreaba algo de mapuche. No chapurreaba aun ni francés, ni inglés y menos checo. Pero como es bien sabido, los escritores, sobre todo los escritores chilenos y sobre todo los poetas son grandes embusteros, sobre todo el vanidoso Nóbel chileno, así bien, también pudo ser que el chileno Neruda jamás leyera al checo Neruda. O que sólo fuera encantado por el apellido del checo. Hay una biblioteca que el poeta chileno dejó y valdría la pena preguntarse si guarda aun algún ejemplar de &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;Los cuentos&lt;/i&gt; de Jan Neruda. Algún ejemplar que no haya sido quemado por &amp;nbsp;los soldados del glorioso ejercito de Chile.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Antes de seguir, dejo aquí en claro que no tengo nada en contra de Neruda, pero a decir verdad, Neruda no me gusta y bueno, sí tengo algunas cosas en contra de Neruda. O bien, para hacer justicia, sí hubo un tiempo en que sí me gustaba, o en que más bien, me gustaban poemas concretos, poemas que me fascinaban hasta la obsesión. Poemas residentes y terrenales. Odas. Explicaciones. De todos modos a la hora de los conflictos yo me puse de parte de la prepotencia de de Rokha, o de los alucinaciones de Huidobro. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Así entonces las alergias literarias de su padre, dieron por resultado esta curiosa relación nerudiana entre la ex Checoslovaquia y Chile, dos países con más de una letra inicial en común, dos países, por ejemplo con un Dubček que era un Allende y un Allende que bien era en cierta forma un Dubček. Pero esto aquí carece de importancia. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Huelga decir que la planificación de la vida del primogénito constituye un paradigma fundamental de nuestra civilización. Provenimos culturalmente de una voluntad ajena, superior, fundacional, escatológica. Una voluntad catequista, incluso pontificadora e inquisitoria. A los ojos de este encuadre, la prohibición paternal de un ferrocarrilero enemigo de la poesía cobra un síntoma hasta simbólico y paradojal en la vida del vate, otra contradicción más, si se tiene en cuenta los derroteros ideológicos que Neruda adoptara en su vida. La necedad del iletrado padre obrero que deseaba impedirle al hijo, nada más y nada menos que el verbo. Por otro lado, el hijo poeta que desea la dictadura del padre obrero. Hay en todo esto una extraña circularidad que acorrala el destino del poeta, un inevitable destino trágico. Como una bomba de tiempo la tragedia nerudiana palpita con sus minuteros cargados de vanidad y pompa, a ratos de una cursilería tan fina como si fuesen huevos Fabergé. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;A más de un checo le resulta curioso que un escritor de un país tan canejo haya adoptado el alias del romántico escritor pragense. A más de un checo de habla hispana le resulta inaceptable que cierto tipo de turista chileno dé por seguro que la calle Nerudova que bordea y sube hacia el Castillo de Praga seguramente &amp;nbsp;sea un homenaje o una prueba de la fama del poeta chileno, nada más falso y absurdo. Cierto, son viajeros cuya inteligencia se peina con bucles; para estos chilenos el mundo no es otra cosa que un panorama de parpadeos e ínfulas. Prueba de ello son sus preocupaciones de turista: el cristal de Bohemia, algún par de aros de granate, o finalmente dilucidar si la tienda de Prada de calle París, es más costosa que en la propia París. El chileno medio, ese turista de diez países en diez días y de diez años hablando de dónde estuvo y qué se compró, tampoco importa aquí. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Aparte de esa calle, pocos se aventuran a visitar una plazoleta mugrienta y en el más completo abandono, donde reinan los zurullos de perro, donde el pasto es un recuerdo semi-verde. Y donde la gran cabezota metálica del Neruda chileno parece observar las cacas caninas sobre el asfalto, como si fueran la mierda a la cual no alcanzó a cantarle, aquella mierda tenebrosa y criminal que lo llevó al cajón. La cabeza del Neruda chileno representa el aspecto dormilón, incluso hasta bobalicón del poeta, es una cabeza decapitada, sin cuello y situada en un pedazo de piedra cuadrada en donde el bronce recuerda, no el Nóbel, si no el estrafalario “Premio Stalin de la Paz entre los pueblos”, una entelequia publicitaria que era en el fondo un premio infesto y lúgubre que de paz tenía poco, creado en 1949, y &amp;nbsp;que luego Nikita Jrushchov bautizara como premio Lenin en el 59, para que finalmente Gorbachov lo redujera a Premio Lenin, así a secas. Leída la plaqueta, de seguro que para los escasos transeúntes de esa plazoleta fea y descuidada, debe ser como una patada en el estómago ese recuerdo de una época que nadie desea volver a vivir. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Al menos una vez al mes paso observando de reojo la plazoleta de Neruda en el barrio de Smichov, controlando la fealdad del lugar, la fealdad de la avenida y la sensación de desamparo e inseguridad del sector, un suburbio que los eufemistas llamarán multiétnico, pero que en el fondo no es más que un feo barrio con algunas familias gitanas que buscan en qué ganarse la vida. Digamos que familias de sobrevivientes, sobrevivientes del &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;boom&lt;/i&gt; urbanístico que transforma el barrio de Smichov en un centro comercial más, alternativo a los centros históricos de Praga. Familias que a veces roban, aunque no tanto como roban otras familias. Todos roban en Praga, acá el robo es un acto de folclore, un ejercicio que la sociedad comunista heredó a la sociedad poscomunista. Los que más roban son los del gobierno. Esto, por suerte, todo el mundo lo sabe. El que no roba -decía el proverbio-, roba a su familia. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Cada vez que bordeo el área, por lo general en automóvil, controlo la presencia del poeta. Hace unos años atrás, los chilenos le rindieron un homenaje, cuando digo los chilenos, en realidad debo decir, la embajada chilena, los representantes del &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;mainstream&lt;/i&gt; criollo en el exterior. Ese mainstream que ha sido encarnado en Chile por la derecha, pero como sabemos, en una época recién pasada, también por la izquierda chilena. Pablo Neruda es hoy una imagen recurrente del enanismo chileno, un héroe a explotar. De un enanismo con elefantiasis y tufos de grandeza. Neruda siempre fue una marca explotable, tanto por el estalinismo, cuyas aguas movían el vanidoso molino del poeta. Lo mismo hoy, por la misma derecha que lo prefería muerto. Hoy por hoy, poco importa que aun hayan poetas jóvenes muriéndose de hambre en Chile, poetas exactamente con la misma edad de Neruda, cuando esté mismo se moría de hambre, si es que. Poetas que para la oficialidad chilena, mucho menos para las embajadas, simplemente no existen. Poetas con la misma edad que tenía Neruda cuando a este lo buscaba por cielo, mar y tierra la policía para encarcelarlo y torturarlo y romperle la enorme narizota de bardo nacional. La policía de González Videla, por supuesto, no la policía de Allende, ni de Frei. Por último, poetas que en cincuenta años más serán productos a explotar y entonces sí el estado chileno se acordará de ellos.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Cada vez que paso, miro de soslayo la cabeza de Neruda, como si en silencio esperara toparme nuevamente con la repetida formula de los que sobreviven robando estatuas para luego venderlas como metal por su peso en alguno de los tantos patios de reciclaje de esta ciudad. Hace un tiempo atrás la cabeza de Neruda desapareció. El solitario pedestal parecía un catafalco victorioso. La búsqueda de la cabeza desaparecida del poeta chileno no inquietaba a nadie, salvo a los chilenos residentes, incapaces de soportar más desaparecidos. Obviamente el chovinismo criollo local puso el grito en el cielo. Dicen que acabó fundida, reciclada en, vaya a saber uno, que cantidad de objetos de uso común. Era un cabeza de bronce. Así, los ojos, las orejas, la papada, la cerviz, la calvicie del poeta chileno, su nariz, su labios callados, sus miramientos, pasaron a convertirse en otra cosa: manillas de ataúdes, manijas de puertas, quizá, o plaquetas, tal vez. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Manijas, eso, prefiero esa imagen, manijas que abren puertas en la oscuridad, puertas desde donde se escuchan voces, lamentos, como los lamentos de los desaparecidos. De los desaparecidos en Chile, como de los desaparecidos de Praga. La cabeza de Neruda fue vendida por su peso, y quien sabe qué habrá pensado el empleado de esos patios cuando un par de ladronzuelos llegaron con el busto envuelto en diarios, una cabeza irreconocible. Rateros de baja estofa y poca monta que de inmediato se jugaron la plata, o se la bebieron, o quizá se la inyectaron; hay una novela del checo Jáchym Topol que va de la drogadicción juvenil titulada &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;Anděl &lt;/i&gt;(Ángel) que es otro de los nombres del barrio donde está la plazoleta de Neruda; esa novela habla de estas calles. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;A los checos del barrio de Smichov, la repuesta testa del chileno les parece una curiosidad. Una curiosidad en un barrio racialmente jodido. Un barrio que fue repoblado tras la Segunda Guerra Mundial, un barrio desde donde desaparecieron en transportes a campos de concentración miles de judíos, como también miles de gitanos. El sector es feo, por sus nuevos hoteles para turistas masivos, inclusive turistas chilenos, feo por los &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;malls&lt;/i&gt;, feo por la desembocadura y/o embocadura de un túnel, por las autopistas que van por esos túneles y que cicatrizan el área. Pero el barrio también es bello, gracias a Bertramka, la finca en donde la soprano Josefina Duschek alojara al quebrantado Mozart y donde éste finiquitara su &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;Don Juan o Don Giovanni&lt;/i&gt;. Es bello el barrio gracias al Cementerio de Malá Strana, un lugar como salido de una novela de terror. Un lugar de altísimos y sombríos árboles que por las noches simulan gigantes dormidos, un lugar cubierto por enredaderas, lianas e hiedras que esconden lápidas olvidadas, un camposanto cerrado por miedo a los vándalos y sorteado por arterias con un tráfico ingrato. Allí descansa Karel Jaromír Erben, autor y recopilador de los &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;Cuentos Checos&lt;/i&gt;. También el novelista, Gustav Pfleger, autor de literatura con temática obrera, una temática que le hubiera encantado leer al Neruda chileno, Pfleger es autor de algunas pioneras novelas del proletariado checo situadas en los agitados y convulsionados días de 1848, novelas en donde hay héroes muertos, olvidados, como es el caso de &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;Una vida perdida&lt;/i&gt;, aquella novela que cuenta la vida del revolucionario Josef Václav Frič, encarcelado, desterrado e incomprendido, sin duda un personaje digno del Canto General nerudiano, o como es &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;La mujer del fabricante&lt;/i&gt;, una novela que le hace un guiño a &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;Madame Bobary&lt;/i&gt;, en donde la esposa de un industrial, una esposa de origen obrero, se enamora de un aristócrata y lava su honra con el suicidio. Gustav Pfleger fue amigo de Jan Neruda; el cementerio en donde se tuerce cada noche Pfleger inspiró a un libro fantasmagórico y pesimista del Neruda checo, un libro titulado &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;Flores cementeriales&lt;/i&gt;, una imagen nerudiana donde las haya, escrita cien años antes. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Este barrio es extremadamente bello porque por aquí caminó tras la guerra la escritora alemana judía Lenka Reinerová, la vecina de Kish, la amiga de Kahlo y Rivera en México, hasta ser un día forzada a seguir huyendo, ya no del holocausto nazi, si no esta vez del holocausto brezniano, que era holocausto estalinista y de cierto modo también era un holocausto nerudiano. Reinerová era la última alemana, la última representante del bello alemán de Praga, ese alemán universal ajeno a localismos y regionalismos divisorios, ajeno a esas lenguas alemanas dialectizantes, ese alemán que caligrafiaba Kafka, Urzidil y Werfel y que era el alemán más hermoso del mundo. Ese alemán que era Praga, cuando Praga era una capital checa, tanto como una capital alemana, pero sobretodo era una capital judía. Una de las capitales judías más doctas del mundo. Una capital judía desaparecida, como los desaparecidos de Chile, como la cabeza desaparecida del Neruda chileno. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Este es el barrio de los dos Nerudas, del Neruda romántico y del Neruda proletario, del Neruda judío y del Neruda antisemita; de esos dos Nerudas que se desconocen mutuamente. Nerudas en guerra. Barrio donde&amp;nbsp; duerme la cabeza ilusa del trovador estalinista chileno. Barrio donde alguna vez retumbó la voz del rapsoda austral por estas calles, o en la estación de trenes que une Praga con el palacete de Dobříš, cuando sus días eran un cotidiano de diáspora individual y el chileno viajaba por Europa pregonando la &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;pax soviética&lt;/i&gt;; con o sin Delia, a cuestas. Sin Delia, aquella vez cuando visitó en el 59 Praga y fue agasajado en Dobříš, la residencia que la nomenclatura local le facilitó y donde el poeta se reunió con las blancas doncellas hispanistas (entre ellas una vieja amiga mía), las humedecidas muchachas que el poeta solicitaba y que no era demasiado problema conseguir. Ojo que esto no es reproche si no alabanza, una oda nerudiana al picaflor, envidia pura, que tan envidia no es, pues he vivido largos años en estas hermosas y tibias tierras paganas. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Un panfleto chileno de 1941, un panfleto canalla, como sólo suelen ser los panfletos de la derecha chilena, acusaba a Pablo Neruda de judío. ¿Quién es Pablo Neruda?, inauguraba el volante, para luego tildarlo de judío degenerado y negarle su condición de chileno y acusarlo de esbirro del judaísmo internacional, de los abusos de su cargo de cónsul en España, abuso que a los ojos de la derecha o del nazismo chileno (con frecuencia suelen ser los mismos) era su posición antifascista (y kibutziana, seguramente). No he leído nada, o no lo recuerdo ahora, que corrobore o retracte alguna actitud sionista o bien alguna antisemita del poeta chileno. Pero sí hay algo que me consta: es el antisemitismo de su paradigma checo. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;El Neruda checo escribió y publico en repetidas oportunidades un tratado titulado &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;Pro strach žídovský&lt;/i&gt;, que viene a traducirse como &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;Para que teman los judíos&lt;/i&gt;, o quizá sólo &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;Por el temor judío&lt;/i&gt;, o &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;de los judíos&lt;/i&gt;, el texto aun no pasa por mis manos como para elegir una de las acepciones de esta traducción. Sin embargo el antisemitismo del ejemplo nerudiano checo es tácito, sobretodo en sus escritos que buscan despertar la conciencia de nación de los checos bajo el imperio austrohúngaro, allí el checo asume la búsqueda de un función estética, arquetípica, literariamente hablando. ¿Son esos los cuentos que el joven Neruda chileno dice haber leído? No lo sé, sin embargo ellos son los que dan mayor fe de su antisemitismo, en &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;Una semana en una casa silenciosa&lt;/i&gt;, el malo del cuento es el avaro judío Menke; Jan Neruda aparte ataca a los judíos en sus crónicas de viaje por Palestina, quizá por eso, hoy algunos textos nerudianos decoran las páginas webs de algunos movimientos neonazis, será por eso, que durante la Segunda Guerra Mundial, Neruda fue un aplaudido escritor por los escasos fascistas checos. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;El chileno Neruda, a todas luces, no sólo no se enteró, o si se enteró, mejor no dijo ni pío. Tal vez los amigotes checoslovacos de Pablo Neruda, no quisieron amargarle la vida al trashumante latinoamericano y se lo callaron. Raro. Lo que consta hoy es que el paradigma nominal del premio Nóbel chileno vilipendió&amp;nbsp; como pudo a los judíos, aunque sus vituperios iban al hueso y no a la médula. Los textos nerudianos hablan de rostros, de narices, de mechones de cabellos, de barbas, de filacterias, de higiene, del lenguaje y todo lo que se dice es agresivo; pero este antisemitismo es visceral, no es racial. Un punto para el Neruda checo. Neruda los detesta por su posición económica y política, no por su raza. Aunque quién puede estar seguro de esto. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Volviendo al barrio donde el Neruda chileno bosteza. Es este, a la luz de esta increíble contradicción nerudiana, de esta extraña paradoja, un barrio en donde la literatura nerudiana, la chilena y la checa se encuentran y disputan un apellido. Barrio del Neruda chileno que probablemente nunca leyó a cabalidad al Neruda checo, nunca supo con qué chicha se estaba embriagando allá en las lluviosas soledades meridionales del mundo; embriagándose como seguramente lo hacía (con cerveza) su parangón checo, para después mareado en&amp;nbsp; rencores despotricar en contra de la corona, de los alemanes, de los judíos y escribir sus cuentos de a pie, cuentos oscuros, cuentos con personajes peligrosos, cuentos del bajo mundo praguense, que podía leer cualquier hijo de familia, o cualquier hijo de ferrocarrilero. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 54.0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/18986682-6383081684808771076?l=jorgezunigapavlov.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jorgezunigapavlov.blogspot.com/feeds/6383081684808771076/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=18986682&amp;postID=6383081684808771076&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/18986682/posts/default/6383081684808771076'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/18986682/posts/default/6383081684808771076'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jorgezunigapavlov.blogspot.com/2011/03/anti-neruding.html' title='Anti-Neruding'/><author><name>Jorge Zuniga</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://4.bp.blogspot.com/-BciI-0LEMig/TY-qyhtoxTI/AAAAAAAAA0c/DQa4ykuZVMs/s220/DSCN6420.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/-ruUpwnGiBts/TZNXU7_TFyI/AAAAAAAAA1I/t4m0yEnKWLE/s72-c/pablo_neruda_400.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-18986682.post-6805942780941159015</id><published>2011-03-26T18:04:00.001+01:00</published><updated>2012-01-23T10:40:10.433+01:00</updated><title type='text'>Grodek de George Trakl</title><content type='html'>&lt;div dir="ltr" style="text-align: left;" trbidi="on"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: sans-serif; font-size: 12px; line-height: 19px;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;dl style="margin-bottom: 0.5em; margin-top: 0.2em;"&gt;&lt;dd style="margin-bottom: 0.1em; margin-left: 2em;"&gt;&lt;dl style="margin-bottom: 0.5em; margin-top: 0.2em;"&gt;&lt;dd style="line-height: 1.5em; margin-bottom: 0.1em; margin-left: 2em;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: 'Times New Roman'; font-size: small; line-height: normal;"&gt;&lt;span style="font-family: Georgia;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/dd&gt;&lt;div class="separator" style="clear: both; line-height: 1.5em; text-align: center;"&gt;&lt;a href="https://lh3.googleusercontent.com/-j-KqnPgIoPU/TY4cg7_97DI/AAAAAAAAA0Y/dypM3QpJJF8/s1600/Georg_Trakl.jpg" imageanchor="1" style="margin-left: 1em; margin-right: 1em;"&gt;&lt;img border="0" height="200" src="https://lh3.googleusercontent.com/-j-KqnPgIoPU/TY4cg7_97DI/AAAAAAAAA0Y/dypM3QpJJF8/s200/Georg_Trakl.jpg" width="138" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;&lt;dd style="line-height: 1.5em; margin-bottom: 0.1em; margin-left: 2em;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: 'Times New Roman'; font-size: small; line-height: normal;"&gt;&lt;span style="font-family: Georgia;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/dd&gt;&lt;dd style="margin-bottom: 0.1em; margin-left: 2em;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Times, 'Times New Roman', serif;"&gt;&lt;u&gt;&lt;/u&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Times, 'Times New Roman', serif;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-decoration: underline;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Times, 'Times New Roman', serif;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Grodek&amp;nbsp;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Times, 'Times New Roman', serif;"&gt;  &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-decoration: underline;"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Times, 'Times New Roman', serif;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&amp;nbsp;Por la tarde resuenan en los bosques otońales&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Times, 'Times New Roman', serif;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;las mortíferas armas,&amp;nbsp;&lt;span class="apple-style-span"&gt;&lt;span style="color: black;"&gt;y en las llanuras áureas&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Times, 'Times New Roman', serif;"&gt;&lt;span class="apple-style-span"&gt;&lt;span lang="ES" style="color: black;"&gt;&amp;nbsp;y en los lagos azules&amp;nbsp;rueda el sol más oscuro.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Times, 'Times New Roman', serif;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;La noche abraza a los guerreros moribundos,&amp;nbsp;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Times, 'Times New Roman', serif;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;irrumpe el lamento salvaje de sus bocas quebradas.&amp;nbsp;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Times, 'Times New Roman', serif;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Pero silenciosas en la pradera,&amp;nbsp;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Times, 'Times New Roman', serif;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;rojas nubes que un dios airado habita&amp;nbsp;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Times, 'Times New Roman', serif;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;convocan la sangre derramada, la frialdad lunar;&amp;nbsp;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Times, 'Times New Roman', serif;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;y todos los caminos desembocan en negra podredumbre.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Times, 'Times New Roman', serif;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Bajo el dorado ramaje de la noche y las estrellas&amp;nbsp;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Times, 'Times New Roman', serif;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;vaga la sombra de la hermana por el bosque silencioso&amp;nbsp;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Times, 'Times New Roman', serif;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;saludando las almas de los héroes,&amp;nbsp;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Times, 'Times New Roman', serif;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;las cabezas sangrantes.&amp;nbsp;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Times, 'Times New Roman', serif;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Y en el cańaveral suenan las oscuras flautas del otońo.&amp;nbsp;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Times, 'Times New Roman', serif;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Oh, qué soberbio duelo, con altares de bronce;&amp;nbsp;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Times, 'Times New Roman', serif;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;un terrible dolor nutre hoy la ardiente llama del espíritu,&amp;nbsp;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Times, 'Times New Roman', serif;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;por los nietos que no han nacido aún.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal"&gt;&lt;/div&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Times, 'Times New Roman', serif;"&gt;&lt;u&gt;&lt;/u&gt;&lt;/span&gt;&lt;/dd&gt;&lt;dd style="line-height: 1.5em; margin-bottom: 0.1em; margin-left: 2em;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: 'Times New Roman'; font-size: small; line-height: normal;"&gt;&lt;span style="font-family: Georgia; font-size: x-small;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: 'Times New Roman'; font-size: small; line-height: normal;"&gt;&lt;span style="font-family: Georgia; font-size: x-small;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/dd&gt;&lt;dd style="line-height: 1.5em; margin-bottom: 0.1em; margin-left: 2em;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: 'Times New Roman'; font-size: small; line-height: normal;"&gt;&lt;span style="font-family: Georgia; font-size: x-small;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/dd&gt;&lt;dd style="line-height: 1.5em; margin-bottom: 0.1em; margin-left: 2em;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: 'Times New Roman'; font-size: small; line-height: normal;"&gt;&lt;span style="font-family: Georgia; font-size: x-small;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: 'Times New Roman'; font-size: small;"&gt;&lt;i&gt;&lt;span style="font-family: Georgia; font-size: x-small;"&gt;Versión de Helmut Pfeiffer&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/dd&gt;&lt;/dl&gt;&lt;/dd&gt;&lt;/dl&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/18986682-6805942780941159015?l=jorgezunigapavlov.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jorgezunigapavlov.blogspot.com/feeds/6805942780941159015/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=18986682&amp;postID=6805942780941159015&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/18986682/posts/default/6805942780941159015'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/18986682/posts/default/6805942780941159015'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jorgezunigapavlov.blogspot.com/2011/03/grodek-de-george-trakl.html' title='Grodek de George Trakl'/><author><name>Jorge Zuniga</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://4.bp.blogspot.com/-BciI-0LEMig/TY-qyhtoxTI/AAAAAAAAA0c/DQa4ykuZVMs/s220/DSCN6420.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='https://lh3.googleusercontent.com/-j-KqnPgIoPU/TY4cg7_97DI/AAAAAAAAA0Y/dypM3QpJJF8/s72-c/Georg_Trakl.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-18986682.post-7325907803676832802</id><published>2011-01-30T22:36:00.010+01:00</published><updated>2011-01-30T23:44:11.870+01:00</updated><title type='text'>¿Y quién diablos es Antonio Ortuño?</title><content type='html'>&lt;div dir="ltr" style="text-align: left;" trbidi="on"&gt;&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_8Gru9hTGgO4/TUXX8WBB2gI/AAAAAAAAAx8/nlDEI5fysX0/s1600/recursoshumanos2.jpg" imageanchor="1" style="margin-left: 1em; margin-right: 1em;"&gt;&lt;img border="0" height="320" src="http://3.bp.blogspot.com/_8Gru9hTGgO4/TUXX8WBB2gI/AAAAAAAAAx8/nlDEI5fysX0/s320/recursoshumanos2.jpg" width="210" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 81.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;No sé, pero eso se preguntaba hace días un medio de comunicación mexicano en un artículo que acabo de encontrar en la red. Se me ocurre algo. Veamos. Entre los datos típicos de ese medio de comunicación cuya función no pasa del dato biográfico y del comentario resumidor (comparaciones incluidas) para el lector-horda, aparecen el chisme relativo a los 22 de la revista &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;Granta&lt;/i&gt;, y luego el chisme sobre -por supuesto- el segundo lugar en el más importante (o bien, uno de los más importantes, para no herir a nadie) concurso literario de España. Acabo de terminar de leer su libro &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;Recursos humanos&lt;/i&gt;, una novela de unas casi 180 páginas, formato Anagrama, una novela del cenáculo del respetado y reconocido (yo inclusive) Jorge Herralde, por lo tanto una novela con los salvoconductos en orden, pero además una novela con algo que vengo a bien denominar el mínimo común denominador de la literatura escrita en español de un tiempo a esta parte, léase, el factor social. La implicación social de las obras. Los entonces hijos de la revolución cubana, me refiero a los lectores, los hoy por hoy -y no sólo por suerte, sino que por cerebro-, abuelos críticos de las gerontocracias marxistas, poseen&amp;nbsp; una suerte de filtro literario en donde el cuestionamiento o repaso de lo que fue una época convulsionada, la época pre fin-de-la-guerra-fría, surge como un bastión inconmensurable, algo por lo demás oportuno, sensato y deliberadamente autocrítico. Muchas novelas cumplen este requisito. Hasta aquí todo mi apoyo, a pesar de que el acento social y el barniz izquierdista siga presenta dando cuenta de un encasillamiento ideológico que aun no tiene ganas de marcharse del canon temático y del mensaje socio y políticamente correcto. Pero esto es una constatación con visos de ironía y no de ira. Puesto que lo que prima es y debe ser el género, es decir la novela como tal con todos sus asuntos internos. Léase personajes, narrador, argumento, y por supuesto sintaxis y léxico. Obviamente la lista de aspectos es más larga. No es que esas obras estén de más, lo que es, es que a ratos nos faltan otras, con otros temas y otro tratamiento. Cuando el autor ha nacido en los años setenta, entonces estamos seguros de que los manchones del pony ideológico que cabalga en la literatura serán algo así como un jamelgo al que pintamos para una fiesta y luego mangereamos y listo.&amp;nbsp; La novela de Ortuño es social, pero es también una novela subjetiva, diríase íntima. No lloré ni una vez y me reí, creo que sólo una, asunto que no tiene por qué ser un barómetro de nada, pero barómetro al fin. Lo que me llamó la atención en la novela de Ortuño es que a pesar del fondo social omnipresente hay una dimensión intimista, lo suficientemente asfixiante como para utilizar el adjetivo k…., pero no lo usaré. Porque no es exactamente eso y por mucho que intentemos buscar una figura cíclica en la historia (no creo en Vico) la literatura de principios de este siglo no es la de principios del siglo pasado, así que no. Es la individualidad fragmentada y fracasada &amp;nbsp;que hace que odiemos a Gabrielito Lynch, (y si es que). Una advertencia: si el lector no lo odia a ese hijo de puta, debería buscar apoyo psicológico-. Lo que es peor o mejor, este personaje de Ortuño nos hace ver a los que viajan junto a nosotros cada mañana en el tranvía con un celo que hasta ahora no teníamos. Ser objeto de un odio justificado puede ser el descubrimiento más grave de esta novela.&amp;nbsp; La tentativa comparativa con Evelyn Waugh, quizá en lo satírico, puede venir a lugar, aquella otra que lo emparienta con Houellebecq me resbala y digo que en lo negruzco, demás que sí. Pero no sé tanto del francés como para hacer aquí declaraciones mayores. Lo que no cabe duda es que el discurso narrativo se puede situar en la orfandad mexicana de hoy. México tiene una historia bastante particular en lo relativo a los mesianismos político-ideológicos del siglo XX y por lo mismo la atmósfera de la novela nos grita una suerte de “sálvese quien pueda” o “todos contra todos”. Si el personaje de Ortuño es una variante del hombre post guerra fría mexicano o latinoamericano, o sea, alguien que anda por ahí al asecho, señores, entonces estamos en serios aprietos. Ortuño ha destapado la olla, la olla mexicana (pero no sólo mexicana), por cierto, una olla repleta de los paradigmas del odio visceral urbano, allí su personaje es la versión más cínica, y por suerte yo diría moderada –a pesar de su suerte de terrorismo proselitista- de un verdadero delincuente común mal vestido pero con corbata. La imagen del manual del guerrillero, suerte de Biblia o Nuevo testamento de esa sed de arribismo (ojo, estamos hablando del personaje), de un resentimiento y una frustración colosal del hombre medio, sintetiza las secuelas de la falta de ideales, aunque sean falsos. Ambición, sumisión, no son más que dos caras de un mismo páramo moral. Criticándole algo diría que el escaso &lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;zapping&lt;/i&gt; narrativo en que la voz del narrador cambia de bando y se aloja en el otro polo, en Mario o Constantino, el personaje contrario, no resulta convincente, pero esto es siempre algo subjetivo. La verosimilitud de un personaje así, está siempre dada por el grado de aceptación de su existencia. La ironía a fin de cuentas, junto a cierto sarcasmo, propone un ejercicio en que el narrador se desdobla, separándose del personaje y sugiriendo la idea de un alter ego. Asunto por discutir, pues cómo explicar aquellas situaciones de autocompasión que derivan en el reconocimiento de estar haciendo algo malo. Allí, en aquellos momentos de autocrítica el personaje pierde coherencia. Como si de pronto cierta voz interior necesitara mencionar o reconocer lo que nunca será capaz de cometer. En cierto modo la bomba de clavos es el resultado de una azuzación y el personaje se manifiesta como un solapado pusilánime que utiliza a los otros. El Pontiac en llamas es la primera piedra. Luego todo se manifiesta como una amenaza permanente. Como si de pronto el narrador se quedara mirándose a un espejo. Describiendo la parte basura que llevamos dentro. Se me ocurre algo que pudiera zanjar todo este impasse: el personaje es rico en otro aspecto: hipocresía, lástima. La evolución a convertirse en lo que uno odia no deja de ser significativa, a la vez que los otros personajes no están tan lejos de Lynch. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 81.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;No deja de ser que la novela juegue con la circularidad de la vida, al menos en lo que a los roles sociales se refiere, como si en el fondo oscuro de la atomicidad humana de la urbe, cuya síntesis son esos edificios de oficinas con cientos de supervisores y gerentes, gobernara la burocracia de la existencia humana que contagia todo y da vueltas en círculos. Se pueden seguir haciendo paralelos de la obra de Ortuño con otros autores. Yo me inclino por uno en particular, por John Kennedy Toole y su novela &amp;nbsp;&lt;i style="mso-bidi-font-style: normal;"&gt;La conjura de los necios&lt;/i&gt; justamente por el clima de involución a una sociedad casi primitiva (en JKT sería la edad media), egoísta y rival, disfrazada de modernidad, una sociedad que en la obra de Ortuño evoca los albores de la industria, (o los albores de los servicios si se quiere), allá en donde se creía que el enemigo eran las máquinas, acá los puestos a conquistar. Pero ojo, acá no hay el anacronismo de Kennedy Toole, pues es claro que Ortuño nos habla de nuestra contemporaneidad. La involución sería más bien un estado de cosas, sería como decir miren a lo que hemos llegado, o a lo que hemos retrocedido. En la obsesión relativa al esclavismo omnipresente Gabriel Lynch se emparienta con&amp;nbsp; Ignatius J. Reilly el personaje de la novela póstuma de John Kennedy Toole. Al igual que Kennedy Toole, o a modo de guiño, estamos siendo testigos de un despiadado retrato del hombre actual. Al menos de uno que anda suelto y que quizá hace rato que estaba allí, sólo que no habíamos tenido el tiempo suficiente de verlo o leerlo, con tantos libros con arquetipos repetidos. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify; text-indent: 81.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Bueno eso se me ocurre, sería todo.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-indent: 81.0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/18986682-7325907803676832802?l=jorgezunigapavlov.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jorgezunigapavlov.blogspot.com/feeds/7325907803676832802/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=18986682&amp;postID=7325907803676832802&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/18986682/posts/default/7325907803676832802'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/18986682/posts/default/7325907803676832802'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jorgezunigapavlov.blogspot.com/2011/01/y-quien-diablos-es-antonio-ortuno.html' title='¿Y quién diablos es Antonio Ortuño?'/><author><name>Jorge Zuniga</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://4.bp.blogspot.com/-BciI-0LEMig/TY-qyhtoxTI/AAAAAAAAA0c/DQa4ykuZVMs/s220/DSCN6420.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_8Gru9hTGgO4/TUXX8WBB2gI/AAAAAAAAAx8/nlDEI5fysX0/s72-c/recursoshumanos2.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-18986682.post-1723863287027135313</id><published>2011-01-26T21:36:00.008+01:00</published><updated>2011-01-27T11:26:32.567+01:00</updated><title type='text'>Miscelánea georgiana con coletazos borgeanos.</title><content type='html'>&lt;div dir="ltr" style="text-align: left;" trbidi="on"&gt;&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_8Gru9hTGgO4/TUFHKOsG0iI/AAAAAAAAAxk/HI_mDthbeYg/s1600/borges.jpg" imageanchor="1" style="margin-left: 1em; margin-right: 1em;"&gt;&lt;img border="0" height="320" src="http://3.bp.blogspot.com/_8Gru9hTGgO4/TUFHKOsG0iI/AAAAAAAAAxk/HI_mDthbeYg/s320/borges.jpg" width="256" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;(El otro día, en el marco de nuestras tradicionales citas de los días lunes con mi amigo Iván Gutiérrez, a comer comida georgiana y conversar de una miscelánea de temas, siempre literarios, siempre musicales, surgió una conversación relativa a la necesidad de la crítica, de que alguien escuche lo que hacemos, la música en el caso de Iván, o lea lo escrito, en el caso mío. Hablábamos y buscábamos establecer la medida de aquella necesidad y su actitud. Nos decíamos que&amp;nbsp; la crítica no debía ser un simple comentario y que debía ser fundada, debía siempre haber argumentos… Conversábamos respecto del tema de la recepción de la obra y la capacidad de uno como autor de aceptar las sugerencias… Por cierto no llegamos a ninguna conclusión acabada. Ante un amago de reproche, en que se ofrecía la alternativa de aceptar o no una crítica concluía la velada con una constatación. Aceptamos la crítica que identifica aquello que es débil y que hace disminuir el sentido de una obra, la aceptamos bajo la premisa de la diversidad y del reconocimiento de quien vierte la opinión…. Hablábamos de muchas otras cosas, de aquello que en alguna disciplina artística definía una obra en el marco de un determinado género como una obra genéricamente minoritaria, cuyos vasos comunicantes refieren a un tema y en un lenguaje minoritario, usábamos la palabra “funciona” o “no funciona”… &amp;nbsp;Iván contaba una experiencia con músicos locales que le daban recetas musicales a la hora de tocar algo enmarcado en la tradición latinoamericana, hablábamos de los cánones receptivos de la música en un sitio y en otro y de aquello que la educación a veces pre-establece…. Hablábamos de una experiencia contraria, su experiencia, en una actuación en España, del valor de una sugerencia o comentario a la hora de venir de alguien autorizado, asunto que Iván ejemplificaba con una anécdota española, cuando le pidió a un tocador de cajón participación en una canción durante un concierto y cómo de aquello resultó un aporte a la hora de tocar ya que el tocador fue aun más allá y le hizo sugerencias nuevas que enriquecieron el tema…. &amp;nbsp;Así, comiendo un plato de charčo&lt;/span&gt;, yo, y de espinacas con queso, Iván; reba&lt;span lang="ES"&gt;ñando nuestros respectivos platos con &lt;i&gt;gruzinský lavaš&lt;/i&gt; nos adentrábamos en estos escabrosos temas…&amp;nbsp;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Finalmente yendo al tema de la literatura rematábamos la mini tertulia con la interrogante del lenguaje y la universalidad, yo le leía a Iván un texto de Urzidil, sobre el alemán de Kafka, que era un texto sobre el alemán de Praga y de su universalidad a comienzos del siglo XX, de su universalidad en comparación con el alemán de Alemania, una universalidad que tenía que ver con su escasa distancia entre la oralidad y la palabra escrita, algo que diferenciaba al alemán de Praga de&amp;nbsp; las tendencias dialectizantes del alemán de otras partes, al menos en los años 10 y 20 del siglo pasado… Luego hablábamos de la lectura que había hecho Susan Sontag de Bolaño y la absoluta devoción que le había de inmediato demostrado y si no era algo en el lenguaje de Bolaño, quizá en el lenguaje de un itinerante, lo que le otorgaba las credenciales de universalidad… Bueno de todo eso hablábamos y finalizamos nuestra tarde de lunes hablando de un poema ejemplificador y a tono de Robert Frost…&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Este poema:&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: center;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Times, 'Times New Roman', serif;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal"&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;span lang="EN-US" style="font-family: Times, 'Times New Roman', serif;"&gt;For Once, Then, Something&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Times, 'Times New Roman', serif;"&gt;  &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Times, 'Times New Roman', serif;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal"&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;div style="text-align: left;"&gt;&lt;span lang="EN-US" style="font-family: Times, 'Times New Roman', serif;"&gt;Others taught me with having knelt at well-curbs&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Times, 'Times New Roman', serif;"&gt;&lt;u1:p&gt;&lt;/u1:p&gt;  &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal"&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;div style="text-align: left;"&gt;&lt;span lang="EN-US" style="font-family: Times, 'Times New Roman', serif;"&gt;Always wrong to the light, so never seeing&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Times, 'Times New Roman', serif;"&gt;&lt;u1:p&gt;&lt;/u1:p&gt;  &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal"&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;div style="text-align: left;"&gt;&lt;span lang="EN-US" style="font-family: Times, 'Times New Roman', serif;"&gt;Deeper down in the well than where the water&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Times, 'Times New Roman', serif;"&gt;&lt;u1:p&gt;&lt;/u1:p&gt;  &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal"&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;div style="text-align: left;"&gt;&lt;span lang="EN-US" style="font-family: Times, 'Times New Roman', serif;"&gt;Gives me back in a shining surface picture&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Times, 'Times New Roman', serif;"&gt;&lt;u1:p&gt;&lt;/u1:p&gt;  &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal"&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;div style="text-align: left;"&gt;&lt;span lang="EN-US" style="font-family: Times, 'Times New Roman', serif;"&gt;Me myself in the summer heaven godlike&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Times, 'Times New Roman', serif;"&gt;&lt;u1:p&gt;&lt;/u1:p&gt;  &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal"&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;div style="text-align: left;"&gt;&lt;span lang="EN-US" style="font-family: Times, 'Times New Roman', serif;"&gt;Looking out of a wreath of fern and cloud puffs.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Times, 'Times New Roman', serif;"&gt;&lt;u1:p&gt;&lt;/u1:p&gt;  &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal"&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;div style="text-align: left;"&gt;&lt;span lang="EN-US" style="font-family: Times, 'Times New Roman', serif;"&gt;Once, when trying with chin against a well-curb,&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Times, 'Times New Roman', serif;"&gt;&lt;u1:p&gt;&lt;/u1:p&gt;  &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal"&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;div style="text-align: left;"&gt;&lt;span lang="EN-US" style="font-family: Times, 'Times New Roman', serif;"&gt;I discerned, as I thought, beyond the picture,&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Times, 'Times New Roman', serif;"&gt;&lt;u1:p&gt;&lt;/u1:p&gt;  &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal"&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;div style="text-align: left;"&gt;&lt;span lang="EN-US" style="font-family: Times, 'Times New Roman', serif;"&gt;Through the picture, a something white, uncertain,&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Times, 'Times New Roman', serif;"&gt;&lt;u1:p&gt;&lt;/u1:p&gt;  &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal"&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;div style="text-align: left;"&gt;&lt;span lang="EN-US" style="font-family: Times, 'Times New Roman', serif;"&gt;Something more of the depths--and then I lost it.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Times, 'Times New Roman', serif;"&gt;&lt;u1:p&gt;&lt;/u1:p&gt;  &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal"&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;div style="text-align: left;"&gt;&lt;span lang="EN-US" style="font-family: Times, 'Times New Roman', serif;"&gt;Water came to rebuke the too clear water.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Times, 'Times New Roman', serif;"&gt;&lt;u1:p&gt;&lt;/u1:p&gt;  &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal"&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;div style="text-align: left;"&gt;&lt;span lang="EN-US" style="font-family: Times, 'Times New Roman', serif;"&gt;One drop fell from a fern, and lo, a ripple&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Times, 'Times New Roman', serif;"&gt;&lt;u1:p&gt;&lt;/u1:p&gt;  &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal"&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;div style="text-align: left;"&gt;&lt;span lang="EN-US" style="font-family: Times, 'Times New Roman', serif;"&gt;Shook whatever it was lay there at bottom,&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Times, 'Times New Roman', serif;"&gt;&lt;u1:p&gt;&lt;/u1:p&gt;  &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal"&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;div style="text-align: left;"&gt;&lt;span lang="EN-US" style="font-family: Times, 'Times New Roman', serif;"&gt;Blurred it, blotted it out. What was that whiteness?&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Times, 'Times New Roman', serif;"&gt;&lt;u1:p&gt;&lt;/u1:p&gt;  &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal"&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;div style="text-align: left;"&gt;&lt;span lang="EN-US"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Times, 'Times New Roman', serif;"&gt;Truth? A pebble of quartz? For once, then, something.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Times, 'Times New Roman', serif;"&gt;&lt;u1:p&gt;&lt;/u1:p&gt;&lt;/span&gt;  &lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="font-family: Times, 'Times New Roman', serif; margin-left: 117pt;"&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;div style="text-align: left;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: left;"&gt;&lt;span lang="EN-US"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-family: Times, 'Times New Roman', serif;"&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&amp;nbsp;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Después nos fuimos, guardé el libro de Alfredo Molano que Iván me prestaba: &lt;i&gt;Desterrados, crónicas del desarraigo&lt;/i&gt;. Cada uno a nuestras respectivas casas, quedando de volver a vernos el próximo lunes…. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Por la noche Iván me envió este texto de Borges:&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin-bottom: .0001pt; margin-bottom: 0cm; margin-left: 54.0pt; margin-right: 57.6pt; margin-top: 0cm; text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;No hay un escritor métrico, por casual y nulo que sea, que no haya cincelado (el verbo suele figurar e su conversación) su soneto perfecto, monumento minúsculo que custodia su posible inmortalidad, y que las novedades y aniquilaciones del tiempo deberán respetar. Se trata de un soneto sin ripios, pero que es un ripio todo él: es decir, un residuo, una inutilidad.&amp;nbsp; Esa falacia en perduración (Sir Thomas Browne: &lt;i&gt;Urn Burial&lt;/i&gt;)&amp;nbsp; ha sido formulada y recomendada por Flaubert en esta sentencia: La corrección (en el sentido más elevado de la palabra) obra con el pensamiento lo que obraron las aguas de la Estigia con el cuerpo de Aquiles: lo hacen invulnerable e indestructible (&lt;i&gt;Correspondance&lt;/i&gt;, II, pág. 199). El juicio es terminante, pero no ha llegado hasta mí ninguna experiencia que lo confirme. (Prescindo de las virtudes tónicas de la Estigia; esa reminiscencia no es un argumento, es un énfasis.) La página de perfección, la página de la que ninguna palabra puede ser alterada sin daño, es la más precaria de todas. Los cambios del lenguaje borran los sentidos laterales y los matices; la página "perfecta" es la que consta de esos delicados valores y la que con facilidad mayor se desgasta. Inversamente, la página que tiene vocación de inmortalidad puede atravesar el fuego de las erratas, de las versiones aproximativas, de las distraídas lecturas, de las incomprensiones, sin dejar el alma en la prueba. No se puede impunemente variar (así lo afirman quienes restablecen su texto) ninguna línea de las fabricadas por Góngora; pero el &lt;i&gt;Quijote &lt;/i&gt;gana póstumas batallas contra sus traductores y sobrevive a toda descuidada versión. Heine, que nunca lo escuchó en español, lo pudo celebrar para siempre. Más vivo es el fantasma alemán o escandinavo o indostánico del &lt;i&gt;Quijote &lt;/i&gt;que&amp;nbsp; los ansiosos artificios verbales del estilista.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;o:p&gt;&amp;nbsp;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;En el mail Iván me escribía esto:&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: .0001pt; margin: 0cm;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;o:p&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp; &amp;nbsp;&amp;nbsp;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;Esa lucidez y precisión me dejan jetiabierto.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: .0001pt; margin-bottom: 0cm; margin-left: 27.0pt; margin-right: 30.6pt; margin-top: 0cm;"&gt;Ah y ojo con el Molano, no lo leas antes de dormir que te pueden dar pesadillas en technicolor.&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: .0001pt; margin-bottom: 0cm; margin-left: 27.0pt; margin-right: 30.6pt; margin-top: 0cm;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: .0001pt; margin-bottom: 0cm; margin-left: 27.0pt; margin-right: 30.6pt; margin-top: 0cm;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: .0001pt; margin-bottom: 0cm; margin-left: 27.0pt; margin-right: 30.6pt; margin-top: 0cm;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Ivardo&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: .0001pt; margin-bottom: 0cm; margin-left: 27.0pt; margin-right: 30.6pt; margin-top: 0cm;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: .0001pt; margin-bottom: 0cm; margin-left: 27.0pt; margin-right: 30.6pt; margin-top: 0cm;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;P.D. Unos “bombonky” de Herralde y Einaudi, su tío italiano en el oficio editorial:&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: .0001pt; margin-bottom: 0cm; margin-left: 27.0pt; margin-right: 30.6pt; margin-top: 0cm;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: .0001pt; margin-bottom: 0cm; margin-left: 27.0pt; margin-right: 30.6pt; margin-top: 0cm;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Herralde (de Opiniones mohicanas):&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: .0001pt; margin: 0cm;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: .0001pt; margin-bottom: 0cm; margin-left: 54.0pt; margin-right: 57.6pt; margin-top: 0cm;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;[...] aquellas mujeres que bajo su apariencia enjuta esconden turgencias sutiles, nutritivos placeres y muchas alegrías. [egregio concepto francés:&lt;i&gt; fausse maigre&lt;/i&gt;] como las novelas de Javier Tomeo.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: .0001pt; margin: 0cm;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: .0001pt; margin-bottom: 0cm; margin-left: 27.0pt; margin-right: 0cm; margin-top: 0cm;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;¿Conoces al tal Tomeo?&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: .0001pt; margin-bottom: 0cm; margin-left: 27.0pt; margin-right: 0cm; margin-top: 0cm;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: .0001pt; margin-bottom: 0cm; margin-left: 27.0pt; margin-right: 0cm; margin-top: 0cm;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Einaudi (de &lt;i&gt;Conversaciones con Giulio Einaudi&lt;/i&gt;):&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: .0001pt; margin: 0cm;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: .0001pt; margin-bottom: 0cm; margin-left: 45.0pt; margin-right: 66.6pt; margin-top: 0cm;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Y aquí me viene a la memoria una frase de Calvino sobre Thomas Mann, escrita en el año 56: "Y bien, él comprendió todo o casi todo de nuestro mundo, pero asomándose desde la última barandilla del XIX. Nosotros miramos el mundo cayendo por el hueco de las escaleras".&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Yo, sin entender a cabalidad el texto de Borges, le escribía yo a Iván:&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin-bottom: .0001pt; margin-bottom: 0cm; margin-left: 27.0pt; margin-right: 30.6pt; margin-top: 0cm; text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Quedé dudoso con una parte del texto.. allí donde dice: El juicio es terminante, pero no ha llegado hasta mí ninguna experiencia que lo confirme, no debería decir que NO lo confirme? A qué juicio se refiere a la idea de juicio en general o a la oración anterior, que es un juicio...&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin-bottom: .0001pt; margin-bottom: 0cm; margin-left: 27.0pt; margin-right: 30.6pt; margin-top: 0cm;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;A Tomeo ni en pelea de perros pero a Einaudi sí....&lt;br /&gt;No te preocupes que cada día aprendo más a dormir.. Tengo &lt;i&gt;Las mil y una noches&lt;/i&gt; en mi velador.... &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;o:p&gt;&amp;nbsp;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;Iván respondía:&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin-bottom: .0001pt; margin-bottom: 0cm; margin-left: 26.95pt; margin-right: 30.6pt; margin-top: 0cm; text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Borges habla de los que pretenden lograr la perfección, como Flaubert, que pasaba días escogiendo las palabras justas para armar una frase en una novela. O Góngora. Ese tipo de gente cree que la perfección formal es el &lt;i&gt;sumum bonum&lt;/i&gt; y los hará inmortales, tal como si se hubieran zambullido en el río Estigia. Pero Borges dice que el no tiene experiencia --ni de la perfección, ni de la inmortalidad que brinda el Estigia--.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin-bottom: .0001pt; margin-bottom: 0cm; margin-left: 26.95pt; margin-right: 30.6pt; margin-top: 0cm; text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;br /&gt;¿Por qué que NO lo confirme? En ese caso estaría de acuerdo con Flaubert y compañía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pues eso.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin-bottom: .0001pt; margin-bottom: 0cm; margin-left: 26.95pt; margin-right: 30.6pt; margin-top: 0cm; text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;br /&gt;Y ahora a trabajar.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Yo acoté en el mail siguiente: &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin-bottom: .0001pt; margin-bottom: 0cm; margin-left: 27.0pt; margin-right: 30.6pt; margin-top: 0cm; text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Es curioso, es que con la información que me dabas yo leía otra cosa. Pero leyendo ahora bien, me doy cuenta mejor. Es que recordaba nuestra conversación sobre la necesidad de corrección y en ese espíritu leía ese texto. La palabra cincelar me olía a corrección. Ahora me doy cuenta de la ironía, pues en la primera línea es hasta que anota la palabra “minúsculo” cuando recién se deja entrever otra intención... luego “ripio todo él”. Me sorprende con esto Borges, imaginaba su genialidad en una búsqueda de expresión, ahora se me aparece más genio aun, pues se asoma su genialidad como algo en él -hasta se podría decir- espontáneo... Yo siempre he sentido cierta atracción por la Gestalt, pues nos ofrece siempre un espacio para la imaginación, una área no explícita, eso que algunos hermenéuticos definen como las ranuras por donde una observa una obra y le da una interpretación distinta a la que le da otro observador... Si llevamos esto a lo que dice Borges, entonces allí donde hay algo -digamos- imperfecto, es aquello quizá lo no cincelado, no acabado, no pulido y quizá hasta no corregido que ofrece más de una posibilidad en su aspecto formal... lo cierto es que me parece que hay que aclarar bien a qué tipo de corrección o crítica entonces nos estábamos refiriendo durante la cena....&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin-bottom: .0001pt; margin-bottom: 0cm; margin-left: 27.0pt; margin-right: 30.6pt; margin-top: 0cm; text-align: justify;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin-bottom: .0001pt; margin-bottom: 0cm; margin-left: 27.0pt; margin-right: 30.6pt; margin-top: 0cm;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Voy a compartir esta conversación con otros, es un buen tema...&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin-bottom: .0001pt; margin-bottom: 0cm; margin-left: 27.0pt; margin-right: 30.6pt; margin-top: 0cm;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;o:p&gt;&amp;nbsp;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&amp;nbsp;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin-right: 30.6pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Y por eso entonces este post……)&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin-right: 30.6pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin-right: 30.6pt;"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br style="mso-special-character: line-break;" /&gt; &lt;br style="mso-special-character: line-break;" /&gt; &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/18986682-1723863287027135313?l=jorgezunigapavlov.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jorgezunigapavlov.blogspot.com/feeds/1723863287027135313/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=18986682&amp;postID=1723863287027135313&amp;isPopup=true' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/18986682/posts/default/1723863287027135313'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/18986682/posts/default/1723863287027135313'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jorgezunigapavlov.blogspot.com/2011/01/miscelanea-georgiana-con-coletazos.html' title='Miscelánea georgiana con coletazos borgeanos.'/><author><name>Jorge Zuniga</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://4.bp.blogspot.com/-BciI-0LEMig/TY-qyhtoxTI/AAAAAAAAA0c/DQa4ykuZVMs/s220/DSCN6420.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_8Gru9hTGgO4/TUFHKOsG0iI/AAAAAAAAAxk/HI_mDthbeYg/s72-c/borges.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-18986682.post-1767135085827502095</id><published>2011-01-23T22:04:00.006+01:00</published><updated>2011-01-24T10:14:52.445+01:00</updated><title type='text'>La vieja loca</title><content type='html'>&lt;div dir="ltr" style="text-align: left;" trbidi="on"&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/_8Gru9hTGgO4/TTyXvFFK7hI/AAAAAAAAAxQ/a-vElbTcTvw/s1600/miguelenriquez.jpg" imageanchor="1" style="margin-left: 1em; margin-right: 1em;"&gt;&lt;img border="0" src="http://4.bp.blogspot.com/_8Gru9hTGgO4/TTyXvFFK7hI/AAAAAAAAAxQ/a-vElbTcTvw/s1600/miguelenriquez.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: .0001pt; margin: 0cm; text-align: justify; text-indent: 72.0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: .0001pt; margin: 0cm; text-align: justify; text-indent: 72.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES" style="color: black;"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;br /&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: .0001pt; margin: 0cm; text-align: justify; text-indent: 72.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES" style="color: black;"&gt;Esta historia es verídica. Es verídica aunque decir al comienzo de un cuento que la historia que se va a contar es verídica sea la mayor de las mentiras.&amp;nbsp; Aunque aclarar que decir que una historia es verídica al iniciar un relato es una soberana mentira sea en cierto modo un intento de verdad. Digamos de verdad a medias. Quizá. ¿Qué se hace cuando se quiere contar una historia, con personajes de verdad, digamos personajes reales, más que reales, personajes históricos, un relato en donde aparecen también otros, tipos anónimos? Se dejan los históricos y se ocultan los demás. Esta historia es verídica, es mentira y es un intento de verdad. Y todo, todo pasó. Así. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: .0001pt; margin: 0cm; text-align: justify; text-indent: 72.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES" style="color: black;"&gt;&amp;nbsp;Hace unos meses atrás me llamó Adriano para preguntarme si yo la conocía. Que se le había ido a meter a su oficina sin siquiera pactar una cita, y que le había dicho que quería hablar urgente con él. Eso me dijo Adriano por teléfono. Era lunes o martes, ya no lo recuerdo. Y yo le dije que no. Que no la conocía, o que más bien sí. Que en realidad sabía quien era, pero más bien de vista. Que la ubicaba y que se decía que estaba medio loca. Lo que es un decir porque lo que es loca-loca, no estaba. Que hablaba sola, me dijo Adriano. Yo a veces también lo hago, le repliqué. Minutos después le aclaré que por ejemplo para los 18 de septiembre se aparecía vestida de huaso. Toda de negro, chalequillo negro, chupalla negra, faja negra. No le faltaban ni las botas negras de montar, ni lo pantalones negros. Cuando la veía, uno imaginaba que afuera, en algún abrevadero cercano, la esperaba su caballo. Se veía completa: polainas, rebenque y espuelas. Llegaba a las celebraciones; saludaba a los presentes; y luego callaba. Se instalaba en una esquina. Bebía una copa de vino, o más de una y guardaba sepulcralmente un silencio agobiante, observándonos. Algunos – sobretodo los chilenos- la miraban con cautela, otros –los checos- con admiración, ya que ver a una anciana enjuta y desvencijada, una mujer añosa, de avanzada edad y más encima vestida de huaso para la fiesta nacional chilena en Praga era definitivamente algo raro, de cierto modo único y exclusivo. Después, cuando la fiesta se armaba, ya nadie se fijaba en ella. Al principio bailábamos cueca, pero en breve ya estábamos revolviendo nuestros pies con la típica salsa. Algunos se emborrachaban en soledad; otros bailaban intercambiando parejas. Todos vociferando y pidiendo de de vez en cuando más cuecas y más salsa. Así la algazara se apoderaba de todos nosotros y ella simplemente desaparecía. Por lo general, algunos preguntaban quién era; aquellos chilenos que estaban de paso por la ciudad; cierto tipo de viajeros o simplemente turistas. La respuesta era siempre la misma. Una vieja loca, remataba alguien. Y algo así fue lo que le dije esa mañana a Adriano.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: .0001pt; margin: 0cm; text-align: justify; text-indent: 72.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES" style="color: black;"&gt;-Es una vieja loca que vive acá en Praga y que parece ser inofensiva, -pontifiqué. Así como aparece en escena luego se va y nadie sabe, -le dije-. Es como un fantasma. Un fantasma chileno.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: .0001pt; margin: 0cm; text-align: justify; text-indent: 72.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES" style="color: black;"&gt;-Bueno, yo te llamaba porque resulta que se vino a meter a la oficina de la delegación, para decirme que quería entregarnos sus escritos, -me dijo esa mañana Adriano. Cuando escuché aquello de “sus escritos”, presentí que quizá la señora no estaba tan loca como parecía.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: .0001pt; margin: 0cm; text-align: justify; text-indent: 72.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES" style="color: black;"&gt;-Si alguien, por muy loco que parezca, tiene escritos, entonces tan loco no puede estar, -le dije a Adriano Hermosilla, el cónsul o agregado chileno. Adriano me dijo que si no quería echarles una mirada.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: .0001pt; margin: 0cm; text-align: justify; text-indent: 72.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES" style="color: black;"&gt;-Mira, justo ahora tengo mucho trabajo, pero quizá Betty, la que trabaja en la editorial Gargamel -allí donde publicaron mi libro-, quizá ellos se interesen, -le advertí y le dicté un número de teléfono. Luego me olvidé del asunto. Con Adriano nos vimos después un par de veces y en alguna ocasión apareció en nuestra conversación el tema de la vieja loca, cuyo apelativo había pasado a tener carácter de nombre propio. Ya no era la Señora Anita tanto-tanto, sino que era la Vieja Loca, así con mayúsculas. Todo esto tenía un matiz simplón hasta hace unas semanas atrás, en que la Señora Anita se fue a meter al Dogbar. En realidad todo fue una curiosa coincidencia o más bien una curiosa casualidad y he pensado que la vida debe estar llena de este tipo de casualidades y lo que es más curioso aún, la vida debe estar llena de históricas coincidencias. Una de ellas era una coincidencia como esta. Invisibles&amp;nbsp; a más no poder, las coincidencias palpitan a nuestro lado y raras veces las percibimos. Hasta que pasa algo. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: .0001pt; margin: 0cm; text-align: justify; text-indent: 72.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES" style="color: black;"&gt;El caso de esta coincidencia es así. Esto sucedió así.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: .0001pt; margin: 0cm; text-align: justify; text-indent: 72.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES" style="color: black;"&gt;Václav, un de los bármanes, me llamó hace unas semanas para decirme que una&lt;span class="apple-converted-space"&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;em&gt;blaznivá baba&lt;/em&gt;&lt;span class="apple-converted-space"&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;había llegado a buscarme al Dogbar y que quería hablar conmigo. Que trabajaba por aquí cerca y que volvería luego, eso le dijo.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: .0001pt; margin: 0cm; text-align: justify; text-indent: 72.0pt;"&gt;&lt;em&gt;&lt;span lang="ES" style="color: black;"&gt;-¿Blaznivá baba?,&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;span class="apple-converted-space"&gt;&lt;span lang="ES" style="color: black;"&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span lang="ES" style="color: black;"&gt;-me dije-, ¿quién podrá ser? Pero antes de que terminara mi pensamiento Václav me la describió y ahí supe que el apelativo que había ocupado él era exacto y que hubiera bastado con traducir la definición para saber de quien se trataba&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: .0001pt; margin: 0cm; text-align: justify; text-indent: 72.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES" style="color: black;"&gt;-¡Una vieja loca!, -dije-. Debe ser la Señora Anita, -aseguré-. ¿Qué querrá esta vieja loca?, -me dije. Le agradecí a Václav el recado, pero luego me olvidé del asunto. Al día siguiente la&lt;span class="apple-converted-space"&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;em&gt;blaznivá baba&lt;/em&gt;&lt;span class="apple-converted-space"&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;apareció de nuevo por el Dogbar y Václav me volvió a llamar. Sólo que esta vez me comunicó que le había dado a ella mi número de teléfono.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: .0001pt; margin: 0cm; text-align: justify; text-indent: 72.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES" style="color: black;"&gt;-Bueno, -le dije-, ya me llamará. Por esos días yo había empezado a escribir un texto que aún no tenía para cuando terminar. Era, o más bien, sería, una pequeña novela, una&lt;span class="apple-converted-space"&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;em&gt;nouvelle&lt;/em&gt;, como llaman los franceses. Aunque de eso uno nunca puede estar del todo seguro, ya que los ficheros donde tengo futuras novelas o&lt;span class="apple-converted-space"&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;em&gt;nouvelles&lt;/em&gt;&lt;span class="apple-converted-space"&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;sin terminar no son pocos y a veces crecen, del mismo modo como también suelo podar. Por ahí me esperaban desde hace años intentos de novelas:&lt;span class="apple-converted-space"&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;em&gt;Quemar las naves&lt;/em&gt;&lt;span class="apple-converted-space"&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;y&lt;span class="apple-converted-space"&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;em&gt;El círculo de Praga&lt;/em&gt;, o bien&lt;span class="apple-converted-space"&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;em&gt;Brod, el ch&lt;/em&gt;i&lt;em&gt;leno&lt;/em&gt;&lt;span class="apple-converted-space"&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;y&lt;span class="apple-converted-space"&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;em&gt;Auto de firmas o El elogio a la literatura&lt;/em&gt;. Textos petrificados en alguna Altamira oculta bajo las montañas del disco duro de mi ordenador.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: .0001pt; margin: 0cm; text-align: justify; text-indent: 72.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES" style="color: black;"&gt;Hace algo más de una semana había iniciado otro texto, una suerte de experimento que podía resolver todas mis deudas con aquellos intentos olvidados, ya que de algún modo lo que había comenzado a escribir podía unir dos o tres de aquellos conatos literarios en un solo cuerpo. La historia se iniciaba en Santiago de Chile, pero rápidamente se trasladaba al sur del país, a un lugar llamado Coñaripe, un balneario lacustre a donde el personaje principal se retiraba un verano a esconderse de la policía política del General Pinochet, la misma policía había allanado el departamento del personaje. El personaje se llamaba Eugenio Salvatierra y pasaba unos días escondido en una cabaña junto al lago escribiendo poemas, -según él- sus mejores poemas. Oculto en ese pueblo, Salvatierra conocía una tarde a Utte, una turista alemana que viajaba por Latinoamérica leyendo a Kundera. Salvatierra se acordaba de sus lecturas y reflexionaba &amp;nbsp;con la joven sobre sus ideas políticas. Eugenio Salvatierra además de pasar sus días incógnitamente, trataba de aclarar y compartir sus temores y afanes con la teutona, informándola de los hechos sucedidos hacía años en un pueblo en las cercanías, un pueblo llamado Neltume. Así más o menos comenzaba la historia.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: .0001pt; margin: 0cm; text-align: justify; text-indent: 72.0pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: .0001pt; margin: 0cm; text-align: justify; text-indent: 72.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES" style="color: black;"&gt;Esa misma tarde, digamos que aquella de la segunda visita de la Vieja Loca, encontré al atardecer una llamada perdida en mi celular con un mensaje de voz. Marqué el número del buzón y lo escuché detenidamente:&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: .0001pt; margin: 0cm; text-align: justify; text-indent: 72.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES" style="color: black;"&gt;-&lt;em&gt;&lt;span style="font-style: normal;"&gt;Oiga señor, soy Ana de las Mercedes, por favor, sea tan amable y présteme su libro, dígale al joven del bar que me lo presté. Por favor. Mire que no lo puedo encontrar y quiero leerlo. Yo se lo devuelvo en una semana&lt;/span&gt;, -&lt;/em&gt;decía la voz en un tono melodioso, como si hablara dando saltitos. Revisé el teléfono y di con el número desde donde ella había llamado y llamé de vuelta. Me contestó una señora con una voz bastante cruda. Y cuando contestó dijo:&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: .0001pt; margin: 0cm; text-align: justify; text-indent: 72.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES" style="color: black;"&gt;-Pinkasova Sinagoga,&lt;span class="apple-converted-space"&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;em&gt;pokladna.&lt;/em&gt;&lt;span class="apple-converted-space"&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;Me acordé que Adriano me había dicho que la vieja loca trabajaba allí, pero no recordaba exactamente en qué.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: .0001pt; margin: 0cm; text-align: justify; text-indent: 72.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES" style="color: black;"&gt;La Sinagoga de Pinkas era un templo construido por Aaron Meshullam Horowitz en 1535, era considerado el edificio nuevo, ya que se sabía de otra sinagoga de la misma familia, se entiende, que databa de 1492 y que estaba ubicada dentro de su casa, al interior de La Casa de los Escudos. Ese nuevo edificio era el oratorio de la familia Horowitz, y luego fue un lugar para el Mikve, -el baño ritual judaico-. Hoy por hoy, era un simple museo más, -o más bien pertenecía a la red de museos del barrio judío de Praga-, en donde se exponían en sus paredes los nombres de los setenta y siete mil doscientos noventa y siete judíos checoslovacos, víctimas del nazismo alemán. A parte de los nombres, en la Sinagoga había una exposición de los dibujos que habían pintado los niños prisioneros del campo de concentración de Terezín.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: .0001pt; margin: 0cm; text-align: justify; text-indent: 72.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES" style="color: black;"&gt;Imaginé a la vieja loca sentada en una silla, custodiando los cuadros, como solía ver al interior de los museos o de las galerías a otros ancianos jubilados ganándose algún dinero para mejorar sus escuálidas pensiones.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: .0001pt; margin: 0cm; text-align: justify; text-indent: 72.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES" style="color: black;"&gt;La cajera de la&lt;span class="apple-converted-space"&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;em&gt;pokladna&lt;/em&gt;&lt;span class="apple-converted-space"&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;que me había contestado me indicó que la Señora Klöpping ya no se encontraba, y que se había ido. Colgué el teléfono y me dije que llamaría nuevamente al otro día. En ese momento recordé su apellido y enlacé todo su nombre. Ana de las Mercedes Klöpping. El asunto me siguió dando vueltas en la cabeza. No lograba recordar si había sido Adriano u otra persona quien me había mencionado antes su apellido. Mientras marcaba el número del consulado recordé la última visita a Praga de mi amigo Jara Burka. Suspendí la llamada colgando de improviso, justo cuando escuchaba una muletilla desde el auricular. Me acordé que aquella vez Jara me había hecho un comentario extraño, al cual no le di mayor importancia. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: .0001pt; margin: 0cm; text-align: justify; text-indent: 72.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES" style="color: black;"&gt;Fue o pasó así. Unos meses atrás, mi amigo Jara Burka me llamó desde Montpellier una ciudad al sur de Francia, para decirme que muy pronto visitaba Praga y que esta vez venía con su padre, otro viejo loco. Jara me dijo que al parecer las autoridades del Museo Judío de Praga habían logrado por fin un acuerdo con su padre. El padre de Jara, un viejo pintor checo que había emigrado después de la Segunda Guerra al sur de Francia y que había estado preso en Terezín -donde había pintado varios cuadros, y hecho varios dibujos-, quería hace años demandar al Museo por apropiarse de algunos de sus trabajos y exhibirlos en la Sinagoga de Pinkas. Una vez en Praga y en medio de una cena en la que celebrábamos el acuerdo con los abogados, acuerdo que consistía en la publicación trilingüe de una gran publicación sobre la obra del viejo loco padre de mi amigo, Jara me había hablado de una señora chilena que su padre había conocido una noche días atrás y que se apellidaba Klöpping.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="margin-bottom: .0001pt; margin: 0cm; text-align: justify; text-indent: 72.0pt;"&gt;&lt;span lang="ES" style="color: black;"&gt;Me parecían demasiadas las coincidencias en torno a la vieja loca y me propuse que la llamaría denodadamente hasta ubicarla de una vez por todas para entregarle o prestarle un ejemplar de mi libro y conocerla y dejarla tranquila. Después de todo me parecía que ella era todo un personaje y que de algún modo se lo merecía. Mientras tanto yo le robaba tiempo a mis quehaceres laborales y seguía mi trabajo en casa, avanzaba en mi proye
